Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 21 #4
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Llegó una repentina racha de viento, como si fuera una bienvenida al puerto para el barco.

Wintrow se puso en pie y se estiró. Aquellos días era más consciente de los cambios de su cuerpo.

No creía que estuviera haciéndose más alto, pero saltaba a la vista que sus músculos se habían endurecido.

Un vistazo en el espejo el otro día le había mostrado que la redondez había abandonado su cara.

Cambios. Un cuerpo más esbelto y magro y nueve dedos en las manos.

Pero seguían sin ser suficientes cambios para agradar a su padre.

Cuando su fiebre por fin hubo remitido y su mano sanado, su padre lo había convocado.

No para decirle que le había complacido su muestra de valentía ni para interesarse por su mano.

Ni siquiera para decirle que había notado sus mejores habilidades como marinero.

No. Solo quería decirle lo estúpido que había sido, que en Berro había tenido la oportunidad de ganarse la aprobación de la tripulación y ser considerado parte de ella. Y la había dejado escapar.

—Era una farsa —le dijo a su padre—. Todo el número del oso y el hombre que había ganado eran un señuelo. Lo supe con claridad.

—¡Ya lo sé! —declaró su padre con impaciencia—.

Esa no es la cuestión. No tenías que ganar, idiota, solo demostrar que tenías agallas.

Pensaste que probarías tu coraje quedándote en silencio mientras Gantry te amputaba el dedo.

Sé que lo hiciste, no lo niegues. En vez de eso, te mostraste como algún tipo de…

fanático religioso. Cuando esperaban coraje, les diste cobardía.

Y cuando cualquier hombre normal hubiera llorado y maldecido, te comportaste como un fanático.

Al paso que vas, nunca te ganarás a esta tripulación.

Jamás serás parte de ellos, y mucho menos un líder que respeten.

Oh, puede que finjan que te aceptan, pero no será de verdad.

Tan solo estarán esperando a que bajes la guardia para caer sobre ti.

¿Y sabes qué? Es lo que te has ganado. ¡Y que me aspen si no deseo que te ocurra!

Las palabras de su padre aún reverberaban en su interior.

En los largos días que habían transcurrido desde entonces, había pensado que sentía una aceptación de mala gana por parte de la tripulación.

Sute, rápido tanto para perdonar como para ofenderse, había sido el primero en asumir una actitud tolerante hacia él.

Pero Wintrow ya no podía relajarse y aceptarlo.

A veces, por la noche, cuando intentaba alcanzar sus viejos estados meditativos, podía convencerse de que la situación estaba así planeada.

Su padre había envenenado su actitud hacia los demás miembros de la tripulación.

Su padre no deseaba que lo aceptaran; por lo tanto, haría lo que pudiera para que siguiera siendo un paria.

Y ese, se dijo mientras seguía a duras penas la pista de la enrevesada lógica de semejante locura, era el motivo por el que nunca debía confiar del todo en la aceptación y la camaradería de la tripulación.

Porque, si lo hacía, su padre se las ingeniaría para volverlos contra él.

—Cada día —dijo en voz baja— me cuesta más saber quién soy.

Mi padre siembra dudas y sospechas sobre mí, la aspereza de la vida a bordo de este barco me acostumbra a la crueldad casual entre mis compañeros y hasta contigo; incluso las horas que paso contigo me están moldeando, alejándome de mi sacerdocio.

Rumbo a otra cosa. Algo que no quiero ser.

—Le costó pronunciar aquellas palabras. Le dolían tanto a él como a ella.

Eso era lo único que hizo que ella se callara—.

No creo que pueda soportarlo mucho más tiempo —le advirtió a Vivacia —.

Algo tendrá que ceder. Y temo ser yo. —La miró a los ojos, decidido—.

He estado viviendo día a día. Esperando que algo o alguien cambiara mi situación.

—Sus ojos estudiaron la cara del mascarón, buscando una reacción a sus próximas palabras—.

Creo que necesito tomar una verdadera decisión. Creo que tengo que pasar a la acción.

Esperó a que ella dijera algo, pero no se le ocurría réplica alguna. ¿Qué le estaba diciendo que iba a hacer? ¿Cómo podría el muchacho vencer el dominio de su padre?

—¡Oye, Wintrow! ¡Ven a ayudarme! —gritó alguien desde la cubierta inferior. La llamada de vuelta al trabajo pesado.

—Tengo que irme —le dijo a Vivacia . Inspiró hondo—. Sea correcto o no, he llegado a amarte. Pero… —Sacudió la cabeza, quedándose sin palabras.

—¡Wintrow! ¡Ya!

Como un perro bien entrenado, se apresuró a obedecer.

Ella lo observó escabullirse por encima de la barandilla con acostumbrada facilidad.

Esa destreza decía tanto como sus palabras sobre su amor por ella.

