22 #2
Los oyó mucho antes de que llegaran. Sabía que era noche cerrada porque los pájaros del atardecer habían cesado su canto hacía horas.
Por la humedad que lo perlaba, sospechaba que había una densa niebla.
Así que Dechado esperó con inquietud, preguntándose por qué dos humanos caminarían hasta él en mitad de la bruma y la oscuridad.
No había duda de que él era su destino; no había nada más en la playa.
Mientras se acercaban, pudo oler el aceite caliente de un candil encendido.
No parecían abrirse camino con facilidad, ya que con frecuencia escuchó pequeñas maldiciones mientras se abrían paso, vacilantes, en su dirección.
Ya sabía que uno era Mingsley. Había llegado a conocer muy bien aquella voz masculina.
Quizá viniera para prenderle fuego. Se había mofado de Mingsley la última vez que estuvo allí. Puede que el hombre le lanzara la linterna. El vidrio se rompería y le bañaría el aceite en llamas. Moriría allí, gritando indefenso, una muerte lenta bajo el fuego.
—No queda lejos —oyó que Mingsley le prometía a su compañero.
—Es la tercera vez que dices eso —se quejó la otra voz. Su acento de Chalaza lo delató más que el jamaillio de Mingsley—. Me he caído dos veces y creo que me sangra la rodilla. Ya puede el asunto merecer la pena, Mingsley.
—Lo merece, lo merece. Espera a verlo.
—Con esta niebla, no podremos ver nada. ¿Por qué no hemos venido de día?
¿Titubeó Mingsley al responder?
—La ciudad está un poco sensible; a los antiguos mercaderes no les gusta la idea de que nadie que no sea un antiguo mercader compre una nao rediviva.
Si supieran que estás interesado… Bueno.
Me han dado un par de avisos nada sutiles de que me aleje de aquí.
Cuando pregunté el porqué, obtuve mentiras y excusas.
Me dijeron que nadie, excepto un mercader del Mitonar, puede poseer una nao rediviva.
Cuando quise saber el motivo, más mentiras.
Va contra la tradición, es lo que quieren que pienses.
Pero hay mucho más que eso. Más de lo que sospechaba cuando comencé a negociar por esto.
¡Ah! ¡Ya estamos! A pesar de los daños, puedes ver lo magnífico que fue.
Las voces se acercaron mientras Mingsley hablaba. Dechado tenía un presentimiento, pero su voz fue firme cuando tronó:
—¿Magnífico? La palabra que me aplicaste la última vez fue «feo».
Tuvo la satisfacción de oír cómo los dos hombres expelieron un grito ahogado. La voz de Mingsley no tuvo nada de firme cuando intentó fanfarronear:
—Bueno, esto era de esperar. Una nao rediviva está, después de todo, viva.
—Se produjo un sonido de metal contra metal.
Dechado supuso que habían descubierto la linterna para que proporcionara más luz.
El aroma del aceite caliente se intensificó.
Dechado cambió de posición, incómodo, cruzando los brazos sobre su pecho—.
En fin, Firth. ¿Qué opinas? —dijo Mingsley.
—Estoy… impresionado —musitó el otro hombre.
Había verdadero asombro en su voz. Entonces tosió y continuó—: Pero sigo sin saber por qué estamos aquí de noche.
Oh, conozco parte de los motivos: quieres mi respaldo financiero.
Pero ¿por qué debo invertir tres veces lo que costaría un barco de este tamaño en una ruina encallada con una figura desmenuzada? Aunque pueda hablar.
—Porque está fabricado con tronconjuro —Mingsley pronunció las palabras como si revelara un secreto bien guardado.
—¿Y? Todas las naos redivivas lo están —replicó Firth.
—¿Y por qué? —añadió Mingsley con una voz salpicada de misterio—. ¿Por qué construir un barco de tronconjuro, un material tan caro que lleva generaciones pagar? ¿Por qué?
—Todo el mundo sabe por qué —se quejó Firth—. Cobran vida y son más fáciles de gobernar.
—Dime. Sabiendo eso del tronconjuro, ¿no arriesgarías las fortunas de tres o cuatro generaciones de tu familia solo por poseer un barco así?
—No. Pero los mercaderes del Mitonar están locos. Todo el mundo lo sabe.
—Tan locos que cada una de esas malditas familias es rica —apuntó Mingsley—. ¿Y qué los hace ricos?
—Su maldito monopolio sobre el comercio de las mercancías más fascinantes del mundo. Mingsley, podríamos haber discutido de economía en la taberna, ante unas sidras especiadas calientes. Tengo frío, la niebla me ha empapado y la rodilla me duele como si estuviera envenenada. Ve al grano.
—Si has caído sobre percebes, es probable que estés envenenado —observó Dechado con voz atronadora—. Seguro que se hincha y se infecta. Te espera al menos una semana de dolor.
—¡Cállate! —siseó Mingsley.
—¿Por qué? —se burló Dechado —. ¿Tan nervioso estás por que puedan pillarte aquí, trapicheando con lo que no te concierne? ¿Hablando de lo que nunca poseerás?
—¡Sé bien por qué! —declaró de repente Mingsley—.
