19
Testimonios
—¿Te duele mucho?
—¿Tú puedes sentir el dolor?
—No como los humanos, no, pero entiendo la aflicción que debes de…
—Entonces, ¿por qué lo preguntas? Sea cual fuere mi respuesta, carecerá de significado real para ti.
Un largo silencio. Vivacia levantó los brazos tersos y los cruzó sobre sus pechos.
Miraba al frente. Luchaba contra la creciente marea de pena y desesperación de su interior.
Las cosas entre Wintrow y ella no estaban mejorando.
Desde lo de Berro, el resentimiento del muchacho hacia ella se incrementaba día a día y convertía lo que deberían haber sido días agradables en una tortura.
El viento soplaba del norte, lo que les empujaba al sur, hacia climas más cálidos.
El tiempo había sido bueno, pero todo lo demás no.
La tripulación estaba en contra de Wintrow y, por tanto, de ella.
A partir de la charla de los hombres, había captado lo esencial de lo sucedido en la playa.
A su limitada manera, lo comprendió. Sabía que Wintrow seguía creyendo que su decisión había sido la correcta.
Y sabía, con la sabiduría de sus recuerdos almacenados, que su abuelo habría estado de acuerdo con él.
Pero lo único que haría falta para que el pequeño se sintiera abatido era enterarse de que el resto de la tripulación lo consideraba un cobarde y que su padre parecía comulgar con esta opinión.
Y eso era cuanto ella necesitaba para sentir una tristeza tan profunda.
A pesar de su sufrimiento, él no se había rendido.
A los ojos de ella, aquello decía mucho del espíritu que tenía en su interior.
Evitado por sus camaradas del barco y condenado a una vida que no podía disfrutar, seguía trabajando duro y aprendiendo.
Respondía a las órdenes tan rápido como cualquiera y se esforzaba todos los días en compartir la carga del trabajo.
Ya era tan capaz como cualquier grumete, y estaba llegando a dominar con presteza las tareas de un avezado marinero de cubierta.
Su mente se aplicaba tanto como su cuerpo, y comparaba cómo su padre manejaba las velas con las órdenes que daba Gantry.
Parte de su entusiasmo consistía en la avidez de una mente acostumbrada a las oportunidades de aprendizaje.
A falta de libros y pergaminos, absorbía las lecciones del viento y las olas.
Aceptaba el trabajo físico de su vida de a bordo igual que había aceptado en el pasado las serviles tareas del huerto del monasterio.
Son los quehaceres que uno debe realizar cuando forma parte de semejante vida, y es su obligación llevarlos a cabo bien.
Pero Vivacia también sabía que existía una segunda motivación para su dominio de las artes náuticas.
Por medio de sus actos quería demostrarle a la tripulación que ni le asustaban los riesgos necesarios ni rechazaba las tareas propias de un marinero.
Su sangre Vestrit era la que le ayudaba a mantener el cuello recto y la cabeza levantada a pesar del menosprecio de Torg y sus compinches.
Wintrow no pensaba disculparse por la decisión que había tomado en Berro.
No creía que hubiera hecho mal, si bien eso no era impedimento para que le escociese el desdén de la tripulación.
Aunque eso había sido antes del accidente.
Se sentó en la cubierta con las piernas cruzadas y la mano herida en el regazo.
Ella no necesitaba mirarlo para saber que también él contemplaba el lejano horizonte.
Los islotes que iban dejando atrás no le interesaban.
En un día como ese, Althea se hubiera inclinado sobre la barandilla con ojos ávidos.
El día anterior había llovido con insistencia, y los muchos arroyuelos de las islas discurrían rápidos y caudalosos.
Algunos serpenteaban hacia el agua salada; otros caían en lenguas plateadas como cataratas desde las islas más abruptas y rocosas.
Todos contribuían con unas aguas dulces que flotaban durante unos momentos sobre las saladas, cambiando los colores de las aguas a través de las que se movía el barco con tanta serenidad.
Aquellas islas estaban repletas de pájaros.
Ya se tratara de aves marinas, ribereñas o asentadas en los elevados acantilados, todas contribuían al coro con sus notas.
Quizá hubiera llegado el invierno hasta aquí, pero en estas islas era una estación de lluvias y de crecimiento exuberante para las plantas.
Al oeste de su posición, las Orillas Malditas estaban inmersas en una de sus habituales brumas invernales.
Las humeantes aguas de los ríos que fluían desde esa costa suavizaban el clima, incluso cuando envolvían las Islas del Pirata en calima.
Estas islas jamás conocerían una nevada, ya que las cálidas aguas del Paso Interior mantenían a raya el invierno.
