Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 24 #5
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—Por supuesto —susurró él con el mismo tono divertido de antes.

Malta empezó a sentir cierto miedo de él.

No. No era miedo. Era recelo. El extraño pareció darse cuenta, puesto que cuando ella comenzó a alejarse, la siguió.

De hecho, la acompañó caminando junto a ella, como si fuera su pareja.

Malta temía que la acompañara a la explanada, pero se quedó en la puerta—.

Necesito algo de ti antes de que te vayas —le pidió sin tapujos.

—Por supuesto. —Se llevó las manos a la bufanda para quitársela.

—Tu nombre.

Malta se quedó paralizada. ¿Se le habría olvidado a aquel hombre que llevaba puesta su bufanda con la joya de fuego? De ser así, ella no pensaba recordárselo. Oh, tampoco quería quedársela. No para siempre, solo hasta que se la enseñara a Delo.

—Malta —respondió. Con eso le bastaba para buscar su bufanda si quería recuperarla, aunque le llevaría cierto tiempo.

—Malta… —repitió el hombre, instándola a que le revelara también su apellido, pero ella fingió no comprenderlo—. Entiendo… —concluyó al poco—. Malta. Que tengas buenas noches, Malta.

—Buenas noches. —Se dio la vuelta y atravesó corriendo las enormes puertas del salón.

Una vez dentro, empezó a quitarse a toda prisa la bufanda, cuyo tejido era fino como una gasa.

Cuando se la hubo quitado, comprobó que cabría sin problemas en el bolsillo de su capa, donde la escondió en el acto.

Enseguida, con una sonrisilla de satisfacción, regresó al salón.

La gente seguía gritando por turnos. Pactos, compromisos, rebeliones, esclavitud, guerra, embargos…

Estaba harta de aquello. Quería que todos se callaran de una vez y que su madre la llevara a casa, donde podría admirar el resplandor de la joya de fuego en la intimidad de su habitación.

El resto de la maraña no parecía darse cuenta de que algo iba mal.

Sessurea, quizá, que parecía un poco intranquila, pero los demás estaban tan contentos.

Había comida de sobra y se podía obtener sin ningún problema.

La atmósfera de aquella Abundancia era cálida y las nuevas sales despertaban excitantes colores en las nuevas pieles a las que las mudas habían dado a luz.

Mudaban con frecuencia, puesto que la comida era muy nutritiva y crecían enseguida.

Quizá, pensó Shreever con pesar, era eso lo que todos los demás habían querido siempre.

Quizá creyeran que aquella vida indolente de alimentarse y mudar fuera como renacer. Ella no.

Sabía que Maulkin quería ir mucho más allá.

El resto de la maraña era demasiado corta de miras para percibir la angustia y la aflicción de Maulkin.

Los había guiado hacia el norte siguiendo la sombra de su donante.

Se había detenido en varias ocasiones junto a las corrientes cálidas de agua dulce para saborear una y otra vez las extrañas atmósferas.

Los demás no pensaban en otra cosa que correr tras su donante.

En una ocasión, Sessurea los sorprendió cuando extendió su collar y se enfrentó a los demás para que abandonaran esa estúpida carrera.

Pero, poco después, Maulkin cerró sus mandíbulas desconcertado y abandonó la corriente cálida para ocupar de nuevo su lugar a la sombra de su donante.

Shreever no se mostró del todo preocupada cuando su donante se detuvo y Maulkin se conformó con quedarse por las cercanías.

¿Quién era ella para cuestionar las decisiones de alguien que poseía los recuerdos de los antiguos?

Sin embargo, cuando su donante viró rumbo al sur y Maulkin les ordenó que continuaran siguiéndolo, se angustió.

Tuvo la corazonada de que algo no marchaba bien y Sessurea parecía compartir su preocupación.

Avistaron otras marañas que seguían a sus respectivos donantes.

Todos sus componentes parecían satisfechos y bien alimentados.

