Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 19 #2
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Había cosas que el muchacho le había dicho en los últimos días, palabras que había pronunciado con rabia, frustración y sufrimiento.

Una parte de ella reconoció tales palabras por lo que eran: Wintrow clamaba contra su destino, no contra ella.

Sin embargo, parecía no poder olvidarlas, y se le clavaban como garfios siempre que se permitía pensar en ellas.

Le había insultado la mañana anterior, tras una guardia nocturna bastante mala, diciéndole que Sa no había tomado parte en su creación ni le había conferido nada de su fuerza divina, sino que era un simulacro de vida y espíritu, fabricada por los hombres para servir a su avaricia.

Las palabras la habían sorprendido y horrorizado, pero lo peor fue que Kyle había aparecido detrás del chico y lo había golpeado hasta tirarlo por cubierta, furioso por tales injurias.

Después de aquello, hasta el más amable de los hombres de la tripulación había hablado mal de Wintrow, diciendo que el chico iba a darles mala suerte con sus malvadas palabras.

Kyle parecía ignorar que ella sintió el golpe descargado sobre Wintrow tanto como el propio chico.

Tampoco se había parado a pensar que quizá esa no fuera la mejor forma de hacer que Wintrow desarrollara un sentimiento de amabilidad hacia ella.

En vez de eso, Kyle ordenó al muchacho que bajara a encargarse de las tareas extras que más odiaba.

La dejaron sola para meditar las palabras envenenadas del chico y preguntarse si, después de todo, no serían ciertas.

El muchacho le había hecho pensar. Le había hecho reflexionar sobre cosas que ningún otro Vestrit había considerado jamás mientras estuvieron en su cubierta.

Pensó que él había pasado la mitad de su vida dedicando esa vida respecto a la existencia de los demás.

Ella ya había oído hablar de Sa, pues los otros Vestrit lo habían reverenciado de forma somera.

Pero ninguno había sopesado la existencia de lo divino ni pensado en ver el reflejo de la divinidad en la vida que los rodeaba.

Ninguno había creído con tanta convicción que hubiera bondad y honor inherentes en el corazón de cada hombre, ni había celebrado la idea de que cada ser tuviera un destino especial que cumplir, de que hubiera una necesidad en el mundo que solo la vida vivida correctamente podía satisfacer.

De ahí que ninguno de ellos se hubiera sentido tan frustrado como Wintrow en su trato diario con sus compañeros.

—Creo que me van a tener que cortar el dedo. —Hablaba con voz suave y dubitativa, como si expresar sus temores pudiera convertirlos en realidad.

Vivacia se mordió la lengua. Era la primera vez desde el accidente que él iniciaba la conversación. De repente, reconoció el profundo miedo que él había estado ocultando tras sus duras palabras hacia ella. Escucharía y le dejaría compartir lo que pudiera.

—Creo que está más que roto. Que la articulación está triturada.

—Palabras simples, pero sintió el frío pavor que acechaba detrás de ellas.

Él aspiró hondo y se enfrentó a la realidad que había estado negando—.

Creo que lo supe en cuanto sucedió. No obstante, tenía la esperanza…

Pero me ha estado doliendo toda la mano desde esta mañana.

Y siento una humedad por dentro del vendaje.

—Bajó más la voz—. Qué estúpido. Me he encargado de las heridas de otros con anterioridad, no como curandero, pero sé cómo limpiar una herida y cambiar un vendaje.

Pero mi propia mano… No he sido capaz de reunir el coraje para mirarla hasta anoche.

—Hizo una pausa. Ella oyó cómo tragaba saliva—.

¿No es extraño? —continuó con un tono más alto y crispado—.

Una vez presencié cómo Sa’Garit le amputaba la pierna a un hombre.

Era necesario. Era obvio para todos nosotros.

Pero el hombre seguía diciendo: «No, no, esperemos un poco más, quizá mejore», cuando a cada hora que pasaba veíamos que se ponía peor.

Al final, su mujer lo persuadió para que nos permitiera hacerlo.

En aquel momento me pregunté por qué lo posponía en lugar de hacerlo.

¿Por qué aferrarse a un trozo de hueso y carne podridos solo porque antes era una parte útil de tu cuerpo?

De súbito, su voz se apagó. Se volvió a arrebujar sobre su mano. Ella podía sentir las punzadas de su dolor, el punzón, punzón, punzón en su mano que reverberaba con cada latido de corazón.

—¿Me había mirado antes las manos, pensado en ellas de verdad?

Las manos de un sacerdote… Uno siempre oye hablar de las manos de un sacerdote.

Toda mi vida he tenido unas manos perfectas.

Diez dedos, todos capaces y diestros… Solía fabricar vidrieras de colores.

¿Lo sabías, Vivacia ? Solía sentarme y enfrascarme tan absorto en mi trabajo…

Casi parecía que mis manos se movieran por voluntad propia.

Y ahora… —Volvió a quedarse en silencio.