A pesar de lo verdes y apetecibles que pudieran ser las islas, Wintrow solo podía pensar en un puerto más distante, lejano en el sur, y en el monasterio que se encontraba a una jornada tierra adentro desde allí.
Quizá lo hubiese soportado mejor si existiera la más remota esperanza de que su viaje fuese a realizar allí una pausa.
Pero no, su padre no era tan estúpido como para ofrecerle la más mínima posibilidad de escaparse.
Su actividad comercial les haría detenerse en muchos puertos de renombre, pero Calabacín no era uno de ellos.
Como si el muchacho pudiera sentir sus pensamientos con tanta claridad como Althea, de repente dejó caer la cabeza sobre sus rodillas flexionadas.
No lloraba. Había dejado de hacerlo y temía con razón las crueles palabras que cualquier muestra de debilidad obtendría por parte de Torg.
De modo que resistió las lágrimas, incluso las que procedían de la desdicha que coleaba en su interior y amenazaba con rasgarlo en dos.
Al rato, inspiró hondo y abrió los ojos. Se miró la mano, flácida en su regazo.
Habían pasado tres días desde el accidente.
Un error estúpido, como todos lo eran en retrospectiva, de los más comunes a bordo de un barco.
Alguien había soltado una cuerda antes de lo que Wintrow esperaba.
Vivacia no creía que hubiese sido deliberado.
Con toda seguridad, los sentimientos de la tripulación contra él no alcanzaban esas cotas.
Solo fue un accidente. El tirón de la cuerda de cáñamo había arrastrado la mano de Wintrow, machacando sus dedos contra una polea.
La rabia burbujeó en el interior de Vivacia cuando rememoró las palabras de Torg hacia el muchacho mientras este yacía doblado sobre la cubierta, con la mano sangrante apretada contra el pecho.
—Te está bien empleado, por no prestar atención, pequeño inútil, cobarde. Suerte tienes que solo ha sido un dedo y no la mano entera. Levántate y vuelve al trabajo. Aquí nadie va a sonarte la nariz ni a secarte los ojos.
Y después se marchó, dejando a Sute sin palabras y acuciado por la culpa mientras usaba su pañuelo casi limpio para sujetar el dedo de Wintrow al resto de la mano.
Sute, de cuyas manos había resbalado la cuerda que Wintrow había estado agarrando.
Sute, cuyas costillas rotas todavía se estaban soldando y curando.
—Lo siento —dijo Wintrow en voz baja. Había pasado un buen rato en silencio—.
No debería hablarte así. Tú me muestras más comprensión que nadie a bordo…
Al menos te esfuerzas en entender lo que siento.
Mi infelicidad, en el fondo, no es culpa tuya.
Es solo que encontrarme aquí me hace desear estar en cualquier otra parte.
Saber que, si fueses cualquier otro barco en vez de una nao rediviva, mi padre no me obligaría a estar aquí.
Eso hace que te eche la culpa, a pesar de que no tengas control sobre lo que eres.
—Lo sé —respondió Vivacia con apatía.
No sabía qué era peor, cuando le hablaba o cuando se quedaba callado.
La hora por las mañanas y por las tardes que pasaba con ella eran órdenes de su padre.
No sabría decir por qué le obligaba Kyle a acercarse a ella.
¿Esperaba acaso que, milagrosamente, se desarrollara alguna relación?
Con toda seguridad, no podía ser tan estúpido.
Al menos, no podía serlo tanto como para suponer que podría forzar al muchacho a quererla.
Siendo quien era ella, y siendo quien era él, no tenía más elección que sentir un vínculo con el joven.
Recordó ese atardecer de verano que ahora parecía quedar tan lejos, esa primera noche que había pasado a bordo con ella y lo bien que habían empezado.
Si aquello hubiese podido germinar de manera natural…
Pero no tenía sentido aferrarse a ello, no más que cuando dejaba que sus pensamientos derivaran hacia Althea.
Cómo deseaba que estuviese allí. Era muy duro estar sin Althea y preguntándose sin cesar qué habría sido de ella. Vivacia suspiró.
—No estés triste —le dijo Wintrow, y luego, escuchando la estupidez de sus palabras, suspiró para sí mismo—. Supongo que esto es tan malo para ti como para mí —añadió.
Se le ocurrieron demasiadas cosas que responder, por lo que no dijo nada.
El agua golpeaba su proa, y la brisa constante les empujaba.
El timonel era muy competente; no era de extrañar, ya que lo había elegido el capitán Vestrit y había estado a bordo de ella durante casi veinte años.
Era una tarde para estar satisfechos, pues habían navegado al sur desde el frío del invierno hasta la calidez, y por eso su tristeza la aguijoneó con más intensidad todavía.