Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 22 #3
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—¡No! —chilló Dechado en mitad de la noche.

Estiró los brazos y golpeó con los puños su propia tablazón—.

¡No! —volvió a gritar. Negación y terquedad.

Y desesperación. No le escuchaban. Nadie le había escuchado nunca, ese había sido siempre el problema.

Ignorarían todo lo que les dijera. Le desencallarían y él tendría que matarlos. Otra vez.

—¡Serpiente!

La voz de Althea sonó clara y fría en medio de la noche que les rodeaba.

Se aferraba con dedos casi entumecidos, con los pies asegurados sobre la plataforma del vigía.

Sus ojos hacían un esfuerzo a través de la oscuridad para rastrear la criatura incluso mientras oía el retumbar de los pies de la tripulación sobre cubierta, una vez escuchado su grito.

Se abrieron las escotillas y todas las manos golpearon las cubiertas para hacer todo lo posible para resistir este último ataque.

—¿Dónde?

—¡Tres grados a estribor, señor! Una grande.

«Todas son grandes», reflexionó con amargura mientras luchaba por seguir aferrada.

Tenía frío, estaba mojada y cansada, y la herida en fase de curación de su cabeza le punzaba todo el rato.

En una noche fría como aquella, la palpitación se convertía en una sorda agonía mientras los escalofríos le tiraban de la piel.

La fiebre había pasado días atrás, y Reller le había quitado los puntos cuando el picor fue insoportable.

La falta de tacto de Reller y las bromas ordinarias sobre su dolor eran infinitamente preferibles a la ternura contenida que veía en los ojos de Brashen cada vez que se cruzaban.

Maldito fuera. Maldito dos veces, ya que allí estaba ella pensando en él cuando su vida dependía de su concentración en la tarea.

¿A dónde había ido la serpiente? La había visto un segundo, y al siguiente se había ido.

En respuesta a su pregunta, el barco hizo un repentino viraje a estribor.

Sus pies se deslizaron sobre el helado puesto de vigilancia y descubrió que su vida dependía del asidero de sus dedos entumecidos.

Sin pensarlo siquiera, enrolló su brazo en un cabo y se sujetó.

Abajo, en cubierta, oía los juramentos y las órdenes del capitán Sichel para que los cazadores hicieran algo, para que dispararan a la condenada criatura antes de que le diera la vuelta al barco.

Pero para cuando los cazadores con los lazos arrojados corrían a un lado del barco, la serpiente ya estaba de vuelta y les golpeaba por el otro costado.

No era un impacto brusco como si fuese una embestida.

Era un empujón hacia arriba, como el de un tiburón contra un cadáver que flota en el agua.

El barco zozobró y los hombres cayeron apelotonados sobre la cubierta.

—¿Dónde está? —preguntó furioso el capitán mientras Althea y los demás centinelas escudriñaban la oscuridad. El viento gélido soplaba a través de ella, las olas subían y bajaban, y veía serpientes en la curva de cada onda. Se disolvían convertidas en miedo e imaginación cuando intentaba enfocarlas.

—¡Se ha ido! —gritó uno de los vigías, y Althea rezó para que fuese cierto.

Aquello había ido demasiado lejos, demasiados días y noches de repentinos ataques aleatorios seguidos de horas de ansiedad y tregua ominosa.

En ocasiones, las serpientes asomaban la cabeza y se retorcían junto al barco, siempre fuera del alcance de los lazos.

A veces era media docena, sus pieles centelleantes bajo el sol invernal, reflejando tonos azules, escarlatas, dorados y verdes.

Y otras veces, como esa noche, no había más que una sola criatura monstruosa que venía para burlarse de ellos y jugar con sus vidas.

Avistar serpientes no era nuevo para Althea.

Hubo un tiempo que eran lo bastante raras para ser legendarias; ahora infestaban ciertas zonas del Exterior y seguían a los barcos de esclavos a través del Paso Interior.

Había visto unas pocas a bordo de la Vivacia , pero siempre a distancia y sin representar una amenaza.

Aquella proximidad a su salvajismo hacía que pareciesen criaturas nuevas.

Entre una inspiración y la siguiente, el barco se escoró.

Mucho. El horizonte se tambaleó y, de pronto, los pies de Althea perdieron su asidero.

Por un instante, ondeó en el aire cogida al mástil, como una bandera.

Sobre la inclinada cubierta, los marineros bramaban y braceaban mientras resbalaban y se bamboleaban.

