Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 21 #3
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—No lo sientas —respondió el barco—. Ojalá pudiera yo dormir como los humanos, alejándome del día y sus preocupaciones.

Que uno de nosotros pueda hacerlo es una bendición para ambos.

Solo te he despertado porque pensé que te gustaría ver esto.

Tu abuelo siempre decía que esta era la vista más hermosa de la ciudad, desde aquí, donde no se pueden apreciar sus fallos.

Ahí están. Las agujas blancas de Jamaillia.

Se puso en pie, se desperezó y oteó a través de las aguas azules.

Los cabos gemelos se estiraban para rodear al barco cual brazos dando la bienvenida.

La ciudad trazaba una línea paralela a la costa, delimitada por la humeante desembocadura del río Cálido y la imponente cima de la Montaña del Sátrapa.

Las encantadoras mansiones y los jardines de las fincas estaban separados por cinturones de árboles.

En una cumbre detrás de la ciudad se alzaban las torres y las agujas de la Corte del Sátrapa.

Conocida comúnmente como «la ciudad alta», era el corazón de Jamaillia.

La importante ciudad que le daba su nombre a toda la satrapía, centro de la civilización, cuna de todo aprendizaje y todas las artes, luminosa a la luz del atardecer.

Los destellos eran verde, oro y blanco, como una joya en un engaste.

Sus blancas agujas se erigían más altas que cualquier árbol, y su blancura era tal que Wintrow no podía mirarlas sin bizquear.

Las agujas presentaban franjas de oro, y los cimientos de los edificios eran de rico mármol verde de Saden.

Durante un rato, Wintrow observó con avidez, viendo por primera vez eso de lo que había oído hablar tantas veces.

Hacía unos quinientos años, la mayor parte de Jamaillia había ardido hasta los cimientos.

El sátrapa de la época había decretado que su ciudad real fuese reconstruida más magnífica que nunca y que todos los edificios fueran de piedra, de manera que un desastre semejante nunca volviera a caer sobre Jamaillia.

Reunió a los mejores arquitectos, artistas y canteros, y con su ayuda y tres décadas de trabajo, la Corte del Sátrapa fue levantada.

La aguja blanca más alta, que apuntaba al cielo, indicaba la residencia del sátrapa.

La única que se elevaba más era la del Templo de Sa del sátrapa, donde este y su séquito oraban.

Wintrow se la quedó mirando un rato, impresionado y maravillado.

Ser destinado a vivir en el monasterio que servía a aquel templo era el mayor honor al que podía aspirar un sacerdote.

Solo la biblioteca comprendía setenta cámaras, y había salas de escribanía donde veinte sacerdotes se afanaban en todo momento por renovar o copiar los pergaminos y los libros.

Wintrow pensó en los conocimientos que allí se amasaban y el asombro lo inundó.

Entonces la amargura oscureció su alma. Berro también le había parecido hermosa y brillante, pero era una ciudad de hombres avaros y codiciosos. Le dio la espalda y se deslizó hasta sentarse en cubierta.

—Todo es un truco —murmuró—. Una mentira podrida con la que los hombres se engañan.

Se reúnen a crear esta belleza, y luego dan un paso atrás y dicen: «Mirad, tenemos alma, visión, santidad y alegría.

Las hemos volcado en este edificio para no tener que molestarnos por ellas en nuestras vidas cotidianas.

Podemos vivir de manera tan estúpida e ignorante como queramos, y pisotear toda inclinación, espiritualidad o misticismo que veamos en nuestros vecinos o en nosotros mismos.

Habiéndolo cincelado en piedra, ya no tenemos que preocuparnos».

Los hombres se engañan. Solo es otra manera de mentirnos.

Vivacia le habló suavemente. Si él hubiera estado de pie, puede que no hubiera oído sus palabras. Pero estaba sentado, con las palmas extendidas sobre la cubierta, y por tanto entraron en su alma:

—Quizá los hombres sean una mentira que Sa ha puesto en juego en este mundo.

Puede que dijera: «Todas las demás cosas las crearé bellas, vastas y auténticas.

Solo los hombres tendrán la capacidad de ser mezquinos, viciosos y autodestructivos.

Y, como la trampa más cruel de todas, dispondré que estos hombres sean capaces de ver tales cosas en sí mismos». ¿Te parece que Sa podría haberlo dicho?

—Eso es una blasfemia —dijo Wintrow con fervor.

—¿De verdad? Entonces ¿cómo te lo explicas? ¿De dónde vienen toda la fealdad y la corrupción inherentes a la humanidad?

—De Sa no. Del desconocimiento de Sa. De alejarse de Sa.

He visto muchas veces cómo la gente traía a sus hijos al monasterio, chicos y chicas que no tenían ni idea de por qué estaban allí.

