Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 20 #2
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Había estado tan concentrado en fabricar dicha imagen paradisíaca en su mente que se sorprendió al descubrir a la camarera ante sí. Esta le sonreía con picardía cuando saltaba y hacía gestos hacia su jarra. Tenía razón, estaba vacía otra vez. La cubrió con la mano y sacudió la cabeza con pesar.

—No me queda dinero, me temo. Y menos mal. Quiero la cabeza despejada cuando zarpemos del puerto mañana.

—¿Mañana? ¿Con este temporal? —preguntó ella, compasiva. Sacudió la cabeza, confirmando su propia reticencia.

—Haya tormenta o no, tenemos que enfrentarnos a ella. El tiempo y la marea no esperan a nadie, o eso dicen. Y cuanto antes nos vayamos, antes estaremos en casa.

—En casa —dijo ella, y sonrió de nuevo—. Entonces esta corre de mi cuenta. Por un rápido viaje al hogar, por ti y por toda tu tripulación.

Lentamente, quitó la mano del borde de su jarra y observó cómo ella servía. Era cierto, su suerte estaba cambiando.

—Eres del mismo barco que esos hombres, ¿verdad? ¿El Segador ?

—Así es —confirmó. Volvió a cambiar el cindin de sitio dentro su boca.

—Y tú eres el segundo de a bordo del Segador .

—Casi. Soy el tercero.

—Ah. Entonces, ¿tú eres Brashen?

Asintió, y no pudo evitar sonreír. Había algo halagador en que una mujer supiera tu nombre antes que tú el suyo.

—Dicen que el Segador ha llenado su bodega y vuelve a casa. Debe haber sido una buena tripulación, ¿no? —Levantaba una ceja cada vez que hacía una pregunta.

—Bastante buena. —Estaba empezando a disfrutar de la conversación. Entonces, en un suspiro, ella traicionó la verdadera razón de su generosidad:

—Ese del extremo ¿es vuestro grumete? No es muy bebedor.

—No, no lo es. Tampoco habla mucho.

—Me he dado cuenta —dijo con tristeza. Respiró hondo, y preguntó de súbito—: ¿Es cierto lo que dicen de él? ¿Que puede desollar vacas marinas tan rápido como los demás las cazan?

Ella pensaba que Althea, o Athel, era guapo. Brashen rio para sí mismo.

—No, no es cierto —contestó, solemne—. Athel es mucho más rápido que los cazadores. Ese es el problema que tenemos con el muchacho, que está ahí abajo despellejándolas antes de que las cacen. Nuestros cazadores se pasan todo el rato persiguiendo a las vacas desnudas que ya ha desollado.

Tomó un trago de cerveza. Por un instante, ella se le quedó mirando con los ojos como platos. Y luego:

—Oh, calla —lo reprendió con una risita tonta y un empujón de mentira. Desprevenido como estaba, tuvo que agarrarse a la barra para no caerse—. ¡Oh, perdona! —gritó la chica, y lo agarró de la manga para ayudarle a incorporarse.

—Está bien. Es solo que estoy más cansado de lo que pensaba.

—¿Sí? —le preguntó con voz más baja. Esperó a que los ojos de él se encontraran con los suyos.

Los de ella eran azules y más profundos que el mar—.

Hay una habitación con cama en la parte trasera.

Mi dormitorio. Puedes descansar allí un rato.

Si quieres echarte. —Justo antes de estar seguro de lo que significaba aquello, ella desvió la vista y miró al suelo.

Se dio la vuelta y se alejó. Él tomó la jarra otra vez y, mientras bebía, la camarera dijo por encima del hombro—: Házmelo saber.

Si te apetece. —Se había detenido para mirarlo, con una ceja alzada de manera socarrona. ¿O era sugerente?

La suerte de un hombre es como una marea favorable. Uno tiene que aprovechar al máximo mientras esté ahí. Brashen apuró la última gota de su jarra y se levantó.

—Me apetece —dijo en voz queda. Era cierto. Tanto si la oferta de cama incluía chica o no, sonaba muy bien. ¿Qué había que perder? Una vez más, se cambió de sitio el cindin. Sonaba muy muy bien.

—Una ronda más —anunció Reller—. Después será mejor que volvamos al barco.

—A nosotros no nos esperes. —Uno de los marineros de cubierta se rio—. Vuelve tú, Reller. Estaremos allí enseguida. —Y hundió la cabeza entre los brazos.

Reller alargó el brazo por encima de la mesa y le dio una sacudida.

—Nada de eso, Jord. Nada de dormirse aquí. Una vez que estemos en el barco, puedes tumbarte en cubierta y roncar como un cerdo si te place. Pero no aquí.

Algo en su tono atrajo la atención de Jord. Levantó la cabeza, agotado.

—¿Por qué?

Reller se inclinó sobre la mesa.

—Un marinero del Charrán me dio antes un aviso.

¿Sabes la Risueña esa, amarrada a nuestro sotavento?

La tripulación tuvo la escarlatina antes de llegar aquí.

Perdieron siete hombres. El sobrecargo ha dado vueltas por la ciudad tres días, intentando contratar más tripulantes, sin suerte.

El rumor es que está desesperado; tienen que partir hacia los territorios.

Cada día que pasan aquí es otra semana que habrán de pasar cazando.

Los del Charrán me dijeron que nuestra tripulación haría bien en dormir reunida y a bordo esta noche.

Uno de sus cazadores hace ahora dos días que está desaparecido, y ya saben lo que imaginan.

