Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 23 #2
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Poco a poco, el estado de la ciudad fue mejorando.

Empezó a ver los primeros vendedores de bollos, pescado ahumado y queso, cuyos aromas le hacían la boca agua.

Algunas puertas ya estaban abiertas y la gente salía a retirar las contraventanas de los escaparates para así mostrar de nuevo sus mercancías a los viandantes.

Cuando los carros y los peatones empezaron a atestar las calles, Wintrow cobró nuevos ánimos.

Estaba seguro de que en una ciudad así, con toda esa gente yendo de aquí para allá, su padre nunca podría dar con él.

Desde las brillantes aguas, Vivacia contemplaba las blancas paredes y torres de Jamaillia.

Contando en horas, no había pasado mucho tiempo desde la marcha de Wintrow.

Aun así, parecía que había transcurrido un millar de siglos desde que descendiera por la cadena del ancla y alcanzara tierra a nado.

Las otras naves le impidieron ver cómo se alejaba.

Ni siquiera sabía con certeza si Wintrow había llegado sano y salvo a la playa.

Un día antes se habría dicho que, si le hubiera ocurrido algo, ella lo habría sentido.

Sin embargo, un día antes habría jurado que lo conocía mejor que él mismo y que no podía dejarla. Qué ilusa había sido.

—¡Tuviste que darte cuenta de su fuga! ¡¿Por qué no diste la voz de alarma?! ¡¿Adónde ha ido?!

«Madera —pensó—. No soy más que madera. La madera no necesita oír.

La madera no necesita responder». La madera no tendría por qué sentir.

Miró a la ciudad. Wintrow andaría por alguna de sus calles.

Libre de su padre, libre de ella. ¿Cómo podía haber cortado aquel vínculo con tanta facilidad?

Sonrió con amargura. Quizá fuera un rasgo típico de los Vestrit.

¿No la había dejado Althea del mismo modo?

—¡Responde! —gritó Kyle.

Torg se dirigió a su capitán con voz templada:

—Lo siento, señor. Debería haber vigilado mejor al muchacho.

De todas maneras, ¿quién se podía imaginar algo así?

¿Por qué iba a escaparse después de todo cuanto ha hecho por él y sabiendo cuánto quiso darle?

Para un hombre como yo, no tiene sentido.

Una muestra de ingratitud tan enorme es suficiente para partir el corazón de un padre.

—Lo decía como para consolarlo; sin embargo, Vivacia sabía que las palabras de conmiseración que siseaba no servían sino para avivar la furia que Kyle sentía hacia Wintrow. Y hacia ella.

—¿Adónde ha ido y cuándo? ¡Maldita seas, responde! —bramó Kyle. Se apoyó en la barandilla. Quiso agarrarla de un pesado mechón de pelo y tirar de él.

Vivacia lo esquivó con agilidad serpentina y lo empujó con la mano abierta igual que un hombre apartaría a un gato molesto.

Kyle se cayó de espaldas sobre la cubierta.

De repente, sus ojos se abrieron de par en par dejando ver el pánico y la conmoción que habían hecho presa de él.

Torg quiso huir, pero tropezó de puro miedo, cayó y se escabulló a cuatro patas.

—¡Gantry! —gritó con espanto—. ¡Gantry! ¡Ven aquí! —Escapó en busca de algún compañero.

—Maldito seas, Kyle Haven —contestó Vivacia con voz áspera y templada, sin explicarse por qué hablaba así—.

Maldito seas hasta lo más profundo de tu ser.

Uno a uno, los has ido echando. Ocupaste el puesto de mi capitán.

Expulsaste de mis cubiertas a su hija, mi compañera durante mis días de sueño.

Y ahora incluso tu propio hijo escapa de tu tiranía y me despoja de su amistad. Maldito seas.

Kyle se levantó poco a poco. Se le habían agarrotado todos los músculos del cuerpo.

—Esto lo lamentarás… —amenazó con una voz trémula de miedo y cólera antes de que Vivacia lo interrumpiera con una temible carcajada.

—¿Que lo lamentaré? ¿Cómo piensas hacer que me lamente aún más? ¿Qué desgracia puede haber mayor que alejarme de los de mi sangre? Eres falso, Kyle Haven. Y nada te debo, nada, y nada es pues lo que obtendrás de mí.

—Señor —dijo Gantry en voz baja y respetuosa.

Estaba en la cubierta principal, a una distancia segura tanto del capitán como del mascarón de proa.

Torg se ocultó tras él para disfrutar mejor de la disputa que tanto lo acobardaba.

Gantry se mantenía firme pero su rostro, moreno en circunstancias normales, había cobrado un tono amarillento—.

Le sugiero con todos mis respetos que salga de aquí, no sea que en lugar de solucionar las cosas salga malherido.

Ahora debemos concentrarnos en buscar al muchacho, antes de que se aleje demasiado y encuentre un buen escondrijo.

