23 #5
—¡Oh, querido, oh, mi amor! —dijo entre lastimeros maullidos que prolongó incluso después de que la oscuridad se cerrara sobre Kennit y lo dejara inconsciente.
El emporio de esclavos apestaba. Era el hedor más fétido que Wintrow podía imaginar.
Se preguntó si el olor a muerte y enfermedad de las personas era por naturaleza más repulsivo que cualquier otro.
El instinto le empujaba a abandonar aquel lugar de inmediato.
Apenas podía contener las náuseas. A pesar de toda aquella miseria, su compasión y su asombro quedaron ensombrecidos por el asco que sentía.
Por mucha prisa que se diera, era incapaz de encontrar la salida de aquella zona de la ciudad.
Había visto rebaños de animales hacinados y amontonados para sacrificarlos, pero siempre afrontaban su desgracia sin siquiera ser conscientes de ella.
Rumiaban y agitaban la cola para espantar las moscas mientras esperaban a que les llegara su hora.
Los animales se podían guardar en corrales o rediles.
No hacía falta inmovilizarlos con esposas ni grilletes.
Y no gritaban ni gemían para expresar su desgracia ni su frustración.
—No puedo ayudarlos, no puedo ayudarlos.
—Wintrow se dio cuenta de que estaba murmurando en voz alta y se mordió la lengua.
Era verdad, se dijo. No podía ayudarlos.
Él tampoco podía romper las cadenas que los apresaban.
Además, en el caso de que alguno hubiera logrado romper los grilletes, ¿qué hubiera hecho entonces?
No podía borrarles los tatuajes que llevaban en la cara, no podía ayudarlos a esconderse y escapar.
Por muy negro que se presentara el destino de aquellos desdichados, lo mejor que podía hacer era dejar que se enfrentaran a él y que se las arreglaran como pudieran.
Estaba seguro de que algunos encontrarían la libertad y la felicidad algún día.
La desgracia extrema no podía durar siempre.
Como para confirmar aquel pensamiento, un hombre pasó por su lado empujando una carretilla. En ella portaba apilados tres cuerpos que, a pesar de lo demacrados que se encontraban, iba moviendo con extenuante esfuerzo. Lo seguía una mujer que lloraba desconsolada.
—Por favor, por favor —gritó al pasar junto a Wintrow—. Al menos dejadme su cuerpo. ¿De qué os sirve a vosotros? Dejadme llevar a mi hijo a casa para enterrarlo. Por favor, por favor.
Pero el hombre de la carretilla, al igual que el resto de la gente que atestaba la calle, no le prestaba la menor atención.
Wintrow se quedó mirándolos y se preguntó si quizá la mujer estaba loca, si el cadáver que reclamaba no era en realidad el de su hijo y el hombre de la carretilla lo sabía.
O también podía ser, reflexionó después, que toda la gente que había en la calle estuviera trastornada y solo hubiera visto a una madre con el corazón roto suplicando que le devolvieran el cuerpo de su hijo y nadie había hecho nada al respecto.
Incluido él. ¿Se habría habituado al dolor humano?
Levantó la vista y continuó observando el espectáculo.
Lo superaba. La gente paseaba con parsimonia, tomada del brazo, por la calle mayor y se detenía en este o aquel puesto a mirar la mercancía.
Se fijaban en el color y el tamaño, en la edad y el sexo.
Solo que en este caso el género era humano.
En los patios había grupos de esclavos encadenados unos a otros que se vendían por paquete o por unidades sueltas, para desempeñar trabajos generales en una granja o en la ciudad.
En un rincón de un patio, un tatuador ejercía su oficio.
Esperaba sentado en una silla, junto a un banco de trabajo equipado con correas de cuero y a un enorme bloque de piedra traspasado por un agujero.
Por un módico precio, anunciaba a voces el lema, por un módico precio marcaría a todo esclavo recién adquirido con el emblema del comprador.
El muchacho que gritaba esto estaba atado a la piedra.
Solo llevaba un taparrabos, a pesar de que era un frío día de invierno, y tenía todo el cuerpo adornado con minuciosos tatuajes que publicitaban la pericia del maestro.
Por un módico precio, por un módico precio.
Había edificios que servían de albergues de esclavos y que anunciaban con un cartel colgante la especialidad de los mismos.
Wintrow vio el emblema de los carpinteros y el de los mamposteros, el de las costureras y el de los músicos y bailarines.
Entonces cayó en la cuenta de que, como todo el mundo podía contraer deudas, se podía comprar cualquier tipo de esclavos: caldereros, sastres, soldados, marineros, etc.
Profesores, nodrizas, escribientes, secretarios…
¿Por qué alquilar lo que se podía comprar?
Tal parecía ser la filosofía del emporio de esclavos, aunque Wintrow se preguntaba cómo era que los compradores no se reconocían a sí mismos ni a los suyos en los rostros de los esclavos.