Vivacia se atrevió a hablar:

—Muchos marineros pierden dedos. O miembros enteros. Y sin embargo, esos marineros siguen…

—Yo no soy marinero. Soy sacerdote. ¡Iba a ser sacerdote!

Hasta que mi padre me condenó a esto. Me está destruyendo.

Busca mi perdición. Él y sus hombres se burlan de mis creencias, cuando trato de mantener mis ideales ellos los utilizan contra mí.

No soporto lo que me está haciendo, lo que todos me están haciendo. Están destruyendo…

—Y, sin embargo, esos marineros siguen siendo lo que son, con miembros perdidos o no —continuó Vivacia , implacable—.

Tú no eres un dedo, Wintrow. Eres un hombre.

Te cortas el pelo, las uñas, y sigues siendo Wintrow, un hombre.

Y si fueras sacerdote, seguirías siéndolo, con nueve dedos o con diez.

Si tienes que perder un dedo, pues pierdes un dedo.

Pero no lo uses como excusa para dejar de creer en ti mismo.

—Hizo una pausa, saboreando casi el silencio atónito del muchacho—.

Sé poco acerca de tu Sa, Wintrow. Pero conozco mucho a los Vestrit.

Aquello para lo que hayas nacido lo serás, ya sea sacerdote o marinero.

Así que da un paso al frente y conviértete en ello.

No dejes que te afecten. Conviértete en el único que decide por ti.

Sé lo que eres, y al final todos tendrán que reconocer quién eres, les guste o no.

Y si tu voluntad es convertirte en la imagen de Sa, así sea. Sin quejidos.

—Nao. —Pronunció la palabra con suavidad, pero fue casi como una bendición.

Impuso su mano sana sobre su tablazón. Tras un instante de duda, situó la mano herida junto a la otra, con la palma hacia abajo.

Por primera vez desde que Althea dejara el barco, Vivacia sintió que uno de los suyos acudía a ella en busca de fuerza.

Dudaba que él supiera que eso era lo que hacía; quizá pensaba que le rezaba a Sa mientras inclinaba la cabeza y pronunciaba suaves palabras.

Pero no importaba a quién dirigiera su plegaria pidiendo fuerzas. Ella fue la que contestó:

—Wintrow —dijo en voz baja, cuando las amortiguadas palabras de él se acabaron—. Ve con tu padre y cuéntale lo que hay que hacer. Y exígele que se haga aquí, ante mí. En mi nombre, si es que no accede a tus deseos.

Había temido que él dudara. En su lugar, se incorporó con gracilidad. Sin una palabra para nadie más, se dirigió al camarote del capitán, donde llamó con elegancia a la puerta con su mano buena.

—Adelante —contestó Kyle.

No veía todo lo que sucedía en su interior, pero era consciente de ello de una manera que los humanos nunca le habían explicado.

Por tanto, sabía del retumbar del corazón de Wintrow, y también se enteró del pequeño salto de triunfo que el chico sintió cuando su padre alzó la vista de sus documentos de embarque para sorprenderse ante la visión de su hijo, que se erguía con audacia.

—¿Qué haces aquí? —inquirió Kyle con dureza—. Eres el grumete del barco, nada más. No me vengas con tus lamentos.

Wintrow se quedó de pie, en silencio, hasta que su padre hubo terminado. Luego, con voz segura, habló:

—Necesito que me corten este dedo. Quedó machacado y ahora se ha infectado. Ya se puede decir que no va a mejorar. —Tomó una pequeña y rápida bocanada de aire—. Me gustaría hacerlo mientras solo sea el dedo y no la mano entera.

Cuando al fin contestó Kyle, su voz era espesa y vacilante:

—¿Estás seguro? ¿Te lo ha dicho el segundo de a bordo? Él es nuestro médico en el barco.

—Apenas se necesita el ojo de un médico.

Míralo tú mismo. —Con una despreocupación que Vivacia estaba segura de que no sentía, comenzó a quitarse la venda costrosa.

Su padre emitió un pequeño sonido—. El olor también es malo —confirmó Wintrow, todavía con voz indiferente—. Cuanto antes me lo corten, mejor.

Su padre se incorporó, haciendo que la silla raspara la cubierta.

—Te traeré al segundo. Siéntate, hijo.

—Preferiría que lo hiciera usted, señor, si no le importa. Y arriba, en cubierta, junto al mascarón de proa. —Casi pudo sentir la mirada penetrante de Wintrow por la estancia—. No tiene sentido sangrar en su camarote —añadió como si fuese un pensamiento tardío.

—Yo no… Nunca he…

—Puedo mostrarle dónde cortar, señor. No es distinto de deshuesar un ave de corral para la cazuela.

Solo es cuestión de cortar por la articulación.

Es otra de las cosas que me enseñaron en el monasterio.

A veces me sorprendía cuánto tenían en común la cocina y la medicina.

Las hierbas, el conocimiento de la… carne. Los cuchillos.