Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 24
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Los mercaderes de los

Territorios Pluviales

—Porque todo cuanto se sale de lo cotidiano me saca de quicio, por eso —le espetó su abuela.

—Lo siento —se disculpó la madre de Malta con voz templada—. Solo preguntaba. —Se colocó tras la abuela frente al tocador para recogerle el pelo. No parecía arrepentida, más bien cansada de la eterna irritabilidad de la abuela.

Malta no la culpaba. Estaba harta del mal genio de las dos.

Tenía la sensación de que solo se fijaban en el lado negativo de la vida, en lo triste.

Aquella noche iba a celebrarse una gran reunión de antiguos mercaderes e iban a llevarla con ellas.

Malta se había pasado casi toda la tarde arreglándose el pelo y probándose su traje nuevo.

Pero allí estaban su madre y su abuela, vistiéndose en el último minuto y quejándose como si el acto consistiera solo en una simple y aburrida reunión en vez de una oportunidad para salir, conocer gente y hablar.

Por mucho que lo intentaba, no conseguía entenderlas.

—¿Estáis listas ya? —les preguntó en tono apremiante. No quería ser la última en llegar.

Según su madre, aquella noche se hablaría mucho, la gente no haría otra cosa que discutir sobre los Territorios Pluviales y el negocio de los mercaderes.

Malta no entendía por qué a su madre y a su abuela les resultaba tan angustioso.

La velada prometía ser de lo más aburrida.

Quería llegar mientras todavía quedara gente con la que charlar y a la que saludar y algún refrigerio que tomar.

Puede que se encontrara con Delo y que se sentara con ella.

Era absurdo que tardaran tanto en arreglarse.

Deberían tener todas una sirvienta que las ayudara a peinarse, vestirse y demás.

Las demás familias de mercaderes contaban con sirvientas para esas cosas.

Pero no, la abuela insistía en que ya no se las podían permitir y su madre estaba de acuerdo, por lo que cada vez que Malta protestaba, la castigaban sentándola para que pasara las tarjas y los recibos acumulados a los libros mayores.

Como venganza se dedicaba a alterar las cantidades, pero la abuela la descubría y la obligaba a rehacer las cuentas.

Después se sentaban y hablaban del significado de los números y de por qué estos indicaban que ya no podían permitirse tener más sirvientas que la nana y Rache.

Malta se pondría muy contenta al regreso de su padre.

Estaba segura de que había algo que se les escapaba.

Para ella no tenía sentido. ¿Cómo podían ser pobres de repente si todo seguía igual?

El caso era que allí estaban, poniéndose vestidos comprados hacía por lo menos dos años y cortándose el pelo y peinándose unas a otras.

—¿Vais a tardar mucho? —les preguntó de nuevo. No sabía por qué no le respondían.

—¿A ti te parece que ya estamos listas? —replicó su madre—. Malta, por favor, intenta ser útil en lugar de volverme loca. Ve a ver si ha llegado el carruaje del mercader Restart.

—Oh, ¿ese? —protestó Marta—. Por favor, por favor, díganme que no vamos a ir con él en su carruaje apestoso. Madre, las puertas no se cierran ni se abren bien. Será humillante si nos ven con…

—Malta, ve a ver si el carruaje ha llegado —le ordenó su abuela con sequedad, como si su madre no acabara de decírselo.

Malta suspiró con impotencia y salió dando airadas zancadas.

Cuando llegaran, ya no quedaría comida ni bebida y todo el mundo habría ocupado ya los bancos del consejo.

Ya que tenía que ir y aguantar sentada durante toda la reunión del consejo, qué menos que llegar para la parte divertida.

Mientras atravesaba el pasillo se preguntaba si Delo también asistiría.

Cerwin seguro que sí. Su familia lo trataba como a un adulto desde hacía años.

Quizá Delo fuera también y, de ser así, le dejarían sentarse con ella.

No le resultaría complicado hacer que Delo se sentara junto a su hermano.

No veía a Cerwin desde el día en que su madre insistió en enseñarle la habitación del jardín.

Pero aquello no significaba que Cerwin hubiera perdido el interés por ella.

Entonces decidió desviarse con furtivismo hasta el cuarto de baño para mirarse en el pequeño espejo.

Pese a la escasa luz, Malta sonrió al ver su reflejo.

Se había trenzado su cabellera morena para recogérsela con la corona que se había puesto.

Sobre su frente bailaba un flequillo sin retocar que llegaba a rozarle las mejillas.

Se había colocado también varios adornos y algunas rositas, las últimas que habían florecido en el invernadero del jardín.

Eran de un rojo intenso y despedían una dulce y embriagadora fragancia.

