Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 23 #7
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Una felicidad pura la inundó. Ajena a todo dolor, su espíritu se entregó a la contemplación de la belleza.

No era la primera vez que Wintrow lo veía, pero siempre le sorprendía.

Una vez que la persona era consciente de que iba a morir, si se conseguía que dejara de sentir dolor, de inmediato lograba ver la verdadera belleza y el rostro de Sa.

Se necesitaban ambos pasos, Wintrow lo sabía.

Si la persona no aceptaba su muerte, podía ocurrir que se le negara la caricia.

Algunos aceptaban tanto la muerte como la caricia, pero no conseguían dejar de sentir dolor.

Se aferraban a él porque era ya lo único que los ataba a la vida.

Pero a Gala le resultó muy sencillo dejar de padecer, tanto que Wintrow se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo esperando aquel momento.

Se quedó de pie junto a ella, en silencio.

No escuchó tampoco las palabras exactas que la joven le dijo a Lem.

Las lágrimas surcaron las mejillas de Lem, las cicatrices que marcaban el curso de su vida y los relieves tintados de sus tatuajes.

Empezaron a gotear desde su barbilla mal afeitada.

No dijo nada y Wintrow se negó a oír lo que Gala le seguía diciendo.

Su tono le bastaba para saber que hablaba de amor, de vida y de luz.

La sangre seguía fluyendo poco a poco en rojos hilos por sus piernas desnudas.

Wintrow vio cómo dejaba caer la cabeza sobre un hombro a medida que se iba debilitando, aunque no dejó de sonreír.

Aquella muchacha había estado más cerca de la muerte de lo que él se había imaginado, pero su actitud estoica le había engañado.

No tardaría en irse. Wintrow estaba contento por haber podido concederles a ella y a Lem una despedida en paz.

—¡Eh! —sintió que alguien le ponía una paleta en la cintura—. ¿Qué estás haciendo?

El negociante de los esclavos no le dio tiempo a responder.

Apartó al muchacho a un lado de un fuerte golpe en las costillas flotantes.

El muchacho boqueó y se quedó doblado unos instantes mientras intentaba recuperar el aliento.

El negociante se colocó con firmeza en medio de su grupo de esclavos y empezó a bufar a Lem y a Gala.

—Apártate de ella —le ordenó gruñendo a Lem—.

¿Qué pretendes? ¿Preñarla otra vez, aquí, en medio de la calle?

Acabo de deshacerme del último. —Estiró la mano para agarrar a Gala por el hombro como un imbécil.

Tiró de ella, pero Lem la abrazó más fuerte a pesar de los ladridos del negociante.

Wintrow la hubiera soltado solo con ver los ojos furibundos del negociante, que tuvo que abofetear a Lem con rapidez con la paleta, cosa que hacía a menudo.

De la pequeña herida que le abrió comenzó a manar un hilo de sangre que se deslizó por su rostro—.

¡Suéltala! —le ordenó al mismo tiempo. A pesar de lo corpulento que era el esclavo, el golpe repentino y doloroso le había dejado aturdido.

El negociante le quitó a Gala de los brazos y la dejó caer en el charco de su propia sangre.

La muchacha, que se sentía incorpórea y ya no veía necesidad de hablar, se quedó allí tirada, inmóvil, con la mirada perdida beatíficamente en el cielo.

Wintrow, que ya había visto a otras personas en aquel estado, sabía que Gala ya no veía nada, que había decidido parar. Se quedó mirando cómo la joven se iba quedando sin aliento poco a poco.

—Que la paz de Sa sea contigo —acertó a susurrar.

Entonces el negociante se volvió hacia él.

—¡La has matado, idiota! ¡Todavía daba para un día de trabajo!

—Golpeó a Wintrow con la paleta; fue un azote punzante en el hombro que le magulló y desgarró la piel sin llegar a romperle la clavícula.

Un latigazo de dolor le recorrió todo el brazo antes de que se le empezara a entumecer.

Mientras se retorcía, pensó que el negociante debía de tener ya muy ensayados aquellos golpes.

Se tropezó con otro de los esclavos que estaban atados, que lo apartó a un lado como si nada.

Comenzaron a cerrarse alrededor del negociante, cuya paleta pareció entonces un arma endeble y ridícula.

Wintrow empezó a sentir asco; lo apalearían hasta matarlo, le machacarían los huesos.

Sin embargo, los esclavos no contaban con que el negociante era un hombrecillo ágil que amaba su trabajo y que, por tanto, lo ejecutaba con excelencia.

Escurridizo cual perrillo juguetón, giró una y otra vez hendiendo el aire con su paleta —pas, pas, pas—.

