Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 21 #2
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Ronica había esperado tener el control de la situación.

Pero en esta área Keffria parecía haber asumido por fin su papel.

Ronica dijo poco más que alguna cortesía mientras terminaba el café y los pasteles.

A cambio, observaba. Pronto se convenció de que Malta y Delo conspiraban entre ellas, sintiéndose Delo más incómoda, culpable y afligida que Malta.

Esta parecía mostrar, si no comodidad, al menos determinación.

Se concentró en sí misma y en su conversación con Cerwin de un modo ante el que él no podía sino responder.

El joven parecía muy consciente de la impropiedad de la situación, pero, al igual que el ratón fascinado por la serpiente, no podía recuperarse.

En vez de eso se esforzaba por seguir la corriente de amable conversación de Keffria mientras Malta le sonreía por encima del borde de su taza de café.

Mentalmente, Ronica sacudió la cabeza. A Keffria le había preocupado que Malta fuera demasiado ingenua para presentarse tan joven en la sociedad del Mitonar, con el temor de que los hombres se aprovecharan de ella.

La verdad era más bien lo contrario. Malta observaba a Cerwin con la avidez de un gato al acecho.

En lo más profundo de su corazón, Ronica se preguntaba qué era más importante para ella, si el hombre o la caza.

Cerwin era joven y, por lo poco que Ronica había visto, inexperto en tales juegos.

Si Malta lo conseguía con demasiada facilidad…

y él mostraba pocos signos de resistirse a sus atenciones…

, ella lo descartaría en pos de conquistas más estimulantes.

Ronica miraba a su nieta con nuevos ojos.

Lo que veía no resultaba más admirable en una mujer que en un hombre.

Una pequeña predadora, eso era. Ronica se preguntó si ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto.

¿Cuándo se había metamorfoseado la niña pequeña no en una mujer, sino en una codiciosa conquistadora?

Se sorprendió pensando que quizá fuera bueno que Kyle hubiera alejado a Wintrow del sacerdocio.

Si uno de los dos debía heredar el legado comercial de los Vestrit, preferiría que fuese él en vez de Malta, tal y como era ahora.

Sus pensamientos rotaron hacia Wintrow. Esperaba que le fuera bien al muchacho.

Sabía que sería más realista esperar que sobreviviera.

Había llegado un mensaje del monasterio.

Un tal Berandol había escrito para preguntar por el chico y por su regreso.

Ronica le había pasado la carta a Keffria para que contestara lo que considerase oportuno.

Había ocasiones en que Ronica quería abofetear con fuerza a Keffria por no tener el coraje de plantarse frente a Kyle.

Quería obligarla a enfrentarse a cada esquirla de dolor que aquel hombre había logrado causar en los pocos meses transcurridos desde que muriera Ephron.

Wintrow había sido prácticamente secuestrado y forzado a trabajar como un esclavo en la nao de la familia.

Y sabía Sa qué habría sido de Althea; a veces eso era lo más duro para Ronica, quedarse despierta de noche y preguntarse sin descanso qué había sido de su díscola hija.

¿Se pudría su cuerpo en una tumba improvisada, en cualquier lugar?

¿Vivía en alguna parte del Mitonar en horribles circunstancias, haciendo lo que fuera para mantenerse?

Eso lo dudaba. Había realizado muchas pesquisas y recibido no menos rumores sobre su hija.

Si Althea vivía, había dejado el Mitonar. Pero ¿en qué circunstancias?

El Mitonar ya no era el lugar civilizado que había sido hacía cinco años.

Los recién llegados habían traído consigo todo tipo de vicios y actitudes muy contagiosas tanto hacia los sirvientes como hacia las mujeres.

En su mayor parte eran hombres. No sabía cómo tratarían a su esposa en casa, pero las mujeres enfrentadas a los quehaceres domésticos eran ahora sirvientas, diferentes de los esclavos solo en el nombre.

Y los esclavos eran tratados como poco menos que animales.

La primera vez que Ronica había visto en el mercado a un recién llegado golpear a uno de sus sirvientes en la cara, se había quedado anonadada.

Y no por el hecho en sí; había tiranos de mal carácter entre los Comerciantes del Mitonar tanto como en otras partes, gente que perdía los estribos con los sirvientes o con sus familiares y los golpeaban.

Por lo general, se lo merecían: eran sirvientes que robaban, mentían o hacían tan poco como les fuera posible.

Pero el sirviente del mercado tan solo se encogió ante su maestro; no profirió ningún grito, ni amenazó con dejar a su patrón, ni se quejó de que fuera una injusticia.

Y de algún modo, al no hablar, hacía que ninguna otra persona pusiera objeciones.

Uno dudaba y se preguntaba si no se merecería los golpes.