Se ató fuerte la cintura y estiró una pierna para atrapar unas jarcias.

Al momento volvió a estar segura, aunque el barco se seguía inclinando.

La serpiente se había situado bajo la embarcación y la levantaba para inclinarla hacia estribor.

—¡Aguanta! —rugió alguien, y después se oyó un chillido estridente.

—¡Lo ha atrapado! —exclamó otra persona, y el grito fue seguido por una confusión de voces que se preguntaban la una a la otra:

—¿Has visto eso?

—¿A quién ha atrapado?

—¡Lo ha agarrado como a una ciruela madura!

—¡Eso es lo que busca esa cosa!

El barco se enderezó y, a través del caos de voces, oyó con claridad las maldiciones de Brashen.

—¡Señor! —sonó su desesperada voz en la noche—. ¿No podríamos poner algunos cazadores en popa para alejarla del timón? Si nos lo arranca…

—¡Hazlo! —ladró el capitán.

Un estrépito de pasos que corrían. Althea se aferraba a su puesto de vigía mareada, sintiéndose enferma no por el ir y venir del barco, sino por lo repentinamente que les había visitado la muerte.

La serpiente volvería, estaba segura. Sacudiría el barco como un niño tirando cerezas de un árbol.

No creía que la bestia fuese tan poderosa como para volcar el barco, pero tampoco estaba segura.

La tierra jamás le había parecido tan lejana.

La tierra, la sólida tierra, que no podía moverse debajo de una, que no encubría monstruos hambrientos a punto de surgir.

Permaneció en su puesto, odiando no poder ver lo que estaba pasando en cubierta justo debajo de ella.

Se recordó a sí misma que no necesitaba saberlo.

Lo que tenía que hacer era vigilar bien y gritar una advertencia que pudiera salvar la vida de un hombre.

Tenía los ojos cansados de escudriñar la oscuridad, y sus manos no eran más que garras heladas.

El viento se llevaba el calor de su cuerpo.

Pero también llenaba las velas e impulsaba el barco.

Pronto estarían fuera de aquellas aguas infestadas de serpientes. Pronto.

La noche cerrada había caído sobre el barco.

Las nubes oscurecían tanto la luna como las estrellas.

La única luz en el mundo era la del propio barco.

Abajo, en la cubierta, los hombres trabajaban fabricando algo.

Althea se movía con rapidez y a menudo, como una arañita en una telaraña de aparejos húmedos, intentando mantener algo de calor en su cuerpo mientras persistía en su fútil vigilancia.

Todo lo que podía esperar ver era alguna perturbación en la tenue luminiscencia de la superficie en movimiento del océano.

Por fin sonó la campana del barco y su relevo llegó para reemplazarla. Se escabulló por las ahora familiares jarcias, con gracia y velocidad a pesar del frío y el cansancio. Cayó en la cubierta como un gato y se quedó de pie un momento masajeando sus rígidas manos.

Le dieron una medida de ron rebajado con agua caliente.

Lo sostuvo entre las manos casi congeladas e intentó entrar en calor.

Su turno de vigilancia había acabado. En cualquier otra ocasión, se hubiera ido a su camastro, pero no aquella noche.

Por todo el barco, el cargamento estaba siendo asegurado para evitar que se moviera si la serpiente volvía a atacar.

En cubierta, los cazadores construían algo que requería un montón de carne en salazón y unas cincuenta brazas de cuerda.

Reían y maldecían al tiempo mientras ataban la una con la otra, jurando que la serpiente se arrepentiría de haber visto este barco.

El hombre que había sido devorado era uno de los cazadores.

Althea lo había conocido, incluso había trabajado junto a él en el Erial, por lo que era difícil hacerse a la idea de su muerte.

Había sucedido muy rápido. Para ella, las maldiciones y amenazas de los cazadores sonaban huecas e impotentes, como el berrinche de un niño arrojado a la inexorabilidad del destino.

En medio de la oscuridad y el frío, su ira se le antojaba patética.

No creía que pudieran sobrevivir. Se preguntó qué sería peor, ahogarse o ser devorada.

Apartó aquel pensamiento para concentrarse en el trabajo.

Sobre la cubierta había un baturrillo de cosas esparcidas a causa del ataque de la serpiente.

Todo debía ser reordenado con cuidado. Bajo cubierta, los hombres trabajaban en las bombas de agua. El barco no se había hundido, pero había entrado agua. Había trabajo de sobra por hacer.