Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 23
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Los barcos de esclavos

de Jamaillia

Wintrow conocía una canción que había aprendido de niño y que hablaba de cómo las blancas calles de Jamaillia resplandecían al sol.

La iba tarareando mientras atravesaba deprisa un callejón lleno de escombros.

Los altos edificios de madera entre los que caminaba tapaban la luz del sol y canalizaban la brisa marina.

A pesar de lo mucho que había intentado evitarlo, el agua salada había terminado por empapar su túnica de sacerdote.

La ropa mojada le rozaba y tiraba de la piel a cada paso que daba.

La temperatura de aquel día de invierno era suave incluso para tratarse de Jamaillia.

No tenía nada de frío. En cuanto se le secaran del todo la piel y la túnica, se sentiría de maravilla.

Durante los días que había pasado a bordo se le habían encallecido tanto los pies que ni los fragmentos de loza ni los trozos de madera astillados que alfombraban el callejón le suponían una gran molestia.

Se aconsejó a sí mismo que debía recordar tales cosas.

Olvidar el rugido de sus hambrientas tripas y dar las gracias por no tener demasiado frío.

Y por ser libre.

Hasta que no alcanzó la orilla no se dio cuenta de hasta qué punto se había sentido oprimido durante su reclusión en el barco.

Incluso antes de secarse y ataviarse con la túnica, su corazón había cobrado nuevos ánimos.

Libre. Estaba a varios días de su monasterio y no tenía ni idea de cómo regresar, pero estaba decidido a hacerlo.

Volvía a ser el dueño de su vida. Saber que había aceptado el desafío hacía bullir su corazón.

Podría fracasar, quizá volvieran a capturarlo o puede que por el camino le pasara cualquier otra desgracia, pero había aceptado la fuerza de Sa y debía obrar en consecuencia.

Después de esto, ya no le importaba lo que le ocurriera, debía aferrarse a esa idea. No era ningún cobarde.

Por fin se lo había demostrado a sí mismo.

Jamaillia era la ciudad más grande que había visitado nunca.

Su extensión resultaba imponente. Desde el barco se había fijado en las brillantes torres blancas, cúpulas y chapiteles de la Corte del Sátrapa, que coronaban las zonas más elevadas de la ciudad.

Los vapores del Río Cálido conformaban el sedoso y ondeante telón de fondo de tales maravillas.

Pero ahora se encontraba en la parte más baja de la ciudad.

El puerto ofrecía el mismo aspecto lóbrego y empobrecido de Berro, si bien era más extenso.

Era la zona más sucia y estropeada del Mitonar que había visto nunca.

El muelle estaba bordeado de almacenes y tiendas de aparejos de navegación pero tras ellos había una zona reservada para los burdeles, las tabernas, las tiendas de baratijas y las posadas de peor calaña.

Los únicos habitantes permanentes eran los mendigos que se acurrucaban en las entradas de las casas y dentro de las casuchas abandonadas que había entre los edificios más altos para dormir.

En las calles había tanta porquería como en los callejones.

Puede que antaño los desagües y sumideros drenaran el agua residual, pero ahora de ellos manaban grandes charcos estancados de traicioneras aguas verdosas y parduscas.

Era evidente que allí iba a parar el contenido de los orinales de los vecinos.

De haber hecho más calor, el olor hubiera sido más penetrante y las moscas hubieran acudido en enjambre.

Por tanto, pensó mientras sorteaba uno de los charcos más amplios, también debía estar agradecido por aquello.

Ya estaba amaneciendo, pero esa zona de la ciudad aún dormía.

Puede que la gente de aquel sector estimara que no tenía muchas razones para levantarse.

Wintrow supuso que el ambiente de esas calles sería muy distinto por las noches.

Pero por ahora se encontraban vacías y muertas; las ventanas estaban cerradas y las puertas, enrejadas.

Miró al cielo, que cada vez se iluminaba más, y aceleró el paso.

En el barco pronto se darían cuenta de su huida.

Para entonces quería hallarse lejos del puerto.

Se preguntó si su padre lo buscaría con mucho énfasis.

Puede que apenas se preocupara; para él, Wintrow solo era una manera de mantener apaciguados los ánimos a bordo.

Vivacia .

Solo con recordar su nombre se le encogía el corazón.

¿Cómo podía haberla dejado? Tenía que hacerlo, no podía seguir así.

Pero ¿cómo podía haberla dejado? Se sentía como si lo hubieran partido en dos.

Aunque agradecía su libertad, sentía una soledad amarga y extraña.

No sabía decir si se trataba de la de él o de la de ella.

Si hubiera tenido la menor oportunidad de hacerse con el control del barco y escapar, lo hubiera hecho.

A pesar de lo insensato que parecía, lo hubiera hecho.

Tenía que ser libre. Vivacia lo sabía y debía comprender que había tenido que marcharse.

