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Malta suspiró y se apoyó con enfado en el respaldo.
Más adelante, el mercader Trentor estaba realizando una larga invocación a Sa.
Parecía consistir en la elaboración de una larga lista de cosas que les habían salido mal a las familias de mercaderes.
En lugar de despotricar contra Sa por no haberles prestado su ayuda en tales terrenos, hablaba con voz monótona sobre que Sa al final siempre acudía en su auxilio.
De haberse tratado de Krion en lugar de su tío, podría haber sido interesante. En los asientos reservados para los mercaderes de los Territorios Pluviales se veían varias capuchas inclinadas hacia abajo. Malta se preguntó si no estarían dormitando.
Tras la invocación vino el discurso de bienvenida del mercader Drur, que repitió la misma letanía aburrida de siempre.
Todos eran parientes, todos eran mercaderes unidos por juramentos y vínculos que reforzaban la lealtad y la unidad, la sangre y la parentela.
Entonces Malta se dio cuenta de que había una falta en la tela de su vestido, a la altura de la rodilla.
Al señalársela a su madre, esta la miró con ojos coléricos y le indicó con la mano que guardara silencio.
Cuando por fin Drur regresó a su asiento y Jani Khuprus subió al estrado, Malta se levantó y se inclinó hacia delante.
La mercader de los Territorios Pluviales se había quitado su pesada capa y la capucha, aunque seguía ocultándose el rostro.
Llevaba una capa más ligera color marfil, también con capucha, y el velo de encaje que le cubría la cara formaba parte de la indumentaria.
Las joyas de fuego seguían brillando con igual intensidad, de manera que en aquel oscuro salón causaban el mismo efecto que en la calle.
A medida que hablaba, miraba los distintos rincones del salón.
Cada vez que giraba la cabeza, el velo se le agitaba y las llameantes gemas destellaban con mayor intensidad.
Llevaba quince y todas emitían una reluciente luz roja, como pepitas de granada, aunque su tamaño era el de una almendra con cáscara.
Malta se moría de ganas de contarle a Delo que las había visto de cerca y que hasta había hablado de ellas con Jani Khuprus.
De repente, la matriarca alzó los brazos y la voz, lo que hizo que Malta prestara atención a lo que iba a decir:
—Ya no podemos seguir esperando. El tiempo es un lujo prohibitivo.
Si continuamos aguardando, nuestros secretos dejarán de ser tales.
Si el río no nos hubiera ayudado reduciendo sus naves a astillas en su huida, nos hubiéramos visto obligados a matarlos nosotros mismos.
¡Mercaderes del Mitonar! ¿Cómo es posible que nos haya ocurrido esto?
¿Qué ha sido de vuestras promesas? Esta noche escucháis a Jani Khuprus, pero tened por seguro que hablo en nombre de todos los mercaderes de los Territorios Pluviales.
Nos enfrentamos a algo más que una amenaza.
—Se quedó callada unos instantes y un silencio sepulcral inundó el salón.
Al poco se empezó a oír un murmullo. Malta supuso que el discurso ya había terminado. Se arrimó a su madre y le susurró:
—Voy a buscar algo para beber.
—Quedaos sentadas y calladas —les susurró su abuela. Malta vio las arrugas de ira contenida que le atravesaban la frente y le enmarcaban los labios.
Su madre no dijo nada. Malta se apoyó en el respaldo con frustración. Uno de los hermanos regordetes que tenían a la izquierda se levantó de un salto.
—¡Mercader Khuprus! —gritó. Cuando todas las cabezas se giraron para ver quién había levantado la voz, preguntó sin más—: ¿Qué esperáis que hagamos?
—¡Que mantengáis vuestras promesas! —le espetó Jani Khuprus.
Después, en un tono ya más templado, como si a ella misma le hubiera sorprendido su respuesta, añadió—: Debemos permanecer unidos.
Es necesario enviar representantes al sátrapa.
Por razones obvias, no pueden pertenecer a familias de los Territorios Pluviales.
No obstante, apoyaremos vuestro mensaje.
—¿Y cuál será ese mensaje? —preguntó una voz anónima.
—De verdad que tengo mucha sed —susurró Malta con insistencia. Su madre le frunció el ceño.
—Debemos exigir al sátrapa que respete el pacto original. Debemos instarle a que vuelva a llamar a esos supuestos nuevos mercaderes y que nos devuelva las tierras que les ha transferido.
—¿Y si se niega? —preguntó una mujer desde el fondo del salón.
Jani Khuprus cambió el peso a la otra pierna, incomodada por la pregunta. No quería responder a eso.
—Pidámosle primero que honre la palabra de sus antepasados. Nunca se lo hemos pedido. Nos hemos quejado mucho entre nosotros y hemos defendido posturas enfrentadas. Pero jamás nos hemos manifestado como pueblo y dicho: «Honra tu palabra si quieres que nosotros honremos la nuestra».
—¿Y si se niega? —insistió la mujer.
Jani Khuprus levantó las manos y luego las dejó caer de nuevo a los costados.
—En ese caso, perderá todo su honor —respondió con una voz que, a pesar de sonar leve como un susurro, llegó a todos los rincones del salón—.