Era en esas ocasiones cuando Shreever se preguntaba si no sería ella la culpable.

Quizá sus sueños fueran demasiado fantasiosos, quizá se había tomado la sabiduría sagrada al pie de la letra.

Pero después siempre comentaba lo distraído que parecía Maulkin, incluso durante las comidas.

Mientras los demás daban dentelladas y engullían, él de repente dejaba de alimentarse y se quedaba inmóvil, con las mandíbulas bien abiertas y las branquias palpitando mientras averiguaba la procedencia de algún olor casi imperceptible.

Y a menudo, cuando su donante se detenía durante un tiempo prolongado y el resto de la maraña descansaba, Maulkin ascendía hasta casi la Carencia e iniciaba una sarmentosa danza con los ojos cerrados.

Esas veces Sessurea lo observaba casi tan de cerca como ella.

El líder retorcía su cuerpo sin cesar, y después se deslizaba entre sus propias espiras y se estiraba de tal manera que utilizaba toda la piel de su cuerpo ya extendido para recibir todas las sensaciones posibles de la atmósfera.

Después bramaba, de un modo contenido e irregular, cosas absurdas que intercalaba con la sabiduría sagrada.

A veces asomaba la cabeza a la Carencia y acto seguido volvía a sumergirla y murmuraba cosas de las luces, las luces.

Shreever ya no lo soportaba. Lo dejó bailar hasta que el cansancio empezó a debilitar sus falsos ojos. Extenuado, se dejó caer al fondo. Con el collar contraído y sumisa, descendió tras él hasta alcanzarlo.

—Maulkin —le susurró—, ¿ha fallado tu visión? ¿Estamos perdidos?

Maulkin abrió los ojos para mirarla. La rodeó con debilidad para arrastrarla con él y enmarañarse en el blando lodo.

—No solo un lugar —contestó casi delirando—. También un tiempo. Pero no solo un tiempo y un lugar, sino una maraña. Una maraña así no se reúne desde los tiempos antiguos. Casi puedo oler a Quien Recuerda.

Shreever retorció sus espiras e intentó leer los recuerdos de Maulkin.

—Maulkin, ¿no eres tú Quien Recuerda?

—¿Yo? —Empezó a cerrar los ojos de nuevo—.

No. No del todo. Casi puedo recordar. Sé que existen un lugar, un tiempo y una maraña.

Cuando los experimente, los reconoceré al instante.

Estamos cerca, muy cerca, Shreever. Debemos perseverar y alejarnos de toda duda.

Tantas veces el tiempo ha ido y venido que lo hemos perdido.

Temo que, si lo perdemos de nuevo, todos nuestros recuerdos de los tiempos antiguos se desvanecerán y jamás seremos lo que fuimos.

—¿Y qué fuimos? —preguntó Shreever, solo para oírselo decir a él.

—Fuimos señores; nos movíamos a nuestro antojo por la Carencia y por la Abundancia. Todo lo sabía, todos lo sabían y todos compartían los recuerdos de todos los tiempos, desde los orígenes. Éramos poderosos y sabios, y todas las criaturas nos respetaban y veneraban.

—¿Qué ocurrió después? —Shreever le volvió a plantear la misma pregunta de siempre.

—Llegó el momento de cambiar de forma. De mezclar la esencia de nuestro cuerpo y dar lugar así a nuevos seres que gozaran de vitalidad y vigor renovados. Llegó el momento de reiniciar el antiguo ciclo de unirse, dividirse y crecer de nuevo. Llegó el momento de renovar nuestro cuerpo.

—¿Y qué ocurrirá ahora? —preguntó Shreever para cumplir con su parte del ritual.

—Todos se unirán en el tiempo y el lugar del encuentro. Se volverán a compartir todos los recuerdos, todo lo que uno mantuvo seguro se devolverá a todos. Finalizará el viaje al renacimiento y nos alzaremos triunfantes.

—Así será —asintió Sessurea no muy lejos de ellos—. Así será.