Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 19 #3
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Vivacia se dio cuenta de que era una especie de reto.

No lo comprendía del todo. Se preguntó si lo haría el mismo Wintrow.

Intentó resolverlo en su cabeza. Si Kyle se negaba a cortar el dedo infectado de la mano de su hijo, en cierto modo perdería.

¿Perdería el qué? No estaba segura, pero sospechaba que tenía que ver con quién controlaba la vida de Wintrow.

Quizá se tratara de un desafío del muchacho para su padre, para que admitiera de una vez el tipo de vida que había obligado a su hijo a seguir y se enfrentara a la crueldad del hecho.

También había algo del estúpido reto para arriesgar su cuerpo que había rechazado en la ciudad.

Le habían llamado cobarde por aquello, alguien que tenía pánico al dolor.

Ahora les demostraría a todos que no era el dolor lo que temía.

Un escalofrío de su orgullo le traspasó a ella.

En verdad, era diferente a cualquier Vestrit que jamás hubiera llevado.

—Llamaré al segundo —contestó Kyle Vestrit con firmeza.

—El segundo no lo hará —declaró Wintrow con suavidad.

Kyle lo ignoró. Caminó hasta la puerta, la abrió y se asomó para gritar: «¡Gantry!».

—Soy el capitán de este barco —le dijo a Wintrow en el subsiguiente silencio—. Y sobre este barco, yo digo qué hacer o qué no. Y yo decido quién hace qué. El segundo se ocupa de este tipo de cosas, yo no.

—Había pensado que mi padre preferiría hacerlo por sí mismo —probó Wintrow en voz baja—. Pero ya veo que no tienes estómago para ello. Esperaré al segundo en proa, pues.

—No es cuestión de estómago —le espetó Kyle, y en ese momento Vivacia vio lo que Wintrow había hecho. Había convertido una cuestión entre el grumete y el capitán en algo entre un padre y un hijo.

—Entonces ven y mira, padre. Para darme coraje —pidió Wintrow.

No fue un ruego, sino una simple petición.

Salió del camarote sin esperar a ser despachado, sin detenerse siquiera para una respuesta.

Mientras se alejaba, Gantry se acercó a la puerta para ser instado con severidad a que recogiera su equipo de cirugía y fuera al mascarón de proa.

Wintrow no se detuvo, pero caminó con tranquilidad de vuelta a proa—.

Vendrán —le dijo a Vivacia en voz baja—.

Mi padre y el segundo de a bordo para cortarme el dedo. Rezo para no gritar.

—Tienes la fuerza de voluntad —le prometió Vivacia —. Pon la palma de la mano sobre mi cubierta en la amputación. Yo estaré contigo.

El chico no hizo ninguna réplica. Una ligera brisa infló sus velas y le llevó el aroma del sudor y el miedo de él. Este se sentó con paciencia para quitarse la última de las vendas de la mano herida.

—No. —Pronunció la palabra de manera definitiva—. No hay forma de salvar esto. Mejor dejarlo atrás antes de que envenene el resto de mi cuerpo. —Ella sintió cómo él dejaba irse al dedo, cómo lo eliminaba de la percepción de su cuerpo. En su mente, la amputación ya había tenido lugar.

—Ya vienen —dijo Vivacia con voz queda.

—Lo sé. —Él soltó una risita nerviosa, espeluznante al oído—. Los siento. A través de ti.

Era el primer reconocimiento de tal hecho.

Vivacia deseó que hubiera llegado en un momento diferente, cuando hubiesen podido hablar de ello en privado o cuando estuvieran solos para explorar la sensación de unión.

Pero los dos hombres estaban ya en la proa y Wintrow, reflexivo, se puso en pie y se giró para encararlos.

Su mano herida descansaba sobre la palma de la buena, como una ofrenda.

Kyle hizo un gesto con la barbilla hacia su hijo.

—El chico piensa que tienes que amputarle el dedo. ¿Tú qué crees?

El corazón de Wintrow pareció detenerse en su pecho para luego seguir latiendo. Sin decir palabra, le enseñó la mano al segundo. Gantry la observó y enseñó los dientes en una mueca de asco.

—El chico tiene razón. —Hablaba con el capitán, no con Wintrow.

Sujetó con firmeza la muñeca derecha de este y le dio la vuelta para observar el dedo desde todos los ángulos.

Emitió un corto gruñido de desagrado—. Hablaré con Torg.

Debería haber examinado esta mano antes.

Incluso si le amputamos el dedo ahora, el chico necesitará descansar un día o así, porque me parece que el veneno del dedo ya está en la mano.

—Torg conoce sus obligaciones —replicó Kyle—. Nadie podía predecir nada.

Gantry miró al capitán con ecuanimidad. No hubo rastro de polémica en su voz cuando dijo:

—Pero Torg posee una vena de maldad que empeora cuando tiene a su merced a alguien que cree que podría ser mejor que él.

Es lo que echó a perder a Brashen; el hombre tenía buena mano, excepto cuando Torg le estaba pinchando.

Torg elige a alguien y no sabe cuándo dejar de incordiarle.

No es cuestión de favoritismo. No temas.

