22 #4
La noche pasaba tan lenta como un río de brea negra.
Debido a su estado de alerta, el ánimo derivó en una ansiedad crispada.
Cuando todo estuvo atado tan fuerte como era posible, cuando el cebo estuvo preparado y la trampa lista, todos esperaron.
Sin embargo, Althea dudaba que nadie a excepción de los cazadores esperara que la serpiente regresara a recibir su venganza.
Los cazadores eran hombres cuyas vidas se centraban en el éxito de la matanza.
El que otra criatura les acechara y consiguiera devorar a uno de los suyos era un cambio de papeles que no podían aceptar.
Para ellos estaba claro que la serpiente debía volver, de manera que la matasen.
Así era la naturaleza del mundo. Pero los marineros eran hombres que vivían constantemente con la certeza de que, tarde o temprano, el mar se los llevaría.
Lo más cerca de ganar que podían estar era cuando le decían a la muerte: «Hasta mañana».
Los marineros que trabajaban en el barco se esforzaban en poner tanto mar entre ellos como fuese posible.
Los que no tenían tareas dormían donde podían en cubierta, bien metidos en rincones donde un hombre pudiera sujetarse por sí solo.
Aquellos que no podían dormir rondaban las barandillas, sin confiar en los vigías que escrutaban la oscuridad desde los mástiles.
Althea también se inclinaba con los ojos atravesando la noche cuando notó que Brashen se situaba a su lado. Sin siquiera girarse, supo que era él. Quizá se había acostumbrado a su forma de moverse, o puede que sin darse cuenta captara algo de su aroma en el aire.
—Todo irá bien —le dijo en tono tranquilizador a la noche.
—Por supuesto —convino ella sin convicción.
A pesar del enorme peligro al que se enfrentaban, aún era muy consciente de su incomodidad con Brashen.
Requeriría un gran esfuerzo ser capaz de rememorar de manera desapasionada todo lo que habían dicho y hecho aquella noche.
No sabía si achacarlo a la cerveza drogada, al golpe en la cabeza o al cindin, pero no estaba segura de recordar las cosas tal y como habían sucedido.
No recordaba lo que la había impulsado a besarlo.
Quizá, reflexionó desolada, era porque no quería recordar que habían ocurrido aquellas cosas.
—¿Estás bien? —preguntó en una voz baja que dotaba a las palabras de mayor significado.
—Bastante bien, gracias. ¿Y tú? —preguntó ella con impecable cortesía.
Él sonrió. Ella no lo vio, pero lo notó en su voz:
—Estoy bien. Cuando lleguemos a Candeleda, todo esto parecerá un mal sueño. Beberemos y nos reiremos de ello.
—Puede —dijo Althea con neutralidad.
—Althea —comenzó él, justo cuando el barco dio una sacudida y empezaron a levantarse.
Ella se cogió con frenesí a la barandilla y se aferró bien.
Mientras el barco se escoraba, el mar parecía levantarse hacia ella—.
¡Aléjate de la barandilla! —le espetó Brashen, y luego se lanzó a popa para gritar—: ¡Arrojad la comida! ¡Por la borda, tirad la comida!
La cubierta que tenían bajo los pies seguía inclinándose hacia su vertical.
Por todas partes, había marineros que gritaban de rabia y terror.
El barco también gritaba, un terrible crujido de madera acostumbrada a ser sujetada por agua y ahora empujada fuera de ella.
La flexibilidad del barco que posibilitaba que el Segador soportara los embates del mar se volvía ahora en su contra.
Althea casi podía sentir el dolor de la tablazón mientras toda la estructura, de proa a popa, se retorcía y sacudía.
Las jarcias gruñían y las velas oscilaban.
Se encontró a sí misma agazapada sobre la barandilla más que colgando de ella, aferrándose con las dos manos.
Levantó la vista hacia la cubierta inclinada.
Al estar tan bien pulida, no ofrecía asidero para evitar caer por la borda del barco.
Bajo ella, el negro mar burbujeó cuando la cola de la serpiente fustigó el agua en busca de otra adquisición.
Por encima de ella, un hombre rugió con una repentina furia impotente.
Había perdido su asidero, y ahora se deslizaba por la pendiente de la cubierta.
No iba a golpearla. Si se quedaba en el sitio, estaría a salvo.
El hombre chocaría con la barandilla y con toda probabilidad caería, pero ella estaría a salvo. Si se quedaba donde estaba.
En vez de eso, descolgó una mano y la estiró hacia él. El hombre golpeó la barandilla, ella agarró su abrigo y se quedaron los dos balanceándose, unidos al barco solo por la mano de Althea y una de las piernas del marinero atrapada en la barandilla.
