Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 23 #4
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—Deben de ser los enfermos, los que de todos modos no llegarán nunca a tierra —supuso Kennit. Podía oír los gritos de los esclavos de la cubierta del otro barco, que no dejaban de rezar ni de aullar de miedo y terror.

—En el nombre de Sa, ¿qué hacemos? —resopló Sorcor—. ¡Pobres diablos!

—No nos alejaremos —dijo Kennit como si nada. Entonces gritó—: ¡ Sicerna ! Si arrojáis a esos esclavos por la borda, lo pagaréis con vuestras vidas.

El otro capitán echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada tan estentórea que la oyeron con claridad.

—¡Como si fuerais a dejarnos con vida! Marchaos, piratas, o estos veinte morirán.

Kennit vio la agonía que deformaba el rostro de Sorcor. Se encogió de hombros.

—¡Acercaos! ¡Lanzad los ganchos! —gritó.

Sus hombres obedecieron. No vieron la duda que teñía la mirada del segundo de a bordo, pero todos oyeron muy bien los gritos de los veinte esclavos esposados a la segunda ancla cuando esta los arrastró a las profundidades junto con parte de la barandilla.

—Kennit —boqueó Sorcor sin dar crédito a sus ojos. Se quedó pálido de puro horror y conmoción.

—¿Cuántas anclas de sobra podemos tener? —preguntó Kennit al tiempo que salía corriendo para encabezar el abordaje. Miró atrás por encima del hombro—. Me dijiste que preferías la muerte a la esclavitud. ¡Esperemos que ellos piensen igual!

Sus hombres aullaban con ansia junto a las cuerdas de los ganchos y tiraban con fuerza para juntar las dos naves mientras los arqueros lanzaban una constante cortina de flechas contra los defensores, que intentaban arrancar los ganchos y tirarlos por la borda.

La tripulación de la Marietta era por lo menos tres veces superior a la de la Sicerna .

Los defensores en orden de batalla estaban muy bien armados; sin embargo, no manejaban sus armas con la menor destreza.

Kennit desenvainó su espada y libró de un salto la pequeña distancia que separaba ambas naves.

En cuanto hubo pasado al otro barco, hundió el pie en el estómago de un marinero al que había atravesado una flecha en el hombro mientras se defendía con su propio arco.

Justo cuando el hombre cayó de rodillas, uno de los de Kennit lo apuñaló al pasar por su lado. Kennit lo rodeó y continuó.

—¡Dejad tres vivos! —gritó airado. Nadie más se atrevió a plantarle cara; con la espada en la mano avanzó en busca del capitán de la embarcación.

Lo encontró en el otro extremo de la nave.

Junto con el segundo de a bordo y dos marineros intentaba descolgar a toda prisa el bote de remo del barco.

Colgaba bamboleante de los pescantes a pocos metros del agua, pero una de las cuerdas de liberación se había atascado.

Kennit agitó la cabeza con asombro. Todo el buque estaba patas arriba; no le extrañaba que no funcionaran las poleas si ni siquiera eran capaces de mantener limpia la cubierta.

—¡Deteneos! —gritó con una sonrisa.

—¡Apartaos! —le avisó el capitán de la Sicerna al tiempo que levantaba una ballesta para apuntarle el pecho. Kennit le perdió todo el respeto. Le hubiera impresionado más si hubiera atacado primero y amenazado después.

Entonces emergió del agua el sinuoso cuerpo de la serpiente.

Quizá el hombre no quisiera disparar hasta no saber cuál era el atacante más peligroso.

Cuando la serpiente asomó la cabeza, Kennit vio que llevaba el cuerpo de un esclavo colgando de las mandíbulas.

Se veían asimismo las cadenas que colgaban del cadáver.

Una le inmovilizaba la mano y el brazo de un lado y otra colgaba sin nada al otro extremo.

De repente, el animal agitó el cadáver con violencia y luego le dio un golpecito.

Apretó aún más las mandíbulas y le cortó los brazos a la altura de los codos.

La cadena cayó al agua de golpe. La serpiente hundió de nuevo la cabeza y comenzó a engullir lo que quedaba del cadáver.

Una vez que terminó de tragar los pies, volvió a agitar la testa.

Entonces se quedó mirando a los hombres del barco, como decidiendo cuál sería la mejor pieza.

Un marinero gritó horrorizado. El capitán apuntó con la ballesta a los enormes ojos del monstruo.

En cuanto Kennit vio que ya no le apuntaba a él, se abalanzó contra su oponente. Estiró el brazo en que llevaba la espada para cortar una cuerda de los pescantes que sujetaban el bote.

—Arroja el arma y vuelve a bordo —le ordenó Kennit—. ¡O tú serás el próximo plato de la serpiente!

El hombre escupió a Kennit y acto seguido disparó la flecha, que se clavó certera en el retortijado y verdoso ojo de la serpiente.

El proyectil se había hundido en el cerebro de la criatura.

Kennit supuso que aquella no era la primera serpiente contra la que el hombre disparaba.

Cuando la bestia empezó a retorcerse y a chillar, el tipo sacó su cuchillo y comenzó a cortar la cuerda justo sobre el gancho que sujetaba el bote.

