25 #2
—Bien. Hagamos cuentas y acabemos con esto.
Te daré también tu talón, puesto que no tengo nada que objetar con la labor que has desempeñado.
Pero no voy a permitir que te quedes vagando por mi cubierta esperando un ascenso.
El Segador zarpará dentro de un mes. Si regresas antes de que levemos anclas y deseas ocupar el mismo puesto, bien, ya hablaremos.
Pero hay mucha gente deseando ocuparlo, ya sabes.
—Sí, señor. —Se mordió los labios para no seguir hablando.
Cuando el capitán le hizo entrega de su paga y la correspondiente bonificación, Althea comprobó lo honesto que era en realidad.
Pese a su carácter áspero y cruel, no dejaba de entregarle a cada uno su parte, hasta la última moneda.
Mientras Althea se metía el dinero en el bolsillo, el capitán cogió un herrete del barco y, con la ayuda de un mazo y un sello, lo estampó con la marca del Segador .
La mojó en tinta para que resaltara más y cogió un punzón para escribir sobre cuero.
—¿Nombre completo? —preguntó sin mirarla.
Qué extrañas podían llegar a ser algunas situaciones. Nunca había pensado que podría llegar aquel momento. Respiró hondo. Debía decirle su nombre real, pues de lo contrario carecería de valor.
—Althea Vestrit —dijo con vacilación.
—Es un nombre de mujer —comentó extrañado el capitán al empezar a grabar las letras sobre el talón.
—Sí, señor —afirmó Althea a media voz.
—Por el amor de Sa, ¿por qué te pusieron tus padres un nombre de mujer? —preguntó el capitán, distraído, mientras comenzaba a escribir Vestrit.
—Supongo que porque les gustaba, señor —contestó.
No apartó los ojos de las manos del capitán, que no dejaron en ningún momento de marcar el cuero con las letras.
El talón de un barco, todo lo que necesitaba para que Kyle cumpliera la promesa de devolverle su nave.
Entonces los arañazos del capitán sobre el cuero se fueron haciendo cada vez más vacilantes, hasta detenerse por fin del todo.
El capitán levantó la cabeza, la miró a los ojos y frunció el ceño.
—Vestrit. Es un nombre de mercader, ¿no es así?
De repente, a Althea se le había secado la garganta.
—Sí, señ… —El mercader le ordenó que se callara con un aspaviento. Miró asombrado a su segundo de a bordo.
—Los Vestrit tenían aquella nave… ¿Cómo se llamaba? —El segundo de a bordo se encogió de hombros y el capitán volvió a clavar la mirada en Althea—. ¿Qué nombre tenía esa nave?
—La Vivacia —respondió ella con voz templada de orgullo.
—Y la hija del capitán trabajaba en cubierta junto con el resto de la tripulación —dijo el capitán Sichel despacio. Acto seguido, la miró con ojos punzantes—. Tú eres aquella chica, ¿verdad? —Sus palabras sonaban ahora ásperas y acusadoras.
Althea se puso todo lo firme que pudo.
—Sí, señor.
El capitán posó asqueado el punzón sobre la mesa.
—¡Sácala de mi barco! —le gritó al segundo de a bordo.
—Me iré, señor. Pero necesito ese talón —dijo Althea mientras el segundo de a bordo se acercaba a ella, que permaneció firme. No iba a avergonzarse a sí misma echando a correr ahora.
El capitán resopló atónito.
—¡No te entregaré ningún talón, no con el sello de mi barco!
¿Crees que te dejaré convertirme en el hazmerreír de la maldita flota?
¿Hemos llevado una mujer a bordo toda la temporada y nadie se ha dado cuenta?
¡Todos se reirán de mí! Debes entregarme el contenido de tu bolsillo por haberme engañado.
No me extraña que las serpientes nos hayan dado más problemas que nunca.
Todo el mundo sabe muy bien que una mujer siempre atrae a las serpientes.
Tenemos suerte de haber regresado para contarlo, pero no gracias a ti.
¡Échala de aquí! —Esto último se lo gritó al segundo de a bordo, cuya expresión revelaba que opinaba lo mismo que el capitán.
—Mi talón —dijo Althea con desesperación. Se acercó a la mesa para cogerlo, pero el capitán fue más rápido. Tendría que atacarlo para obtenerlo—. Por favor —le rogó cuando el segundo de a bordo la agarró del brazo.
—¡Sal de aquí y de mi nave! —gruñó el capitán—.
Y dame las gracias por permitirte recoger el equipaje.
Si no sales de aquí ahora mismo, te echaré con lo puesto.
Puta zorra embustera. ¿Con cuántos tripulantes te has acostado para mantener tu secreto?
—le preguntó mientras el segundo de a bordo la arrastraba hacia la puerta.
«Con ninguno», quiso gritarle. Ni uno. Pero había dormido con Brashen y consideraba que eso solo le concernía a ella; además, hubiera parecido que se contradecía. De manera que solo fue capaz de balbucir:
—No es justo.
—¡Tampoco lo es que me hayas mentido! —bramó el capitán Sichel. El segundo de a bordo la echó de la habitación.
