20 #6
—Fue antes de que llegaras a bordo. Devon.
Era un marinero de cubierta. Muy guapo, y siempre con una broma y una sonrisa para todo, incluso en la desgracia.
Nada le desalentaba. Se atrevía a todo. —Su voz perdió fuerza.
Por un tiempo, solo pensó en la mano de Brashen moviéndose por su espalda con suavidad, relajando sus músculos como si estuviera desenredando una maroma—.
Ahí era donde mi padre y él diferían, claro.
«Sería el mejor marinero de este barco si tuviera sentido común», me dijo papá una vez.
«Y sería un gran segundo de a bordo si supiera cuándo asustarse».
Pero Devon no navegaba así. Siempre se estaba quejando de que podríamos desplegar más velas de las que llevábamos, y cuando trabajaba en la arboladura, siempre era el más rápido.
Sabía lo que mi padre quería decir. Cuando los demás hombres intentaban ponerse a su altura, por orgullo, el trabajo se hacía más rápido, pero no por completo.
Se cometían errores. Y algunos marineros resultaban heridos.
Ninguno de manera seria, pero ya sabes cómo era mi padre.
Siempre decía que era porque la Vivacia es una nao rediviva.
Decía que los accidentes y las muertes a bordo de una nao rediviva son malos para el barco. Las emociones son demasiado fuertes.
—Creo que tenía razón —dijo Brashen en voz baja. Besó su nuca.
—Sé que la tenía —admitió Althea, algo molesta.
Suspiró—. Pero yo tenía catorce años. Y Devon era muy atractivo.
Tenía los ojos grises. Se sentaba en cubierta después de su guardia, me hacía tallas con el cuchillo y contaba historias de sus viajes.
Parecía que hubiese estado en todas partes y hecho de todo.
Nunca habló en contra de papá, ni a mí ni al resto de la tripulación, pero siempre notabas cuándo pensaba que navegábamos con demasiada cautela.
Ponía una sonrisita de desdén. A veces parecía enfurecer a mi padre con ella, pero me temo que yo pensaba que era adorable.
Audaz. Un peligro burlón. —Suspiró—. Creía que él no podía hacer nada mal. Oh, estaba enamorada.
—¿Y él se aprovechó de eso, cuando tenías catorce años? —La voz de Brashen era condenatoria—. ¿En el barco de tu padre? Eso traspasa de largo la línea entre la audacia y la estupidez.
—No. No fue así. —Althea hablaba a regañadientes.
No quería contarle nada de eso, pero en cierto modo no podía parar—.
Creo que sabía que lo adoraba y a veces flirteaba conmigo, pero en broma.
Así que atesoré sus palabras, a pesar de saber que no lo decía en serio.
—Sacudió la cabeza para sí misma—. Pero una noche tuve mi oportunidad.
Estábamos atracados en un muelle en Lees.
Una noche tranquila. Mi padre había ido a Lees por negocios, y la mayor parte de la tripulación tenían la noche libre.
Yo tenía guardia. Aquel día había tenido tiempo libre y había bajado a la ciudad a comprar pendientes, algo de perfume, una blusa de seda y una falda larga, también de seda.
Y lo llevaba todo puesto, todo listo para que me viera cuando volviese de las tabernas.
Y cuando vi que regresaba pronto al barco, en solitario, mi corazón empezó a martillear con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Sabía que era mi oportunidad. Subió a bordo de un salto, como siempre, aterrizando en cubierta como un gato, y se puso de pie frente a mí.
—Soltó un bufido de risa—. Ya sabes, debimos de hablar de algo, yo dije esto, él dijo lo otro…
Pero no recuerdo una sola palabra, solo lo feliz que estaba de haber sido por fin capaz de decirle lo mucho que lo quería, sin necesidad de tener precaución para que nadie nos oyera.
Sonrió al oírme decirlo, como si no pudiera creer la suerte que le favorecía.
Y… me agarró del brazo y me llevó caminando al otro lado de la cubierta.
Me inclinó sobre una tapa de escotilla, me bajó la falda y las bragas…
y me tomó allí mismo. Inclinada sobre una tapa de escotilla, como un chico.
—¿Te violó? —Brashen estaba horrorizado.
Althea esbozó una extraña risa.
—No. No, no fue una violación. No me forzó.
No tenía ni idea sobre el tema, pero estaba segura de estar enamorada.
Fui de buena gana y me estuve quieta. No lo hizo con brusquedad, pero sí hasta adentro.
Muy dentro. Y yo no sabía qué esperar, así que supuse que no estaba defraudada.
Y después me miró con su adorable sonrisa y me dijo: «Espero que recuerdes esto el resto de tu vida, Althea.
Te prometo que yo lo haré». —Inspiró hondo—.
Luego se fue abajo y regresó con su petate empaquetado y dejó el barco.
Cuando salimos del puerto dos días después, descubrí que papá lo había despedido en cuanto habíamos atracado.
