Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 22 #6
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—Tienes razón —confirmó él con tranquilidad—. Eso es lo que me llevo, y nada más. La única pertenencia que traje a bordo. Vivacia , no sé qué más puedo decirte. Tengo que irme, debo hacerlo, antes de que no pueda dejarte. Antes de que mi padre me haya cambiado tanto que ni yo mismo sepa quién soy.

Ella pugnaba por ser racional, por rebatirle con la lógica.

—Pero ¿adónde vas a ir? ¿Qué harás? Tu monasterio está lejos de aquí. No tienes dinero ni amigos. Wintrow, esto es una locura. Si vas a hacerlo, planéalo antes. Espera a que estemos cerca de Calabacín, deja que piensen que te has rendido y entonces…

—Creo que, si no lo hago ahora, jamás lo haré. —Su voz era tranquila y determinada.

—Puedo detenerte ahora mismo —le avisó con un susurro ronco—. Todo lo que tengo que hacer es dar la alarma. Un grito mío, y tendré a todo hombre de esta embarcación detrás de ti. ¿No lo sabes?

—Lo sé. —Cerró los ojos y luego estiró el brazo para tocarla. Las puntas de sus dedos acariciaron un bucle del cabello de ella—. Pero no creo que lo hagas. No creo que me hicieras eso.

Un breve contacto y se incorporó. Se ató el fardo a la cintura con una cuerda larga. Trepó con torpeza por la borda y bajó por la cadena del ancla.

—Wintrow. No debes. Hay serpientes en el puerto, podrían…

—Nunca me has mentido —le replicó él en voz baja—. No lo hagas ahora para retenerme junto a ti.

Sorprendida, abrió la boca, pero no salieron palabras. Wintrow alcanzó el agua helada y metió un pie y una pierna.

—Que Sa me ayude —jadeo, y se zambulló con resolución. Ella le oyó coger aire al abrazar el frío. Entonces soltó la cadena y se alejó pataleando con escasa habilidad. Su fardo burbujeaba a su paso. Nadaba como un perro.

Wintrow, gritó ella. Wintrow, Wintrow, Wintrow.

Gritos insonoros, lágrimas secas. Pero permaneció en silencio, y no solo porque temiera que sus gritos atrajeran a las serpientes.

Una terrible lealtad hacia él y hacia ella misma la silenciaba.

Él no podía atreverse. No podría hacerlo.

Era un Vestrit, ella era el barco de su familia.

No podía dejarla, no durante mucho tiempo.

Llegaría a la orilla y subiría a la oscura ciudad.

Se quedaría allí una hora, un día, una semana; los hombres hacían esas cosas, bajaban a tierra, pero siempre regresaban.

Volvería a ella por voluntad propia y reconocería que ella era su destino.

Se abrazó con fuerza y apretó los dientes.

No lloraría. Podía esperar a que lo viera por sí mismo y retornara. Confiaba en conocer su corazón.

—Casi ha amanecido.

La voz de Kennit era tan suave que Etta apenas estaba segura de haberla oído.

—Sí —confirmó en voz muy baja. Yacía sobre la espalda de él y su cuerpo no tocaba lo suficiente el suyo.

Si estaba hablando en sueños, no deseaba despertarlo.

Rara vez se dormía él mientras estuviera ella en la cama, o le permitía compartir su cama, su almohada y el calor de su cuerpo delgado durante más de una o dos horas.

Kennit volvió a hablar con menos que un susurro:

—¿Conoces este verso? «Cuando estoy lejos de ti, la luz del amanecer me toca la cara con tus manos».

—No sé —murmuró Etta, vacilante—. Suena como un fragmento de poema, quizá… Nunca tuve mucho tiempo para aprender poesía.

—No necesitas aprender lo que ya eres —dijo él en voz muy baja.

No intentó disfrazar el cariño de su voz.

El corazón de Etta casi se detuvo. No osó respirar—.

El poema se llama «De Kytris para su dama».

Es más antiguo que Jamaillia, de los días del Viejo Imperio.

—De nuevo, una pausa—. Desde que te conocí, me hace pensar en ti.

En especial la parte de: «Las palabras no bastan para contener mi cariño.

Me muerdo la lengua y acallo mi amor para que no me esclavice la pasión».

—Otra pausa—. Las palabras de otro hombre de los labios de otro hombre. Ojalá fueran mías.

Etta dejó que el silencio siguiera a sus palabras, las saboreó mientras las grababa en su recuerdo.

En ausencia de sus susurros, oía la profundidad del ritmo de su respiración, en armonía con el chapoteo y borboteo de las olas contra el casco del barco.

Era una música que fluía a través de ella con el latir de su propia sangre. Inspiró hondo y reunió todo su coraje.

—Por muy dulces que sean tus palabras, no las necesito. Nunca las he necesitado.

—Entonces quedémonos en silencio. Quédate junto a mí hasta que la mañana se nos presente.

—Así lo haré —jadeó ella. Con tanta suavidad como la caída de una pluma, puso su mano en la cadera de él.

Este no se revolvió ni se dio la vuelta.

A ella no le importó. No necesitaba que lo hiciera.

Habiendo vivido tanto tiempo con tan poco, las palabras que él le había dicho serían suficientes para toda una vida.

Cuando cerró los ojos, una única lágrima se deslizó bajo sus pestañas.

En la penumbra del camarote del capitán, una minúscula sonrisa curvó sus rasgos de madera