Seguía quejándose, y mucho. Seguía sufriendo los tormentos de un corazón dividido.

Pero cuando ponían su infelicidad en palabras, podían discutir sobre ellos y, en el proceso, aprender más el uno del otro.

Él pensaba que no podía soportarlo, pero ella conocía la verdad.

Había fuerza en su interior, y aguantaría lo que fuese a pesar de la desdicha.

Al final, ellos dos serían uno solo. Todo lo que hacía falta era tiempo.

Había sabido desde aquella primera noche que pasaron juntos que el destino del chico era estar a bordo de ella.

No le resultó fácil aceptarlo. Había luchado mucho contra la idea.

Pero, incluso con sus desafiantes palabras de hoy, ella sintió una resolución pendiente a esa lid. Su paciencia tendría recompensa.

Miró el puerto con nuevos ojos. En muchos aspectos, Wintrow tenía toda la razón acerca de la corrupción subyacente de la ciudad.

No es que quisiera reforzar semejante idea en el muchacho, no necesitaba su ayuda para ser pesimista.

Era mejor para Wintrow que enfocara sus pensamientos hacia lo que era limpio y virtuoso en Jamaillia.

El puerto era encantador a la luz del sol invernal.

Lo recordaba todo y a la vez no lo hacía.

Los recuerdos de Ephron eran el punto de vista de un hombre, no de una nao.

Él se había concentrado en los muelles, en los mercaderes que esperaban sus cargamentos y en la maravilla arquitectónica de la ciudad por encima de ellos.

Ephron jamás se habría dado cuenta de los zarcillos de agua sucia que manaban al puerto procedentes de las alcantarillas de la ciudad.

Ni habría olido con cada poro de su casco el hedor subyacente a serpiente.

Sus ojos escudriñaron las plácidas aguas, pero no había señal de las taimadas y malignas criaturas.

Estarían más abajo, arrastrándose por el lecho blando y cenagoso del puerto.

Algún presentimiento hizo que volviera la vista hacia la zona del puerto donde atracaban los barcos de esclavos.

Le llegaron retazos de su repugnante hedor con el viento.

El olor a serpiente se mezclaba con el de muerte y excrementos.

Ahí era donde las criaturas coleteaban más a menudo, bajo aquellos miserables barcos.

Una vez que ella fuese descargada y recargada para otra transacción comercial, la atracarían a su lado, llevándose su propia ración de miseria y desesperación.

Vivacia cruzó los brazos y se abrazó. A pesar de lo soleado del día, se estremeció. Serpientes.

Ronica se sentó en el estudio que una vez fuera el de Ephron y que ahora, poco a poco, se iba convirtiendo en el suyo.

Era en esa estancia donde se sentía más cerca de él y donde más le echaba de menos.

En los meses siguientes a su muerte, había limpiado sus caóticos documentos, reemplazándolos con el despreocupado desorden de sus propios papeles y cosas.

Sin embargo, Ephron seguía en la esencia de la habitación.

El enorme escritorio era demasiado grande para ella, y sentarse en su silla le hacía sentirse como una niña pequeña.

La estancia estaba caracterizada por adornos y otras rarezas de sus distantes viajes.

Una vértebra gigante de alguna inmensa criatura marina hacía las veces de escabel, mientras que una pared estaba dedicada a estatuillas grabadas, conchas marinas e inusuales ornamentos para el cuerpo de gentes lejanas.

Era una intimidad extraña tener sus libros repartidos por el mármol pulido de la mesa, su taza de té y su labor de punto sobre el brazo del sofá junto a la chimenea.

Como siempre que estaba confusa, había venido aquí a pensar y a intentar decidir lo que Ephron le habría aconsejado.

Estaba arrebujada en el diván al otro lado de la chimenea, con las zapatillas abandonadas en el suelo.

Llevaba una suave bata de lana, desgastada tras dos años de uso.

Era tan cómoda como su asiento. Había encendido el fuego ella misma, viéndolo arder hasta su clímax.

Ahora las relucientes llamas se estaban sosegando, y ella se encontraba relajada y a gusto, aunque no parecía más cerca de una respuesta que antes.

Acababa de decidir que Ephron se habría encogido de hombros y delegado el problema en ella cuando escuchó unos golpecitos en la pesada puerta de planchas de madera.

—¿Sí?

Había esperado que fuera Rache, pero fue Keffria quien entró. Vestía una bata de noche y su espeso cabello estaba cepillado y recogido para dormir, aunque traía una bandeja con una tetera humeante y tazas gruesas. Ronica olió el café y la canela.

—Pensé que ya no vendrías.

Keffria no contestó directamente a aquello.

—Decidí que, ya que no podía dormir, mejor sería estar bien despierta. ¿Café?

—Estaría muy bien.