19 #4
Vivacia se dio cuenta de que Wintrow estaba haciendo algo. Con cada inspiración, los músculos de su cuerpo se aflojaban. Relajó su interior, haciéndose más pequeño y más inmóvil, casi como si estuviera muriendo. Ella pensó que se desmayaría y la inundó la pena por el muchacho.
Entonces, un instante después, él hizo algo que no comprendió.
Se abandonó. No es que hubiera salido de su cuerpo, pero de algún modo extraño se había separado de él.
Era casi como si se hubiera unido a ella y mirara a través de sus ojos al chico delgaducho que se arrodillaba muy quieto sobre la cubierta de proa.
Su coleta de marinero se había soltado. Unos cuantos mechones bailaban sobre su frente, otros se pegaban a él por el sudor.
Mas sus oscuros ojos estaban calmados y su boca, relajada mientras veía cómo descendía la reluciente hoja sobre su mano.
En algún lugar se produjo un gran dolor, pero Wintrow y Vivacia miraron cómo el segundo se inclinaba sobre el cuchillo para forzarlo a entrar en la carne del muchacho.
Brotó sangre roja y brillante. Sangre limpia, observó Wintrow desde alguna parte.
El color era el apropiado, un profundo rojo oscuro.
Pero no dijo palabra, y el sonido del segundo tragando saliva mientras trabajaba era casi tan alto como la estremecida respiración de Kyle cuando la hoja se hundió en el nudillo de su hijo.
Gantry tenía maña; la fina punta del cuchillo penetró en la articulación.
Mientras la cortaba, Wintrow pudo oír el sonido que hacía.
Era un dolor blanco que subía por el hueso del dedo y viajaba rápido y caliente a través del brazo hasta la espina dorsal.
«Ignóralo», se ordenó despiadadamente. En una demostración de voluntad como ninguna que Vivacia hubiera presenciado jamás, mantuvo relajados los músculos del brazo.
No se permitió ni un temblor ni un tirón.
Su única concesión fue aferrarse la muñeca de la mano derecha con la izquierda, como si así pudiera evitar el paso del dolor brazo arriba.
La sangre manaba con libertad, encharcándose entre el pulgar y el dedo corazón.
Vivacia la sintió cálida sobre la tablazón de la cubierta.
El tronconjuro la absorbió y ella la probó, paladeando el acto de proximidad, su sal, el sabor cobrizo.
El segundo llevó a cabo la operación según los deseos de Wintrow.
Se produjo un pequeño crujido cuando el último cartílago se partió bajo la presión de la hoja, y después movió el cuchillo con cuidado para seccionar el último fragmento de piel.
Ahora el dedo yacía sobre la cubierta, una cosa separada, un trozo de carne.
Wintrow alargó la mano izquierda y recogió su propio dedo amputado para ponerlo a un lado.
Con el pulgar y el índice, pellizcó la piel sobre el lugar donde había estado su índice derecho.
—Cóselo —le dijo al segundo de a bordo con calma mientras corría y goteaba su propia sangre—. No demasiado apretado; solo lo bastante para mantener unida la piel sin que el hilo se quede dentro. La aguja más pequeña y el hilo más fino que tengas.
El padre de Wintrow tosió y se dio la vuelta.
Caminó rígido hasta la barandilla y se quedó allí mirando las islas que pasaban, como si ejercieran una profunda y repentina fascinación sobre él.
Wintrow no pareció darse cuenta, pero Gantry le lanzó una única mirada a su capitán.
Luego apretó los labios, tragó saliva y tomó la aguja.
El muchacho mantuvo su propia carne unida mientras el segundo cosía y daba un nudo al hilo de tripa.
Wintrow posó la palma de su ensangrentada mano izquierda sobre la cubierta, sujetándose al tiempo que Gantry le vendaba el lugar donde estuvo el dedo.
Y durante todo el proceso no dio muestras, ni de palabra ni de movimiento, de haber sentido ningún dolor.
Vivacia pensó que podía estar cosiendo un pedazo de tela.
No. En algún lugar, él era consciente del dolor.
Su cuerpo era consciente, por el sudor que recorría su espinazo y que le empapaba la camisa, pegándose a la espalda.
Sentía el dolor, desde algún sitio, pero había desconectado la mente de él.
Se había convertido en solo una señal insistente para su cuerpo de que algo iba mal, como el hambre o la sed.
Una señal que uno podía ignorar cuando debía.
«Oh, entiendo». En realidad no lo entendía, pero le conmovió lo que él estaba compartiendo con ella.
Cuando estuvo listo el vendaje, Wintrow se echó atrás sobre los talones, pero fue lo bastante listo como para no intentar levantarse.
No tenía sentido tentar al destino en ese momento.
Había llegado demasiado lejos para estropearlo con un desmayo.
En su lugar, tomó la copa de brandy que Sute le sirvió con manos temblorosas.
