19 #6
—No le temo a la madera —le espetó la mujer—.
Le temo a la gente como tú. Te metes en las cosas a ciegas.
Párate a pensar: en los Comercios del Mitonar viven los mercaderes y comerciantes más astutos que jamás se hayan visto en esta parte del mundo.
Debe de haber una razón por la que no trafiquen con esta madera.
Has visto por ti mismo que el mascarón está vivo.
¡Pero no te preguntas cómo o por qué! Solo quieres hacer mesas y sillas de la misma sustancia.
¡Y te plantas frente a un ser vivo y hablas alegremente de trocear su cuerpo para hacer muebles!
Mingsley profirió un extraño sonido.
—No tenemos pruebas contundentes de que sea un ser vivo —dijo con tolerancia—. Se movió y habló. Una vez. Como un buscapié sobre un palo o las marionetas colgando de sus hilos. Los loros hablan. ¿Vamos a darles por eso la categoría de humanos? —Su tono era divertido.
—Y ahora quieres soltarme una sarta de tonterías para conseguir que haga tu voluntad.
He estado en el muro norte, donde atracan las naos redivivas.
Al igual que tú, voy a tomar mi decisión.
Los barcos que yo vi estaban vivos, eran individuos.
Mingsley, puedes mentirte a ti mismo y convencerte de todo lo que quieras, pero no esperes que acepte tus excusas y tus verdades a medias como razones para que trabaje para ti.
No. Sentí curiosidad cuando me dijiste que aquí había una nao rediviva muerta, una cuya madera podía ser salvada.
Pero incluso eso era mentira. No hay motivo para estar aquí contigo bajo la lluvia por más tiempo.
He decidido que esto está mal. No lo haré.
Dechado oyó cómo ella se alejaba y Mingsley la llamaba.
—Eres estúpida. Le estás dando la espalda a más dinero del que puedas imaginarte.
Los pasos de ella se detuvieron. Dechado aguzó el oído. ¿Volvería? Solo regresó su voz, emitida en tono normal pero bien clara:
—De algún modo —dijo con frialdad— has confundido lo que es rentable y lo que no con el bien y el mal. Sin embargo, yo no.
Y volvió a oír cómo se iba. Caminaba como alguien enfadado. La lluvia empezó a caer con más fuerza; las gotas hubieran picoteado la carne humana. Oyó el gruñido de Mingsley ante la nueva precipitación.
—Temperamento de artista —se mofó—. Volverá. —Una pausa—. Barco. Tú, barco. ¿Estás vivo?
Dechado decidió no contestar.
—No es inteligente ignorarme. Solo es cuestión de tiempo que me pertenezcas. Te interesa decirme lo que necesito saber. ¿Estás separado del barco o eres de verdad parte de él?
Dechado afrontaba el aguacero sin replicar.
—¿Te mataría si te separara de tu barco? —preguntó Mingsley en voz baja—. Porque eso es lo que pretendo hacer.
Dechado desconocía la respuesta a aquello. En vez de eso, le hizo una invitación a Mingsley:
—¿Por qué no te acercas a intentarlo?
Tras un instante, oyó cómo el hombre se marchaba.
Esperó allí, bajo la punzante lluvia. Cuando volvió a oír la voz de ella, no se sorprendió. Giró la cabeza despacio para escucharla mejor.
—¿Nao? Nao, ¿puedo acercarme?
—Me llamo Dechado .
— Dechado , ¿puedo acercarme?
Consideró la respuesta.
—¿Vas a decirme tu nombre? —dijo por fin.
Una breve duda.
—Me llaman Ámbar.
—Pero ese no es tu nombre.
—He tenido un montón de nombres —admitió unos segundos después—. Este es el que mejor me va, aquí y ahora.
Se le ocurrió que ella podría haber mentido sin más y decirle que ese era su nombre. Pero no lo había hecho. Extendió la mano abierta hacia el sonido de su voz.
—Ámbar —aceptó él. También era un reto. Sabía lo enorme que era su mano en comparación con la de un humano. Una vez que sus dedos se cerraran alrededor de la de ella, podría arrancarle el brazo del hombro. Si quería.
Escuchó su respiración y el sonido de la lluvia que caía sobre la arena compacta de la playa. De pronto, ella dio dos pasos y metió su enguantada mano izquierda en la de él. Este cerró sus inmensos dedos sobre los de ella.
— Dechado —dijo la humana con la respiración entrecortada.
—¿Por qué has vuelto?
Ella rio, nerviosa.
—Como dijo Mingsley, siento curiosidad por ti. —Como él no hizo réplica alguna, continuó—: Siempre he sido más curiosa que sabia. Aunque toda mi sabiduría me viene de la curiosidad, así que nunca he aprendido a dejar de serlo.
—Ya veo. ¿Me cuentas algo sobre ti? Como puedes comprobar, estoy ciego.
