Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 24 #4
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—Por favor —dijo Jani Khuprus para intentar recuperar la atención de su audiencia—.

¡Escuchadme, por favor! ¡Por favor! —A medida que fue desapareciendo el huracán de voces, fue bajando la voz—: Que discutamos entre nosotros puede ser muy peligroso.

Si hablamos con múltiples voces, el sátrapa no escuchará ninguna.

Necesitamos que un grupo importante comunique nuestra voluntad al sátrapa, pero debemos permanecer unidos y hablarle con sinceridad.

Debe escuchar una voz firme, de modo que si seguimos discutiendo como…

—Tengo que usar el caseto de atrás —susurró Malta. Claro. Nunca ponían pegas a eso.

Su abuela meneó la cabeza con fastidio, pero la dejaron salir. Davad Restart estaba tan inmerso en lo que Jani Khuprus estaba diciendo que apenas se dio cuenta cuando pasó por delante de él.

Se detuvo en la mesa de los refrigerios para servirse un vaso de vino.

No era la única que se había levantado. Por todo el salón había pequeños grupos de gente que conversaba en voz baja sin dejar de escuchar a la mercader de los Territorios Pluviales.

Otros discutían y había quienes hacían gestos de asentimiento a sus compañeros al estar de acuerdo con lo que iba diciendo la oradora.

Casi todos los miembros del público eran bastante mayores que Malta.

Buscó a Cerwin Trell con la mirada, pero seguía sentado con su familia y parecía de lo más interesado en lo que estaba ocurriendo.

Política. Se le ocurrió que, si todo el mundo la ignorara, la vida seguiría adelante, como siempre.

Lo más probable era que las discusiones se alargaran durante el resto de la velada y estropearan la fiesta.

Suspiró y se llevó el vaso de vino a la calle para respirar el aire de aquella fría noche de invierno.

Las teas del sendero se habían apagado, de modo que la oscuridad era ya absoluta.

Las estrellas titilaban en el gélido cielo.

Le recordaban a las joyas de fuego. Las azules y las verdes eran las más escasas.

Tenía que contárselo a Delo. Ya había pensado en cómo se lo diría, como si fuera algo que todo el mundo sabía.

Delo era la persona ideal con la que compartir esas cosas porque, en cuanto se le confesaba algo, lo proclamaba a los cuatro vientos.

Se lo haría saber a todo el mundo. ¿No les había contado a todas las chicas lo del vestido verde?

Por supuesto que sí, y también les había dicho que Davad Restar la hizo marcharse a casa.

Había sido una idiota por confiarle la verdad, pero se sentía tan furiosa que no pudo sino contársela.

Aquella noche se tomaría su revancha. Le contaría cuánto se había aburrido y que por casualidad se había encontrado con Jani Khuprus, que se paró a hablar con ella de las joyas de fuego.

Se paseó entre los carruajes dando sorbitos de vino.

Algunos cocheros se habían metido en los vehículos para resguardarse del frío y otros dormitaban en sus asientos.

Había un pequeño grupo en un rincón de la entrada que se había juntado para cuchichear y seguro que también para compartir el contenido de una petaca.

Malta caminó casi hasta el final de la entrada, pasó junto al carruaje de Davad y luego junto al de los Territorios Pluviales.

Como se había dejado dentro su andrajosa capa, empezaba a notar frío.

Se cruzó los brazos sobre el pecho con cuidado de no salpicar el carruaje de vino y siguió andando.

Al poco se detuvo de nuevo para examinar el blasón de la puerta de otro carruaje.

Era muy gracioso, un gallo con una corona.

«Khuprus», dijo para sí al tiempo que lo palpaba con un dedo con el fin de memorizarlo.

Al ver la estela luminosa que iba dejando la yema del dedo, se dio cuenta de que el blasón estaba hecho de jidzin.

Aquel metal ya no era tan valioso como antaño.

Algunos artistas callejeros seguían fabricando sus cimbalillos y campanillas con jidzin, que rielaba al tocarlo.

Era un efecto muy bonito, pero en realidad era igual que el latón.

Con todo, también se lo contaría a Delo.

Siguió caminando con distracción, pensando en cómo se lo diría.

«Resulta extraño cómo el jidzin y las joyas de fuego se encienden con el mero contacto humano», dijo en voz alta.

No, no sonaba bien. Necesitaba encontrar una expresión más dramática.

De pronto, casi pegado a ella, vio un destello azul.

Dio un paso atrás, asustada, y luego volvió a mirar.

Había alguien a su lado, un hombre apoyado contra el carruaje de los Khuprus.

El destello procedía de la joya que llevaba abrochada a la garganta.

No era muy corpulento y vestía a la moda de los Territorios Pluviales.

Llevaba una bufanda al cuello y un velo en la cara, como las mujeres de allí. Quizá fuera el cochero.

—Buenas noches —dijo Malta con voz enérgica para disimular el susto que se había llevado y empezó a caminar junto a él.