Muchos enfadados y asustados, enviados desde sus hogares a una edad temprana.

En unas semanas florecían, se abrían a la luz y la gloria de Sa.

En cada niño hay al menos una chispa suya.

No todos se quedan; a algunos los envían a sus casas, ya que no todo el mundo está preparado para una vida de servicio.

Pero todos son criaturas de luz, razón y amor. Todos.

—Mmm —meditó el barco—. Wintrow, es bueno oírte hablar otra vez como tú mismo.

El muchacho se permitió una sonrisilla amarga y se frotó el muñón de carne blanca donde estaba su dedo. Se había convertido en un pequeño hábito que le molestaba cuando se percataba de él. Como ahora. Cerró las manos y preguntó:

—¿Me compadezco demasiado de mí mismo? ¿Y tan obvio es para todos?

—Es probable que yo sea más sensible a ello que nadie. Aun así, está bien hacer que te des cuenta de vez en cuando. — Vivacia hizo una pausa—. ¿Crees que bajarás a tierra?

—Lo dudo. —Wintrow intentó eliminar el mal humor de su voz—. No he puesto un pie en tierra desde que «avergoncé» a mi padre en Berro.

—Lo sé —replicó el barco sin necesidad—. Pero Wintrow, si bajas a tierra, ten cuidado.

—¿Por qué?

—No lo sé con exactitud. Creo que es lo que tu tatarabuela habría llamado una premonición.

Vivacia sonaba tan distinta de lo habitual que Wintrow se puso en pie y le echó un vistazo por encima de la barandilla.

Levantaba la vista hacia él. Cada vez que pensaba que se había acostumbrado a ella, se producía un momento así.

La luz era una claridad insólita, como Wintrow había pensado siempre que sería la luz de un artista.

Quizá tuviera que ver en lo luminosa que Vivacia le parecía.

El verde de sus ojos, el espléndido lustre de su pelo de ébano, hasta su piel de finas vetas refulgía con las mejores características de la madera pulida y la carne saludable.

Vivacia se ruborizó ante su mirada y, como respuesta, él volvió a sentir la repentina colisión de su amor por ella y su absoluta ignorancia acerca de su naturaleza verdadera.

Sacudió todo su ser, como siempre. ¿Cómo podía sentir semejante…

pasión, si se podía emplear esa palabra, por una creación de madera y magia?

Su amor no tenía fundamentos lógicos… No había perspectiva de matrimonio ni de hijos compartidos, ni deseo mutuo de satisfacción física, ni una larga historia de experiencias compartidas que justificaran la calidez e intimidad que sentía a su lado. No tenía sentido.

—¿Tan aborrecible te parece? —le preguntó ella en un susurro.

—No es por ti —intentó explicarse—. Es que este sentimiento no es nada natural. Es como algo impuesto, más que algo que sienta de verdad. Como un hechizo mágico —añadió vacilante.

Los seguidores de Sa no negaban la existencia de la magia.

Wintrow había presenciado incluso su ejecución, sortilegios menores para limpiar una herida o encender una chispa.

Pero aquellos eran los actos de una voluntad entrenada combinada con el don de provocar efectos físicos.

Ese torrente de emociones desencadenado, hasta donde era capaz de determinar, por una mera asociación prolongada le parecía que era algo más.

Le gustaba la Vivacia . Eso lo sabía, tenía sentido para él.

Tenía muchas razones para que le gustara la nao: era hermosa, amable y simpática.

Tenía inteligencia, y ver cómo empleaba esa inteligencia mientras encadenaba pensamientos era un placer.

Era como un acólito sin instruir, abierto y ávido de aprendizaje.

¿A quién no le gustaría tal ser? La lógica le decía que podía gustarle el barco, y así era.

Pero eso era diferente a la ola de emoción casi dolorosa que le inundaba en momentos así de extraños.

La percibía como algo más importante que el hogar y la familia, más importante que su vida en el monasterio.

En tales ratos, era incapaz de imaginar mejor final para sus días que lanzarse sobre la cubierta y ser absorbido en su interior.

Pero no. La meta de una vida bien vivida era hacerse uno con Sa.

—Temes que usurpe el lugar de tu dios en tu corazón.

—Casi creo que sí —concedió a regañadientes—.

Al mismo tiempo, no creo que sea algo que tú, Vivacia , impongas sobre mí.

Opino que tiene que ver con lo que es una nao rediviva —suspiró—.

Si alguien me ha obligado a esto es mi propia familia, mi tatarabuela, cuando consideró apropiado encargar una nao rediviva.

Tú y yo somos como capullos injertados en un árbol.

Podemos crecer por nosotros mismos, pero solo lo que nos permitan nuestras raíces.