18 #5
Eso descargó sobre ella el peso de toda la casa.
Primero apareció su madre, que disparó una decena de airadas preguntas a Davad Restart, quien no tenía respuesta para ninguna.
Luego su abuela, en camisón y bata, con el cabello recogido en un pañuelo para la noche, pareció regañar a su madre por armar semejante escandalera en plena noche.
Al reparar en ella, la abuela había palidecido.
Había despedido a todos los criados salvo a la nana, a la que envió a preparar té.
Agarró a Malta con fuerza por la muñeca mientras la conducía al recibidor de lo que había sido el estudio del abuelo.
No se volvió hacia ella hasta que Davad, Keffria y Malta estuvieron dentro y la puerta cerrada.
—Explícate —ordenó.
Malta se armó de valor.
—Quería ir al Baile de la Cosecha. Papá dijo que podía y que me podía poner un vestido, como corresponde a una mujercita. No he hecho nada de lo que avergonzarme. —Su dignidad era impecable.
Su abuela frunció los labios pálidos. Cuando habló, había hielo en su voz:
—Entonces es que eres tan cabeza hueca como aparentas. —La dio de lado, olvidándose por completo de ella—. Oh, Davad, ¿cómo agradecerte que la hayas traído a casa raudo y veloz? Espero que no hayas puesto tu reputación en peligro intentando salvar la nuestra. ¿La ha visto mucha gente de esta forma?
El mercader Restart parecía azorado.
—No mucha. Espero. Cerwin Trell y su hermana pequeña.
Algún amigo suyo. Rezo para que esos fueran todos.
—Hizo una pausa, como si considerara la conveniencia de mentir o no—.
Llegó la familia Vintagli en representación de los Territorios Pluviales mientras ella estaba allí, pero creo que no la vieron.
Puede que, por una vez, mi corpulencia sirviera para algo.
—Se acarició la barriga con tristeza—. La escondí detrás de mí y la metí en mi carruaje en cuanto se fueron.
También mi lacayo estaba presente, por supuesto.
—A regañadientes, añadió—: Y había más familias de mercaderes, yendo y viniendo, pero creo que no monté ninguna escena exagerada.
—Su expresión se veía preocupada cuando, vacilante, concluyó—: Tú no sabías nada de esto, claro.
—Me alivia y me avergüenza reconocer que no tenía la menor idea —dijo con severidad su abuela.
Tenía la mirada rebosante de acusaciones cuando la posó en la madre de Malta—.
¿Keffria? ¿Sabías lo que tramaba tu hija?
—Antes de que su madre tuviera ocasión de responder, la abuela continuó—: Y si no lo sabías, ¿cómo es posible?
Malta esperaba que su madre rompiera a llorar. Su madre siempre rompía a llorar. Esta vez, en cambio, se giró hacia su hija.
—¿Cómo has podido hacerme esto? —le preguntó—. ¿Y por qué? Oh, Malta, ¿por qué? —Había un tremendo pesar en sus palabras—. ¿No te dije que solo tenías que esperar? ¿Que, cuando llegara el momento, te presentarías como es debido? ¿Cómo se te ha podido ocurrir hacer… algo así? —Parecía desolada.
Malta experimentó un momento de incertidumbre.
—Quería ir al Baile de la Cosecha. Te lo dije.
Una y otra vez, te supliqué que me dejaras asistir.
Pero tú te negabas a escucharme, hasta cuando papá dijo que po-día ir, hasta cuando me prometió que podría ponerme un vestido de verdad.
—Hizo una pausa, esperando a que su madre reconociera esa promesa.
Cuando se limitó a quedarse mirándola, consternada, Malta estalló—: ¡Qué, si te sorprendes es culpa tuya!
Yo solo estaba haciendo lo que papá me había prometido que podía hacer.
Algo se endureció en la expresión de su madre.
—Si tuvieras la menor idea de las ganas que tengo de darte un sopapo ahora mismo, medirías mejor tus palabras, muchacha.
Su madre no le había hablado así nunca. ¡Muchacha, la había llamado, como si fuera una criada!
—Entonces ¿por qué no lo haces? —preguntó Malta con rabia—. ¡Para mí esta velada ya ha sido un desastre en todos los sentidos! ¿Por qué no me pegas una paliza aquí mismo, delante de todos, y acabamos de una vez? —La tragedia de sus planes dados al traste le hacía un nudo en la garganta.
Davad Restart parecía horrorizado.
—De veras, me tengo que ir —se apresuró a decir, y se levantó.
—Oh, Davad, siéntate —respondió con cansancio la abuela—.
Van a traernos el té. Te debemos al menos eso por el rescate de esta noche.
Que no te incomode el dramatismo de mi nieta.
Aunque pegarle una paliza a Malta nos haría sentir mejor a todas llegado este punto, no hemos recurrido nunca a eso…
aún. —Dirigió una tibia sonrisa al mercader Restart e incluso le tomó la mano.
Condujo al rechoncho hombrecillo hasta su silla, y él se sentó como le indicó.
A Malta le revolvía el estómago. ¿No veían acaso lo asqueroso que era ese tipo, con la cara y la calva relucientes de sudor y esa ropa pasada de moda que no le quedaba bien? ¿Por qué estaban dándole las gracias por haberla humillado?
La nana entró en la estancia con una bandeja cargada de enseres para el té. Traía también una botella de oporto bajo el brazo, y una toalla doblada sobre el mismo brazo. Dejó la botella y la bandeja encima de la mesa y se giró para ofrecerle la toalla a Malta. Estaba mojada.
—Límpiate la cara —le soltó la anciana criada.
Todos los adultos la observaron de reojo, antes de apartar la mirada.
Querían concederle la intimidad necesaria para obedecer.
Por un instante se sintió agradecida. Hasta que comprendió lo que le estaban haciendo, diciéndole que se lavara la cara como a una niña mugrienta.
—¡No pienso hacerlo! —gritó, y tiró la toalla húmeda al suelo.
Se hizo un largo momento de silencio. Al cabo, su abuela preguntó, ecuánime:
—¿Te das cuenta de que pareces una puta?
—¡Mentira! —declaró Malta. La asaltó otra duda fugaz, pero la descartó—. Cerwin Trell no parecía encontrarme fea esta noche. Este vestido y este estilo de maquillaje son la última moda en Jamaillia.
—Entre las putas, a lo mejor —continuó implacable su abuela—. Y yo no he dicho que estés «fea». Sencillamente no te ves atractiva de un modo con el que se sentiría cómoda cualquier mujer decente.
—De hecho —comenzó azorado Davad Restart, pero la abuela lo instó a continuar—, ni estamos en Jamaillia ni tú eres una puta.
Eres la hija de una orgullosa familia de mercaderes.
Y nosotros no hacemos ostentación de nuestros cuerpos ni de nuestras caras en público.
Me extraña que no hubieras caído todavía en la cuenta.