20 #5
Ella movió la hebra de cindin en el labio y él recordó hacer lo mismo.
Hizo una mueca cuando rozó una quemadura de la noche anterior.
Notó cómo la muchacha apretaba las mandíbulas y se puso manos a la obra.
Intentaba no pensar en el dolor que estaba causando, solo en hacer un buen trabajo.
Al final consiguió que la aguja penetrara en el cuero cabelludo.
Tuvo que apretar la piel contra el cráneo con firmeza, mientras llevaba la punta de la aguja curva al otro lado del corte.
Pasar el hilo a través era lo peor. Hacía un pequeño sonido de desgarro mientras se deslizaba que le ponía de nervios.
Ella apretaba los dientes y se estremecía a cada puntada, pero no chilló.
Cuando acabó la sutura, hizo el último nudo y cortó con los dientes el hilo sobrante.
—Ya —anunció, y apartó la aguja—. Venga, anda. Déjame ver cómo lo he hecho.
Althea dejó caer las manos en la cama. El sudor perlaba su rostro. Brashen estudió la hendidura con ojo crítico. Su trabajo no había sido una maravilla, pero mantenía la carne unida. Hizo un gesto de satisfacción.
—Gracias —murmuró ella con suavidad.
—Gracias a ti. —Por fin había dicho las palabras—.
Te la debía. De no ser por ti, ahora estaría en la bodega de la Risueña .
—Inclinó la cabeza y besó su mejilla. Entonces, ella rodeó su cuello con el brazo y giró la boca para recibir el beso.
Él perdió el equilibrio y se agarró torpemente con una mano al borde del camastro, pero no rompió el beso.
Ella saboreaba el cindin que estaban compartiendo.
Su mano se agarraba con levedad a la nuca de Brashen, y aquel toque era tan estimulante como el propio beso.
Hacía mucho tiempo que nadie le tocaba con tanta delicadeza.
Al final, ella se separó moviendo la boca a un lado. Él se echó atrás.
—Bueno —dijo avergonzado. Inspiró hondo—. Consigamos una venda para tu cabeza.
Ella asintió con lentitud.
Cogió una tira de tela y volvió a inclinarse sobre Althea.
—Es el cindin, ya sabes —dijo él con brusquedad. Ella se lo cambió de lugar en el labio.
—Es probable. Y no me importa si es así. —Aun con lo estrecho que era el camastro, consiguió hacer un hueco en él, de forma sugerente. Le puso la mano en el costado, y el calor parecía irradiar de él. Un estremecimiento le puso la carne de gallina. La mano le urgía a echarse.
Él hizo un sonido grave con la garganta y lo intentó una última vez:
—No es una buena idea. No es seguro.
—Nada lo es —contestó ella casi con tristeza.
Los dedos del marinero se movieron con torpeza sobre los cordones de la camisa de la chica, y después de deshacerse de la prenda, quedaban las vendas que envolvían su torso.
Las desenvolvió para liberar sus pequeños pechos y besarlos.
Delgada, era muy delgada, y sabía a agua salada, a estopa y al aceite de su cargamento.
Pero estaba caliente, deseosa, y era muy femenina.
Se metió en aquella cama demasiado estrecha y corta para yacer con ella.
Probablemente era por el cindin que los oscuros ojos de ella no parecían tener fondo.
O eso intentó decirse. Era sorprendente que una chica tan deslenguada tuviese una boca tan suave y flexible.
El dolor fue dulce hasta cuando ella le mordió la carne del hombro para ahogar sus gritos sin palabras.
—Althea —le dijo al oído con delicadeza, entre la segunda y la tercera vez—. Althea Vestrit. —No solo la nombraba a ella, sino a todo el resto de sensaciones que había despertado en él.
Brash. Brashen Trell. Una pequeña parte de sí misma no podía creer lo que estaba haciendo con Brashen Trell.
Aquello no. Algún diminuto y sarcástico observador miraba incrédulo cómo disfrutaba cada impulso del cuerpo de él.
Este era el peor candidato posible para aquello.
Luego se dijo que ya era demasiado tarde para preocuparse por eso, y lo empujó más adentro aún de ella.
No tenía sentido, pero no era capaz de encontrar la parte de sí misma que se preocupaba de tales actos.
Siempre, después de aquella primera vez, tendría la capacidad de convertirlo en algo impersonal.
Pero en ese momento no solo se estaba entregando con sorprendente despreocupación, sino que lo estaba haciendo con alguien que había conocido durante años.
Y no solo una vez, no. Apenas había caído sobre ella la primera vez antes de urgirlo a empezar de nuevo.
Era como una mujer hambrienta que se enfrentaba a un banquete.
