Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 24 #2
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Y habla que te habla llegaron a la Explanada de los Mercaderes.

El mercader Restart desvariaba y su madre y su abuela escuchaban.

Como mucho discrepaban con educación, aunque Malta había oído a su abuela repetir hasta la saciedad que la esclavitud traería la ruina al Mitonar.

Tampoco era que Malta estuviera de acuerdo con ella.

Estaba convencida de que su padre no tendría nada que ver con ese negocio si no fuera beneficioso.

Con todo, le parecía ridículo que su abuela dijera una cosa en casa y luego no defendiera su postura frente a Restart.

Lo más desafiante que le dijo fue: «Davad, solo tengo que imaginarme a mí misma como esclava para saber que no puede ser algo bueno».

Como si fuera un argumento concluyente. A Malta la conversación empezó a parecerle de lo más insulsa mucho antes de que llegaran a su destino.

Además, no había terminado de contarle a su madre lo de las joyas de fuego.

Pese a todo, no fueron los últimos en llegar.

Malta hubo de hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para quedarse quieta en el asiento mientras Restart trasteaba con la defectuosa manija de la puerta y se apeaba.

Entonces salió corriendo como un lebrel antes de que Davad le tendiera su sudorosa y carnosa mano para ayudarla a bajarse.

Malta solo quería lavarse lo antes posible.

—¡Malta! —gritó su madre al salir. No se molestó en bajar la voz para añadir—: ¡Espera! ¡Debemos entrar juntas!

Malta frunció los labios y resopló adrede por la nariz: a su madre le encantaba tratarla como a una mocosa delante de todo el mundo.

Las esperó, pero cuando la alcanzaron se quedó rezagada a propósito, no tanto como para que su madre tuviera que darle otra voz, pero sí lo suficiente como para separarse de su madre, su abuela y el mercader Restart.

La Explanada de los Mercaderes estaba oscura.

Tampoco era que estuviese en tinieblas, pero sí estaba bastante menos iluminada que el día del Baile de la Cosecha.

Solo había dos teas que iluminaban el sendero y las ventanas del salón emitían un tenue resplandor que escapaba por las rendijas de las contraventanas.

Debía de ser porque la reunión la habían organizado las familias de los Territorios Pluviales.

No les gustaba el exceso de luz, o al menos eso se decía.

Delo le había contado que era porque les pasaba algo en los ojos, pero Malta sospechaba que, si todos eran tan feos como el que ella había visto, entonces no querrían que nadie los viera bien.

Las malas lenguas decían que eran muy verrugosos.

Verrugosos y deformes. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Se preguntó cuántos acudirían esa noche.

Justo cuando el cochero de Davad chasqueaba con la lengua a sus caballos para marcharse, llegó traqueteando otro carruaje.

Era un vehículo de estilo antiguo con gruesos paneles tallados que cubrían las ventanas.

Malta se quedó aún más atrás para ver quién se apeaba.

Dado que todo era penumbra, tuvo que estrechar los ojos para ver mejor el blasón de la puerta.

No lo reconocía, no pertenecía a los antiguos mercaderes, lo que significaba que debían venir de los Territorios Pluviales porque nadie más se atrevería a venir esta noche.

Siguió caminando, pero no pudo dejar de mirar atrás para ver quién se bajaba.

Bajó una familia entera, seis miembros, todos cubiertos con capa y capucha oscuras.

Pero, a medida que iban saliendo, se tocaban con una mano enguantada en el cuello o en la manga y entonces se encendían lucecitas ámbares, rojas y naranjas que brillaban en todas direcciones.

En ese instante se le erizó el vello de la nuca porque acababa de darse cuenta de qué eran: joyas de fuego.

Se quedó paralizada. Oh, los rumores que había oído no les hacían justicia.

Respiró hondo y se quedó mirando a los recién llegados, que mientras más se acercaban a ella, más magnificentes le parecían.

—¿Malta? —la llamó su madre a modo de aviso.

—Buenas noches —dijo una ronca voz de mujer procedente de las profundidades de la capucha.

Malta vio entonces que, aparte de la capucha, llevaba tapado el rostro con un velo de encaje.

¿Qué podía ser tan horrendo como para tener que ocultarlo incluso en la oscuridad?

Las joyas de fuego que llevaba eran escarlatas y tiraban hacia abajo del borde inferior del velo.

Malta oía cómo la seguían unos apresurados pasos acompañados por un suave ondear de tela.

Se sobresaltó cuanto su madre contestó asiéndola del brazo:

—Buenas noches. Soy Keffria, de la familia de mercaderes Vestrit.

—Jani, de los Khuprus de los Territorios Pluviales, te saluda.

—¿Me permites presentarte a mi hija, Malta Haven, de la familia Vestrit?