—No —se oyó jadear ella mientras notaba que sus músculos se rompían por el esfuerzo.
Se aferraban el uno al otro y al barco. Las manos de él la asían tan fuerte que pensó que le romperían los huesos.
Mientras, el hombre, por instinto, trataba de subir el cuerpo de ella al barco. Debajo de ellos, el agua borboteaba.
Desde la popa, se oyó un gemido de esfuerzo y un gran fajo envuelto en redes de trocitos de aceitosa carne de vaca marina fue arrojada por un costado.
Althea atisbó un fragmento de cadena que lo seguía y después el sedal que se iba soltando.
La carne no había hecho más que tocar la superficie del agua antes de que unas inmensas fauces abiertas emergieran entre las olas para engullirla.
Podía haber tocado la escamosa curva de su cuello cuando se sumergió tras el cebo.
Vislumbró capas de dientes y unos ojos enormes que después se esfumaron, quedando un cuerpo arqueado de serpiente bajo sus pies. Se produjo un grito de triunfo.
—¡Asegurad la maroma! ¡Aseguradla! —bramó Brashen.
De manera tan abrupta como se había inclinado, la cubierta se puso horizontal, mientras la cuerda serpenteaba por ella como si hubiesen soltado el ancla.
Althea y su compañero estuvieron de repente sobre la barandilla en vez de pendiendo por encima de ella.
Se revolvieron con frenesí para meter sus cuerpos en cubierta.
La cuerda del cebo se tensó, y todo el barco se sacudió ante el tirón cuando el garfio se clavó.
Entonces se oyó un crujido de madera quebrada y el gran listón que había sujetado la maroma fue arrancado.
El listón desapareció por la borda. La fila de barriles atados entre sí que lo siguieron se llevó una parte de la barandilla en su camino hacia el mar.
Los barriles vacíos se hundieron en el agua como si estuvieran hechos de piedra en lugar de madera.
Mientras el barco se enderezaba, hubo una avalancha general de hombres en dirección a la barandilla.
Todos contemplaban el oscuro mar en busca de alguna señal de la serpiente desaparecida.
Los hombres se balancearon, callados y quietos, mirando y escuchando.
La voz suave de un cazador interrumpió el silencio:
—No puede quedarse en el fondo para siempre. No con todos esos barriles atados al garfio y la cadena.
Althea se preguntó qué sabían acerca de lo que una serpiente podía o no podía hacer.
¿Serían aquellos dientes afilados capaces de seccionar la cadena que unía la carne a los barriles atados entre sí?
Quizá la serpiente fuese tan poderosa que pudiera arrastrar los barriles al fondo y ni siquiera sentir el esfuerzo.
Como si respondieran a sus pensamientos, se oyó un grito procedente del otro costado del barco:
—¡Allí! ¡Mirad, acaban de moverse! ¡Mirad cómo se van! ¡Y ella vuelve a hundirse!
—Así que ahora es ella —murmuró Althea para sí.
Empezó a cruzar la cubierta pero fue detenida por el grito del segundo de a bordo:
—Dejad todos de mirar boquiabiertos. Salgamos de aquí mientras la maldita cosa esté ocupada.
—¿No vas a perseguirla para matarla? —preguntó asombrado uno de los cazadores—. ¿No quieres ser el primer barco en llevar a puerto una cabeza de serpiente? ¡Un hombre podría beber durante un año solo contando la historia!
—Quiero vivir para llegar a puerto —replicó el segundo con aspereza—. ¡Icemos algunas velas!
—¿Capitán? —protestó el cazador.
El capitán Sichel miraba el último sitio donde habían visto la serpiente.
Todo su cuerpo estaba en tensión por el odio, y Althea supuso que ansiaba perseguirla con la misma tenacidad irracional de un sabueso tras un rastro.
Ella se quedó quieta y en silencio, sin apenas respirar, mientras pensaba para sí misma: no, no, no, no, no.
Justo cuando los cazadores empezaban a hablar con alegría entre ellos sobre arpones, botes y parejas, el capitán sacudió la cabeza como despertando de un sueño.
—No —dijo en voz baja, pesaroso—. No —repitió, más firme y en alto—.
Sería un riesgo estúpido. Tenemos una bodega llena de cargamento.
No lo arriesgaremos. Además, he oído que el mero contacto con la piel de una serpiente entumece los músculos de un hombre y le lleva a la muerte.
Dejemos que el engendro del infierno se marche.
Probablemente la mate la carnada de vaca marina clavada en su garganta.
Si vuelve, lucharemos con todo lo que tenemos.
Pero, por ahora, salgamos de aquí. Dejemos que arrastre esos barriles hasta el fondo, me da igual.