Se la bebió de tres lentos tragos y no tosió, fue como cuando alguien muy sediento toma agua.
El vaso estaba lleno de huellas sanguinolentas cuando se lo devolvió a Sute.
Miró a su alrededor. Poco a poco hizo que su conciencia regresara al cuerpo.
Apretó los dientes ante la ola de dolor de su mano.
Por un instante, delante de sus ojos bailotearon puntos negros.
Los apartó con un parpadeo, concentrándose en las dos huellas de sangre que había dejado sobre la cubierta de la Vivacia .
La sangre había penetrado en el tronconjuro.
Ambos sabían que no había arena que pudiera borrar jamás aquellas marcas gemelas.
Despacio, levantó la vista y volvió a mirar en derredor.
Gantry estaba limpiando el cuchillo con un harapo.
Le devolvió la mirada al muchacho, con el ceño fruncido pero con una pequeña sonrisa.
Le dirigió un gesto de asentimiento imperceptible.
El rostro de Sute seguía lívido; tenía los ojos abiertos como platos.
Kyle miraba por encima de la barandilla.
—No soy un cobarde. —No habló alto, pero se le oía. Su padre se volvió con lentitud ante las desafiantes palabras—. No soy un cobarde —repitió Wintrow más alto—. No soy grande, no soy fuerte, pero no soy ni un debilucho ni un cobarde. Puedo aceptar el dolor. Cuando es necesario.
Una extraña luz llegó a los ojos de Kyle. Los retazos de una sonrisa planearon sobre las comisuras de su boca.
—Eres un Haven —señaló con manso orgullo.
Wintrow se encontró con sus ojos. No había desafío ni voluntad de hacer daño, pero las palabras le salieron claras.
—Soy un Vestrit. —Bajó la mirada hasta las huellas de sangre sobre la cubierta de la Vivacia y el índice amputado seguía allí—.
Tú me hiciste un Vestrit. —Sonrió sin alegría ni júbilo—.
¿Qué es lo que me dijo la abuela? «La sangre lo dirá».
Sí. —Se inclinó sobre la cubierta y recogió su propio dedo cortado.
Lo examinó con cuidado y se lo pasó a su padre—.
Este dedo jamás llevará un sello de sacerdote —dijo.
Para algunos, podría haber sonado como un borracho, pero para Vivacia su voz estaba quebrada por la pena—.
¿Quiere quedarse con él, señor? ¿Como prenda por su victoria?
El pálido rostro del capitán Kyle se oscureció por el rubor de la ira.
Vivacia sospechaba que en ese momento se encontraba cerca de odiar su propia carne y su sangre.
Wintrow caminó con suavidad hacia él, con una extraña luz en los ojos.
Vivacia trató de entender lo que le sucedía al muchacho.
Algo estaba cambiando en su interior, una fuerza que se desenroscaba, inundándole.
Se enfrentó a la mirada de su padre, aunque en su voz no había ningún rastro de rabia, ni siquiera de dolor, cuando avanzó con descaro hasta un lugar lo bastante cerca como para invitar a su padre a golpearlo. O a abrazarlo.
Pero Kyle Haven no se movió ni un ápice.
Su inmovilidad era un rechazo a todo lo que el chico era, a todo lo que hacía.
Wintrow supo entonces que jamás complacería a su padre, que su padre ni siquiera deseaba ser complacido por él.
Tan solo pretendía dominarlo. Y en ese momento, supo que no lo conseguiría.
—¿No, señor? Ah, bueno. —Con una despreocupación que no podría fingirse, Wintrow caminó hasta la proa del barco.
Por un instante, hizo ademán de estudiar el dedo que sostenía en la mano.
La uña, retorcida y sucia por el trabajo, la carne aplastada y el hueso fracturado.
Entonces, tiró el pequeño pedazo de carne por la borda como si no fuese nada, como si nunca hubiera estado conectado a él de ninguna forma.
Se quedó allí, sin inclinarse sobre la barandilla pero de pie, derecho, junto a ella.
Miró a lo lejos en el horizonte. Hacia un futuro que le había sido prometido y que ahora parecía más lejos de lo que el tiempo o la distancia podían suponer.
Se balanceó sobre sus pies. Nadie más se movió o habló.
Incluso el capitán estaba quieto, con los ojos concentrados en su hijo, como si su mirada pudiera atravesarlo. Los músculos se le salían del cuello.
Gantry habló:
—Sute, llévalo abajo. Atiéndelo en su camarote.
Échale un vistazo en cada campana. Me avisas si le sube mucho la fiebre o delira.
—Envolvió su instrumental y ató el lienzo.
Abrió un maletín de madera y rebuscó entre algunas botellas y paquetes.
Ni siquiera levantó la vista cuando siguió hablando con tranquilidad—: Los demás deberíais buscar algo que hacer antes de que yo lo haga por vosotros.