Aquí no tiene dinero ni amigos, que sepamos.

Ahora mismo deberíamos estar en Jamaillia haciendo correr la voz de que lo estamos buscando.

Y tenemos que ofrecer una recompensa. Son tiempos duros para las gentes de Jamaillia.

Lo más probable es que desembolsando un puñado de monedas lo tengamos a bordo antes de que anochezca.

Kyle guardó silencio, como si meditara las sugerencias de Gantry.

Vivacia sabía que si Gantry se había quedado donde estaba, a su alcance, era solo como muestra de valentía.

Era consciente además de que Torg los estaba observando con ojos ávidos.

Le asqueaba que disfrutara con la disputa.

Pero enseguida se lo quitó de la cabeza.

Kyle no era Wintrow, por lo que para ella no era pariente. No era nada.

Kyle asintió a Gantry con la cabeza sin apartar los ojos de Vivacia .

—Es un consejo valioso. Que todos los tripulantes que se hallen de permiso en tierra corran la voz de que entregaremos una moneda de oro a quien nos traiga al muchacho sano y salvo.

Y media si nos lo entregan de cualquier otra manera.

Una moneda de plata para quien nos desvele su paradero, aunque solo si acabamos dando nosotros con él.

—Kyle se calló—. Llevaré a Torg conmigo y bajaremos a los emporios de esclavos.

La fuga de ese maldito muchacho me ha costado un tiempo precioso.

Sin duda, ya habrán vendido las mejores mercancías.

Podría haberme hecho con toda una compañía de cantantes y músicos de haber bajado allí temprano la mañana que llegamos.

¿Tienes idea de lo que hubieran pagado en Chalaza por los cantantes y músicos de Jamaillia?

—Hablaba con sequedad, como si culpara a Gantry.

Meneó la cabeza con pesar—. Quédate aquí y encárgate de las reparaciones de la bodega.

Es menester acabarlas lo antes posible, pues quiero zarpar en cuanto el muchacho y la carga estén a bordo.

Gantry asentía a todo cuanto su capitán le decía, pero Vivacia notó en varias ocasiones que no le quitaba ojo de encima.

Se retorció todo cuanto pudo para mirar con frialdad a los tres hombres.

Kyle se negó a devolverle la mirada, pero Gantry cruzó con incomodidad sus ojos con los de ella.

Hizo un gesto leve con la mano que Vivacia interpretó como una señal que le hacía a ella, aunque no supo cómo interpretarla.

Abandonaron la cubierta de proa y bajaron a la bodega.

Al rato, Vivacia se dio cuenta de que Torg y Kyle se estaban marchando.

«Que se pudran», pensó. Después volvió a pasear la vista por la ciudad blanca, que el Río Cálido cubría con su tenue y vaporoso velo.

Una ciudad arropada por nubes. ¿Deseaba que atraparan a Wintrow y que así este volviera a ella o prefería que escapara de su padre y fuera feliz?

No se decidía. Siempre había pensado que Wintrow regresaría a ella por voluntad propia.

Ahora le parecía un deseo infantil y estúpido.

—¿Barco? ¿ Vivacia ? —Gantry no se atrevía a subir a la cubierta de proa. Prefirió quedarse en la escalerilla y llamarla en voz baja.

—No tienes por qué temer acercarte a mí —le contestó en tono malhumorado. A pesar de ser uno de los hombres de Kyle, Gantry era un buen marinero. Vivacia se sintió extrañamente avergonzada porque tuviera miedo de ella.

—Solo quería hacerte una pregunta: ¿puedo hacer algo por ti, para… consolarte? —Quería decir tranquilizarla.

—No —contestó Vivacia con sequedad—. No, nada. A menos que desees encabezar un motín. —Esbozó una estrecha sonrisa para hacerle ver que no hablaba en serio. Al menos, todavía no.

—No puedo hacerlo —respondió con solemnidad—. Pero, si necesitas algo, házmelo saber.

—Necesitar. La madera no tiene necesidades.

Gantry se marchó con el mismo sigilo con que había venido, pero al poco apareció Findow, que se sentó en el borde de la cubierta de proa a tocar su violín.

No tocó ninguna de las animadas melodías con las que solía marcar el ritmo de la tripulación cuando había que mover el cabestrante.

En su lugar tocó piezas relajantes y teñidas de cierta tristeza.

Casi describían el estado de ánimo de Vivacia , pero la mera vibración de las cuerdas del violín, en la que veía reflejada su melancolía, le levantó el ánimo y ahogó un poco su dolor.

Unas saladas lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras seguía contemplando Jamaillia.

Nunca había llorado. Hasta aquel momento había creído que lo que dolían eran las lágrimas en sí; sin embargo, ahora sabía que servían para drenar el terrible dolor que la martirizaba.

En sus entrañas sintió cómo trabajaban los hombres.

Taladros y pernos clavándose y retorciéndose en sus tablones.