No querrás que lo sepa él también, ¿no? No quieres compartir el precioso secreto del tronconjuro, ¿verdad?
Porque entonces se derrumbarían todos los cimientos de los Comercios del Mitonar.
Piensa en ello, Firth. ¿En qué se basa todo el Mitonar?
No en ninguna concesión del sátrapa, sino en las mercancías que vienen por el Pluvia, los extraños y maravillosos productos procedentes de los Territorios Pluviales.
—Te estás metiendo en algo más profundo de lo que puedas imaginar —le avisó Dechado a Firth en voz alta—. Algunos secretos más vale no compartirlos. Hay secretos que tienen más precio del que quieres pagar.
—El río Pluvia, cuyas aguas discurren frías y luego calientes, marrones y luego blancas.
¿De dónde viene esa agua? Has oído las mismas leyendas que yo acerca de un extenso lago humeante de aguas calientes, terreno de anidamiento de los pájaros de fuego.
Dicen que allí el suelo tiembla constantemente y que la niebla vela la tierra y el agua.
Esa es la fuente del río Pluvia… y, cuando el terreno se agita de un modo salvaje, el agua corre caliente y blanca.
Esas aguas blancas pueden carcomer el casco de cualquier barco casi tan rápido como la carne y los huesos de un hombre.
Así que nadie puede remontar el Pluvia para comerciar.
Tampoco se puede subir por las orillas. Las riberas son pantanos traicioneros, las lianas colgantes supuran ácido corrosivo, la savia de las plantas que allí crecen puede producir en la carne verdugones que escuecen y supuran durante días.
—Al grano —le urgió Firth enfadado, aunque Dechado gritara:
—¡Cállate! ¡Cierra la bocaza! Y aléjate de mi playa. Aléjate de mí. O acércate para que te mate. Sí. Ven, hombrecillo. ¡Ven a mí! —Se estiró a ciegas, agitando los brazos y abriendo las manos para agarrarlo.
—A menos que tengas una nao rediviva —reveló Mingsley—.
Una nao rediviva con el casco de tronconjuro, inmune a las aguas candentes del río.
Una nao rediviva que sepa desde el momento en que las aguas aceleran cuál es el único camino río arriba.
Esa es la verdadera fuente del monopolio comercial del Mitonar.
Tiene que poseer una nao rediviva para entrar en el juego.
—Hizo una pausa dramática—. Y te estoy ofreciendo la oportunidad de tener una.
—Te está mintiendo —gritó Dechado a la desesperada—.
¡Mintiendo! Hay mucho más, muchísimo más.
Y aunque me poseyeras, no navegaría para ti.
¡Volcaría y os mataría a todos! Ya lo he hecho antes, ya has oído las historias.
Y si no, pregunta en cualquier taberna. ¡Pregunta por Dechado , el Desdichado , el barco de la muerte!
Ve y pregunta, ellos te lo dirán. ¡Te dirán que te mataré!
—Se le puede obligar —confesó Mingsley en voz baja—.
O extraer de ahí. El casco es lo más importante, un buen marinero puede sondear el río en busca de un canal.
Piensa lo que podríamos hacer con un barco de tronconjuro.
Hay alguna tribu allí arriba con la que trafican los antiguos mercaderes.
Con un solo viaje bastaría. Firth, podemos pagarles el doble de lo que les pagan los antiguos mercaderes y, aun así, sacar beneficio.
Esta es nuestra oportunidad de entrar en un negocio que ha estado cerrado a los forasteros desde la fundación del Mitonar.
Tengo los contactos, los propietarios escucharán la mejor oferta de pago al contado.
Todo lo que necesito es el respaldo. Y eso lo tienes tú.
—Te está mintiendo —bramó Dechado en la noche—. Va a conseguir que te maten. ¡O peor! Mucho peor. Hay cosas peores que la muerte, basura chalaza. Pero solo un mercader del Mitonar lo sabría. Solo un mercader del Mitonar podría decírtelo.
—Creo que me interesa —dijo Firth con cautela—. Pero hay mejores lugares para discutir esto.
—¡No! —aulló Dechado —. No sabes lo que te está vendiendo, no sabes el dolor que estás comprando.
¡No sabes nada, nada en absoluto! —Su voz se quebró—.
No iré contigo, no, no. ¡No quiero y no puedes obligarme, no puedes, te mataré, os mataré a todos!
—Volvió a bracear salvajemente. Si hubiese sido capaz de llegar al suelo, hubiera arrojado arena, piedras, algas, lo que fuese.
Pero sus manos no encontraron nada. Se detuvo y escuchó. Los pasos se alejaban.
—¿… dirá a nadie?
—En realidad, no me preocupa —oyó que Mingsley replicaba confiado—.
Ya le has oído. Está demente, totalmente loco.
Nadie lo escucha. Nadie viene aquí. Y aunque tuviera a alguien que le escuchara, nadie lo creería.
Ahí está la gracia, amigo mío: está más allá de la imaginación de cualquiera.
Ese barco lleva años ahí. ¡Años! Y a nadie se le había ocurrido esto…
—Su voz menguó y se vio amortiguada por la niebla y el sonido de las olas.