19 #5
La amenaza surtió efecto. Los hombres se dispersaron.
Sus palabras habían sido simples y sus órdenes entraban dentro del rango de las tareas de un segundo de a bordo.
Pero a nadie se le escapó que, de forma evasiva, Gantry se había interpuesto entre el capitán y su hijo.
Lo había hecho con toda la delicadeza posible, ya que no había otro hombre en el barco que hubiera osado entrometerse en los asuntos del capitán.
No era algo ajeno al trabajo de un segundo; él mismo lo había hecho a menudo, bastante antes de que Kyle tomara posesión de la Vivacia .
Pero nunca antes se había interpuesto entre el capitán y su hijo.
Lo que había hecho ahora era recalcar su aceptación de Wintrow como miembro genuino de la tripulación, en vez del hijo mimado de un capitán, traído a bordo para darle disciplina.
Sute trató de pasar inadvertido mientras esperaba.
Al cabo de un rato, el capitán Haven se dio la vuelta sin pronunciar palabra y se dirigió a popa.
Sute se quedó viendo cómo se iba por un instante y después desvió los ojos, como si fuera vergonzoso observar cómo se retiraba el capitán a sus aposentos.
—Y Sute —continuó Gantry de repente—: ayuda a Wintrow a mover sus cosas y su cama al camarote de la tripulación.
Dormirá con el resto de los hombres. Una vez que se haya instalado, dale esto.
No más de una cucharada, y tráeme el resto de inmediato.
Es láudano —añadió, alzando la voz para que lo oyera Wintrow—.
Quiero que duerma. Acelerará la curación.
—Le alargó al chico la gruesa botella marrón, se levantó y se embutió el resto de pertrechos bajo el brazo. Sin más, Gantry se volvió y se marchó.
—Sí, señor —concedió Sute. Se puso con timidez al lado de Wintrow. Cuando el otro muchacho no dio muestras de notar su presencia, se armó de valor para tirar de su manga—. Ya has oído lo que ha dicho el segundo —le recordó, incómodo.
—Preferiría quedarme aquí. —La voz de Wintrow se había vuelto insegura y soñolienta. El dolor, advirtió Vivacia , había que pagarlo antes o después. Había evitado que su cuerpo reaccionara hasta el momento, pero el precio era una completa extenuación.
—Lo sé —dijo Sute, casi amable—. Pero era una orden.
Wintrow suspiró con pesadez y se giró.
—Lo sé. —Y con la docilidad de la debilidad, siguió al otro chico.
Poco después, Vivacia se dio cuenta de que Gantry había ido a popa a encargarse él mismo del timón.
Era algo que hacía cuando estaba preocupado y quería tiempo para pensar.
Pensó que no era un mal segundo de a bordo.
Brashen había sido mejor, pero es que había estado más tiempo con ella.
El toque de Gantry sobre el timón era seguro y firme, tranquilizador, confiado.
Ella miró hacia abajo de manera furtiva y abrió la mano.
El dedo estaba en su palma. No creía que nadie la hubiera visto agarrarlo.
No podía explicar por qué lo había hecho, salvo que se trataba de una parte de Wintrow, y no quería perder ni siquiera el más pequeño de los fragmentos de él.
Era tan pequeño, comparado con sus propios dedos estilizados…
Una delgada varita de hueso articulado, forrada con carne y piel, y en su extremo, la uña bien cuidada.
A pesar de estar aplastado y lleno de sangre, le fascinaba por su delicadeza y detallismo.
Lo comparó con su propia mano. Su tallador había realizado un trabajo competente, con sus nudillos, sus uñas e incluso los tendones del dorso de su mano.
Pero no tenía el fino patrón de los folículos en el reverso de sus dedos, ni pelos diminutos, ni huellas en espiral en las yemas.
Decidió, con pesar, que tan solo guardaba un parecido aceptable con una verdadera criatura de carne y hueso.
Examinó su tesoro durante un rato más. Luego miró de manera furtiva hacia popa, antes de llevárselo a los labios.
No podía tirarlo y tampoco tenía lugar donde guardarlo, excepto uno.
Se lo puso en la boca y la cerró. Sabía a su sangre; sal, cobre y, curiosamente, al mismo mar.
Lo tragó para convertirlo en parte de sí.
Se preguntó qué sería del dedo, enterrado en su esófago de tronconjuro.
Sintió entonces cómo era absorbido, de forma parecida a la tablazón de cubierta con la sangre.
Nunca había comido carne. Jamás había conocido el hambre o la sed. Sin embargo, tomar la carne amputada de Wintrow satisfizo un anhelo que hasta entonces había permanecido sin nombre.
—Ahora somos uno —susurró para sí misma.
En un camastro del castillo de proa, Wintrow se revolvía sin poder descansar. El láudano podía amortiguar, pero no detener el latido de su mano. Sentía la carne caliente y húmeda, tirante sobre los huesos de la cara y el brazo.
—Ser uno con Sa —dijo con una pequeña voz quebrada. El objetivo final de un sacerdote—. Seré uno con Sa —repitió con más firmeza—. Es mi destino.