Sin embargo, la había dejado en la trampa.

Siguió caminando, con el corazón roto. Vivacia no era su mujer, ni su hija ni tampoco su amante. Ni siquiera era humana. El vínculo que los unía les había sido impuesto, tanto por las circunstancias como por la voluntad de su padre. Nada más. Vivacia lo comprendería y lo perdonaría.

Entonces supo que deseaba regresar con ella.

No ese día ni al siguiente, pero sí lo antes posible.

Llegaría el día, en un futuro no muy lejano, quizá cuando su padre renunciara y devolviera a Althea al barco, que no correría peligro al volver.

Él sería sacerdote y ella se conformaría con otra Vestrit, Althea o puede que incluso Selden o Malta.

Llevarían vidas plenas y separadas, y cuando se reunieran por voluntad propia, sería un reencuentro delicioso.

Vivacia reconocería que él había tomado la decisión correcta.

Para entonces, los dos serían más sabios.

Entonces la duda empezó a corroerlo. ¿Acaso su intención de regresar era su único alivio?

¿Significaría eso que sospechaba que lo que había hecho estaba mal?

¿Cómo podía ser? Retomaría su sacerdocio y cumpliría las promesas que había hecho hacía ya tantos años.

¿Cómo podía eso estar mal? Meneó la cabeza, desconcertado, y siguió caminando.

Decidió no adentrarse en la parte alta de la ciudad.

Su padre esperaría que fuera allí, en busca del amparo y la ayuda de los sacerdotes de Sa del templo del sátrapa.

Sería el primer lugar en que lo buscaría.

Deseaba ir allí porque estaba seguro de que los sacerdotes no le darían la espalda.

Quizá incluso pudieran ayudarlo a regresar a su propio monasterio, aunque sería mucho pedir.

Aunque no se escondería donde ellos, no quería que su padre aporreara sus puertas exigiendo que se entregara.

En su día, incluso los asesinos encontraban protección en el templo de Sa.

Pero si los círculos exteriores de Jamaillia se habían degradado hasta este punto, Wintrow dudaba que la santidad del templo de Sa se siguiera respetando como antaño.

Lo mejor sería evitarles todos los problemas posibles.

En realidad, no tenía sentido detenerse en la ciudad.

Iniciaría su larga caminata por la Satrapía de Jamaillia para regresar a su monasterio, su hogar.

Lo normal hubiera sido que la sola idea de tener que realizar un viaje tan arduo lo desmoralizara. Sin embargo, le entusiasmaba haberlo empezado por fin.

Nunca se le ocurrió que en Jamaillia podría haber guetos y mucho menos que abarcaran un sector tan amplio de la capital.

Pasó por una zona devastada por el fuego.

Según sus cálculos, las llamas habían devorado unos quince edificios y otros muchos habían quedado carbonizados y humeantes.

No habían retirado los escombros; las cenizas, húmedas, despedían un olor pestilente.

La calle se había reducido a un sendero tomado por los escombros y la ceniza.

Era desalentador. Aunque no quería, empezó a dar crédito a las historias que había oído sobre el actual sátrapa.

Si su vana lujuria y sus costumbres de sibarita eran tan decadentes como tenía entendido, eso explicaría por qué las aguas residuales se habían desbordado y por qué las calles estaban llenas de basura.

El dinero solo podía gastarse una vez. Quizá el sátrapa hubiera dilapidado en sus vicios el dinero de los impuestos con que se debería haber reparado los desagües y contratado a los serenos.

Eso explicaría el deterioro de los edificios y el abandono general que había observado en el puerto.

Las galeras y galeotas de la flota de la patrulla de Jamaillia estaban allí amarradas.

Había algas y mejillones adheridos a sus cascos, y la brillante pintura blanca de su tablazón, que una vez anunció que protegía los intereses del sátrapa, ahora estaba resquebrajada y descascarillada.

No cabía la menor duda de que los piratas surcaban a sus anchas los canales navegables.

Jamaillia, la ciudad más grande del mundo, corazón y luz de todas las civilizaciones, mostraba los primeros síntomas de putrefacción.

Llevaba toda la vida oyendo las leyendas que se contaban sobre esta ciudad, sobre su maravillosa arquitectura y sus espléndidos jardines, sobre sus magníficos paseos marítimos, templos y baños.

Aparte del palacio del sátrapa, se habían sondado muchos edificios públicos en busca de agua y de drenajes.

Meneó la cabeza mientras bordeaba otro desagüe desbordado.

Si abajo las aguas se habían estancado, ¿cuál sería la situación en la parte elevada de la ciudad?

Bien, quizá las vías públicas se encontraran en mejor estado, pero nunca lo sabría.

No si quería escapar de su padre y de cuantos perseguidores hubiera enviado tras él.