Brashen dejó escapar un gruñido grave.
—Oh, no. —Meneó la cabeza—. Tomarte fue su venganza contra tu padre.
Ella siguió hablando con lentitud:
—Nunca pensé en ello de esa forma. Siempre creí que no era más que algo que se atrevió a hacer, a sabiendas de que no podrían pillarlo. —Se obligó a preguntar al marinero—: ¿De verdad crees que fue una venganza?
—Eso me parece —dijo Brashen en voz baja—. Creo que es lo peor que he oído jamás —añadió con suavidad—. Devon. Si me lo encuentro alguna vez, lo mataré por ti. —La seguridad de su tono la sorprendió.
—Lo peor vino después —admitió ella—. Llegamos al Mitonar un par de semanas después.
Y estaba segura de estar embarazada. Convencida.
Bueno, no me atrevía a acudir a mi padre, y mamá no era mucho mejor.
Así que acudí a mi hermana casada Keffria, segura de que podría aconsejarme.
La obligué a jurar su silencio y después se lo conté.
—Althea hizo un gesto de negación. Cambió de sitio el cindin de su labio.
Le había dejado una quemadura. El sabor ya casi se había ido.
—¿Keffria? —la instó Brashen. Sonó como si de verdad quisiera saber el resto de la historia.
—Se quedó horrorizada. Empezó a llorar y dijo que me habían arruinado para siempre.
Una ramera, una puta y una vergüenza para el nombre de mi familia.
Dejó de hablarme. Cuatro o cinco días después me vino el periodo, justo a tiempo.
Me encontré con ella a solas y se lo dije, y le aseguré que si alguna vez se lo contaba a papá o a mamá, diría que estaba mintiendo.
Yo estaba muy asustada. Por lo que me había dicho, estaba convencida de que me echarían y jamás volverían a quererme si se enteraban.
—¿No te había prometido no decir nada?
—Nunca confié en que mantuviera su palabra.
Ya estaba muy segura de que se lo había dicho a Kyle, por la forma en que empezó a tratarme.
Pero ella no me gritó ni nada. Apenas me habló cuando me dio el anillo del ombligo.
Solo dijo que, si lo llevaba, no me quedaría embarazada ni contraería enfermedades, y que eso era lo menos que le debía a mi familia.
—Althea se rascó la nuca y se estremeció—.
Entre nosotras nunca volvió a ser como antes.
Aprendimos a ser civilizadas la una con la otra, más que nada para evitar que nuestros padres hicieran preguntas.
Pero creo que aquel fue el peor verano de mi vida. Traición sobre traición.
—Y tras aquello, supongo, ¿hiciste lo que querías con los hombres?
Debería haber imaginado lo que él quería saber. Parecía que los hombres siempre querían saber eso. Se encogió de hombros, resignada a relatar toda la verdad:
—De vez en cuando. No siempre. Bueno, solo dos veces.
Tenía la impresión de que no lo había… hecho bien.
Por el modo de hablar de los hombres de la Vivacia , sospechaba que debería haber sido divertido.
Y solo fue… presión, y un poco de dolor, y humedad.
Eso fue todo. Así que al final me armé de valor y lo intenté un par de veces más, con hombres diferentes. Y… no estuvo mal.
Brashen alzó la cabeza para mirarla a los ojos.
—¿Llamas a esto… no estar mal?
Otra verdad que no quería compartir. Se sintió como si estuviera entregando un arma.
—Esto no ha sido así. Ha sido como se supone que debe ser.
Nunca me había ocurrido así. —Después, al no poder soportar la ternura de los ojos de él, tuvo que añadir algo más—: Quizá fue por el cindin.
—Atrapó al vuelo el pequeño fragmento que se le cayó del labio—.
Me ha hecho unas pequeñas quemaduras en la boca —se quejó, y apartó la mirada de la expresión algo dolida de Brashen.
—Lo más probable es que fuera el cindin —admitió—. He oído que a veces afecta a las mujeres de esa forma. La mayoría de las mujeres no lo usan mucho porque, um, puede hacer que sangres. Incluso cuando no son los días. —De repente, parecía avergonzado.
—Y me lo dices ahora —musitó. El abrazo de él se había aflojado.
El cindin se estaba acabando y se estaba adormilando.
Y en su cabeza, comenzó un molesto latido.
Debería levantarse. La habitación estaba fría.
Su ropa, mojada. En un minuto. En un minuto, se levantaría y volvería a estar sola—. Tengo que irme. Si nos encontraran así…
—Lo sé —convino él, pero no se movió. Excepto para deslizar su mano en una larga caricia por todo su cuerpo. Un escalofrío seguía a su contacto.
—Brashen. Sabes que esto no puede volver a ocurrir.
—Lo sé, lo sé.—Suspiró las palabras contra la piel de Althea, y ella le besó la nuca con parsimonia—. No puede volver a ocurrir. Jamás. Nunca más después de esta última vez.