—Desde luego. —La voz de la mujer sonaba como un refinado ronroneo. Malta, aunque con retraso, se acordó de hacer una reverencia. La mujer soltó una risita a modo de aprobación antes de proseguir—: Creo que no la había visto en otras reuniones. ¿Acaba de ingresar en la sociedad?

—Así es, esta es su primera reunión. Aún no ha sido presentada.

Su abuela y yo pensamos que debe aprender los deberes y las responsabilidades de una mercader antes de presentarla como tal.

—Al contrario que la de Jani, la voz de su madre sonaba cortés y apresurada, como si quisiera corregir una primera impresión negativa.

—Ah. Eso me recuerda a Ronica Vestrit. Y apoyo esa clase de filosofía. Me temo que en el Mitonar ya no tiene la misma aceptación de antes. —Ahora hablaba con una voz suave y rica en matices, como un pastel de crema.

—Tus joyas de fuego son preciosas —le soltó Malta—. ¿Son muy caras?

Antes de terminar de hablar, se dio cuenta de lo infantil que sonaba la pregunta.

—¡Malta! —la reprendió su madre.

Sin embargo, la mujer de los Territorios Pluviales dejó escapar una risa gutural.

—En realidad, las escarlatas son las más comunes y las más fáciles de despertar.

Aun así, siguen siendo mis preferidas. El rojo es un color tan intenso…

Las verdes y las azules son mucho más difíciles de encontrar y de avivar, y por eso, claro, son las que más caras vendemos.

Huelga decir que las joyas de fuego son competencia exclusiva de los Khuprus.

—Por supuesto —asintió la madre de Malta—. Es emocionante este nuevo producto que los Khuprus han añadido a sus mercancías. Los rumores no les hacen justicia. —Su madre miró sobre su hombro—. ¡Oh, querida! Me temo que os hemos retrasado. Será mejor que entremos, no sea que empiecen sin nosotros.

—Oh, estoy segura de que a mí me esperarán —afirmó Jani Khuprus con rotundidad—. Si estamos aquí, es porque yo así lo he solicitado. Pero tiene razón, no es cortés hacer que los demás nos esperen. Keffria, joven Malta. Ha sido un placer charlar con ambas.

—El placer es nuestro —dijo la madre de Malta con recato antes de hacerse a un lado con deferencia para que la mujer encapuchada las precediera.

Al tomar a su hija del brazo para que hiciera lo propio, le apretó un poco más de lo necesario—.

Oh, Malta —suspiró a modo de reproche, y acto seguido la acompañó al interior.

La abuela las esperaba a las puertas de la Explanada de los Mercaderes con los labios fruncidos. Le hizo una exagerada reverencia a Jani Khuprus cuando esta pasó por su lado y después miró con los ojos como platos a Malta y su madre.

La madre de Malta esperó hasta que Jani Khuprus se hubo alejado lo bastante para no oírlas y susurró:

—¡Se le ha presentado! —gruñó a su abuela.

—Oh, Malta —se lamentó.

A veces Malta tenía la sensación de que su nombre era una especie de comodín que lo mismo valía para expresar ira que decepción o que impaciencia. Colgó su capa en una percha y se giró encogiéndose de hombros.

—Solo quería ver sus joyas de fuego —explicó, pero como de costumbre ya no le prestaban atención.

La apremiaron para que corriera hacia el salón, al que unas elevadas teas proporcionaban una escasa iluminación.

Un tercio del espacio lo ocupaba un estrado.

El suelo, que siempre había servido como pista de baile, estaba cubierto de filas de sillas.

Y, tal como se había venido temiendo, habían llegado tarde.

Las mesas de la comida estaban repletas y la gente o ya se había sentado o estaba buscando su asiento.

—¿Puedo ir a sentarme con Delo? —inquirió con apremio.

—Delo Trell no ha venido —le respondió su abuela con mordacidad—. Sus padres tuvieron la precaución de dejarla en casa, que es donde a mí me gustaría que estuvieras tú también.

—Yo no pedí venir —replicó Malta, pese a que su madre exclamó a modo de reproche:

—¡Madre!

Poco después, Malta ya se había sentado entre ambas en el extremo de una larga hilera de sillas acolchadas.

Davad Restart había ocupado el último asiento.

Frente a ellos había una pareja de ancianos, detrás tenían a un hombre moteado de marcas de viruela acompañado de su esposa, embarazada, y al otro lado de su madre había dos hermanos mofletudos que no le parecieron nada interesantes.

Al estirar el cuello distinguió a Cerwin Trell.

Estaba seis filas por delante de ellas y casi en el extremo opuesto.

Detrás de los Trell quedaban sillas desocupadas.

Estaba convencida de que su madre había elegido a conciencia sentarse tan lejos de ellos.

—Estate quieta y presta atención —siseó su abuela.