Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 20 #3
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—¡Reclutadores! —gritó con cada fibra de su cuerpo.

Un resplandor de luz blanca la arrojó contra el suelo.

Las voces fueron lo primero que volvió:

—Uno del Charrán , el que estaban buscando. Estaba atado en la bodega. Otro del Carlyle y esos dos del Segador . Además, creo que hay un par más ahí fuera, con algo de tierra esparcida por encima. Es probable que les golpearan demasiado fuerte. Una forma dura de morir para un marinero.

Se intuyó un encogimiento de hombros en el tono del que replicó:

—Bueno, es cierto que es duro, pero parece que nunca se acaban.

Abrió los ojos y vio tablas y bancos bocabajo.

Su mejilla estaba en un charco de algo; esperaba que fuese cerveza.

Frente al rostro tenía piernas y botas de hombres, lo bastante cerca para pisarle.

Movió la cabeza para mirarles. Habitantes de la ciudad con ropa de cuero para resistir el mordisco de la tormenta.

Hizo fuerza contra el suelo. Al segundo intento consiguió sentarse.

El movimiento hizo que la habitación diera vueltas ante sus ojos.

—Oye, el chico vuelve en sí —observó una voz—. ¿Por qué pegaste a la chica de Pag, borracho?

—Era el cebo. Estaba en el ajo —dijo Althea despacio. Hombres. ¿No veían lo que tenían delante de las narices?

—Puede que sí o puede que no —replicó juiciosamente el hombre—. ¿Puedes levantarte?

—Creo que sí. —Se agarró a una silla volteada y logró ponerse en pie. Estaba mareada y tenía ganas de vomitar. Se tocó con cuidado la nuca y se miró los dedos rojos—. Estoy sangrando —dijo en voz alta. Nadie pareció interesarse mucho.

—Tu segundo de a bordo sigue ahí —dijo el hombre de las botas—. Será mejor que lo saques de aquí y volváis al barco. Pag está como loco porque golpeaste a su hija. ¿Nadie te ha enseñado modales con las mujeres?

—Pag también está en esto, si ocurre en su habitación trasera y en su bodega —apuntó Althea débilmente.

—¿Pag? Por lo que yo sé, Pag lleva en esta taberna diez años. Yo en tu lugar no andaría diciendo tales locuras. También es culpa tuya que todas sus sillas y mesas estén rotas. Ya no eres bienvenido aquí.

Althea cerró los ojos con fuerza y los abrió. El suelo se había detenido.

—Entiendo —le contestó al hombre—. Me llevaré a Brashen.

Como era obvio, Rincón era su ciudad y la veían como les convenía.

Habían tenido suerte de que la taberna estuviese llena de marineros que no tuvieran en tanta estima a los reclutadores.

Esos dos lugareños no parecían muy en desacuerdo con la forma en que Pag se sacaba un dinero extra.

Si no quedara un grupo de marineros rabiosos cerca del fuego, ¿les habrían dejado irse a Brashen y a ella?

Sería mejor aprovechar mientras pudieran.

Se tambaleó hasta la puerta de la habitación posterior y miró el interior. Brashen estaba sentado sobre la cama, con la cabeza metida entre las manos.

—¿Brash? —graznó.

—¿Althea? —replicó, mareado. Se giró hacia la voz.

—¡Es Athel! —le replicó, malhumorada—. Y estoy hasta las narices de que me hagan bromas con el nombre. —Se situó al lado y tiró de su brazo, sin resultado—. Venga. Tenemos que volver al barco.

—Tengo náuseas. Algo en la cerveza —croó. Se tocó la nuca con la mano—. Y creo que me han zurrado.

—A mí también. —Althea se acercó a él y bajó la voz—. Pero tenemos que salir de aquí mientras podamos. Los hombres al otro lado de la puerta no parecen muy enfadados por el reclutamiento de Pag. Cuanto antes nos vayamos, mejor.

Él captó la idea con rapidez, por agotado que estuviese.

—Préstame tu hombro —le ordenó, y se puso en pie.

Ella se pasó el brazo del marinero alrededor de los hombros.

O él era muy alto o ella demasiado baja para que la cosa funcionase bien.

Casi parecía que él intentaba empujarla mientras se bamboleaban por la habitación y luego por la taberna hacia la puerta.

Uno de los hombres junto a la chimenea les hizo un gesto serio con la cabeza, pero los dos lugareños apenas los miraron.

Brashen resbaló cuando bajaban las escaleras y casi se cayeron al cieno helado de la calle.

Brashen alzó la cabeza para mirar el viento y la lluvia.

—Hace frío.

—La lluvia se convertirá en cellisca esta noche —predijo Althea con amargura.

—Maldita sea. Con lo bien que había empezado la noche.

Recorrió fatigosamente la calle con el pesado marinero apoyado en el hombro. En la esquina de un almacén mercantil cerrado a cal y canto se detuvo para recuperar el aliento. Toda la ciudad estaba oscura como un pozo, y la gélida lluvia que les bajaba por el rostro no ayudaba.

