25
Candeleda
Candeleda era un pequeño y animado puerto mercantil de la península de Calabacín.
Althea ya había estado allí con su padre.
Desde la cubierta del Segador podía ver la actividad de la bulliciosa rada; de repente se le ocurrió que, si saltaba del barco y echaba a correr por el muelle, encontraría la Vivacia atada y su padre a bordo de ella, como antes.
Estaría en el salón del capitán atendiendo a los comerciantes de la ciudad.
Habrían servido buen coñac, pescado ahumado y queso añejo y se respiraría una atmósfera de negociación entre camaradas mientras ofrecía su cargamento a cambio de otras mercancías o dinero.
La estancia estaría limpia y sería acogedora, y el camarote de Althea sería lo que fue en los buenos tiempos: su refugio personal.
Sentía como si el pecho se le desgarrara de pura melancolía.
Se preguntó dónde estaría su barco y en qué lo estaría empleando Kyle.
Deseó que Wintrow se hubiera hecho buen amigo suyo, pese a que los celos le hacían creer que nadie llegaría nunca a conocer la Vivacia tan bien como ella.
Pronto, prometió por su lejana nave y por ella misma, muy pronto.
—¡Grumete!
El grito la hizo saltar antes de reconocer la voz de Brashen y su tono burlón. Aun así, se volteó con agilidad y contestó:
—¿Señor?
—El capitán quiere verte.
—Sí, señor —contestó al tiempo que dio un brinco para marcharse.
—Espera. Un momento.
Le pareció estúpido que Brashen mirara a un lado y a otro para cerciorarse de que no había nadie cerca o mirándolos. ¿Acaso no se daba cuenta de que, si alguien lo veía mirar a todas partes, sabría enseguida que se traían algo entre manos? Aún peor, se arrimó más a ella para hablarle en voz baja:
—¿Cena esta noche en el puerto? —Se dio unos golpecitos en el morral para que las monedas que llevaba tintinearan. Junto al morral colgaba del cinturón un herrete del barco recién estampado.
Althea se encogió de hombros.
—Puede, si me dejan libre. —Prefirió ignorar la invitación que sugería su pregunta.
Brashen recorrió su rostro con la mirada, muy poco a poco.
—La quemadura de la serpiente aquella ya casi se ha curado del todo. Al principio pensaba que te quedaría una cicatriz.
Althea volvió a encogerse de hombros y evitó abandonarse a la ternura de sus ojos.
—¿Qué es una cicatriz más para un marinero? Dudo que nadie más a bordo se haya fijado ni que se vaya a fijar.
—Entonces ¿has decidido quedarte en el barco?
—Mientras permanezcamos en el puerto, sí. Pero creo que desde aquí tengo más posibilidades de encontrar un barco para volver al Mitonar que desde los siguientes puertos donde hará escala el Segador . —Sabía que no debía hablar más, pero sintió curiosidad—: ¿Y tú?
—Todavía no lo sé. —Sonrió y añadió en tono confesional—: Me han ofrecido ser el segundo de a bordo.
Me doblarían el salario con el que empecé y sobre el papel siempre queda mejor que tercero de a bordo.
Podría quedarme solo por eso. Les he dicho que sí, pero todavía no he firmado nada.
—No dejó de mirarla mientras añadía—: Por otro lado, si encontráramos una nave sólida que zarpara hacia el Mitonar, tampoco estaría mal regresar a casa.
Althea sintió una punzada en el corazón. No. Aquello no debía continuar. Forzó una sonrisa y se rio sin ganas.
—Ya, ¿y qué oportunidades tenemos de terminar los dos en el mismo barco otra vez? Muy pocas, diría yo. —Pese a todo, él siguió mirándola muy de cerca.
—Depende de cuánto lo intentemos —propuso.
Respiró hondo—. He intercedido por ti. Dije que pensaba que hacías más el trabajo de un verdadero marinero que el de un simple grumete.
El primero estuvo de acuerdo. Lo más probable es que sea eso para lo que quiere verte el capitán, para proponerte una mejor oferta si te quedas.
—Gracias —dijo, algo incómoda. No porque se sintiera agradecida, sino porque empezaba a sentirse furiosa.
¿Creía Brashen que necesitaba de su «intercesión» para que la consideraran un marinero de primera?
Se ganaba bien el salario que le pagaban como marinero normal, sobre todo mientras pudiera seguir pelando.
Se sintió como si Brashen le hubiera arrebatado su dignidad y su valía al hablar bien de ella.
Debería haberle parado los pies, pero solo se le ocurrió decirle—: Creo que ya se habían dado cuenta de eso.
Brashen la conocía demasiado bien.
—No quería decir eso —se apresuró a disculparse—.
Todos saben que te ganas bien el pan. Siempre fuiste un gran marinero, Althea.
Y el tiempo que has pasado en el Segador te ha curtido mucho más.
Si nos sorprendiera una tormenta, sería a ti a quien elegiría para que subiera conmigo a manejar la jarcia.
Un hombre siempre puede contar contigo, lo mismo en la arboladura que en la cubierta.
