18 #6
—¡Entonces preferiría ser una puta en Jamaillia!
—declaró acaloradamente Malta—. Porque cualquier cosa sería preferible a estar así de asfixiada aquí.
Obligada a vestirme y comportarme como una niña cuando ya casi soy toda una mujer, obligada siempre a ser callada, educada…
, invisible. No quiero crecer así, no quiero ser como tú y mamá.
Quiero ser… hermosa, y admirada, y pasarlo bien, y que los hombres siempre quieran estar cerca de mí y me envíen flores y regalos.
Y no quiero vestirme a la moda del año pasado ni comportarme como si nada me emocionara o hiciera enfadar. Quiero…
—A decir verdad —la interrumpió con embarazo Davad—, hay una, eh, moda parecida en Jamaillia.
Desde el año pasado. Una de las, eh, compañeras del sátrapa se presentó así.
Esto, ataviada como una, eh, mujer de la calle.
No en un acontecimiento público, pero sí en una reunión privada muy nutrida.
Para proclamar su, digamos, absoluta devoción al sátrapa y sus necesidades.
Que estaba dispuesta a, en fin, a que la vieran y trataran como su, esto…
—Davad inspiró hondo—. Esto no es algo que comentaría con vosotras, por lo general —señaló azorado—.
Pero se dio el caso, y hubo, eh, repercusiones que llegaron hasta la moda en los meses siguientes.
La pintura en las orejas, los eh, paneles accesibles de las faldas… —Se ruborizó y enmudeció.
La abuela se limitó a sacudir la cabeza, enfadada.
—A esto ha llegado nuestro sátrapa. Incumple las promesas de su abuelo y su padre, y reduce a las Compañeras de su Corazón a prostitutas con las que satisfacer sus placeres carnales.
Atrás quedan los tiempos en que una familia se enorgullecía de que nombraran compañera a una de sus hijas, pues era un puesto que exigía sabiduría y diplomacia.
¿Qué son ahora? ¿Su harén? Me repugna. Y no quiero ver a mi nieta vestida como una de ellas, por popular que se vuelva el uniforme.
—Me quieres ver vieja y sumisa, como madre y tú —declaró Malta—. Quieres que pase de niña a vieja. Bueno, pues eso no va a pasar. Porque no es eso lo que quiero.
—Jamás en la vida —intervino de pronto Keffria— le he hablado así a mi madre. Y no toleraré que te dirijas de esa forma a tu abuela. Si…
—¡Si lo hubieras hecho, puede que hubieses vivido!
—señaló Malta—. ¡Pero no! Seguro que siempre has sido modosa, callada y obediente.
Como una vaca. ¡Sacada a pasear un año y casada al siguiente, como una gorda vaca de raza en la subasta!
Una estación de bailes y diversión, y luego a casarse para tener hijos con quien les ofreciera el mejor trato a tus padres.
—Había hecho enmudecer a toda la sala. Miró a su alrededor—.
No es eso lo que quiero, madre. Quiero una vida propia.
Quiero llevar ropa bonita e ir a sitios de ensueño.
No quiero casarme con cualquier muchacho mercader que tú me elijas.
Quiero visitar Jamaillia algún día, quiero ir a la Corte del Sátrapa y no como una mujer desposada con una fila de niños siguiendo mis pasos. Quiero librarme de todo eso. Quiero…
—Quieres buscarnos la ruina —musitó la abuela, y sirvió el té.
Una pulcra taza tras otra, con calma y eficiencia mientras pronunciaba sus palabras condenatorias—: Quieres, dices, sin pararte a pensar en lo que todos necesitamos.
—Levantó la cabeza del juego de té para preguntar—: ¿Té u oporto, Davad?
—Té —respondió él, agradecido—. Tampoco puedo quedarme mucho.
He de apresurarme a volver, para llegar a tiempo al menos a la Presentación de las Ofrendas.
No tengo a nadie que entregue la ofrenda por mí, como sabes.
Y la mercader Vintagli parecía ansiosa por hablar conmigo.
No os esperarán este año, claro, por vuestro luto… —Dejó la frase inconclusa, azorado.
—¿Té? Muy bien. —Su abuela llenó delicadamente la taza. Sus ojos pasaron de Davad a la nana—. Nana, querida. Detesto tener que pedirte esto, pero ¿te importaría acostar a Malta? Y cuida de que se lave bien antes. Siento encargarte esta tarea.
—En absoluto, señora. Lo considero mi deber.
Y la nana obedeció. Tan grande e implacable como cuando Malta era una niña, la tomó de la muñeca y la sacó a rastras del cuarto.
Malta se dejó llevar en silencio, más por amor propio que por conformidad.
No se opuso a que la nana la desvistiera, y se introdujo de buena gana en la humeante bañera que le había preparado la anciana.
No pronunció ni una sola palabra ante su corpulenta e imponente niñera, ni siquiera para interrumpir el aburrido monólogo de la nana sobre lo avergonzada que debería sentirse.
Porque no se sentía avergonzada. Ni amedrentada. Cuando su padre volviera a casa, todos tendrían que responder por el trato que le habían dispensado. Por ahora, se conformaría con eso.
Con eso y con la trepidante sensación que había avivado en su interior la mirada de Cerwin Trell. Pensó en sus ojos y volvió a experimentarla. Cerwin, al menos, sabía que ella ya había dejado de ser una niña.