Vivacia no tuvo el valor de contradecirlo.
Estaba lloviendo, la incesante lluvia a cántaros que era el sello de los inviernos del Mitonar.
Corría por sus rizos esculpidos y le goteaba desde la barba hasta el pecho desnudo.
Dechado cruzó los brazos sobre ese torso y luego sacudió la cabeza, haciendo que volaran gruesas gotas.
El frío. Recordaba el frío de las sensaciones humanas que habían guardado en él.
«La madera no puede tener frío —se dijo—.
No tengo frío». No. No era cuestión de temperatura, tan solo la molesta sensación del agua tamborileando sobre su figura.
Se enjugó la frente con la mano y se sacudió el agua.
—Creía que habías dicho que estaba muerto. —Una ronca voz de contralto hablaba con frialdad cerca de él. Ese era otro problema de la lluvia; su sonido le llenaba los oídos, amortiguándole otros ruidos importantes como pasos en la arena mojada.
—¿Quién anda ahí? —preguntó. Su voz sonaba enfadada. A los humanos era mejor mostrarles ira que miedo. El miedo solo los volvía más audaces.
No contestó nadie. En realidad, tampoco había esperado que nadie lo hiciera.
Podrían ver que estaba ciego. Probablemente, se acercarían de modo furtivo y no sabría dónde estaban hasta que la piedra le impactara.
Puso toda su concentración en escuchar pasos sigilosos.
Pero cuando habló la segunda voz, no fue lejos de donde había hablado la primera.
Reconoció al instante el acento jamaillio. Mingsley.
—Eso pensaba. La última vez que estuve aquí no se movió ni habló.
Dav…, mi intermediario me aseguró que aún estaba vivo, pero yo lo dudaba.
Bueno. Esto le añade un punto de vista nuevo al asunto.
—Se aclaró la garganta—. Los Ludoventura se resistían a negociar y ahora veo el porqué.
Pensé que estaba pujando por madera muerta.
Mi oferta era demasiado baja. Tendré que hablar con ellos otra vez.
—Creo que he cambiado de opinión. —La voz de la mujer era baja—. No creo que quiera tener nada que ver con esto.
—Pero antes estabas muy intrigada —objetó Mingsley—. Ahora no seas quisquillosa. Y qué si el mascarón de proa está vivo. Eso solo incrementa nuestras posibilidades.
—Siento curiosidad por el tronconjuro —admitió ella a regañadientes—.
Alguien me trajo una vez un trozo pequeño.
El cliente quería que lo tallara con la forma de un pájaro.
Le dije, como te digo a ti ahora, que el trabajo que hago es determinado por la madera que se me da, no por capricho mío ni de un cliente.
El hombre me instó a que lo intentara. Pero cuando tomé la madera que me ofrecía, noté…
maldad. Si se le puede atribuir una emoción a la madera, diría que aquella era pura malicia.
Ni siquiera soporté su tacto, no digamos tallarla. Le dije que se la llevara.
Mingsley se rio como si la mujer le hubiese contado una historia divertida.
—He descubierto —dijo con altivez, como si estuviera hablando en términos generales— que la delicada sensibilidad de un artista se templa mejor con el encantador sonido de las monedas siendo apiladas.
Estoy seguro de que podemos ignorar tus dudas.
Y puedo prometerte que el dinero sacado de esto será increíble.
Mira lo que se saca de tus obras ahora, empleando madera corriente.
Si tallaras collares de tronconjuro, podríamos pedir…
lo que quisiéramos. Literalmente. Lo que les estaríamos ofreciendo a los compradores es algo que nunca ha estado disponible.
Tú y yo somos iguales: forasteros que ven lo que a todos los nativos se les ha escapado.
—¿Somos iguales? Ni siquiera estoy segura de que podamos hablar. —No había transigencia en el tono de la mujer, pero Mingsley se hizo el sordo.
—Míralo. —Se relamió—. Una excelente veta recta.
Color plateado. Tablones y tablones y no he visto ni un solo nudo.
¡Ni uno! Con madera como esta, puedes hacer cualquier cosa.
Incluso si quitamos el mascarón de proa, lo restauras y los vendemos por separado, hay bastante tronconjuro en el casco para fundar una fábrica.
No solo para tus abalorios y amuletos; tenemos que pensar a lo grande.
Sillas, cabeceros de cama y mesas, todo esculpido con muchos adornos.
¡Ah! Cunas. Imagina el estatus que da acunar a tu primogénito en una cuna tallada en tronconjuro.
O —de repente, la voz del hombre se hizo más entusiasta— a lo mejor podrías tallar la cabecera de la cuna con rostros de mujeres.
¡Podríamos descubrir cómo revivirlas, enseñarles a cantar nanas, y tendríamos una cuna que cantaría al bebé hasta que se durmiera!
—Ese pensamiento me hiela la sangre —dijo la mujer.
—Entonces, ¿le tienes miedo a esta madera? —Mingsley soltó una risa que parecía un ladrido—. No sucumbas a la superstición del Mitonar.