El vestido que llevaba para afrontar la velada era de lo más sencillo, pero al menos no era de niña pequeña.

Era un traje de mercader propio de una congregación de este tipo.

Era de color magenta oscuro, casi tanto como las rosas que lucía en el pelo.

Era el color típico de las Vestrit. Malta lo hubiera preferido azul, pero el magenta le sentaba muy bien. Y por lo menos era nuevo.

Nunca había tenido un vestido de mercader.

En cierto modo, era una indumentaria muy recargada; le llegaba a los tobillos y llevaba cinturón, como las túnicas de los monjes.

Le fascinaban el brillo del cuero negro del ancho cinturón y la estilizada hebilla.

Se lo había ajustado bien para realzar las caderas y tensarse los pechos.

Su padre estaba en lo cierto: ya tenía cuerpo de mujer, de modo que ¿por qué no gozar de la ropa y los privilegios propios de su condición?

Bien, solo era cuestión de tiempo que su padre regresara y entonces todo cambiaría.

Los negocios le estarían yendo bien, así que volvería con los bolsillos rebosantes de dinero y ella lo regañaría por haberla decepcionado al no cumplir la promesa del vestido nuevo y…

—¡Malta! —Su madre abrió la puerta del golpe—. ¿Qué estas haciendo aquí? Todo el mundo te está esperando. ¡Toma tu capa y date prisa!

—¿Ya ha llegado el carruaje? —le preguntó a su madre mientras corría tras ella.

—Sí —le contestó su madre con aspereza—. Y el mercader Restart está esperándonos de pie.

—Bueno, ¿y por qué no ha llamado a la puerta ni al timbre o…?

—Claro que ha llamado —le espetó su madre—. Pero, como siempre, andabas pensando en las musarañas.

—¿Es necesario que lleve la capa? En cuanto salgamos del carruaje, nos meteremos en el salón, y con la capa vieja y el vestido nuevo voy a parecer una estúpida.

—En la calle hace mucho frío. Ponte la capa.

Y, por favor, no olvides tus modales esta noche.

Presta atención a todo cuanto se diga. Las familias de los Territorios Pluviales no solicitan que acudan todos los antiguos mercaderes si no es por una buena razón.

No me cabe duda de que lo que se decida esta noche afectará el destino de todos.

Y recuerda que los de los Territorios Pluviales son nuestros parientes.

No te quedes mirando a nadie, sé educada y…

—Sí, madre. —Ya era por lo menos la sexta vez que su madre le recordaba que tenía que portarse bien.

¿Pensaría que se había quedado sorda o que era tonta?

¿Acaso no le habían repetido cada día desde que nació que eran parientes de las familias de los Territorios Pluviales?

Así no se le olvidaría. Cuando salieron por la puerta junto a la que estaba la nana, que las miraba con gesto adusto, Malta siguió con su tema—: He oído que la gente de los Territorios Pluviales tiene algo nuevo: joyas de fuego.

He oído que las semillas son transparentes como gotas de lluvia, pero que contienen diminutas lenguas de fuego que bailan en su interior.

Su madre no se molestó en responderle.

—Muchísimas gracias por esperarnos, Davad. Esto le queda muy lejos —le dijo al regordete hombrecillo.

Davad le tendió la mano a su madre para ayudarla a subir al carruaje, lo que hizo que a él le brillara la cara de placer y de sudor.

Malta no le dijo nada y se las arregló para subir sola antes de que Davad le tocara el brazo.

Todavía no había olvidado ni le había perdonado el último paseo en carruaje.

Su madre se había sentado junto a su abuela.

Oh, no esperarían que ella se sentara junto al mercader Restart. Era repulsivo.

—¿Podría sentarme en medio? —sugirió al tiempo que se apretaba para ponerse entre ambas—. Madre, lo de las joyas de fuego… —comenzó a decir como si ya todo estuviera bien, pero el mercader Restart empezó a hablar como si Malta no estuviera presente:

—¿Estáis cómodas? Muy bien, pues adelante.

Disculpadme, me temo que tendré que sentarme junto a la puerta para que no se abra.

Le dije a mi hombre que se encargara de que la repararan, pero cuando he ido a ordenar que prepararan el carruaje, he visto que no la habían tocado.

Es para volverse loco. ¿De qué sirve tener sirvientes si no hacen caso cuando se les ordena algo?

Le hacen a uno desear que se apruebe la esclavitud en el Mitonar.

Los esclavos saben que la buena voluntad de su señor es lo único que les puede proporcionar comodidad y bienestar, así que siempre prestan atención a lo que se les ordena.