Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 21 #5
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Esta era la clase de paz que habían desarrollado madre e hija.

Hablaban la una por encima de la otra, sin hacerse preguntas excepto las concernientes a la comida o a alguna otra banalidad.

Keffria y Ronica evitaban todo lo que pudiera llevarles a un enfrentamiento.

Antes, cuando Keffria no había llegado como invitada, Ronica había asumido el porqué.

Con amargura, dedujo que Kyle le había arrebatado a sus dos hijas: una separada y la otra en contra.

Pero ahora la otra estaba allí, y Ronica se vio decidida a reconquistar al menos algo de su hija.

Mientras cogía la taza humeante que le daba Keffria, dijo:

—Hoy me has impresionado. Estoy orgullosa.

Una sonrisa amarga atravesó el rostro de Keffria.

—Oh, yo también. He triunfado sin ayuda venciendo el intrigante plan de una maliciosa niña de trece años. —Se sentó en la silla de su padre, dio una patada al aire para quitarse las zapatillas y flexionó las piernas debajo de su cuerpo—. Una victoria un tanto vana, madre.

—He criado a dos hijas —apuntó Ronica con amabilidad—. Sé lo dolorosas que pueden ser también las victorias.

—No sobre mí —dijo Keffria sin entusiasmo.

Había desdén hacia sí misma en su tono cuando continuó—: No creo que nunca os diera ni a padre ni a ti una noche en vela.

Era una niña modélica, jamás cuestionaba nada de lo que me decías, cumplía todas las reglas y obtenía las recompensas de tales virtudes. O eso creía.

—Eras mi hija obediente —concedió Ronica—. Quizá por eso te subestimé. Te sobreprotegí. —Meneó la cabeza—. Pero, en aquellos días, Althea me preocupaba tanto que rara vez tuve un momento para pensar en lo que iba bien…

Keffria soltó un bufido brusco.

—¡Y no sabías ni la mitad de lo que estaba haciendo!

Como su hermana, yo… Pero en todos estos años nada ha cambiado.

Sigue preocupándote, preocupándonos a ambas.

Cuando ella era una niña pequeña, su terquedad y su mala conducta la convertían en la favorita de papá.

Y ahora que él no está, ella ha desaparecido y también ha capturado tu corazón solo por estar ausente.

—¡Keffria! —replicó Ronica ante las crueles palabras. ¿Su hermana estaba desaparecida y solo era capaz de estar celosa de la preocupación de Ronica por ella? Mas, tras unos instantes, preguntó vacilante—: ¿De verdad crees que no pienso en ti porque Althea se haya ido?

—Apenas me hablas —señaló Keffria—. Cuando rebuscaba en los libros de contabilidad lo que había heredado, me los quitaste y lo hiciste por ti misma.

Recorres la casa como si yo no estuviera aquí.

Cuando Cerwin apareció hoy en la puerta, entraste a la batalla, enviando a Rache a contármelo como si fuese una idea tardía.

Madre, si yo desapareciera como Althea, creo que la casa iría mejor.

Eres capaz de encargarte de todo. —Hizo una pausa, y su voz casi se ahogaba cuando siguió—: No me dejas espacio para hacer nada.

—Levantó rápido la taza y tomó un largo sorbo de café. Miró la chimenea.

Ronica se quedó muda. Bebió de su propia taza. Sabía que solo eran excusas cuando dijo:

—Pero si siempre estoy esperando que hagas las cosas por mí.

—Y siempre has estado tan ocupada sujetando las riendas que no tuviste tiempo de enseñarme cómo. «Oye, dame eso, es más fácil si lo hago yo misma». ¿Cuántas veces me has dicho eso? ¿Sabes lo estúpida e impotente que me hace sentir? —La rabia de su voz era antigua.

—No —reconoció Ronica con suavidad—. No lo sabía. Pero debería. De verdad. Y lo siento, Keffria. Lo siento de corazón.

Keffria soltó un resoplido.

—Ahora ya no importa. Olvídalo. —Sacudió la cabeza, como si así organizara las cosas que podía decir para encontrar las palabras adecuadas—.

Me encargaré de Malta —dijo con tranquilidad.

Alzó los ojos hacia su madre como si esperara oposición.

Ronica tan solo la miraba. Aspiró una profunda bocanada de aire—.

Quizá dudes que pueda hacerlo. Yo sí que dudo.

Pero sé que voy a intentarlo. Y quería pedirte…

No, lo siento, pero tengo que decírtelo.

No interfieras. Da igual lo difícil o enrevesado que se ponga el asunto.

No intentes alejarla de mí porque sea más fácil hacerlo tú misma.

Ronica estaba pasmada.

—Keffria, eso no lo haría.

Esta se quedó mirando el fuego.

—Madre, lo harías. Sin saberlo siquiera, igual que has hecho hoy.

Tomé lo que ya habías preparado y lo manejé a partir de ahí.

Pero, si me hubiera encargado yo, no habría hecho bajar a Malta.

Le habría dicho a Cerwin y a Delo que estaba fuera, u ocupada o enferma, y les hubiera echado con amabilidad, sin darle a Malta la oportunidad de sonreír ni coquetear.

—Eso hubiera sido mejor —admitió Ronica en voz baja.

Las palabras de su hija le dolían. Solo había tratado de pensar con rapidez y manejar las cosas con presteza para prevenir un desastre.

Pero, aunque lo dicho por Keffria le escocía, también oyó la verdad que había en ello.

Así que apretó los labios y tomó un sorbo de café—.

¿Puedo saber cuál es tu plan? —inquirió después de un rato.