22
Planes y riesgos
—La cosa no ha funcionado como el capitán Kennit, el Rey Pirata, había planeado, ¿no?
—Cállate —soltó Kennit con más aflicción que rencor.
Había sido un día estresante y agotador.
Habían avistado una nao rediviva, un barco mercante de casco ancho y estilo antiguo, un bamboleante remedo de nave.
Esta había navegado a cierta distancia por delante de ellos, abriéndose paso a través de los bajíos del Canal de Maldenuevo.
Se hundía bastante en el agua, repleta de algún rico cargamento.
Al final, deberían ser capaces de obligarla a varar.
La Marietta había desplegado las velas y se aproximaba rauda, lo bastante cerca para escuchar al mascarón gritarle las órdenes al piloto.
Se acercaron lo suficiente para ver las caras de los hombres que la gobernaban y para oír sus gritos cuando reconocieron la bandera del Cuervo y se jalearon entre ellos.
Sorcor disparaba las balas de cañón a las jarcias, solo para ver que en el último momento se alejaban.
Furioso, Kennit ordenó emplear balas en llamas y Sorcor obedeció a regañadientes.
Una de ellas impactó de pleno, salpicando de llamas una vela que ardió de forma oblicua.
Pero, casi tan rápido como las llamas subían por el lienzo, la vela cayó cerca de una tripulación desesperada que pudo pisotearla y regarla con agua.
Y a cada minuto que pasaba la nao rediviva se apartaba impasible de ellos.
Kennit le había gritado a su tripulación como un demente, exigiendo velas, remos, cualquier cosa que pudiera ayudar a sacarle un punto más de velocidad al barco.
Pero, como si los mismos dioses se opusieran, una tempestad invernal se cernió sobre ellos, uno de esos horribles temporales de las islas cuyos vientos soplaban en cualquier dirección.
Empezó a caer una lluvia gris que los dejó ciegos.
Kennit soltó un juramento y trepó al mástil para intentar mantener la nao a la vista.
Puso todos sus sentidos en la tarea y, de vez en cuando, captaba vistazos de ella.
Cada vez estaba más lejos. Dobló un cabo y, para cuando La Marietta hizo lo propio, la nao rediviva había desaparecido. Sencillamente, se había esfumado.
Ahora era por la noche, el viento nocturno hinchaba las velas de La Marietta y la monótona lluvia había cesado.
Su tripulación pasaba de puntillas a su alrededor, ignorantes de que su disgusto con ellos ya se había evaporado.
Se encontraba de pie en popa, observando el baile de la estela dorada a su paso y buscando algo de paz interior.
—Supongo que eso significa que le debes a Sorcor otro barco de esclavos, ¿no? —observó el amuleto con afabilidad.
—Me pregunto una cosa: si te corto de mi muñeca y te tiro por la borda, ¿flotarías?
—Descubrámoslo —sugirió el pequeño rostro.
Kennit suspiró.
—La única razón por la que sigo tolerándote es porque me costaste mucho.
El semblante gemelo frunció los labios.
—Me gustaría saber si también dirás eso de la puta dentro de unos días.
Kennit apretó los ojos.
—¿No puedes callarte y dejarme en paz ni un momento?
Un paso furtivo y el susurro de la felpa sobre la cubierta sonaron detrás de él.
—¿Me hablabas? —preguntó Etta.
—No.
—Pensé que habías dicho algo… ¿Deseas estar solo? Puedo volverme al camarote si quieres. —Hizo una pausa y continuó con más suavidad—: Pero preferiría quedarme contigo si te parece bien.
Le llegó su perfume. Lavanda. Le asaltó la indecisión y giró la cabeza para mirarla. Esta le hizo una reverencia, como una dama saludando a su señor.
—Oh, por favor —gruñó él sin dar crédito.
—Gracias —replicó ella con calidez. Los pies de ella, enfundados en unas zapatillas, se deslizaron con levedad sobre la cubierta hasta situarse junto a él.
No lo tocó. Incluso en aquel momento sabía que no debía ser tan íntima.
Tampoco se apoyó en la barandilla con él.
En su lugar, se quedó de pie, con la espalda recta y una sola mano descansando en el pasamanos.
Y lo miró. Al cabo de un rato, él no pudo soportarlo.
Volvió la cabeza para encontrarse con la mirada de ella.
Y esta le sonrió. Radiante. Luminosa.
—Adorable —suspiró la diminuta voz en su muñeca. Y Kennit tuvo que estar de acuerdo.
Etta bajó los ojos y apartó la vista como si estuviera confusa o intimidada.
Llevaba otro vestido nuevo. El marinero que la había traído a bordo había seguido sus indicaciones, proporcionándole una tina de agua caliente para bañarse, pero estuvo un tanto perdido en lo referente a la ropa.