—En realidad —empezó a contarle el hombre a media voz—, no tiene por qué ser un humano.

Una vez que se las ha despertado, se encienden con cualquier movimiento.

¿Ves? —Extendió un brazo hacia Malta y giró la muñeca de golpe.

Malta pudo ver entonces las dos gemitas azules que llevaba en el puño de la manga y se detuvo para observarlas mejor.

No eran de un azul claro, sino de un intenso añil zafirino que parecía bailar en la oscuridad.

—Creía que las azules y las verdes eran las más escasas y valiosas —comentó. Dio otro sorbito de vino. Lo que le había dicho le pareció más cortés que preguntarle cómo era que un simple cochero podía permitirse tales lujos.

—Así es —admitió el hombre—. Pero estas son diminutas.

Y me temo que un tanto defectuosas. Les hicieron unas marcas durante el pulido.

—Se encogió de hombros. Malta se dio cuenta al ver cómo subía y bajaba la gema que llevaba al cuello—.

Supongo que no arderán durante mucho más tiempo.

Puede que un año o dos. Aun así, no soportaría que las tiraran.

—¡Por supuesto que no! —exclamó Malta, casi escandalizada. ¿Cómo podía alguien deshacerse de una joya de fuego? Increíble—. ¿Dices que arden? Entonces ¿queman?

El hombre se rio entre dientes.

—Oh, no. Mira, toca una. —Volvió a extender el brazo hacia ella.

Descruzó los brazos y acercó un dedo con precaución. Palpó una con sumo cuidado. No. No quemaba. Ya con más confianza, la tocó otra vez. Era suave y fría como el cristal, aunque pudo notar la muesca que tenía. Tocó la otra y se volvió a cruzar de brazos.

—Son preciosas —dijo tiritando—. Aquí hace mucho frío. Será mejor que regrese adentro.

—No, no te… Quiero decir… ¿Tienes frío?

—Un poco. Me he dejado la capa dentro. —Se giró para regresar al interior.

—Un momento. Toma la mía. —Se puso derecho y empezó a desabrocharse su capa.

—Oh, gracias, pero estoy bien. No puedo dejarte sin abrigo. Bastará con que vuelva adentro. —Solo pensar en que la capa con que ese hombre se había estado cubriendo su verrugosa espalda podría tocarle la piel le daba aún más escalofríos que la propia noche. Echó a andar, pero él salió tras ella.

—Un momento. Acepta mi bufanda entonces.

No parece gran cosa, pero te sorprendería lo que puede llegar a calentar.

Espera, pruébala. —Se la fue quitando, joya de fuego incluida, de manera que en cuanto Malta se giró, el hombre se la echó sobre los brazos.

Lo cierto era que era muy calentita, pero lo único que hizo que no se la tirara a la cara fue el brillo de la joya de fuego azul.

—Oh —exclamó. Llevar una joya de esas, aunque solo sea un momentito…

Era una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar.

Ya se bañaría cuando volviera a casa—. ¿Me lo sujetas, por favor?

—le pidió al hombre al tiempo que le tendía el vaso de vino.

En cuanto él lo agarró, Malta se tapó el cuello y los hombros con la prenda.

Él la había llevado puesta a modo de bufanda, pero al estar tejida muy espaciadamente se podía extender hasta convertirla en una suerte de chal.

Y sí que abrigaba, mucho. Se lo colocó de manera que la joya azul quedara entre sus pechos.

La miró—. Es tan hermosa… Es como… No sé como qué puede ser.

—Algunas cosas son únicas, puesto que son de incomparable belleza —susurró el hombre.

—Es verdad —admitió Malta sin apartar los ojos de la piedra.

Entonces él le recordó:

—¿Tu vino?

—Oh —resopló con gesto de hartazgo—. Ya no puedo más. Tómalo tú si te apetece.

—¿Puedo? —preguntó con una mezcla de diversión y sorpresa, como si la extraña balanza en que se encontraban se hubiera inclinado en su favor.

Por un instante, Malta se sintió aturdida.

—Quiero decir, si lo quieres…

—Oh, desde luego —le aseguró. El velo que le cubría el rostro contaba con una apertura en el medio que le permitió llevarse el vaso a los labios con soltura y vaciar su contenido con un solo y certero movimiento.

Alzó el vaso a la luz de las estrellas y se quedó mirándolo unos instantes.

Malta notó que la miraba antes de guardarse el vaso en la manga—. De recuerdo —comentó.

Hasta ese momento no cayó en la cuenta de que el hombre era mayor que ella y que quizá la conversación que estaban manteniendo no fuera apropiada, que todo lo que le había dicho el desconocido podía ir con segundas intenciones.

Las chicas decentes no se quedan a hablar en la más cerrada oscuridad con cocheros desconocidos.

—Será mejor que regrese adentro. Mi madre se estará preguntando dónde me he metido —se excusó.