Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 23 #6
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—¿Qué te aflige? —inquirió Wintrow al tiempo que se acercaba a ella.

En ese momento se planteó si el grupo de esclavos no le estaría tendiendo alguna trampa para retenerlo.

¿Como rehén, quizá? Pero nadie hizo ningún movimiento amenazador.

De hecho, los esclavos que se encontraban más próximos a la mujer le dieron la espalda todo lo que pudieron como para concederle cierta intimidad.

—Sangro —respondió la muchacha a media voz—. No he dejado de sangrar desde que perdí al niño.

Wintrow se agachó ante ella. Alargó la mano para tocar el antebrazo de la mujer.

No tenía fiebre; de hecho, estaba fría a pesar del sol que hacía.

Le dio un pellizco flojo para ver cuánto tardaba su piel en estirarse de nuevo.

Necesitaba beber agua o tomar un caldo. Debía ingerir líquidos.

Wintrow percibió que aquella chica se había resignado a su desdicha, como si hubiera aceptado la inminencia de su muerte.

—Sabes que es normal sangrar tras dar a luz —le dijo—. También después de perder a una criatura. Pronto dejarás de sangrar.

La joven meneó la cabeza.

—No. La dosis que me administraron fue demasiado fuerte, para asegurarse de que me sacarían a mi hijo.

Saben que una mujer embarazada no puede trabajar tan duro, su barriga se lo impide.

Así que me aumentaron la dosis para quitarme al bebé.

Hace una semana. Pero no he dejado de sangrar. Y la sangre es muy roja.

—Ni la sangre más roja trae por sí sola la muerte. Te recuperarás. Con los debidos cuidados, una mujer se puede…

La amarga risotada de la muchacha interrumpió a Wintrow, que nunca había oído una carcajada tan similar a un grito de dolor.

—Hablas de mujeres. Yo soy una esclava. No, una mujer no tiene por qué morir por esto, pero yo sí. —Tomó aire—. El consuelo de Sa. Es todo cuanto pido. Por favor. —Agachó la cabeza para recibirlo.

Quizá en aquel momento aprendió de verdad en qué consistía la esclavitud.

Siempre había sabido que era algo malo, desde que llegó al monasterio le habían inculcado la crueldad de que unas personas poseyeran a otras.

Pero entonces lo vio claro, casi pudo palpar la muda resignación desesperada que encrudecía la voz de aquella joven, que no le recriminaba a su dueño que le hubiera arrebatado a su hijo, sino que se limitaba a hablar de ello como si hubiera sobrevivido a una catástrofe natural, como un huracán o el desbordamiento de un río.

No le preocupaban la crueldad ni maldad de su dueño, sino la consecuencia de las mismas, la hemorragia que no paraba y a la que esperaba sucumbir.

Wintrow la miró. No tenía por qué morir.

Sospechaba que ella lo sabía tan bien como él.

Si le daban un caldo caliente, le proporcionaban cama, cobijo, comida, le permitían descansar y le aplicaban las hierbas que estaba comprobado que curaban las partes de las mujeres, no cabía duda de que se curaría, que viviría muchos años y podría tener muchos hijos.

Pero no sería así. Ella lo sabía, al igual que sus compañeros y él.

Pero ser consciente de ello significaba colocar el cuello en la tabla y esperar a que bajara el cuchillo.

Una vez que la afilada hoja de la realidad lo cortara, ya nunca volvería a ser el de antes.

Aceptarlo implicaba perder una parte de sí mismo.

Se levantó casi de un salto, con decisión, pero cuando habló su voz fluyó con dulzura:

—Espera aquí y no desesperes. Iré al templo de Sa a buscar ayuda. Seguro que tu amo entrará en razón y comprenderá que morirás si no recibes las debidas atenciones. —Sonrió con amargura—. Si no da resultado, lo persuadiremos para que entienda que un esclavo vivo vale más que uno muerto.

El hombre que lo había llamado lo miraba con incredulidad.

—¿Al templo? Poca ayuda recibiremos allí.

Un perro es un perro y un esclavo un esclavo.

Ninguno recibirá allí el consuelo de Sa.

Los sacerdotes del templo entonan los cánticos de Sa, pero bailan al son del sátrapa.

Respecto al hombre que vende nuestro trabajo, ni siquiera nos posee.

Solo sabe que recibe un porcentaje de lo que ganemos cada día.

De lo que saca nos tiene que alimentar, alojar y medicar.

El resto es para nuestro dueño. Nuestro negociante no salvará la vida de Gala a costa de reducir su tajada.

¿Por qué iba a hacerlo? Si ella muere, él no perderá nada.

—El hombre percibió la incomprensión e incredulidad que lo asolaban—.

No debí llamarte —masculló con pesar—. Me he dejado engañar por tu juventud.