—¡Recoge tus cosas! —le ordenó con un susurrante gruñido—.
Y si oigo un solo rumor sobre esto en cualquier rincón de toda Candeleda, te daré caza y te enseñaré cómo tratamos a las rameras mentirosas.
—La empujó a cubierta, casi tirándola al suelo, pero consiguió recuperar el equilibrio apoyándose en la puerta, que acababan de cerrar tras ella.
Se quedó mirando, entre furiosa y hundida, la plancha de madera que la separaba de su talón.
Debía de ser una pesadilla. Tantos meses de duro trabajo arrojados por la borda.
El puñado de monedas que reducía a metal todo lo que valía un grumete.
Con gusto se las hubiera devuelto, junto con todas sus otras pertenencias, a cambio de aquel trozo de cuero que sin duda ya habría hecho trizas.
Al girarse para marcharse, vio que Reller la estaba mirando. Alzó una ceja inquisitivamente.
—Me han echado del barco —le explicó con concisión. Aparte de la verdad, era la explicación más sencilla.
—¿Por qué? —quiso saber el marinero, que la siguió al camarote de la tripulación, adonde se dirigía para recoger sus pertenencias.
Althea se encogió de hombros y meneó la cabeza.
—Ahora no quiero hablar de ello —dijo con rudeza para parecer un adolescente furioso en vez de una mujer al borde de la histeria.
«Contente, contente, contente», susurró entre dientes mientras trepaba por última vez al estrecho y mal ventilado agujero que había llamado hogar durante todo el invierno.
No tardó mucho en recoger sus cosas y meterlas en su bolsa.
Se la echó al hombro y bajó del barco. En cuanto puso pie en tierra, miró a su alrededor con otros ojos.
Candeleda. Mal sitio para no contar más que con un puñado de monedas y un equipaje precario.
Un hombre giró la cabeza y lo miró con extrañeza.
Brashen le devolvió la mirada y lo ignoró.
Se dio cuenta de que iba por la calle con una sonrisa estúpida.
Se encogió de hombros. Tenía motivos para sonreír.
Estaba orgulloso de Althea, que había sabido hacerse pasar muy bien por grumete en el Segador .
Aceptar su invitación como quien no quiere la cosa, la coquetería con que llevaba la gorra…
, todo había sido perfecto. En general, aquel viaje que él había creído que acabaría con ella le había venido de maravilla.
Althea había recuperado algo que él creía que Kyle le había robado cuando se convirtió en el capitán de la Vivacia .
No tener su barco le había agriado el carácter durante los dos últimos viajes.
Su jovialidad se había tornado amargura y había dejado de jugar limpio para mostrarse vengativa.
Cuando murió su padre, Brashen creyó que algo se apagó en Althea para siempre.
No se dio cuenta hasta aquel día que Althea estaba despellejando osos marinos en el Erial.
Algo cambió en ella entonces. El cambio se fue haciendo más evidente cada vez, como si se hubiera fortalecido y endurecido.
La noche que acudió a él en Rincón, Brashen comprobó que volvía a ser la Althea de siempre.
Fue consciente además de cuánto la había echado de menos.
Dio una bocanada de aquel aire que olía a tierra y libertad.
Llevaba la paga en los bolsillos, era libre como un pájaro y la noche se presentaba prometedora.
¿Qué más podía pedir? Empezó a mirar aquí y allá en busca del letrero del Alero Rojo.
Cuando comentó que quizá pasara la noche en tierra, el segundo de a bordo sonrió y le recomendó dicha posada por tratarse de un lugar limpio para un marinero ahorrativo.
La sonrisa del segundo de a bordo indicaba que se imaginaba que Brashen no pasaría la noche solo.
Brashen tampoco, en realidad. Encontró el alero rojo de la posada mucho antes de ver su modesto letrero.
Una vez dentro, comprobó que era un sitio muy limpio, tanto que le pareció austero.
Solo había dos mesas y cuatro bancos, todos pulidos como los tablones de la cubierta de un barco bien cuidado.
El suelo estaba cubierto de arena blanca rastrillada.
El fuego del hogar se alimentaba de madera de deriva; las llamas multicolores se agitaban en todas direcciones.
No había más clientes. Pasó un rato hasta que apareció un hombre cojeando para atenderlo.
Mientras se acercaba a él, se limpiaba las manos en el delantal que llevaba.
Miró a Brashen de arriba abajo con ojos recelosos antes de decir:
—Buen día.
—Me han recomendado su casa. ¿Cuánto me cobrará por una habitación y un baño?
El posadero lo escrutó, como calculando cuánto podría desembolsar alguien como él. Era un hombre de mediana edad, cuyas cicatrices revelaban que conocía la vida en el mar y que ahora andaba con una pierna torcida. Quizá justo por eso ya no era marinero.
—Tres —dijo en tono tajante antes de añadir—: No será de los que vuelven borrachos de la taberna y empiezan a romperlo todo, ¿verdad? Porque, si lo es, en el Alero Rojo no queda ninguna habitación para usted.
—Volveré borracho, sí, pero no destrozaré nada. Solo quiero dormir.