Así que cuando volvamos al barco lo haremos juntos.

A menos que queráis despertar de camino al norte, enrolados en la Risueña .

—¿Reclutadores? —preguntó Jord, cercano al horror—. ¿Actuando aquí, en Rincón?

—¿Dónde mejor? —dijo Relled en voz baja—.

Al hombre que no llega a tiempo a su barco nadie va a quedarse a esperarlo.

Es fácil aguardar en un callejón, llevarse a unos marineros de una embarcación que regrese a casa y que los pobres borrachines se despierten de vuelta a las aguas de caza.

En serio, en esta ciudad no es bueno que un marinero camine solo.

Jord se incorporó de un salto.

—Estoy hasta la coronilla de esas aguas de caza. De ningún modo volveré allí. Venga, amigos. Vamos al barco.

Reller miró en derredor.

—Oye, ¿a dónde ha ido Brash? ¿No estaba ahí sentado?

—Se fue con una chica, creo. —Althea habló por primera vez.

Notó la desaprobación de su voz y vio las caras que se giraban hacia ella con sorpresa—.

Una que pensé que me miraba a mí —añadió con amargura.

Cogió su jarra, tomó un sorbo, y la volvió a posar—.

Vamos. De todas formas, esta cerveza sabe a orina.

—Oh, ya veo que sabes cómo sabe la orina, ¿eh? —se mofó Jord.

—No me hace falta. Todo lo que necesito saber es que esta cosa huele igual que tu litera, Jord.

—Ah, ¿te gusta oler literas? —se carcajeó Jord, borracho.

Los demás se unieron a la risa y Althea tan solo meneó la cabeza.

A bordo o en tierra, el humor y el ingenio eran iguales.

En realidad, ansiaba regresar al barco. Cuanto antes se alejaran de esta cloaca, antes llegaría a Candeleda.

Se echó atrás para levantarse de la mesa.

Jord se inclinó para mirar su jarra—. ¿Vas a beberte eso? —quiso saber.

—Adelante —lo invitó ella, y se volvió para seguir a los demás fuera de la taberna, hacia la tormenta. Por el rabillo del ojo vio a Jord apurar la bebida de un trago y hacer una mueca.

—Agh. Supongo que te tocó el fondo del barril. —Se enjugó la boca con la manga y los siguió.

En el exterior, la tormenta seguía arreciando.

Althea se preguntó desalentada si alguna vez cesaba la tormenta en aquel agujero olvidado.

Entrecerró los ojos ante el viento cargado de lluvia que tiraba de su ropa y su pelo.

En dos pasos, olvidó haber estado seca y caliente.

Volvió a su realidad como grumete de barco.

Casi no oyó al dueño de la taberna llamándolos. Reller se dio la vuelta y, cuando ella desvió la vista para ver a quién miraba, vio al hombre asomado a la puerta de la taberna.

—¿Tú eres Athel? —gritó en la tormenta. Reller le apuntó en silencio—. Te llama Brashen. Ha bebido demasiado. ¡Entra y sácalo de aquí!

—Maravilloso —bufó para sí misma, preguntándose por qué la había escogido a ella.

Reller le hizo un gesto para que volviera.

—¡Nos vemos en el barco! —rugió en el viento, y ella asintió. Regresó a la taberna, desanimada. No le apetecía enfrentarse a la tormenta con Brash inclinado sobre ella. Bueno, ese era el tipo de tarea que recaía en los grumetes. Si vomitaba, también tendría que limpiarlo.

Murmurando, subió los escalones y entró en el tugurio. El dueño hizo un gesto indicando una puerta al fondo.

—Está allí dentro —dijo con desagrado—. Casi se desmaya encima de una de las chicas.

—Lo sacaré de aquí —prometió Althea, y se abrió camino entre las mesas y los bancos de los clientes hasta la puerta.

La abrió y vio un dormitorio poco iluminado.

Había una cama, y la camarera con la blusa desabrochada.

La chica estaba inclinada sobre Brashen cuando Althea entró.

Levantó los ojos hacia esta y sonrió, impotente.

—No sé qué hacer —dijo, sonriendo aún—. ¿Me ayudas?

Si Althea hubiese sido un grumete de verdad, quizás le habrían distraído los pechos desnudos de la chica y simplemente habría entrado en la habitación.

Es probable que no hubiese mirado a Brashen como lo hizo, pensando que no parecía un hombre desmayado en una cama, sino más bien un hombre que había sido derribado y luego arrastrado hasta ella.

En ese momento de pausa, detectó un atisbo de movimiento a su izquierda.

Se echó atrás, recibiendo el golpe en un costado en lugar de en la coronilla de la cabeza.

El garrote también le acertó en el hombro, durmiéndole el brazo derecho hasta la punta de los dedos.

Se tambaleó hacia delante con un grito mientras el hombre que le había atizado cerraba la puerta detrás de ella.

La chica estaba en el ajo. Althea lo entendió al instante y, espoleada por el dolor, golpeó a la camarera en la cara tan fuerte como pudo con la mano izquierda.

No fue su mejor golpe, pero la chica se quedó tan pasmada como dolorida.

Agarrándose el rostro, retrocedió con un chillido mientras Althea se giraba para enfrentarse al hombre de detrás de la puerta.

—¡Pequeño bastardo cruel! —le espetó el hombre, y se echó hacia ella. Althea se agachó y corrió hacia la puerta. Consiguió abrirla parcialmente.