¿Cómo deben comportarse los mercaderes con quienes carecen de honor?
Si no cumple su palabra, retiraremos la nuestra.
Dejaremos de rendirle tributo. Venderemos nuestros productos allá donde nos plazca en vez de limitarnos a distribuir los mejores por Jamaillia.
—Después, ya con más comedimiento, añadió—: Expulsaremos a los nuevos mercaderes y gobernaremos nosotros.
En ese instante estalló una tormenta de voces, algunas con ira, otras con temor y otras con aprobación.
Una vez amainado el temporal de gritos, Davad Restart se levantó de repente.
—¡Escuchadme! —exclamó, y al ver que nadie le prestaba atención se subió a su silla, sobre la que le costó mantener el equilibrio—.
¡Escuchadme! —bramó con un torrente de voz impropio de una medianía como él.
Entonces todos lo miraron y se fueron callando—.
Nos estamos volviendo locos. Pensad en lo que podría ocurrir.
No se desentenderá tan fácilmente del Mitonar.
El sátrapa enviará una flota de soldados.
Confiscará nuestras propiedades, se las transferirá a los nuevos mercaderes y esclavizará a nuestras familias.
No. Debemos colaborar con los nuevos mercaderes.
Tenemos que darles no todo, pero sí lo bastante para que se queden satisfechos.
Debemos integrarlos con nosotros, igual que hicimos con los Inmigrantes de las Tres Naves.
No digo que tengamos que enseñarles todo cuanto sabemos ni que se les deba permitir comerciar con los mercaderes de los Territorios Pluviales, pero…
—¿A qué te refieres entonces, Restart? —inquirió alguien con ira desde las sillas del fondo—. Ya que estás hablando por nuestros amigos los nuevos mercaderes, ¿se puede saber cuánto nos quieren sacar?
Otra voz entró en juego:
—Si al sátrapa le interesara enviar naves por el Paso Interior, haría ya mucho tiempo que habría eliminado a los piratas.
Se dice que las viejas galeras de patrulla se están pudriendo en los muelles por falta de impuestos para mantenerlas y repararlas.
Todo el dinero se destina al ocio del sátrapa.
No le preocupan las serpientes ni los piratas que nos roban nuestras mercancías.
Solo piensa en divertirse. El sátrapa no representa ninguna amenaza para nosotros, ¿por qué molestarnos en pedirle nada?
Debemos expulsar a esos nuevos mercaderes nosotros mismos. ¡No necesitamos a Jamaillia!
—¿Y dónde venderemos nuestros productos? La mayor actividad comercial se desarrolla en el sur, a menos que queráis negociar con los bárbaros del norte.
—Eso es otra historia. Los piratas. Según el pacto original, el sátrapa debía protegernos de los merodeadores del mar. Puestos a pedir, deberíamos decirle que…
—¡Necesitamos Jamaillia! ¿Qué nos queda sin esa ciudad? En Jamaillia se encuentran la poesía, el arte y la música; Jamaillia es la madre cultura. No podéis renunciar a ese negocio y encima…
—¡Y las serpientes! Los malditos barcos de esclavos atraen a esos monstruos, así que deberíamos exigir que no se permita la entrada de los barcos de esclavos al Paso Interior y…
—Somos gente honrada. Aunque el sátrapa no mantenga su palabra, seguiremos obligados por…
—… nos arrebatará nuestros hogares y nuestras tierras y nos esclavizará a todos. Nos convertiremos en lo que fueron nuestros antepasados: exiliados y criminales sin esperanza de indulto.
—Para empezar, debemos preparar nuestros propios patrulleros.
No solo para alejar a los nuevos mercaderes de la desembocadura de los Territorios Pluviales, sino también para ahuyentar a los piratas y las serpientes.
Sí, y para que a Chalaza le quede claro de una vez por todas que el río Pluvia no es su frontera y que sus dominios alcanzan hasta la Ensenada Grande. Nos han venido presionando…
—¡Eso nos empujaría de cabeza a dos guerras, con Chalaza y con Jamaillia! Es una estupidez. Recordad que, de no ser por Jamaillia y el sátrapa, hace años que Chalaza habría intentado invadirnos. Y nos arriesgamos a eso si nos separamos de Jamaillia. ¡Nada menos que a una guerra con Chalaza!
—¿Qué guerra? ¿Quién ha hablado aquí de guerra? ¡Solo tenemos que pedir que el sátrapa Cosgo mantenga las promesas que nos hizo el sátrapa Esclepius!
De nuevo, el salón quedó invadido por una tempestad de bramidos airados. Algunos mercaderes se subían a sus sillas y otros gritaban desde donde estaban. Malta no comprendía nada. De hecho, dudaba que nadie pudiera sacar algo en claro.
—Madre —suspiró en tono suplicante—. ¡Me muero de sed! Aquí el aire está demasiado cargado. ¿No puedo salir a tomar un poquito de aire fresco?
—¡Ahora no! —ladró su madre.
—Malta, cállate ya —le ordenó su abuela. Ni siquiera la miró por lo absorta que estaba en no perderse ripio de la conversación que mantenían dos hombres tres filas por delante de ellas.