Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 21
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Invitados

Ronica levantó los ojos de su libro mayor contable con un suspiro.

—¿Sí? ¿Qué ocurre?

Rache parecía nerviosa.

—Delo Trell está en el salón.

Ronica arqueó las cejas.

—¿Por qué? —Delo solía entrar y salir cuando le venía en gana. Ella y Malta habían sido buenas amigas durante al menos dos años, y las formalidades entre las chicas se habían erosionado hace tiempo.

Rache miró al suelo.

—Su hermano mayor está con ella. Cerwin Trell. —Rache vaciló.

Ronica frunció el ceño.

—Bueno, puedo verlo ahora, supongo. Aquí no, llévalo a la salita de té. ¿Ha dicho qué quería?

Rache se mordió el labio durante un momento.

—Lo siento, señora. Dijo que estaba aquí para ver a Malta. Con su hermana.

—¿Qué? —Ronica se puso en pie como si la hubieran pinchado.

—No conozco sus costumbres muy bien respecto a estas situaciones. Pero no me pareció… correcto. Así que les pedí que esperaran en el salón. —A Rache se la veía muy incómoda—. Espero no haber causado una situación violenta.

—No te preocupes —dijo Ronica, seca—. Malta ha provocado esta «situación». Pero el joven Trell también debería tener mejores modales. ¿Están en el salón, dices?

—Sí. ¿Debo… preparar un refrigerio? —Se miraban la una a la otra. Enfrentadas a semejante dilema social, las fronteras entre señora y sirvienta eran casi invisibles.

—Eh…, sí. Gracias, Rache. Has hecho lo correcto.

Es mejor llevar el asunto con formalidad en lugar de regañarlo como a un chico maleducado.

Incluso aunque se haya portado así. —Ronica se mordió el labio inferior—.

Avisa también a Keffria y pídele que nos acompañe.

Prepara unos bocados y sírvelos. Luego, aguarda un poco antes de decirle a Malta que tiene invitados.

Ella ha provocado esto, así que debe presenciar cómo se soluciona.

Rache tomó aire, como un soldado que se prepara para la batalla.

—Muy bien.

Después de que la sirvienta dejara la habitación, Ronica se llevó las manos a la cara y se restregó los ojos.

Volvió a mirar los libros de cuentas que había dejado a un lado y sacudió la cabeza.

Le dolían los ojos y la cabeza de haberlos estudiado durante horas, y aún tenía que encontrar la forma de hacer que las deudas de las páginas fueran más pequeñas o que los créditos fueran mayores.

Al menos, aquello supondría una distracción.

Una distracción molesta para un problema imposible.

En fin. Se atusó el cabello, enderezó la columna y se dirigió al salón.

Si titubeaba, perdería los nervios. Cerwin Trell podía ser joven, pero también era el heredero de una poderosa familia de comerciantes.

Necesitaba ponerlo en su lugar, pero sin insultos directos. Tendría que hilar fino.

Antes de entrar en el salón, hizo una pausa para tomar aliento y puso la mano en el picaporte.

—Madre.

Ronica se volvió para ver a Keffria aparecer como un caballo desbocado. Pequeños destellos de ira brillaban en sus ojos, habitualmente dóciles. Sus labios eran una fina línea. Ronica no recordaba haber visto nunca a su hija de ese modo. Alzó una cauta mano hacia ella.

—No se puede ofender a la familia Trell —le recordó con tranquilidad. Vio cómo Keffria escuchaba sus palabras, las evaluaba y las hacía a un lado.

—Tampoco a los Vestrit —siseó en voz baja. La inflexión fue tan parecida a la de su padre que Ronica quedó paralizada. Keffria abrió la puerta y la precedió al entrar en la estancia.

Cerwin levantó los ojos con un sobresalto de culpabilidad desde el borde del diván en el que había tomado asiento. Hasta Delo pareció sorprendida. Ladeó la cabeza para examinar con atención a Keffria y a Ronica. Esta habló antes que la primera:

—Malta se unirá a nosotros en un momento, Delo. Estoy segura de que tu amiga se alegrará de verte. Y qué placer que vengas a vernos, Cerwin. Han pasado… Oh, veamos… Vaya, ¿sabes?, no recuerdo la última vez que viniste a visitarnos.

Cerwin se puso en pie e hizo una inclinación. Se enderezó y sonrió, aunque no le fue fácil.

—Creo que mis padres me trajeron para la boda de Keffria. Por supuesto, eso fue hace años.

