22 #5
Althea había esperado que los hombres saltaran ante la orden, pero se fueron reticentes, muchos mirando la oscura zona del mar donde la serpiente había aparecido por última vez.
Los cazadores manifestaron su enfado y frustración.
Algunos tiraron sus lazos ruidosamente, mientras que otros mantuvieron los arcos cargados mientras ojeaban el mar con los ojos estrechados.
Si la serpiente salía de nuevo, la emplumarían.
Mientras Althea trepaba por las jarcias, rezaba para que el monstruo se alejara.
En el lado opuesto del mundo, el sol estaba emergiendo de las profundidades del océano.
Pudo ver un resplandor grisáceo donde pronto ardería libre.
A pesar de lo ilógico del pensamiento, casi creía que, si el sol lograba salir antes de que la serpiente volviera, todos sobrevivirían.
Algo en su interior anhelaba que la luz y el día pusieran fin a aquella larga pesadilla.
Junto al barco, la serpiente emergió de súbito como un tronco atrapado en un remolino.
La criatura se proyectó hacia arriba, sacudiendo la cabeza salvajemente, con las mandíbulas muy abiertas como si intentara desenganchar el garfio.
Mientras latigueaba con su enorme cabeza de modo frenético, pequeños salivazos de sangre volaban desde sus fauces.
Unas diminutas salpicaduras de babaza ardiente rociaron las velas.
Una cayó sobre la mejilla de Althea y le quemó.
Gritó sin palabras y se la secó con la manga.
Un terrible entumecimiento se extendió desde la quemadura.
Otros gritos expelidos por otros marineros le permitieron saber que no era la única a la que había alcanzado.
Se dejó colgar donde estaba e intentó recuperar la calma. ¿La mataría aquella cosa?
En cubierta, los cazadores daban alaridos de triunfo y corrían hacia el costado del barco, donde la serpiente se erguía sobre su cola e intentaba librarse del cebo lleno de garfios que se había tragado.
La cadena traqueteaba sobre sus dientes y los barriles flotaban en aguas cercanas.
Las flechas silbaron y los arpones volaron.
Algunas se quedaron cortas o se pasaron de su objetivo, pero un buen número dio en el blanco.
La serpiente bramó su agonía mientras caía de lomos sobre el agua.
Fue un sonido estridente, más parecido al chillido de una mujer que al mugir de un toro.
Volvió a hundirse, ya que los toneles desaparecieron como burbujas.
Por encima de Althea, un hombre gritó más alto, un sonido sin palabras.
Cayó, y su cuerpo golpeó una verga cercana.
Se tambaleó un instante, y Althea cogió la manga de su camisa.
Pero su cuerpo perdió equilibrio y la manga se hizo jirones en su mano.
Escuchó cómo se aplastaba contra la cubierta.
Se quedó mirando como una estúpida el trozo podrido de tela que había asido.
La baba de la serpiente había carcomido el grueso tejido de algodón igual que las polillas se comían la lana tejida.
Se preguntó qué le estaría pasando a su cara. Le llegó un pensamiento más grave que ese, y gritó:
—¡Las babas de la serpiente se están comiendo nuestras velas!
Más gritos lo confirmaron. Otro hombre, con las manos entumecidas y escaldadas, era asido por sus compañeros mientras lo tendían con torpeza sobre la cubierta.
Su cabeza colgaba laxa sobre los hombros, y de su boca y nariz manaba un fluido.
Althea no creía que volviera a recuperar la conciencia.
Era una visión horrible, pero más horribles eran las pequeñas rasgaduras que estaban apareciendo en las velas.
Mientras el viento las empujaba, en el tejido primero se abrían agujeros y luego brechas.
El capitán observaba con ojos recelosos, midiendo la velocidad que el barco conseguía mantener y cuánto tiempo llevaría arriar las velas dañadas y ponerlas a punto.
Su plan parecía ser alejarse cuanto pudieran de la serpiente antes de parar para reemplazar los lienzos. Althea estuvo de acuerdo.
Un grito procedente de popa hizo que girara la cabeza. No tenía una vista clara, pero los gritos de debajo le indicaron que la serpiente había vuelto a ser avistada.
—¡La muy bastarda viene directa hacia nosotros! —chilló alguien, y el capitán rugió a los cazadores que se dirigieran a popa y se prepararan para llenarla de flechas y arpones.
Althea, que colgaba de su puesto de vigía, tuvo una panorámica clara de la criatura que se lanzaba hacia ellos.