Tenía mucho calor, y se preguntó si sería por el cindin.
Pero igual de potente era la imperiosa necesidad que estaba admitiendo de este contacto humano íntimo, de tocarse, compartir, abrazarse.
En cierto momento sintió lágrimas que le escocían los ojos, y un sollozo la estremeció.
Lo reprimió contra el hombro del marinero, casi temerosa de la fuerza de la soledad y los miedos que aquella cópula parecía estar borrando.
Había sido fuerte durante mucho tiempo; no podía permitirse mostrar una debilidad así ante nadie, aparte de con alguien que supiese quién era.
Así que se aferró a él con ferocidad y le dejó que creyera que había sido parte de su pasión.
No quería pensar. Ahora no. Ahora solo quería tomar lo que pudiera para sí misma.
Recorrió con sus manos los duros músculos de sus brazos y espalda.
En el centro de su pecho había una espesa mata de pelo rizado.
En el resto del torso y del vientre tenía una pelusilla negra, vello mutilado por el tejido áspero de sus ropas y el movimiento constante del barco.
Él la besó por todas partes, como si no tuviera suficiente.
Su boca sabía a cindin, y cuando besó sus pechos, ella notó el picor caliente de la droga en sus pezones.
La chica bajó la mano entre sus cuerpos y sintió la dureza de él mientras se deslizaba adentro y afuera.
Un momento después, puso la mano sobre la boca de Brashen para acallar su grito cuando eyaculó dentro de ella y se quedaron al borde del colapso.
Durante un rato no pensó en nada. De pronto, procedente de algún otro lugar, volvió al estrecho y sudado camastro, al aplastante peso que tenía encima y sus cabellos atrapados bajo su mano extendida. Se percató de que tenía los pies helados y un calambre en la espalda. Se removió debajo de él.
—Déjame salir —le dijo en voz baja. Al principio no se movió—. Brashen, me estás aplastando. ¡Quita!
Se apartó y ella pudo sentarse. Él se colocó al borde de la cama y Althea quedó sentada en el hueco entre sus piernas.
La miró sin sonreír. Levantó una mano y con un dedo trazó un círculo alrededor de uno de sus pechos.
Ella se estremeció. Con una ternura que la aterrorizó, él tiró de la única manta para cubrir sus hombros.
—Althea —comenzó.
—No hables —le rogó—. No digas nada. —En cierto modo, si hablaban de lo que acababan de hacer se convertiría en algo real, en una parte de su vida que más tarde tendría que admitir. Ahora que estaba saciada, su cautela estaba regresando—. Esto no puede volver a suceder —le dijo de repente.
—Lo sé. Lo sé. —Sin embargo, sus ojos seguían su mano mientras pasaba los dedos desde la garganta de la muchacha hasta su vientre. Jugueteó con el anillo y el amuleto de su ombligo—. Todo esto es… extraño.
A la vacilante luz de la linterna, la calavera diminuta les lanzó un reflejo.
—Fue un regalo de mi querida hermana —explicó Althea con amargura.
—Yo… —dudó—. Pensaba que solo las prostitutas los llevaban —terminó de forma poco convincente.
—También es la opinión de mi hermana —replicó Althea con voz glacial. Sin previo aviso, el antiguo dolor la fustigó.
Se arrebujó y consiguió tenderse en el camastro junto a él.
Este la acogió en la curva de su cuerpo.
La calidez le sentaba bien, así como las suaves cosquillas mientras él jugaba con uno de sus senos.
Debería apartar las manos, lo sabía. No debería dejar que eso llegara más lejos.
Levantarse, vestirse y regresar al castillo de proa sería lo más inteligente.
Levantarse en la fría habitación y ponerse sus ropas húmedas…
Tembló y se apretó contra su cuerpo. Él se movió para rodearla con ambos brazos y mantenerla cerca. Protegida.
—¿Por qué te regaló un amuleto de tronconjuro? —Ella captó la curiosidad reticente de su voz.
—Para que no quedara encinta y avergonzara a mi familia. O contrajera alguna enfermedad que me desfigurara y le hiciera saber a todo el Mitonar lo puta que era. —Escogió la palabrota de forma deliberada, casi escupiéndola.
Él se quedó inmóvil por un instante y luego le pasó la mano por la espalda. La acarició y le masajeó con delicadeza los hombros y el cuello hasta que ella suspiró y se relajó.
—Fue culpa mía —se oyó decir—. Nunca debí contárselo. Pero solo tenía catorce años y sentía que tenía que decírselo a alguien. Y no podía contárselo a mi padre, no después de haber despedido a Devon.
—Devon. —Pronunció el nombre casi sin que pareciese una pregunta.
Ella suspiró.