20 #4
Le llevó tres intentos encender la linterna.
Cuando la mecha ardió al fin, bajó con cuidado la pantalla y se sentó en su camastro.
Al cabo de un rato, se incorporó para ir hasta el pequeño espejo colgado de la pared.
Se tiró del labio inferior y lo examinó.
Maldita sea. Tendría suerte si las quemaduras no le producían úlceras.
Había olvidado aquel aspecto del cindin.
Se dejó caer sobre el jergón y empezó a quitarse el abrigo.
Fue entonces cuando se percató de que el puño de su abrigo estaba empapado de sangre, aparte de la lluvia.
Se lo quedó mirando un rato y se palpó con cautela la nuca.
No. Un chichón, pero nada de sangre. La sangre no era suya.
Toqueteó con los dedos la mancha. Todavía estaba húmeda y roja.
¿De Althea?, se preguntó atontado. Lo que fuese que le hubieran echado en la cerveza aún velaba su mente.
Althea, sí. ¿No dijo que le habían golpeado la cabeza?
Maldita chiquilla, ¿por qué no le había dicho que estaba sangrando?
Con un último suspiro de quien se sabe equivocado, volvió a ponerse el abrigo y salió a la tormenta.
El castillo de proa era tan oscuro y maloliente como recordaba.
Despertó a dos hombres a empellones antes de encontrar uno lo bastante coherente para indicarle cuál era el catre de Althea.
Estaba en un rincón donde una rata no habría tenido espacio para darse la vuelta.
Anduvo a tientas hasta allí con el cabo de una vela y la despertó a sacudidas, a pesar de sus maldiciones y protestas.
—Ven a mi camarote, chico, y véndate la cabeza y deja de lloriquear —le ordenó—. No pienso tenerte en cama e inactivo durante una semana por la fiebre. Espabila, venga. No tengo toda la noche.
Intentó parecer irritado y no ansioso mientras ella le seguía fuera de la bodega hasta cubierta, y luego hasta su dormitorio. Incluso a la penumbra de la vela, podía ver lo pálida que estaba y la costra de sangre en su cabello. Cuando entraron en la diminuta estancia, él le ladró:
—¡Cierra la puerta! No quiero que la tormenta entre aquí.
—Ella acató la orden con una especie de obediencia resignada.
En cuanto la puerta estuvo cerrada, él se apresuró a poner el cerrojo.
Se giró, la tomó de los hombros y resistió el impulso de sacudirla.
En vez de eso, la sentó en su cama con firmeza—.
¿Qué es lo que te pasa? —le susurró a la chica mientras colgaba su abrigo de un gancho—.
¿Por qué no me dijiste que estabas herida?
Sí que lo había hecho, él lo sabía, y casi esperaba que esa fuera su respuesta. En cambio, tan solo levantó una mano hacia su cabeza y comentó vagamente:
—Estaba tan cansada…
Maldijo las reducidas dimensiones de su habitáculo cuando pisó los pies de Althea al intentar alcanzar el cofre de las medicinas.
Lo abrió y removió su contenido, y luego puso su selección en la cama, junto a ella.
Acercó un poco más la linterna; todavía estaba demasiado oscuro para ver con claridad.
Ella hizo una mueca cuando le pasó los dedos por el cuero cabelludo, intentando apartar su espeso pelo moreno y hallar el origen de la sangre.
Se le mojaron los dedos con ella: aún sangraba un poco.
Bueno, las heridas en la cabeza siempre sangran mucho.
Lo sabía bien, no debería preocuparse. Pero lo hizo al ver su mirada vidriosa.
—Voy a tener que cortarte algo de pelo —le avisó, a la espera de una protesta.
—Si hay que hacerlo…
La miró más de cerca.
—¿Cuántas veces te golpearon?
—Dos veces. Creo.
—Cuéntamelo. Dime todo lo que recuerdes sobre lo que ocurrió.
Y así lo hizo, con frases vagas, mientras él manejaba las tijeras para cortarle el pelo alrededor de la herida.
La historia no le hizo sentirse orgulloso de su ingenio.
Juntándolo con lo que él sabía, estaba claro que Althea y él habían sido seleccionados para engrosar las filas de la tripulación de la Risueña .
Era pura suerte que no estuvieran encadenados en su bodega.
El corte que despejó en su cuero cabelludo era tan largo como su meñique y se abría desde el inicio de la coleta. Después incluso de cortar el cabello de alrededor y limpiar los coágulos de sangre, seguía rezumando sangre. La secó con un trapo.
—Tengo que coser esto —le dijo. Trató de separar el mareo producido por lo que fuese que había en su cerveza y las náuseas del pensamiento de introducir una aguja en la piel de su cabeza.
Por fortuna, Althea parecía más amodorrada que él.
Lo que habían puesto los reclutadores en sus jarras funcionaba bien.
A la amarillenta luz danzante de la lámpara, enhebró un fino hilo de tripa en una aguja curva. Esta se le antojó minúscula y resbaladiza en sus callosos dedos. Bueno, no podía ser muy distinto de coser ropa y remendar velas, ¿no? Lo había hecho durante años.
