25 #3
—Hmm… Bien, es sincero, eso juega en su favor.
—Estiró la mano para que Brashen le pagara y, en cuanto agarró el dinero, se lo guardó en el bolsillo—.
Ocupe la habitación de la izquierda de la planta de arriba.
Si quiere darse un baño, hay una sala de bombas, una chimenea y una tina en el cobertizo de atrás.
Hay que echar leña al fuego, pero prende enseguida.
Encárguese usted mismo y tómese el tiempo que necesite, pero procure dejarlo tal como lo encontró.
Esta es una casa ordenada. A algunos no les gusta, solo piensan en beber, comer, gritar y pelearse a todas horas.
Si es eso lo que busca también usted, será mejor que se marche a otro sitio.
Aquí un hombre honrado obtendrá una cama limpia si paga por ella.
Y comerá bien si paga por ello, comida normal, nada de cosas raras, pero del día, y podrá beber una buena jarra de la mejor cerveza.
Pero esto no es ni una taberna, ni un lupanar ni una casa de apuestas y vicio.
No, señor. Esta es una casa honrada. Una casa honrada.
Brashen asentía a cuanto le decía el gárrulo sin hacerle demasiado caso.
Empezaba a pensar que el segundo de a bordo que le había recomendado aquel lugar solo había querido reírse de él.
El caso era que allí estaba, y todo parecía limpio y tranquilo, sin duda un lugar más apto para entretener a Althea que una taberna atestada y ruidosa.
—Entonces iré atrás a darme un baño —anunció al posadero cuando este hizo una pausa para tomar aire—. Oh, es probable que un compañero de tripulación venga a verme. Preguntará por Brashen, servidor. El muchacho se llama Athel. ¿Le diréis que me espere?
—Sí, le haré saber que está aquí. —El posadero meditó unos instantes—. No será un juerguista, ¿verdad? No aparecerá borracho destrozándomelo todo, manchándome el suelo y tirándoseme en los bancos, ¿no?
—¿Athel? No, por supuesto que no. No es de esos.
Brashen se alejó apresurado hacia la puerta de atrás.
En un pequeño cobertizo de un patio empedrado descubrió la bomba de agua, un hoyo para bañarse y una chimenea, tal como había prometido el mesonero.
Al igual que la casa de las habitaciones, la sala de bombas parecía impoluta.
Las ásperas toallas que colgaban de unas perchas parecían limpias, si bien bastante desgastadas, y en el hoyo no quedaba ni rastro de la mugre de quienes se habían bañado allí antes que él.
Estaba muy bien, se dijo Brashen, eso de alojarse en un sitio tan cuidado.
Llenó varios cubos de agua y los puso a calentar.
Llevaba la ropa de tierra en el fondo de su talego.
Estaba limpia, aunque olía un poco a humedad.
Colgó la camisa de rayas, las calcetas y los pantalones buenos de lana cerca del fuego para que se ventilaran.
Había un tarro lleno de jabón, del que se echó un poco.
A medida que se fue frotando, fue quitándose de encima varias capas de grasa, de sal y quizá incluso una de piel.
Por primera vez en varias semanas, pudo soltarse el pelo y lavárselo para, acto seguido, volver a trenzárselo.
Le hubiera encantado quedarse un rato en la tina, pero no quería que Althea lo esperase, de modo que se levantó, se secó, se atusó la barba para dejársela como antes y se vistió con la ropa limpia de tierra.
Qué gusto daba ponerse prendas secas, limpias y calentitas sobre la piel seca, limpia y calentita.
El baño lo había adormecido, pero se despertaría en cuanto comiera bien y se tomara una jarra de cerveza fría.
Metió la ropa sucia en el talego y lo dejó todo tal y como lo había encontrado.
Ya buscaría mañana una lavandería para hacer la colada.
Sintiéndose como un hombre nuevo, regresó a la casa de las habitaciones para comer y esperar a Althea.
Era la primera vez que Althea se veía sola en un puerto extranjero.
Hasta entonces, siempre había ido con sus compañeros de tripulación, segura de que al anochecer podría regresar a su barco.
Aún no había oscurecido, pero el día empezó a parecerle más frío y gris.
Volvió a mirar a su alrededor. De repente, el mundo era un lugar sin fin ni forma.
No tenía barco, ni deberes ni vínculos familiares.
Sus únicas preocupaciones eran el dinero que llevaba en el bolsillo y la bolsa que cargaba a la espalda.