—¡Sobreviviremos a las serpientes, bastardo! —gritó a Kennit cuando la ondulante serpiente se escondió bajos las olas—. ¡Rodel, corta la cuerda!

Rodel, sin embargo, no compartía el optimismo de su capitán respecto a aquellas bestias.

El aterrorizado marinero gritó con desesperación y saltó de nuevo del bote colgante a la cubierta del barco.

Kennit lo inutilizó haciéndole un corte en una pierna y después se concentró en el bote.

Ignoró los gritos del malherido marinero, que intentaba en vano contener la hemorragia.

De una zancada Kennit saltó al tembloroso bote. Con la punta de la espada acarició la garganta del capitán.

—Vuelve —le sugirió con una sonrisa—. O muere aquí.

En ese preciso momento se liberó el juego de poleas atascado.

Un extremo del bote suspendido bajó de golpe, por lo que varios hombres cayeron al agua justo cuando la serpiente volvía a emerger.

Kennit, ágil y afortunado como un gato, consiguió saltar del bote antes de que se descolgara del todo.

Pudo agarrarse con una mano a la barandilla de la Sicerna y luego con las dos.

Justo cuando empezó a subir las piernas, la serpiente sacó la cabeza para atraparlo.

Su ojo herido no dejaba de expulsar icor y sangre.

Abrió sus fauces todo cuanto pudo y lanzó un alarido de rabia y desesperación.

Con su ojo inútil intentaba mirar a los hombres que chapoteaban en el agua mientras Kennit, una fácil captura, pataleaba frente a su ojo bueno.

Frenético, echó una pierna sobre la barandilla y la mantuvo allí.

Con la misma delicadeza con que una mascota bien entrenada recoge una golosina de los dedos de su amo, la serpiente cerró las fauces sobre su otra pierna.

Le dolió mucho, le quemó como si lo estuvieran marcando a fuego.

Pero el dolor desapareció de repente. Un entumecimiento frío y delicioso se llevó el dolor del mismo modo que el agua caliente se va enfriando al contactar con la piel.

Sintió cómo recorría todo su cuerpo. Alivio.

Un alivio glorioso. Sintió cómo se le relajaba la pierna y cómo después se intensificaba el entumecimiento.

Los gritos se fueron ahogando hasta dar paso a unos simples y guturales gruñidos.

—¡No! —gritó la puta mientras atravesaba rauda la cubierta.

Etta debía de haber estado viéndolo todo desde la cubierta de la Marietta .

Nadie se interpuso en su camino. Casi no quedaban hombres en la cubierta; se habrían retirado al ver la serpiente alzarse de nuevo.

Sacó un arma improvisada, un hacha de abordaje o un cuchillo de carnicero, que destelló a la luz del sol al blandirlo.

No dejaba de insultar y amenazar a gritos a la serpiente, que ahora parecía levantar a Kennit.

Él se agarró instintivamente a la barandilla con todas sus fuerzas, que ya no eran muchas.

Se sentía demasiado débil. El veneno que la bestia le había inyectado en la herida le estaba dejando indefenso.

Cuando Etta se abrazó con desesperación a la barandilla y a Kennit, este apenas sintió sus brazos—.

¡Suéltalo! ¡Condenado demonio! ¡Gusano baboso! ¡Hija de perra! ¡Suéltalo!

La debilitada criatura tiró de la pierna calzada de su presa, estirándola sobre la superficie del mar.

Etta tiró con determinación hacia sí. La mujer era más fuerte de lo que se pensaba Kennit, que vio cómo la serpiente afirmaba sus colmillos en su carne.

Con la facilidad con que un cuchillo ardiente se hunde en la mantequilla, aquellos mortíferos pinchos le desgarraron músculos y vasos sanguíneos.

Se le veía un poco el hueso, que parecía haberse resquebrajado donde la saliva de la serpiente había hecho contacto.

El ser empezó a ladear su gran cabeza, como un pez enganchado a un anzuelo, o bien para dar un tirón con el que su presa terminara de soltarse de la barandilla, o bien para arrancarle la pierna.

Sin dejar de sollozar, Etta alzó su arma.

—¡Maldita! —gritó—. ¡Maldita! ¡Maldita! ¡Maldita!

—Hundió su frágil cuchillo, aunque no como Kennit esperaba.

Etta no malgastó sus fuerzas intentando perforar las gruesas escamas del morro de la bestia, sino que machacó con estruendo el hueso ya medio deshecho de Kennit.

Terminó de cortarle la pierna justo por encima de donde lo tenía apresado la serpiente, a la que de paso le dio un buen tajo.

Kennit pudo ver cómo saltaba la sangre del destrozado muñón cuando Etta tiró de él con fuerza hacia atrás y empezó a arrastrarlo por la cubierta.

Oyó de fondo los gritos de asombro de sus hombres cuando la bestia alzó aún más la cabeza antes de dejarla caer de repente y hundirse en el mar con la flojedad de un trozo de cuerda.

Ya no volvería a emerger. Había muerto. Y Etta le había dado de comer la pierna de Kennit.

—¿Por qué lo has hecho? —le preguntó con voz apagada—. ¿Qué te he hecho yo para que me cortes la pierna?