—Espera un minuto, Althea. Tengo que mear.

—Athel —le recordó, cansada. El pudor de él consistió en dos titubeantes pasos atrás mientras se desabrochaba los pantalones.

—Lo siento —dijo con brusquedad.

—Está bien —contestó ella, tolerante—. Todavía estás borracho.

—No estoy borracho —insistió él. Volvió a poner la mano en el hombro de Althea—. Creo que había algo en la cerveza. No, estoy seguro. Lo hubiera notado de no ser por el cindin.

—¿Tú mascas cindin? —preguntó Althea, incrédula—. ¿Tú?

—A veces —dijo Brashen a la defensiva—. No a menudo. Y llevaba mucho tiempo sin hacerlo.

—Mi padre siempre decía que eso ha matado más marineros que el mal tiempo —le dijo Althea con acritud. La cabeza le latía.

—Es probable —concedió Brashen. Y cuando pasaron los edificios y llegaron a los muelles, le hizo un ofrecimiento—: No obstante, deberías probarlo alguna vez. Nada como eso para hacer desaparecer los problemas de un hombre.

—Ya. —Él se volvía más vacilante. Le pasó un brazo por la cintura—. Ya no queda mucho.

—Lo sé. Oye, ¿qué ha ocurrido ahí atrás? ¿En la taberna?

Quería enfadarse, pero descubrió que no le quedaban fuerzas. Casi era divertido.

—Casi te reclutan. Te lo contaré mañana.

—Oh. —Siguió un largo silencio. El viento amainó durante unos instantes—. Oye, antes estaba pensando en ti. En lo que deberías hacer. Deberías ir al norte.

Ella sacudió la cabeza en la oscuridad.

—No más barcos matarifes para mí después de esto. No a menos que no tenga elección.

—No, no. No digo eso. Caminar hacia el norte y al oeste.

Más allá de Chalaza, hacia los Ducados. Allí los barcos son más pequeños.

Y no les importa si eres hombre o mujer mientras trabajes duro.

Eso es lo que he oído. Allí, las mujeres capitanean barcos, y a veces toda la condenada tripulación está formada por mujeres.

—Mujeres bárbaras —apuntó Althea—. Tienen más en común con los Marginados que con nosotros, y por lo que sé, pasan la mayor parte del tiempo matándose entre ellas. Brashen, la mayoría no saben ni leer. Se casan enfrente de rocas, que Sa nos asista.

—Piedras Testigo —corrigió él.

—Mi padre solía comerciar allí, antes de la guerra —continuó, terca.

Ya estaban en los muelles, y de pronto el viento arreció con una energía que estuvo a punto de tirarla—.

Él decía —gruñó mientras mantenía en pie a Brashen— que eran más bárbaros que los chalazos.

Que la mitad de sus edificaciones ni siquiera tenían ventanas.

—Eso es en la costa —le replicó con tenacidad—. He oído que, tierra adentro, algunas ciudades son espléndidas.

—Yo estaría en la costa —le recordó ella, malhumorada—. Aquí está el Segador . Cuidado con dónde pisas.

El Segador estaba atracado en el puerto, balanceándose sin parar contra sus vetas de cáñamo mientras el viento y las olas la golpeaban.

Althea había vaticinado dificultades a la hora de hacerle subir por la plancha, pero para su sorpresa Brashen subió sin problemas. Una vez a bordo, se zafó de ella.

—Bien. Duerme algo, muchacho. Zarparemos temprano.

—Sí, señor —replicó agradecida. Aún se sentía mareada y confusa.

Ahora que estaba en el barco y tan cerca de la cama, se notaba aún más agotada.

Se dio la vuelta y caminó hasta la escotilla.

Una vez abajo, descubrió que algunos de la tripulación seguían despiertos y sentados alrededor de una linterna de luz tenue.

—¿Qué te ha pasado? —le saludó Reller.

—Reclutadores —aclaró de forma sucinta—. Lo intentaron con Brashen y conmigo, pero nos libramos de ellos. También encontraron al cazador del Charrán . Y otro par, creo.

—¡Me cago en Sa! —juró el hombre—. ¿Estaba implicado el sobrecargo de la Risueña ?

—No lo sé —dijo, cansada—. Pero Pag sí, y su hija. La cerveza estaba drogada. Jamás volveré a esa taberna.

—Maldición. No me extraña que Jord ronque tanto, se tomó la dosis que iba para ti. Bueno, me voy al Charrán , a ver qué cuenta el cazador —dijo Reller.

—Yo también.

Como por arte de magia, hasta los hombres que estaban medio acostados se levantaron y fueron en tropel a escuchar los rumores. Althea esperaba que el relato estuviera bien adornado. Por su parte, solo quería su hamaca y volver a estar en alta mar.