Su boca seguía muy abierta, la cadena le pendía de la comisura.
De algún modo, había cortado la pesada maroma que la unía a los barriles.
Las flechas y los arpones le salían de la garganta.
Sus enormes ojos captaron un poco de la primera luz débil del amanecer y reflejaron ira.
Althea jamás había visto una emoción que brillara tanto en la cara de un animal.
Salió del agua, más y más alta, alta hasta lo imposible, demasiado larga para ser algo vivo.
Golpeó el barco con cada vestigio de fuerza que pudo reunir.
La inmensa cabeza aterrizó en la cubierta de popa con un sonido sólido, como la mano de un gigante sobre una mesa.
La proa del barco saltó hacia arriba en respuesta y Althea estuvo cerca de caer de las jarcias.
Se quedó allí colgando, expresando su terror con un chillido que más de uno imitó.
Oyó el frenético silbido de las flechas disparadas.
Después, escucharía cómo los cazadores se echaban adelante sin miedo, para ensartar la criatura con sus lanzas una y otra vez.
Pero era innecesario. Había estado muerta incluso cuando cargó contra ellos.
Yacía sin vida sobre la cubierta, con los ojos muy abiertos, las fauces rezumantes de un fluido lechoso que expelía humo allí donde caía en la madera.
Poco a poco, el peso de su gigantesco cuerpo tiró de su cabeza hacia atrás y abajo, para desaparecer en las aguas negras de donde había salido.
La mitad de la barandilla de popa se fue con ella.
Dejó un rastro de madera rayada en su camino.
Con la voz ronca, el capitán ordenó que las cubiertas fuesen fregadas con agua de mar.
—Eso no era solo un animal —dijo una voz que reconoció como la de Brashen. Había tanto asombro como temor en ella—. Quiso vengarse antes de morir. Y casi lo consigue, la maldita.
—Salgamos de aquí —sugirió el segundo de a bordo.
Por todo el barco, los hombres se pusieron manos a la obra mientras el perezoso sol se elevaba poco a poco sobre el mar.
Se dirigió a proa de madrugada en el cuarto día de su estancia en Jamaillia. Vivacia fue consciente de que estaba allí, pero es que Vivacia sabía dónde se encontraba en cualquier parte a bordo de ella.
—¿Qué ocurre? —susurró.
El resto del barco estaba en silencio. El único marinero de guardia estaba en popa, tarareando una vieja canción de amor mientras contemplaba las luces desparramadas de la ciudad.
Una piedra lanzada, un barco de esclavos anclado balanceándose.
La paz de la escena solo se veía interrumpida por el hedor del barco esclavista y el gemido grave de tristeza del cargamento encadenado que contenía.
—Me voy —dijo en voz baja—. Quería despedirme.
Ella oyó y sintió las palabras, pero no tenían sentido para ella. Él no podía querer decir lo que las palabras significaban. Llena de pánico, entró en él para buscar la comprensión en su interior, pero él la evitó. Se separó.
—Sabes que te quiero —dijo él—. Y lo que quizá sea más importante: sabes que también me gustas. Creo que hubiéramos sido amigos aunque no fuéramos quienes somos, aunque fueras una persona real o yo tan solo otro marinero de cubierta…
—¡Te equivocas! —exclamó ella en voz baja.
Incluso entonces, cuando sentía su decisión de abandonarla flotar en el aire, no podía obligarse a traicionarlo.
No era, no podía ser real. No tenía sentido dar la alarma e involucrar a Kyle en aquello.
Lo mantendría en secreto, entre los dos.
Contuvo el volumen de sus palabras—: Wintrow.
Sí, de alguna forma seríamos amigos, pero me duele mucho cuando dices que no soy una persona real.
Pero lo que hay entre nosotros, nao y hombre, ¡oh, eso no podrá ser nunca con nadie más!
No te engañes a ti mismo pensando que sí.
No salves tu conciencia creyendo que, si me dejas, empezaré a charlar con Sute o a compartir mis opiniones con Gantry.
Son buenas personas, pero no son tú. Te necesito, Wintrow. ¿Wintrow? ¿Wintrow?
Se había girado para mirarlo, pero él se encontraba de pie fuera de su ángulo de visión. Cuando dio un paso para que lo viera, reveló que iba en ropa interior. Llevaba un fardo muy pequeño, algo envuelto en hule y muy bien atado. Probablemente su túnica de sacerdote, pensó enfadada.