Entonces la asaltó un extraño remolino de emociones que la hizo sentirse triste y sola y devastada por que no le hubieran dado su talón, al tiempo que poderosa e independiente.
Temeraria. Esa era la palabra. Sentía que ya no podía hacer nada que empeorara las cosas.
Ahora podía hacer lo que le viniera en gana, sin dar explicaciones a nadie, puesto que a nadie le importaría.
Podía emborracharse hasta las patas o despilfarrar el dinero cenando, bebiendo vino y escuchando música en algún lugar exótico.
Por supuesto que debía pensar en qué haría al día siguiente, pero ya tendría tiempo.
Si quería, podía agarrar una buena borrachera; nadie iba a prohibírselo ni a echárselo en cara a la mañana siguiente.
Al fin y al cabo, no le había servido de mucho hacer planes.
Hundió la mano en su bolsa y se colocó la gorra con desenfado.
Avanzó por la calle fijándose en todos los detalles de la ciudad.
Como esa zona quedaba tan cerca del muelle, estaba repleta de casas de agentes marítimos y de proveedores de efectos navales y de pensiones para marineros rodeadas de tabernas, mancebías, casas de juego y tienditas diversas.
En aquella peligrosa zona de la ciudad solo había lugar para los hombres más curtidos. Y ahora ella era uno de ellos.
Eligió una taberna al azar y entró. No parecía distinta de las del Mitonar.
El suelo estaba cubierto de paja seca. Las mesas de caballete estaban marcadas por los anillos de las incontables jarras de cerveza que habían pasado por ellas.
Los bancos tenían aspecto de arreglados mil veces.
Las paredes y el techo estaban ennegrecidos por el aceitoso humo de la cocina y las lámparas.
En un rincón había una chimenea enorme junto a la que se habían sentado la mayoría de los marineros, bien cerca de su calor y del agradable olor del guiso.
Había un tabernero, un hombre enjuto de expresión lánguida, y varias muchachas que atendían las mesas, unas de mirada plomiza y otras con gesto risueño.
La escalera del fondo llevaba a las habitaciones de la planta superior.
Sintió como si el murmullo de las conversaciones de las mesas la empujara como un fuerte viento.
Vio un hueco en una mesa, no tan cerca del fuego como le hubiera gustado, aunque con toda seguridad allí se encontraría mejor que en la calle o que en el camarote de la tripulación del barco.
Se colocó de espalda a la pared en aquella mesa, que estaba casi vacía.
Le pusieron una jarra de cerveza, que sabía sorprendentemente bien, y un tazón de guiso mal sazonado, aunque también estaba mejor que la comida del Segador .
El mendrugo de pan que le dieron para acompañar sirvió para compensar.
Debía de hacer apenas unas horas que lo habían sacado del horno.
Era oscuro y la gran cantidad de semillas que tenía lo hacían difícil de masticar.
Comió despacio, deleitándose con el calor, la comida y la cerveza, y se negó a pensar en otra cosa.
Se le ocurrió que podría pasar la noche en una de las habitaciones de arriba, pero los golpes, los ruidos sordos, los gritos y las risas procedentes de la escalera indicaban que las habitaciones no estaban pensadas para dormir.
Una muchacha se acercó a ella con desgana, pero Althea fingió no entenderla.
La chica pareció alegrarse de no tener que atenderla.
Se preguntó durante cuánto tiempo habría que ser puta para llegar a cansarse de ello.
O a acostumbrarse. Sin darse cuenta, se había llevado la mano al vientre para palparse el anillo a través de la camisa.
Ramera, la había llamado el capitán, que además la había acusado de atraer a las serpientes.
Qué absurdo. Pero eso era lo que pensaban de ella.
Le dio un mordisco al mendrugo de pan, miró a su alrededor e intentó imaginarse cómo se sentiría si se ofreciera a cualquiera de esos hombres para sacar algo de dinero.
Parecían una piara. El mar siempre endurecía a los hombres, pero en general también los afeaba.
Perdían los dientes, las extremidades, se les curtían y tostaban las manos y la cara, tanto por la acción de la brea y el aceite como por la del viento y el sol; casi ninguno de los que había allí la atraía.
Los más jóvenes, guapos y musculosos no eran ni limpios ni tenían buenos modales.
Pensó que quizá el negocio del aceite era así.
Cazar, matar y trabajar; la sangre, la sal y el aceite eran su pan de cada día.
Cayó en la cuenta de que los marineros de los barcos mercantes eran más limpios.
O quizá solo los de la Vivacia . Su padre obligaba a los hombres a mantener su higiene y el barco libre de bichos.