23 #3
Tiraban largas cadenas que fijaban en los montantes o con pesadas grapas.
Los pertrechos que iban recibiendo eran sobre todo agua, galletas y cadenas.
Para los esclavos. Esclavos. Intentó pronunciar la palabra.
Wintrow siempre había pensado que la esclavitud era uno de los mayores males que castigaban al mundo, pero cuando intentó explicárselo a Vivacia , ella no vio muchas diferencias entre la vida de un esclavo y la de un marinero.
En ambos casos había un patrón que obligaba a trabajar a sus hombres todo el tiempo y con la mayor dureza posible.
Los marineros apenas tenían voz en sus vidas, de manera que ¿por qué iba a ser mucho peor ser un esclavo?
Fue incapaz de entenderlo. Quizá por eso a Wintrow no le costó nada abandonarla.
Por su estupidez. Porque, al fin y al cabo, no era un ser humano.
Las lágrimas cristalizaron sus ojos y el barco de esclavos rompió a llorar.
Antes incluso de que pudieran ver el barco, Sorcor dijo que la Sicerna era un barco de esclavos, a juzgar por la altura de sus mástiles. Asomaban entre los árboles a medida que rodeaba la isla.
—Izad más vela para ir más deprisa, hay que repartir la mercancía «fresca» —dijo con sarcasmo antes de sonreír a Kennit con satisfacción—.
O puede que los barcos de esclavos empiecen a sospechar que tienen algo que temer.
Pues bien, por mucho que corran, no nos dejarán atrás.
Si ahora desplegamos más velamen, la alcanzaremos en cuanto rodee aquella punta.
Kennit meneó la cabeza.
—Allí el fondo es rocoso. —Meditó unos segundos—.
Iza una bandera de mercader y tira algo de cuerda para que parezca que vamos muy cargados.
Pasaremos por un barquito de mercancías, ¿entendido?
A vuestros puestos y no os acerquéis demasiado hasta que se meta en el Canal de Rickert.
Justo después hay un bonito banco de arena.
Si vamos a hacer que encalle para atraparla, no quiero abrirle ninguna brecha.
—Sí, señor. —Sorcor carraspeó. No se supo con certeza a quién se dirigió después—: Cuando abordamos un barco de esclavos, suele ser muy sangriento.
No sería correcto que una mujer viera cómo las serpientes revientan los cuerpos, y a los barcos de esclavos siempre los siguen una o dos de esas bestias.
Quizá la dama prefiera retirarse a su camarote hasta que todo acabe.
Kennit miró hacia atrás, a Etta. Tenía la sensación de que cada vez que salía a cubierta ella estaba pegada a su hombro izquierdo.
Le resultaba un tanto desconcertante, pero decidió que la mejor manera de atajarlo era ignorarlo.
Le pareció bastante gracioso que Sorcor se dirigiera a una puta con tanta deferencia y que la tratara como si necesitara que la protegieran de la crudeza de la vida real.
Sin embargo, Etta no parecía reírse ni sentirse halagada.
Más bien parecía que sus profundos ojos destellaban con intensidad y que se le encendían las mejillas.
Aquel día se había puesto ropa más gruesa, una camisa de algodón azul celeste, pantalones oscuros de lana y una gabardina corta a juego también de lana.
Había encerado sus botas altas negras para que relucieran.
Kennit no tenía ni idea de dónde las habría sacado, aunque hacía algunas noches la había oído murmurar algo sobre que había estado jugando con la tripulación.
Se había recogido el pelo con un pañuelo de colores llamativos, de manera que solo quedaban libres las brillantes puntas, que le acariciaban las mejillas sonrojadas por el viento.
De no haber sabido que se trataba de Etta, la podría haber tomado por un matón callejero.
Con lo malencarada que se mostraba con Sorcor, bien podría haberlo sido.
—Creo que la dama puede elegir por sí misma qué es demasiado sangriento o cruel para su gusto y retirarse en el momento oportuno —replicó Kennit con sequedad.
Etta sonrió como una gatita antes de decir con descaro:
—Si disfruto del capitán Kennit por la noche, poco tengo que temer por el día.
Sorcor se puso colorado, lo que resaltó la blancura de sus cicatrices.
Pero Etta no se atrevió a mirar a Kennit más que de reojo para comprobar si sus lisonjas le había agradado.
Kennit intentó no inmutarse, pero siempre era reconfortante ver cómo Sorcor ponía cara de desconcierto ante las fanfarronadas de su mujer.
Se permitió una imperceptible media sonrisa para agradecérselo.
Con eso bastaba. Etta se dio cuenta. Ensanchó las aletas de la nariz y giró la cabeza, como una tigresa domesticada.
Sorcor se alejó de ambos.
—Muy bien, muchachos, que empiece el baile de máscaras —gritó a la tripulación, que comenzó a correr de aquí para allá.
Bajaron la bandera del cuervo e izaron la del mercader, arrebatada hacía largo tiempo a un mercante, y tendieron las redes de cuerda por la borda.