—Estate quieta —le dijo, aunque no había necesidad. Con mucho cuidado, introdujo la punta de la aguja en la piel. Presionó la aguja con suavidad. En lugar de pasar a través, se deslizó sobre el cráneo. No conseguía que la aguja traspasara el cuero cabelludo. Un poco más de presión.
—¡Ay! —gritó Althea, y le apartó la mano—. ¿Qué estás haciendo? —preguntó enfadada, dándose la vuelta para mirarlo.
—Ya te lo he dicho: tengo que coser la herida.
—Oh. —Una pausa—. No estaba escuchando. —Se frotó los ojos y estiró la mano para tocarse la cabeza con cautela—. Supongo que hay que cerrarla —dijo con pesar. Cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos—. Ojalá pudiera despejarme o despertar —continuó, afligida—. Me siento confusa. Lo odio.
—Déjame ver qué tengo por aquí —sugirió.
Hincó una rodilla en el suelo para hurgar entre los suministros médicos del barco—.
Estas cosas no se han repuesto en años —gruñó para sí mismo mientras Althea echaba un vistazo por encima de su hombro—.
La mitad de los recipientes están vacíos, las hierbas que tendrían que ser verdes o marrones son grises y algunas medicinas huelen a moho.
—Quizá tengan que oler a moho —replicó Althea.
—No lo sé —murmuró.
—Deja que mire. Solía reabastecer las medicinas de la Vivacia cuando íbamos a la ciudad.
—Se inclinó sobre él para alcanzar el cofre situado en el pequeño espacio entre la cama y la pared.
Inspeccionó unas cuantas botellas, sosteniéndolas a la luz de la lámpara y después desechándolas.
Abrió un bote pequeño, arrugó la nariz del asco ante el fuerte hedor y lo cerró de nuevo—.
Aquí no hay nada útil —decidió, y volvió a sentarse en el jergón—.
Yo la mantengo cerrada y tú la coses. Intentaré estarme quieta.
—Un minuto —dijo Brashen de mala gana. Había guardado parte de la tableta de cindin.
No mucho, solo algo para ayudarle en un día malo.
Lo sacó del bolsillo de la chaqueta y raspó unas hebras.
Se lo mostró a Althea y lo partió con cuidado en dos partes—.
Cindin. Te despejará un poco y te hará sentir mejor.
Se hace así. —Se lo metió en el labio inferior, empujándolo hacia abajo con la lengua.
El amargor familiar se extendió por su boca.
Si no hubiera sido por el sabor del cindin, pensó a regañadientes, podría haber notado el sabor de la droga en su bebida.
Apartó el pensamiento de su cabeza ante su inutilidad y el cindin de la quemadura anterior.
—Al principio sabe muy amargo —le avisó—. Es por el ajenjo que contiene. Activa los jugos gástricos.
Ella parecía dubitativa cuando se lo metió en el labio. Hizo una mueca y se sentó mirándole a los ojos, esperando. Tras un momento, preguntó:
—¿Es normal que queme?
—Es material del bueno —admitió—. Cámbiatelo de lugar en el labio. No lo dejes en el mismo sitio mucho rato. —Observó cómo la expresión de ella cambiaba poco a poco y sintió cómo una sonrisa se extendía en la suya a modo de respuesta—. Es bueno, ¿eh?
Ella también sonrió un poco.
—Y rápido.
—Empieza rápido, acaba rápido. En realidad, nunca he visto nada malo en ello mientras te lo hayas acabado antes de empezar la guardia.
Observó con embarazo cómo ella lo movía en el labio.
—Mi padre decía que los hombres lo usaban cuando deberían estar durmiendo.
Se iban a hacer la guardia agotados. Y si seguían colocados mientras estaban trabajando, se volvían confiados y corrían riesgos innecesarios.
—Su voz se apagó—. «Los que se arriesgan ponen en peligro a todo el mundo», decía siempre.
—Sí. Lo recuerdo —concedió Brashen con seriedad—. Jamás usé cindin a bordo de la Vivacia , Althea. Respetaba demasiado a tu padre.
El silenció duró un momento y luego ella suspiró.
—Hagámoslo —sugirió.
—De acuerdo. —Cogió la aguja y volvió a enhebrarla.
Ella seguía el movimiento con los ojos. Quizá la había despertado demasiado—.
Aquí no hay espacio para trabajar —se quejó él—.
Aquí. Tiéndete en la cama y gira la cabeza.
Bien. —Se arrodilló en el suelo junto al jergón.
Así era mejor, casi podía ver lo que estaba haciendo.
Enjugó la sangre que manaba y apartó algún cabello perdido—.
Ahora, mantén cerrado el tajo. No, pones los dedos en medio.
Aquí. Así. —Le dirigió las manos y no hubo problema, aunque una de las muñecas de ella le tapaba los ojos—. Intentaré ser rápido.
—Mejor sé cuidadoso —le advirtió—. Y no lo cosas muy fuerte. Tan solo junta los bordes del modo más igualado que puedas para que no queden bultos.
—Lo intentaré. Nunca había hecho esto, ya sabes. Pero lo he visto hacer en más de una ocasión.