—Unos quince —observó Keffria—. Eras un mozalbete curioso, según recuerdo. ¿No te encontré intentando agarrar los peces de colores de las fuentes del jardín?

El joven seguía de pie. Ronica intentó recordar su edad. ¿Dieciocho? ¿Diecinueve?

—Supongo que sí. Sí, recuerdo algo de aquello. Desde luego, como bien dice, solo era un niño.

—Eso eras —replicó Keffria antes de que Ronica pudiera decir nada—. Y nunca hubiese culpado a un niño por ver algo brillante y bonito y desear poseerlo. —Sonrió a Cerwin al añadir—: Y aquí llega Rache con algún bocado para todos. Siéntate y ponte cómodo.

Rache había traído café y pastelillos de crema y de especias en una bandeja.

La colocó en una mesita y abandonó la habitación.

Keffria los sirvió. Durante un rato, la única conversación fue el tiempo y si preferían los dulces de crema o de especias con el café.

Cuando todos estuvieron servidos, Keffria se sentó y sonrió a sus invitados.

Delo se movía nerviosa en el borde del asiento y le echaba miradas a la puerta.

Ronica supuso que estaba esperando a que apareciera Malta y la sacara de aquel ambiente de mediana edad. Al menos, eso esperaba.

Keffria volvió al ataque de inmediato:

—Bueno, bueno… ¿Y qué te trae hoy por aquí, Cerwin?

Él resistió su mirada con osadía, pero la voz le salió queda:

—Malta me ha invitado…, a los dos. He llevado a Delo al mercado de compras por la mañana. Nos encontramos con Malta por casualidad y comimos algo juntos. Y Malta nos invitó a visitarla en casa.

—Ajá. —El tono de Keffria no cuestionaba la historia.

Ronica esperaba que su consternación no fuese tan evidente como la de su hija—.

Bien. La muy tonta no nos dijo que os esperaba.

Pero así son las chicas, supongo, y Malta es peor que la mayoría.

Tiene la cabeza llena de estúpidas fantasías, me temo, lo cual no deja lugar para el sentido común y la cortesía.

Ronica escuchaba las palabras de Keffria con medio oído. Ya se estaba preguntando con qué frecuencia se había escapado Malta sola al mercado y si el encuentro había sido tan casual como decía Trell. Miró a Delo de manera especulativa. ¿Habrían planeado las dos chicas el encuentro «accidental»?

En ese preciso momento, Malta entró en la sala.

Observó consternada cómo tomaban un aperitivo, tan sociales.

Una cautela astuta cayó sobre su rostro, algo muy feo a ojos de Ronica.

¿Desde cuándo se había vuelto tan capaz de semejante rebeldía?

Era obvio que había tenido la esperanza de reunirse con Delo y Cerwin a solas.

Al menos no parecía que los esperara ese mismo día.

Aunque tenía el cabello recién peinado y un toque de color en los labios, su vestido era del todo inapropiado para una chica de su edad.

Llevaba una simple combinación de lana, bordada en el cuello y el dobladillo.

Sin embargo, había algo en la forma en que la llevaba, entallada para mostrar su cintura estirada sobre su redondeado pecho, que sugería que era una mujer con ropa de niña.

Y Cerwin Trell se había puesto en pie como si la que entrara fuera una mujer joven en vez de una niña.

Era peor de lo que Ronica había temido.

—Malta —la saludó su madre. Sonrió a su hija—. Delo ha venido a visitarte. Pero ¿tomarás antes unos pastelillos y café con nosotros?

Los ojos de Delo y de Malta se encontraron. Delo tragó saliva y se humedeció los labios.

—Y después, quizá puedas enseñarnos esa trompetilla que dijiste que estaba echando brotes.

—Se aclaró la garganta y habló más alto de lo necesario cuando se dirigió a Keffria—: Malta nos estaba contando lo de vuestro invernadero la última vez que nos encontramos.

A mi hermano le interesan mucho las flores.

Keffria sonrió, tensando los labios al máximo.

—¿En serio? Entonces le haremos un recorrido.

Malta pasa tan poco tiempo en los invernaderos que me sorprende que se acordara de que hay una trompetilla.

Se la enseñaré a Cerwin yo misma. ¡Después de todo —y volvió la sonrisa hacia Cerwin—, apenas puedo fiarme de dejarle solo con mi pez de colores, teniendo en cuenta lo que intentó la última vez!

Ronica casi sintió pena por el muchacho mientras este forzaba una sonrisa e intentaba no mostrar su absoluta comprensión de las palabras.

—Estoy seguro de que lo disfrutaré mucho, Keffria.