—Gracias —repitió, esta vez aún más violentada porque lo había dicho con sinceridad. Brashen no alababa a la gente porque sí—. Será mejor que me presente ante el capitán si quiero que siga teniéndome en buena estima —añadió a modo de excusa para alejarse de él lo antes posible.
Aunque ya le había dado la espalda, Brashen le gritó:
—Hoy soy libre. Estaré en el Alero Rojo. Ponen muy buena comida y mejor cerveza, y es barato. Te veré en tierra.
Althea salió corriendo e ignoró la extraña mirada que le echó Reller.
Maldito Reller. Confiaba en poder quedarse a bordo y trabajar en la carga y descarga de la nave hasta conseguir un camarote en otro barco.
Pero si Brashen le complicaba mucho las cosas, tendría que pagarse una habitación en tierra.
Apretó los dientes y llamó a la puerta del capitán Sichel.
Mientras intentaba tranquilizarse y poner buena cara, oyó un escueto:
—Adelante.
Solo había visto el comedor de oficiales una o dos veces en todo el viaje.
En esta ocasión ya no le impresionó tanto.
Cierto, aquella era una nave difícil de gobernar y el aceite y la carne eran mercancías muy sucias, pero su padre jamás hubiera tolerado el caos que vio allí.
El capitán Sichel estaba sentado a la mesa, con el primero tras su hombro.
Sobre la mesa había una caja fuerte y un libro mayor, así como una pila de talones de cuero y el sello del barco.
Sabía que aquel día habían pagado antes a muchos de los hombres.
Quienes habían subido a bordo como deudores o prisioneros habían bajado como hombres libres.
Cierto, no habían recibido una paga que compensara el año que habían pasado en el barco, solo el herrete de cuero estampado que indicaba que habían pasado a bordo el tiempo acordado y un recibo que certificaba que su deuda había vencido.
Se preguntó a qué clase de hogares regresarían aquellos hombres y si sus casas seguirían todavía en pie.
Entonces se dio cuenta de que el capitán la estaba mirando y bajó de las nubes.
—Señor —dijo con voz resuelta.
El capitán miró el libro mayor que tenía abierto ante sí.
—Athel. Grumete. Y tengo aquí una nota que dice que te has ganado una bonificación como pelador. ¿Es correcto, grumete?
—Sí, señor. —Ambos lo sabían. Althea esperó a que el capitán continuara hablando.
El capitán abrió otro de los libros que inundaban la mesa y pasó el dedo por las sucesivas entradas.
—Según una nota de la bitácora, gracias a tu rápida actuación, nuestro tercero de a bordo no sufrió daños y tú tampoco.
Por no mencionar que varios hombres de otras naves tampoco.
Y… —pasó varias páginas hasta la siguiente marca de la bitácora— el segundo de a bordo ha apuntado que, el día que enganchamos a la serpiente, tu pronta reacción evitó que un hombre cayera por la borda. ¿Es esto así, grumete?
Althea se encogió de hombros para borrar la sonrisa de su cara, aunque no pudo hacer nada por disimular el rubor de sus mejillas.
—Sí, señor —consiguió afirmar a duras penas, y agregó—: No sabía que alguien hubiera apuntado esas cosas.
El capitán se apoyó en el respaldo haciendo crujir la silla.
—Sabemos más de lo que los hombres que van a bordo sospechan.
Con una tripulación tan numerosa, siendo la mitad presos de mierda, tengo que confiar en mis oficiales para vigilarla de cerca y saber quién se gana el pan y quién no.
—La miró levantando la barbilla—. Viniste al Mitonar como grumete.
Nos gustaría que siguieras con nosotros, Athel.
—Gracias, señor. —¿Y qué había del ascenso y del aumento de paga? Pues vaya intercesión que había hecho Brashen.
—¿Te parece bien, entonces?
Althea respiró hondo. Su padre siempre había preferido a los hombres honestos, de modo que decidió arriesgarse:
—No estoy seguro, señor. El Segador es un gran barco y no tengo ninguna queja.
Pero he estado pensando en regresar al Mitonar, en volver antes de lo que tardaría en llegar en el Segador .
Quiero decir, señor, quisiera que se me diera ahora mi paga y mi talón, pero quedarme a bordo para trabajar mientras permanezca en puerto.
Y si no encuentro camarote en otro barco antes de que el Segador zarpe, quizá me quedara aquí de todos modos.
No se podía decir que no había sido honesta. El capitán endureció la mirada. Creía que le había hecho una gran oferta al proponerle seguir a bordo, de modo que no le hizo gracia que aquel grumete deseara encontrar una nave mejor.
—Bien. Tendrás tu dinero y tus papeles, por supuesto. Pero en lo que respecta a tu, digamos, actitud, en fin, aquí damos mucha importancia a la lealtad hacia el barco. Pero está claro que crees que te encontrarías mejor en cualquier otra parte.
—No quiero decir mejor, señor. El Segador es una nave magnífica, señor, grandiosa. Solo necesito encontrar otra que me lleve a casa un poco antes.
—El hogar de un marinero es su barco —replicó el capitán Sichel con gravedad.
—Me refería al puerto de origen, señor —añadió Althea apresurada para corregirse. Quizá no estaba abordando bien el asunto.