Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 20
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Reclutadores

Había pocos puertos seguros en el paso exterior que merecieran tal calificación, pero Rincón era uno de ellos.

Se trataba de un lugar de acceso complicado cuando la marea bajaba, pero una vez dentro era de los pocos sitios donde tanto los barcos como los marineros podían descansar con tranquilidad durante una o dos noches.

La mayoría de los puertos del Paso Exterior solían ser barridos por las tormentas invernales procedentes del Mar Atroz que azotaban las playas sin compasión, a veces durante semanas.

Un capitán inteligente mantenía su barco bien alejado de tierra firme en su ruta hacia el sur, ya que cuanto más cerca pasase de los arrecifes exteriores, más posibilidades tendría de acabar encallando y convertido en astillas contra las rocas.

Si el suministro de agua no se hubiese contaminado tanto como para que los marineros no pudieran beber, lo mejor habría sido que el Segador no se arriesgara a entrar en Rincón.

Pero no era el caso, y por tanto la tripulación estaba disfrutando de una bendita noche de libertad en tierra firme, de mujeres, de comida que no estuviese salada y de agua que no presentara espuma verde.

Las bodegas del Segador estaban llenas de toneles y toneles de carne en salazón, de montones de cuero enrollado, de cubas de aceite y grasa.

Era un cargamento valioso, ganado con sudor, y la tripulación estaba con razón orgullosa de haberlo cargado con tanta rapidez.

Hacía más de quince meses que el Segador había salido de su puerto de origen, Candeleda.

El viaje de regreso había sido más veloz que el de partida.

Los marinos profesionales sabían que se habían ganado de sobra la prima que esperaban al final del trayecto, mientras que los cazadores y los desolladores se habían llevado en el reparto sus propias gratificaciones.

Aquellos forzados a navegar sabían que todo lo que tenían que hacer ahora era sobrevivir hasta llegar a casa y podrían desembarcar como hombres libres.

Athel, el grumete del barco, se había distinguido por ganarle la bonificación a un desollador además de su sueldo normal.

Esto le había hecho popular entre los que disfrutaban jugando a los dados, pero el tímido muchacho había declinado todas las ofertas de aceptar un pagaré por la futura bonificación.

Para sorpresa de todos, también había rechazado el ofrecimiento de irse con los desolladores y los cazadores para convertirse en uno de ellos, prefiriendo quedarse en la tripulación.

Cuando se le obligó a decir el porqué, el chico tan solo sonrió y dijo:

—Mejor ser marinero. Los marineros pueden embarcarse en cualquier embarcación. Pero los cazadores y los desolladores tienen que venir al norte al menos una vez al año. Esta es mi primera vez en el norte y no me ha gustado mucho.

En realidad, era la mejor respuesta que podía darles.

Los cazadores y los desolladores se quedaron admirándose a sí mismos por lo duros que eran, mientras que los marineros asintieron, aprobando la sabiduría de su elección.

Brashen tuvo que preguntarse si Althea lo había tenido todo en cuenta o si simplemente había tomado una decisión afortunada.

La miró a través de la taberna. Ella se sentaba en el extremo de un banco, con la primera jarra de cerveza que había pedido.

Asentía ante la charla de la mesa, se reía en los momentos apropiados y aparentaba avergonzarse de un modo convincente cuando las prostitutas se le aproximaban.

Pensó que, después de todo, ya era miembro de la tripulación del barco.

Aquella tarde de la matanza en la playa la había cambiado.

Se había demostrado a sí misma que podía superarse, siempre y cuando la tarea no exigiera fuerza bruta o masa corporal.

Durante el tiempo que estuvieron allí atracados, su primera tarea había sido desollar, y con el paso de los días se había convertido en una experta.

Se había llevado esa confianza a bordo, quedándose con las tareas donde la destreza y la rapidez contaban más que el tamaño.

Seguía teniendo problemas cuando trabajaba junto a los hombres, pero era lo que se esperaba de un chico.

Que destacara en un área les había convencido de que con el tiempo mejoraría también en otras tareas.

Brashen bebió los dos últimos tragos de cerveza de su jarra y la levantó pidiendo más.

Además, pensó para sí, ella tenía el sentido común de no emborracharse con sus compañeros.

Asintió, reflexivo. La había subestimado.

Sobreviviría a aquel viaje mientras todo siguiera como había empezado.

No es que pudiera pasar muchos años navegando como un chico, pero en aquella ocasión lo había logrado.

Una camarera llegó para llenar su jarra.

Él le hizo un gesto afirmativo y puso una moneda en la mesa.

Ella la tomó con seriedad e hizo una reverencia antes de irse apresurada a la próxima mesa.