No me importa ni el nombre de este muchacho, señor.

Es una mano trabajadora más a bordo del barco, y un barco funciona mejor cuando todas sus manos pueden trabajar.

—Hizo una pausa—. Tendré unas palabras con Torg —repitió, y esta vez Kyle no se opuso.

Las siguientes palabras fueron para Wintrow—: Estás preparado.

—En realidad, no era una pregunta. Más bien la afirmación de que el chico entendía la necesidad de ello.

—Lo estoy. —La voz de Wintrow se había vuelto grave y profunda.

Hincó una rodilla, casi como si le estuviera rindiendo pleitesía a alguien, y puso la palma de la mano herida sobre la cubierta de Vivacia .

Ella cerró los ojos. Se concentró en aquel toque, en los dedos extendidos que presionaban contra los tablones de tronconjuro de la cubierta.

Era un empleo muy poco usual ya para una madera tan cara, pero ella comprobaría hoy que merecía la pena cada moneda que los Vestrit habían invertido en ella.

Ella agarró su mano, añadiendo su voluntad a la de él para no moverse del sitio en que se había colocado.

El segundo se había agachado junto a él y desenrollaba un lienzo con las herramientas.

En los bolsillitos de la tela había cuchillos y sondas, mientras que las agujas estaban clavadas en el lienzo.

Algunas ya estaban enhebradas con fino hilo de tripa de pescado.

Cuando el último pliegue de tela estuvo abierto, reveló las sierras, tanto las de dientes afilados como las más toscas.

Wintrow tragó saliva. A su vera, Gantry preparaba vendas de hilo y lino.

—Querrás brandy —le dijo Gantry con voz áspera. El corazón del hombre era un latido profundo en su interior.

Vivacia se alegró de que no fuese insensible a la situación.

—No. —La palabra del muchacho fue débil.

—Puede que lo quiera. Después —se atrevió ella a decir.

Wintrow no la contradijo.

—Iré a buscarlo —dijo Kyle, ronco.

—No —contestaron ella y Wintrow a la par.

—Deseo que te quedes —dijo Vivacia con más suavidad.

Era su derecho. Pero, en caso de que Kyle no lo comprendiera, habló más claro—: Cuando cortas a Wintrow, yo sangro.

Solo es una forma de hablar, claro —añadió.

Trató de calmarse antes de proseguir—: Tengo el derecho de exigir que te quedes aquí, conmigo, cuando algo tan perturbador como esto sucede en mi cubierta.

—Podemos llevarnos al chico abajo —ofreció Kyle con brusquedad.

—No —volvió a prohibirle—. Si hay que realizar esta mutilación, quiero que se haga aquí, donde yo pueda presenciarla.

—No vio la necesidad de decirle que no importaba en qué lugar del barco se hiciera, ella se daría cuenta.

Si era tan ignorante con respecto a la naturaleza de ella, que siguiera así—. Envía a otro.

Kyle se giró para seguir su mirada y a punto estuvo de dar un respingo. El rumor había corrido con presteza. Todo hombre que no estaba ocupado había encontrado una excusa para acercarse a la cubierta de proa. Sute, con la cara pálida, casi saltó fuera del pellejo cuando Kyle lo señaló.

—Tú. Trae el brandy y un vaso. Rápido.

El muchacho brincó ante la orden, y sus pies descalzos palmotearon la cubierta mientras se alejaba, presuroso. Nadie más se movió. Kyle decidió ignorarlos.

Wintrow respiró hondo. Si se había percatado de la gente que se había reunido para mirar, no mostró ninguna señal. Sus palabras estaban dirigidas a Gantry. Levantó la mano izquierda y apuntó con cuidado la derecha herida.

—Hay una zona, justo aquí… en el nudillo.

Ahí es donde quiero que cortes. Tendrás que sajar…

con la punta del cuchillo… y sentirlo mientras lo cortan.

Si tocas el nudillo de tu propia mano, encontrarás el sitio que te digo.

De ese modo no quedará ninguna astilla de hueso…

Y después quiero que estires la piel sobre el…

espacio. Y que la cosas. —Se aclaró la garganta y habló sin emociones—: La precisión es mejor que la rapidez. Un corte limpio, no un tajo.

Entre cada frase, Wintrow hacía una inspiración tranquilizante.

Su voz no tembló, ni tampoco su mano, mientras apuntaba a lo que había sido el dedo índice de su mano derecha.

El dedo que algún día habría llevado el anillo de juramento de sacerdote si le hubieran permitido seguir con ello.

«Sa, en tu misericordia, no permitas que grite.

No permitas que me desmaye ni que aparte la mirada.

Si debo hacer esto, deja que lo haga bien».

Los pensamientos profundos del chico eran tan fuertes que Vivacia se vio unida a él.

Hizo una inspiración final, profunda y relajante, mientras Gantry escogía un cuchillo y lo asía.

Era uno de los buenos, brillante, limpio, afilado.

Wintrow asintió despacio con la cabeza. A su espalda oyó el sonido de los pies de Sute y un susurro.

—He traído el brandy, señor. —Parecía venir desde muy lejos, tan amortiguado y carente de significado como los graznidos de las aves marinas.