Tu túnica de sacerdote debería haberme bastado para saber que no querrías ayudarnos.

—De repente, agarró a Wintrow por el hombro con una fuerza opresiva—.

Dale el alivio de Sa o te juro que te partiré el cuello.

La fuerza del esclavo le bastó para saber que no mentía.

—No tienes por qué amenazarme —boqueó Wintrow, consciente de lo cobardes que sonaban sus palabras—. Soy el siervo de Sa.

El hombre lo tiró con desprecio frente a la mujer.

—Hazlo, pues. Y rápido. —El hombre levantó un poco los ojos para mirar más allá de Wintrow.

El negociante y el cliente seguían discutiendo precios.

Sonrió y soltó una carcajada mecánica ( ja, ja, ja ) cuando el vendedor le hizo alguna señal graciosa, pero su puño apretado y la mirada asesina con que apuñaló al grupo de esclavos prometían un severo castigo si se interrumpía la venta.

Con la otra mano se daba flojos pero impacientes golpecitos con una paleta en una pierna.

—N… No puedes presionarme —protestó Wintrow, aunque se había quedado frente a la joven, dispuesto a empezar.

Entonces la mujer se desplomó. Wintrow vio los hilos de sangre que le cubrían los muslos y que habían ido empapando el suelo.

Se le había encostrado en los tobillos, donde los grilletes dificultaban su paso.

—¿Lem? —gimió la muchacha con voz lastimera.

El otro esclavo se acercó a ella con apremio. La muchacha se apoyó en él y dejó que su voz se fuera convirtiendo en sollozos.

—Tienes que darte prisa —le instó el hombre a Wintrow con brusquedad.

Wintrow decidió entonces saltarse las oraciones, los preliminares y las palabras de alivio cuya función era preparar la mente y el espíritu de la muchacha. Se levantó y colocó las manos sobre ella. Puso los dedos a ambos lados de su cuello, abriéndolos hasta que cada uno ocupara la posición debida.

—Esto no es morir —le aseguró—. Sino la liberación de las distracciones de este mundo para que tu alma se prepare para brotar en el siguiente. ¿Me das tu consentimiento?

La muchacha asintió con un leve movimiento de cabeza.

Wintrow aceptó su aprobación. Respiró despacio y hondo y se alineó con ella.

Buscó dentro de sí mismo, en su sacerdocio interrumpido.

Nunca había practicado aquello él solo. Nunca había llegado a conocer todos los secretos.

Pero sí conocía la mecánica básica, que a ella le bastaría.

Wintrow se dio cuenta de que el hombre se había puesto en medio para que el negociante no los viera y para vigilarlo todo.

Los demás esclavos se habían apiñado alrededor de los dos para que los viandantes no vieran la escena.

—Deprisa —insistió Lem.

Apretó con levedad en los puntos del cuello de la joven que había elegido con infalibilidad. La presión ahuyentaría el miedo de la muchacha y calmaría su dolor mientras Wintrow le hablaba. Mientras le apretara el cuello, ella debería escuchar y creer sus palabras. Primero le entregó su cuerpo.

—Para ti, ahora, el latir de tu corazón, el flujo de aire a tus pulmones.

Para ti la luz de tus ojos, los sonidos de tus oídos, los sabores de tu boca, el tacto de tu carne.

Tales cosas dejo yo ahora en tus manos para que les permitas ser o no ser.

Tales cosas te devuelvo para que te entregues a la muerte con la mente clara.

El consuelo de Sa yo te concedo para que puedas ofrecerlo a otros.

—Wintrow vio entonces una sombra de duda en los ojos inmóviles de la joven.

Decidió entonces ayudarla a conocer su propio poder—. Dime: «No tengo frío».

—«No tengo frío» —repitió la chica con un hilo de voz.

—Dime: «Ya no hay dolor».

—«Ya no hay dolor». —Las palabras eran suaves como un suspiro; sin embargo, al decirlas se le relajó la cara. Era más joven de lo que a Wintrow le había parecido. Miró a Lem y le sonrió—. Ya no me duele —le dijo por iniciativa propia.

Wintrow apartó las manos, pero se quedó junto a ella, quieto. La muchacha apoyó la cabeza en el pecho de Lem.

—Te quiero —le musitó—. Eres lo único que me ha hecho soportable esta vida.

Gracias. —Tomó aire y suspiró—. Dale las gracias a los demás de mi parte.

Por el calor de sus cuerpos, por hacer que mi inutilidad no se notara.

Dales las gracias… —Poco a poco, la muchacha se fue quedando sin palabras y entonces Wintrow pudo ver cómo Sa afloraba a su rostro.

Las penas de este mundo iban evaporándose de su mente.

Puso una sonrisa sincera como la de un bebé—.

Mira qué hermosas son hoy las nubes, amor mío. Blanco sobre gris. ¿Las ves?