A nadie más parecía molestarle. Los pocos a los que les molestaba el olor se tapaban quisquillosamente la nariz con un pañuelo de encaje.
No dudaban en ordenar de vez en cuando que se les mostrara un grupo de esclavos al que rodeaban andando o corriendo para examinarlos mejor.
Se habían habilitado también zonas enrejadas para inspeccionar en privado la mercancía femenina.
Al parecer, a los ojos de los compradores un bache económico convertía de manera automática a un amigo o un vecino en género.
Según parecía, algunos no vivían en tan malas condiciones.
Se trataba de los esclavos más valiosos, educados, talentosos y habilidosos.
Algunos incluso parecían enorgullecerse de su valía y se mostraban henchidos de dignidad y seguridad en sí mismos a pesar de llevar la cara tatuada.
Luego estaban aquellos a los que Wintrow había oído que llamaban «caramapas», en cuyos rostros llevaban una serie de tatuajes que mostraban los sucesivos propietarios que habían tenido.
A menudo estos esclavos eran de trato desagradable y ofrecían una actitud desafiante; en cambio, los esclavos más dóciles solían acabar en un hogar fijo.
Cuando un esclavo tenía más de cinco tatuajes se consideraba poco recomendable, de modo que su precio era más bajo y se les trataba con cierta brutalidad.
La costumbre de tatuar el rostro de los esclavos, considerada en su día como una barbaridad propia de chalazos, se había vuelto normal en Jamaillia.
A Wintrow le dolía ver que esta ciudad no solo había adoptado tal costumbre, sino que además la había adaptado.
Los marcados como bailarines y artistas solían llevar pequeños tatuajes de coloración débil para disimularlos con facilidad, de manera que su condición no echara a perder el placer del público.
Pese a que era ilegal comprar esclavas con el único fin de prostituirlas, los exóticos tatuajes que marcaban a algunas mujeres no dejaban lugar a dudas de para qué profesión se las había preparado.
A menudo era más fácil admirar los dibujos que les habían hecho que mirarlas a los ojos.
Al pasar junto a un grupo de esclavos que había en una esquina, Wintrow oyó que alguien gritaba:
—¡Por favor, sacerdote! ¡El consuelo de Sa para los moribundos!
Se detuvo sin saber muy bien si se referían a él.
El esclavo se separó del grupo tanto como le permitieron los grilletes.
No parecía de la clase de hombres que buscan el consuelo de Sa; llevaba la cara y el cuello cubiertos de tatuajes.
Tampoco parecía moribundo. No llevaba camisa, tenía las costillas muy marcadas y los grilletes le habían abierto una sanguinolenta herida en el tobillo, pero por lo demás ofrecía un aspecto saludable y enérgico.
Era bastante más alto que Wintrow, de mediana edad y tenía todo el cuerpo cubierto de cicatrices.
Su actitud era la de un superviviente. Wintrow miró tras el hombre y vio a su propietario, no muy lejos, regateando con un posible comprador.
El dueño, un hombre menudo que iba dando vueltas a una vara mientras andaba, vio a Wintrow y frunció el ceño con desagrado, si bien no dejó de negociar con el cliente.
—Usted. ¿Es sacerdote? —preguntó el esclavo insistente.
—Me estaba formando como tal —reconoció Wintrow—, aunque todavía no puedo decir que lo sea.
—Enseguida añadió—: No obstante, estoy dispuesto a ofrecerles todo el consuelo que esté en mi mano.
—Miró a los esclavos encadenados e intentó eliminar el tono de sospecha de su voz al agregar—: ¿Quién necesita alivio?
—Ella. —El hombre se hizo a un lado y dejó que Wintrow viera a la mujer que había acuclillada miserablemente tras él.
Wintrow se fijó entonces en que el resto de esclavos se habían cerrado a su alrededor para calentarla y propiciarle cierto cobijo.
Era joven, sin duda no pasaba de los veinte años, y no tenía heridas visibles.
Era la única mujer del grupo. Tenía los brazos cruzados sobre el vientre y la barbilla pegada al pecho.
Al levantar la cabeza para mirarlo, Wintrow vio que sus ojos azules eran tristes como cantos de río.
Su tez era muy pálida y le habían cortado su melena rubia de manera que apenas medía unos desgreñados dedos.
El holgado vestido que llevaba estaba remendado y manchado.
La camisa con que se había cubierto los hombros quizá perteneciera al hombre que lo había llamado.
El rostro de la mujer, igual que el del hombre y el del resto de esclavos del grupo, estaba cubierto de una maraña de tatuajes.
No parecía que la hubieran apaleado ni que fuera una muchacha frágil.
Más bien al contrario, puesto que tenía un cuerpo musculoso de anchas espaldas.
El único síntoma de enfermedad que mostraba era el dolor que reflejaba su mirada.