—Eso veo. —Había pena y lamento en su voz—. Mingsley te llamó feo. Pero quienquiera que tallase tu frente y tu mandíbula, tus labios y tu nariz, era un maestro tallador. Ojalá hubiese podido ver tus ojos. ¿Qué clase de persona podría destrozar semejante arte?
Sus palabras le conmovieron, pero también le hicieron pensar en algo que no podía, que no quería recordar.
—¡Qué cumplidos! —replicó con brusquedad—. ¿Se supone que son para distraerme del hecho de que no has contestado a mi pregunta? —Soltó su mano.
—No. Para nada. Soy… Ámbar. Tallo madera. Hago joyas con ella, collares y adornos, peines y anillos. A veces, cosas más grandes, como cuencos y copas…, incluso sillas y cunas. Pero no muchas. Mi talento parece mayor en obras pequeñas. ¿Puedo tocar tu rostro?
La pregunta fue tan rápida que se encontró asintiendo antes de pensarlo.
—¿Por qué? —inquirió con retraso.
Notó cómo se acercaba a él. La escasa calidez del cuerpo de ella contrastaba con el escalofrío de la lluvia.
Sintió que sus dedos acariciaban el borde de su barba.
Fue un toque muy ligero, y sin embargo le hizo estremecerse.
La reacción era demasiado humana. Si hubiera sido capaz de retroceder, lo habría hecho.
—No puedo llegar. ¿Podrías…, podrías levantarme?
La enorme confianza que le ofrecía le hizo olvidar que no había contestado a la primera pregunta.
—Podría aplastarte en mis manos —le recordó.
—Pero no lo harás —le dijo, confiada—. Por favor.
La urgencia de su ruego le asustó.
—¿Por qué piensas que no lo haré? Ya he matado antes, ¿sabes? ¡Tripulaciones enteras! Todo el Mitonar lo sabe. ¿Quién eres tú para no temerme?
Por toda respuesta, Ámbar posó su mojada mano desnuda en la piel de su brazo.
Siguió con ella la veta de la madera; su calidez le afectó del mismo modo que el calor de la mano de una mujer sobre el muslo de un hombre puede inflamar todo su cuerpo.
De repente, supo que el estremecimiento era en ambas direcciones, que él estaba dentro de su carne tanto como Ámbar dentro de su madera.
La humanidad de esta cantaba en su interior.
Se mezcló con sus sentidos. La lluvia había pegado los cabellos y la ropa al cuerpo de la mujer.
Su piel estaba fría, pero su cuerpo se recalentaba desde dentro.
Sintió el soplo de aire en sus pulmones como el viento en sus velas, y el torrente de sangre a través de su carne casi como la excitante agua del mar pasando por su casco.
—¡Eres más que madera! —gritó ella.
Había descubrimiento en su voz, y él experimentó el repentino temor a la traición.
La mujer estaba en su interior, viendo mucho, enterándose de demasiado.
Estaba despertando todas las cosas que él había dejado a un lado.
No quiso empujarla tan fuerte, pero ella volvió a gritar cuando cayó sobre la arena húmeda y pedregosa de la playa.
La oyó jadear mientras la lluvia caía alrededor de ambos.
—¿Te has hecho daño? —preguntó con brusquedad al cabo de un rato. Las cosas se estaban calmando en su interior.
—No —contestó ella en voz baja. Y antes de que él pudiera disculparse, se anticipó—: Lo siento.
A pesar de todo, esperaba que fueses… madera.
Tengo un don para la madera. Cuando la toco, la conozco, sé cómo se extienden sus vetas, dónde se ensanchan o se estrechan…
Pensé que podría tocarte y saber cómo habían sido tus ojos.
Te toqué pensando en encontrar solo madera.
No debería haber sido tan… Perdóname. Por favor.
—Está bien —replicó él con gravedad—. No quise empujarte de manera tan abrupta. No era mi intención que cayeras.
—No, la culpa fue mía. Y tenías motivos para empujarme así. Yo… —Se interrumpió y, por un instante, el único sonido fue el de la lluvia. El ruido de las olas les llegaba ahora más fuerte. La marea había cambiado y el agua se acercaba—. Por favor, ¿podemos volver a empezar?
—Si quieres… —aceptó con embarazo. Aquella mujer…
No la comprendía. Había confiado en ella muy rápido y ahora se habían hecho amigos en un momento.
No estaba acostumbrado a que pasaran esas cosas, y menos a tanta velocidad.
Se asustó. Pero lo que más miedo le daba era pensar que ella podría irse y no volver jamás.
Rebuscó en su interior en busca de algo de confianza que ofrecerle—.
¿Quieres entrar y resguardarte de la lluvia?
—la invitó—. No tengo mucha escora, y en mi interior no hace más calor que fuera, pero al menos estarás a salvo de la lluvia.
—Gracias —respondió en voz baja—. Sí que me gustaría. Es una oferta excelente.