Estaba claro que las toscas ropas de marinero no serían apropiadas para la señora de su capitán.
Con grandes dosis de temor, le había mostrado el mismísimo armario de su capitán y luego, vacilante, le ofreció varios montones de ricas vestiduras procedentes del último botín.
Al principio, Kennit se había disgustado ante semejante confianza, pero luego se resignó.
Hilo y aguja nunca faltaban a bordo de un barco de vela, y Etta se había mantenido muy ocupada con sus labores de costurera.
Al final, Kennit concluyó que el marinero había estado brillante.
Mientras la mujer estuviera ocupada con la aguja, no lo molestaría.
La ropa que Etta había confeccionado para sí misma era diferente a cualquiera que Kennit hubiese visto en ninguna mujer y, en realidad, era bastante prudente para la vida a bordo de un barco.
No es que se hubiese resignado a que ella viviese en el barco.
Era solo que aún no había encontrado un buen sitio donde esconderla.
Era conveniente que ella también se adaptara.
Desde que la llevaron a bordo, no se había quejado ni una vez.
A excepción del segundo día, cuando irrumpió en la cocina y reprendió al cocinero por echarle demasiada sal a la carne que había enviado a la mesa de Kennit.
Ahora solía supervisar la preparación de las comidas servidas en su camarote.
Y quizá como resultado, la comida había mejorado mucho.
Pero seguía siendo una prostituta, se recordó.
A pesar de su corona de lustroso cabello corto que reflejaba las luces del barco y devolvían su brillo, a pesar de la seda verde esmeralda de su blusa sin mangas o de los pantalones de brocado que le cubrían las piernas, seguía siendo una ramera.
Aunque un minúsculo rubí refulgiera en el lóbulo de su oreja y una lujosa capa con forro de piel protegiera su cuerpo del viento nocturno.
—He estado pensando en la nao rediviva que os ha eludido hoy —se atrevió a mencionar. Levantó sus ojos hacia él, demasiado oscuros para su gusto. Ella parecía saberlo, ya que volvió a bajarlos incluso antes que él ladrara su respuesta.
—No me hables de eso.
—No lo haré —prometió con amabilidad. Pero poco después rompió su promesa, como siempre hacían las mujeres—: La rapidez de una nao voluntariosa es legendaria —dijo en voz baja.
Se quedó mirando la estela que dejaban y le habló a la noche—: No sé nada de piratería —admitió.
Como si eso le sorprendiera—. Pero me pregunto si su propia voluntad de huir no podría ser empleada en contra de un barco.
—No acierto a ver el modo —bufó Kennit.
Ella se humedeció los labios antes de hablar y, por un segundo, toda su atención se vio atraída por aquel pequeño movimiento de la punta de su rosada lengua.
Una oleada irracional de deseo llameó en su interior.
Maldita sea. La exposición constante a una mujer no era buena para un hombre. Soltó el aliento con un sonido grave.
Ella le dedicó una mirada de soslayo. Si él hubiera sabido que era diversión lo que curvaba la comisura de su boca, la habría abofeteado. Pero solo habló de piratería:
—Un conejo se mata a sí mismo cuando corre directo a la trampa —observó ella—.
Si uno supiera la ruta planeada de una nao rediviva y tuviera a su disposición más de un bajel pirata…
, entonces uno de los barcos podría encargarse de la persecución y obligar a la nao rediviva a caer en una emboscada.
—Hizo una pausa y volvió a dirigir la vista al agua—.
Me han dicho que puede ser bastante difícil detener un barco, aunque se vea el peligro delante.
Y me da la impresión de que hay muchos canales estrechos en estas aguas, donde un barco no tendría otra alternativa que encallar para evitar una colisión.
—Supongo que podría hacerse, aunque me parece que hay demasiados «síes». Requeriría que las circunstancias se dieran de manera correcta.
—Sí, supongo que así es —murmuró ella. Sacudió la cabeza para quitarse el cabello que le caía sobre los ojos. Su corto cabello era brillante y completamente negro, como el cielo entre las estrellas. No temía besarla; ella no había tenido otro hombre salvo él aquellos días.
Ella advirtió que la miraba. Sus ojos se abrieron más y de repente empezó a respirar de forma más rápida y profunda.
Con brusquedad, él enfrentó su cuerpo al de ella, sujetándola contra la barandilla, dominándola.
La obligó a abrir su boca con la suya, y sintió los pequeños y duros pezones de sus pechos menudos a través de la fina seda acolchada de su blusa. Separó su boca de la de ella.
—Nunca —le dijo con aspereza—, nunca oses decirme lo que debo hacer. Sé muy bien cómo conseguir lo que quiero. No necesito que ninguna mujer me aconseje.
Los ojos de ella estaban llenos de noche.
—Lo sabes muy bien —concedió con voz ronca.