Era una preciosidad; se preguntó si su padre le permitiría trabajar en el dormitorio común.

Sus modales dejaban claro que no trabajaba en las habitaciones como las putas, pero se preguntó si todos los marineros respetarían eso.

Mientras sus ojos la seguían en sus tareas por el salón, se dio cuenta de que la mayoría hacían lo propio.

Un hombre intentó sujetarla de la manga después de haberle servido, pero ella se escapó con agilidad.

Sin embargo, cuando llegó hasta Athel se detuvo.

Sonrió mientras le preguntaba al grumete.

Althea hizo gesto de mirar su jarra, y luego permitió que la chica se la rellenara.

La sonrisa que la chica de la taberna le dedicó al supuesto chico fue mucho más amistosa que la que ofrecía a los demás clientes.

Brashen se rio para sí mismo; Althea tenía pinta de un chico bien parecido, y la timidez del grumete lo hacía, probablemente, más que atractivo.

Brashen se preguntó si la incomodidad que exhibía Althea sería fingida.

Volvió a posar la jarra en la barra que tenía enfrente y se abrió el abrigo.

Demasiado calor. Hacía mucho calor allí.

Una vez más, sonrió, rebosante de bienestar.

La sala era cálida y seca y el suelo seguía bajo sus pies.

La ansiedad, compañera eterna del marinero, se alivió.

Para cuando alcanzaran Candeleda con su cargamento, habría ganado lo suficiente para tomarse un descanso.

No es que fuese tan estúpido como para gastárselo todo.

No. Esta vez, al menos, haría caso del consejo del capitán Vestrit y ahorraría un poco.

Ahora tenía elección. Sabía que el Segador estaría más que deseoso de mantenerlo a bordo.

Con toda probabilidad, podría quedarse en el barco tanto como quisiera.

O también podría licenciarse en Candeleda y buscar un poco por allí.

Quizá encontrara otro barco, algo un poco mejor que el Segador .

Algo más limpio, más rápido. Volver a la marina mercante, desplegar las velas y viajar de puerto en puerto. Sí.

Sintió una quemazón familiar en el labio inferior y enseguida cambió de carrillo la mascada de cindin.

Era tan potente como le había prometido el vendedor, y le traspasaría rápido la piel.

Tomó otro trago de cerveza para refrescarla.

Habían pasado años desde que tomara cindin.

El capitán Vestrit era muy tiránico con respecto a ese punto.

Si sospechaba que un hombre la tomaba, en tierra o en el barco, comprobaba su labio inferior.

Al menor signo de quemaduras, lo echaba en el siguiente puerto, sin paga.

Había ganado la pequeña tableta hacía un rato, en un juego de mesa, otra diversión que había aplazado tiempo atrás.

Pero al infierno, hay ocasiones en que un hombre tiene que desmelenarse, y ese era tan buen momento como cualquiera.

Nunca había sido irresponsable. Nunca apostaba nada que no pudiera perder.

Había empezado con un diente de vaca marina que había tallado en forma de pez en sus ratos de litera.

Casi desde el principio de la partida, empezó a ganar con rapidez.

Oh, había estado a punto de perder su cuchillo de cubierta, y eso habría sido un golpe duro, pero luego la suerte volvió a sonreírle y ganó no solo la tableta de cindin, sino suficientes monedas para las cervezas vespertinas.

Casi se sentía mal por ello. Los compañeros a los que había ganado el dinero y el cindin eran el segundo de a bordo y el sobrecargo de la Risueña , otro barco aceitero atracado en el puerto.

Solo que la Risueña tenía una bodega vacía y montones de barriles de sal.

Ella y su tripulación estaban de paso hacia los territorios de caza.

A esas alturas de temporada, les había sido difícil cargarla.

A Brash no le sorprendería si se quedaran en los territorios toda la estación, pasando de vacas marinas a pequeñas ballenas.

Ahora era un trabajo feo, peligroso. Estaba encantado por no tener que hacerlo él.

Su noche ganadora era una señal, estaba seguro.

Su suerte estaba mejorando y su vida iba a enderezarse.

Oh, seguía echando de menos la Vivacia , y al viejo capitán Vestrit, que Sa lo bendiga, pero se construiría una nueva vida por sí mismo.

Bebió el resto de la cerveza de su jarra y se enjugó los ojos.

Debía de estar más cansado de lo que pensaba para sentirse de repente tan soñoliento.

El cindin solía animarlo. Era lo característico de esa droga, la benigna sensación de bienestar junto a la energía para divertirse.

En vez de eso, se sentía como si lo más maravilloso que podía sucederle en el mundo fuera una cama caliente y mullida.

Seca, que no oliera a sudor, a moho, a aceite y a estopa. Y sin bichos.