Con cada barrido que hizo le partió la cara a un esclavo distinto y uno de ellos cayó de espaldas.

Era un experto a la hora de infligir ese tipo de dolor que hiere sin llegar a incapacitar al castigado.

Pero con Lem no se anduvo con miramientos, puesto que en cuanto quiso ir por él recibió un nuevo y certero paletazo en pleno estómago.

Lem se quedó doblado, con los ojos desorbitados.

Mientras tanto, la actividad no cesaba en el emporio de esclavos.

Había quien enarcaba las cejas al ver el pequeño motín protagonizado por aquel grupo de esclavos, pero ¿qué se podía esperar de un hatajo de «caramapas» y de quienes trataban con ellos?

La gente se limitaba a apartarse un poco y seguir a lo suyo.

Wintrow no conseguiría nada pidiendo auxilio a los viandantes ni poniéndose a gritar que él no era un esclavo. Dudó que a nadie le importara nada.

Mientras Lem babeaba jugos gástricos, el negociante abrió los sanguinolentos grilletes de Gala. Tiró hasta sacárselos, momento en que miró a Wintrow.

—¡Tengo todo el derecho de colocártelos!

—gruñó—. Me has costado una esclava y un día de salario, si no me equivoco.

Por supuesto que no, mira, ahí va mi cliente.

No querrá saber nada de este grupo después de la insumisión que han demostrado.

—Señaló con la paleta al cliente perdido—.

Muy bien. Si no hay trabajo, no hay comida, queridos amigos.

—La voz del hombrecillo sonaba tan mordazmente agradable que Wintrow no daba crédito a sus oídos.

—¡Una mujer ha muerto y es por tu culpa!

—le soltó al negociante—. La envenenaste para que perdiera a su hijo y la has asesinado a ella.

¡Has cometido un doble crimen! —Quiso ponerse firme, pero todavía le dolían el brazo y el estómago a causa de los golpes.

Se apoyó en las rodillas para intentar levantarse.

El hombrecillo volvió a derribarlo de una patada.

—¡Cuánta palabrería para tan poco hombre! Me sorprendes, en serio. Y ahora pienso desplumarte, mozalbete, para pagar mis deudas. Dame hasta la última moneda que lleves encima, y rapidito, no quiero tener que quitártelas yo.

—No llevo nada —le dijo Wintrow airado—. ¡Ni te daría nada en caso contrario!

El negociante se colocó ante él y le empujó con la paleta.

—¿Quién es tu padre, entonces? Alguien tendrá que pagar.

—Estoy solo —replicó Wintrow—. Nadie te va a pagar nada ni a ti ni a tu señor por lo que he hecho.

Solo he cumplido con la voluntad de Sa. —Miró al grupo de esclavos.

Los que quedaban de pie habían empezado a acuclillarse.

Lem se había agachado junto al cuerpo de Gala, en cuyos ojos vueltos había perdido su mirada, como si él así también pudiera ver lo que ahora ella podía contemplar.

—Bien, bien. Ella sale ganando y tú sales perdiendo —dijo el hombrecillo con desdén.

Hablaba con vigor, como si vomitara vendavales de palabras—.

Como ves, en Jamaillia a los esclavos no se les concede el consuelo de Sa.

Tal es la voluntad del sátrapa. Si es cierto que un esclavo tiene alma como una persona normal, bien, entonces no tendría por qué haber acabado convirtiéndose en esclavo.

Sa, en su sabiduría, no lo permitiría. Al menos así es como me lo explicaron a mí.

Así. Y aquí estoy, con una esclava menos y un día de trabajo desperdiciado.

Al sátrapa no le va a hacer ninguna gracia.

No solo eres el asesino de sus esclavos, sino también un vagabundo.

Si fueras lo bastante robusto como para trabajar bien durante un día, ahora mismo te encadenaría y tatuaría.

Date por contento. Sin embargo, un hombre debe atenerse a las leyes.

¡A mí, guardia! —El hombrecillo alzó la paleta y la agitó con fuerza para llamar la atención de un guardia que pasaba—.

Llévate a este. Es un muchacho sin familia ni dinero que me debe plata por haber hecho daño a los esclavos del sátrapa.

Debes arrestarlo porque… ¡Eh, adónde vas! ¡Detente, vuelve!

Antes de que el negociante terminara de dar el último grito, Wintrow ya se había puesto en pie casi de un salto y echado a correr como una flecha.

Solo miró hacia atrás cuando Lem gritó para avisarlo.

Debería haberse agachado. La porra que el guarda le lanzó con magistral puntería le acertó en el cogote y le hizo caer al barroso suelo del emporio de esclavos.