Toda la tripulación se escondió dentro, excepto unos pocos hombres.
La Marietta empezó a moverse con pesadez, como un mercante repleto de cargamento, y los marinos que quedaban en cubierta no portaban ningún arma.
Cuando el barco de esclavos rodeó la punta y quedó expuesto a ellos, Kennit supo que no les costaría abordarlo.
Se quedó mirándola sin hacer nada. Como Sorcor había comentado, sus tres mástiles eran más altos de lo normal para poder desplegar más velamen.
En la cubierta ondeaba la tienda de lona que servía como refugio provisional de la tripulación; era evidente que los marineros que conducían el barco ya no podían soportar el hedor del hacinado cargamento y habían decidido dejar los camarotes de la tripulación para establecerse en un lugar mejor ventilado.
La Sicerna , que era el nombre que llevaba inscrito en la popa, transportaba esclavos desde hacía ya varios años.
La pintura dorada de la madera tallada estaba descascarillada y las manchas de los costados indicaban que tenían la costumbre de arrojar por la borda sin cuidado los excrementos de quienes viajaban a bordo.
Como ya había predicho Sorcor, una serpiente de escamas cetrinas nadaba siguiendo la estela del barco como si fuera una fiel mascota.
Si había que fiarse del diámetro de aquella bestia, entonces no cabía duda de que habían lanzado por la borda gran parte de la mercancía.
Kennit miró de soslayo la cubierta de los esclavos, donde había mucha más gente de la que esperaba ver.
¿Estarían organizando una fuerza de combate para protegerse?
La idea le hizo fruncir el ceño, pero cuando la Marietta alcanzó a la Sicerna , Kennit se dio cuenta de que los hombres que había apiñados en la cubierta eran esclavos.
El revoltoso viento agitaba los jirones de sus harapos y, pese a que los hombres parecían cambiar de posición sin cesar, no daba la sensación de que se movieran con libertad.
Lo más probable era que el capitán hubiese decidido enviar un grupo de ellos a cubierta para que respiraran un poco de aire fresco, algo que a Kennit le hizo preguntarse si no estarían enfermos, pues no sabía de ningún barco de esclavos donde se preocuparan por el bienestar de la mercancía.
Sorcor cada vez acortaba más la distancia, con lo que el viento les hacía llegar la intensa peste del barco de esclavos. Kennit se sacó del bolsillo un pañuelo perfumado con lavanda para taparse con él la nariz y protegerse del tufo.
—¡Sorcor! Quiero hablar contigo —gritó.
Al instante, ya estaba a su lado.
—¿Capitán?
—Creo que esta vez dirigiré yo a los hombres. Corre la voz. Quiero que queden vivos por lo menos tres tripulantes. Oficiales, a ser posible. Me gustaría que me respondieran a un par de preguntas antes de dar de comer a las serpientes.
—Correré la voz, señor. Pero no será fácil contenerlos.
—Confío en que lo harán muy bien —dijo Kennit con una firmeza tal que eliminaba toda sospecha de que alguien lo desobedeciera.
—Señor —contestó Sorcor, que se retiró para dar la nueva orden a los hombres de cubierta y a los abordadores armados que aguardaban en el interior.
Etta esperó a que Sorcor se hubiera alejado lo suficiente antes de preguntar en voz baja:
—¿Por qué arriesgarte de esa manera?
—¿Arriesgarme? —Guardó silencio un momento para meditar—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Temes por lo que te pueda pasar si me degüellan?
Etta le clavó los puñales que tenía por ojos y se apartó de él.
—Sí —respondió con voz queda—. Aunque no por lo que tú piensas.
Una vez que las naves se encontraron lo bastante próximas, el capitán de la Sicerna empezó a gritarles.
—¡Alejaos! —rugió—. Sabemos quiénes sois a pesar de vuestra bandera.
Kennit y Sorcor se miraron. Kennit se encogió de hombros.
—Pues sí que termina pronto la mascarada.
—¡Todos a cubierta! —bramó Sorcor con jovialidad—. Y tirad de los cabos.
Un estruendo de pisadas ansiosas retumbó por las cubiertas de la Marietta . Los piratas se pegaron a las barandillas, ganchos y arcos en ristre. Kennit puso las manos en cuenco y se las llevó a la boca.
—¡Rendíos! —aconsejó al capitán mientras la aligerada Marietta se acercaba cada vez más a su presa.
En respuesta, el hombre se limitó a ladrar una orden a sus tripulantes.
Entonces seis fornidos marineros levantaron un ancla que había en la cubierta.
Se oyeron gritos a medida que lo iban acercando a la borda.
Al caer arrastró con violencia a varios hombres que estaban esposados a la cadena.
Se hundieron de inmediato y sus gritos se convirtieron en silenciosas burbujas.
Sorcor observó el espectáculo conmocionado.
Incluso Kennit sintió cierto pavor reverencial ante la crueldad del otro capitán.
—¡Eran cinco esclavos! —bramó el capitán de la Sicerna —. ¡Alejaos! La siguiente cadena lleva veinte hombres amarrados.