¿Estaba reconociendo su propia falta y aceptando las consecuencias? Por eso nadie dijo nada.

La cosa había evolucionado de tal modo que ahora había dos tipos de sirvientes en el Mitonar.

Estaban los sirvientes auténticos, como la nana, que cobraba su sueldo y tenía derecho a su propia dignidad, ya que se esperaba que los Vestrit fuesen solo su trabajo, no su vida.

Y los sirvientes de los recién llegados, que no eran más que esclavos cuya existencia estaba dedicada a satisfacer cualquier capricho de sus dueños.

No era legal, mas ¿cómo iba uno a probar que un hombre era un esclavo y no un mero sirviente?

Cuando se les preguntaba, dichos sirvientes afirmaban temerosos y de inmediato que sí, que eran sirvientes cuyos sueldos eran enviados a sus hogares para sus familias.

Muchos insistían en que eran felices donde estaban y que habían elegido su forma de vida.

Siempre intranquilizaba a Ronica preguntarse qué amenazas les provocaban un temor tan absoluto.

Era obvio que dichas amenazas se habían llevado a cabo más de una vez para que los esclavos tuvieran semejante miedo.

—Que tengas un buen día, Ronica Vestrit.

No se sorprendió. Tenía el aplomo suficiente. Cerwin estaba ante ella, inclinando la cabeza con un aire caballeroso. Le devolvió la inclinación con amabilidad.

—Igualmente, Cerwin Trell. Espero que disfrutes del invernadero. Y si te gustan las trompetillas, quizá Keffria pueda darte un esqueje. Por cruel que parezca, las podamos muchísimo para conseguir que florezcan y tengan una forma elegante.

—Ya veo —dijo, y ella estuvo segura de que lo entendía. Le dio las gracias y luego siguió a Keffria fuera de la habitación.

Malta y Delo los siguieron. La frustración contenida de Malta se reflejaba en sus fosas nasales abiertas y sus labios apretados. Estaba claro que había esperado verse con Cerwin a solas o, al menos, sin más compañía que su hermana. ¿Con qué fin? Probablemente, ni la chica lo sabía.

Es posible que aquello fuera lo más espeluznante de todo: que Malta se hubiera lanzado de forma tan agresiva con tan poco conocimiento de las consecuencias.

Ronica se obligó a considerar de quién era la culpa mientras observaba cómo se marchaban.

Los chicos habían crecido en su mansión.

Los había visto a menudo en la mesa, en los jardines.

Y siempre habían sido niños. No los adultos del mañana, ni gente pequeña creciendo hacia lo que algún día serían, sino niños.

Selden. ¿Dónde se encontraría Selden, qué estaría haciendo?

Era probable que estuviese con la nana o con su tutor, vigilado y a salvo.

Pero eso era todo lo que sabía de él. Un momento de pánico la invadió.

Había tan poco tiempo… Puede que incluso ahora fuese demasiado tarde para darles forma.

Consideró a sus propias hijas. Keffria, que solo quería que le dijeran qué hacer, y Althea, que solo deseaba que se cumpliera siempre su voluntad.

Pensó en los números de sus libros de contabilidad, a los que nada podría cambiar.

Pensó en la deuda que tenía con los Festrew de los Territorios Pluviales.

Sangre u oro, aquella deuda se cobraría.

En un súbito giro de su percepción, decidió que no era su problema.

Era de Selden y de Malta, ya que sería suya la sangre que pagaría la deuda. Y no les había enseñado nada. Nada.

—¿Señora? ¿Se encuentra bien?

Levantó la vista hacia Rache. La mujer había entrado, recogido las cosas del café en la bandeja y acercado hasta donde su señora miraba a la distancia con ojos vidriosos.

Aquella mujer, una sirvienta-esclava en su propia casa, al cargo de la educación de su nieta.

Una mujer a la que apenas conocía. ¿Qué le enseñaba a Malta su mera presencia en la mansión?

¿Que la esclavitud era aceptable, que así serían las cosas en el futuro?

¿Qué le decía aquello a Malta acerca de lo que significaba ser una mujer en la futura sociedad del Mitonar?

—Siéntate —se oyó decirle a Rache—. Tenemos que hablar. Sobre mi nieta. Y sobre ti misma.

—Jamaillia —dijo Vivacia con suavidad.

La palabra lo despertó, y levantó la cabeza de la cubierta en la que había estado durmiendo a la luz del sol invernal.

El día era claro, ni fresco ni cálido, y el viento era flojo.

Era aquella hora del día designada para él como «la de escuchar al barco», como su padre le había dicho en su ignorancia.

Se había sentado en proa a remendar sus pantalones y a conversar tranquilamente con el mascarón.

No recordaba haberse tumbado para dormir.

—Lo siento —se disculpó mientras se frotaba los ojos.