Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 21 #6
66%

21 #6

—Apenas lo sé yo misma —admitió Keffria—.

Ha ido muy lejos y tiene muy poco respeto por mí.

Puede que no sea capaz de conseguir nada con ella.

Pero tengo algunas ideas de cómo empezar.

Voy a alejar a Rache de ella. Nada de lecciones de baile ni de etiqueta a menos que se las gane.

Cuando se reanuden, si sucede, tendrá que mostrarle a Rache la misma cortesía y respeto que Selden le otorga a su tutor.

Las lecciones serán a una hora fija del día, no cuando Malta esté aburrida y quiera diversión.

Si se pierde una, tendrá que recuperar ese tiempo con tareas.

—Keffria tomó aire—. Tan solo intento que se gane los privilegios de una mujer haciendo el trabajo de una mujer.

Nada más. —Se encontró con los ojos de su madre—.

Volveré a tomar mis libros de contabilidad.

No dejaré que Malta crezca tan ignorante como yo.

Malta pasará algún tiempo a la semana cuadrando las cuentas.

Sé que los emborronará, arrancará páginas, cometerá errores y copiará páginas.

Ambas tendremos que soportarlo, al igual que ella.

Tendrá que introducir los números y hacer las cuentas.

Y tendrá…, tendremos que acompañarte cuando te reúnas con los agentes, los comerciantes y los capataces.

Necesita aprender cómo se llevan las fincas y las cuentas.

—Keffria volvió a hacer una pausa, como si esperara alguna objeción.

Ronica no decía nada—. Desde luego, tendrá que comportarse con decoro en todas esas ocasiones.

Y vestirse como corresponde a una chica que se está convirtiendo en mujer.

Ni pobre ni sugerentemente, pero tampoco de forma infantil.

Necesita ropa nueva. Pretendo que colabore en su confección.

Y que aprenda a preparar comida y a supervisar a los sirvientes.

Ronica asentía con seriedad cada vez que Keffria añadía otra tarea a las que Malta debía aprender. Cuando se detuvo, su madre habló:

—Creo que has hecho planes inteligentes y que Malta puede beneficiarse en gran manera de lo que propones.

Pero no creo que se atenga de buena gana.

No está a la moda que una mujer sepa de todas esas cosas, y mucho menos que las haga.

De hecho, el Mitonar contempla tal comportamiento como plebeyo.

Herirá su orgullo tener que hacerlo. Dudo que sea una estudiante voluntariosa.

—No. No lo será —concedió Keffria—. Y por eso tengo otra tarea.

Madre, sé que no estarás de acuerdo con esto, pero creo que es la única manera de someterla a mi voluntad.

No se le debe dar ni una moneda a menos que venga de mí.

Tendré que decirles a los zapateros y a los comerciantes que ya no se le extienda el crédito de la familia.

Será humillante, pero… —Se detuvo, como si considerara algo—.

Sí. Haré lo mismo con Selden. Supongo que no es demasiado pronto para empezar con él.

Quizá nunca debí permitir que Malta obtuviera con tanta facilidad todos sus caprichos.

Ronica asintió y suprimió un sincero suspiro de alivio.

Ya tenía sobre el escritorio un puñado de vales con la firma de Malta, de dulces, chucherías y perfumes demasiado caros.

No había sido fácil permitirse los dispendios casuales de Malta, pero todavía existía algo que no había deseado comunicarle a Keffria. En ese momento, se preguntó por qué.

—Ella es tu hija —dijo Ronica—. Pero me temo que no será fácil, para ninguna de nosotras dos. Y —añadió a regañadientes— hay otra cosa que hay que enseñarle. Nuestro pacto con la familia Festrew.

Keffria alzó una ceja.

—Pero yo estoy casada —señaló.

Ronica sintió un repentino destello de pena por su hija. Rememoró cómo se había sentido la primera vez que se dio cuenta de que sus hijitas eran víctimas de un trato cerrado hace generaciones.

—Lo estás —reconoció con suavidad—. Y Althea ha desaparecido.

Y nuestras deudas crecen más rápido que nuestro crédito.

Keffria, seguro que recuerdas los términos del pacto de los Vestrit.

Sangre u oro. Una vez que Malta sea presentada en la sociedad del Mitonar como mujer, será entregada en prenda a los Festrew si no tenemos el oro para realizar el pago.

Y —añadió reticente— a mediados de verano me quedé corta de fondos.

Prometí pagar el total para el invierno, además de los intereses.

—No podía encontrar el coraje para admitirle a su hija los altos intereses que había aceptado—.

Si no —continuó con dificultad—, Caolwn Festrew puede invocar su derecho a reclamar nuestra sangre.

Althea si se la encuentra para entonces. Malta si no es así.

Ronica no pudo seguir hablando. Observó cómo crecían la comprensión y el horror en los ojos de Keffria. Seguidos, como era inevitable, por la ira.

—No es justo. ¡Yo jamás he aceptado semejante pacto! ¿Cómo puede Malta estar atada a un contrato firmado generaciones antes de su nacimiento? ¡No tiene sentido, no es justo!

Ronica le concedió uno o dos momentos. Luego pronunció las palabras conocidas por cualquier hijo o hija de comerciante:

—Es Comercio. No siempre es justo, no siempre está bien.

A veces ni siquiera es comprensible. Pero es Comercio.

¿Qué teníamos cuando llegamos a las Orillas Malditas?

Solo a nosotros mismos y el valor de la palabra de un hombre.

O de una mujer. Nos juramos lealtad los unos a los otros no solo durante un día o un año, sino para todas las generaciones.

Y por eso hemos sobrevivido aquí, donde otros no lo han hecho antes.

También juramos lealtad a la tierra y a lo que exige.

Ese, supongo, es otro tema que aún no has discutido con Malta.

Deberías, y pronto, ya que sabes que debe de haber oído rumores.

—Pero… solo es una niña —rogó Keffria. Como si estando de acuerdo con ella su madre pudiera cambiar los hechos que el tiempo había impuesto sobre ellos.

—Lo es —asintió Ronica con cautela—. Pero por poco tiempo. Y debe estar preparada.