Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 18 #4
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Cerwin se colocó delante de ella en actitud protectora.

—No me creo que conozcas a mi hermana —dijo con altanería.

—¡Cerwin! —exclamó con enfado Malta. Clavó la mirada en Delo, tras él—. ¿Qué ha pasado?

Delo consiguió abrir los ojos otra fracción.

—¿Malta? ¿Eres tú?

—Pues claro que soy yo. ¿Es que tu madre cambió de opinión? —Una fea sospecha comenzó a desenrollarse en la mente de Malta—. Has tenido que tomarte medidas. ¡Tenías que saber que no iban a dejarte llevar ningún vestido!

—¡Pensé que no estarías aquí! —se lamentó Delo, desolada, mientras Cerwin Trell preguntaba con voz incrédula:

—¿Malta? ¿Malta Vestrit? —Sus ojos la recorrieron de un modo que ella sabía que era grosero. Grosero o no, consiguió que la recorriera otro escalofrío.

—¿Trell? —Shukor Kev estaba desmontando de su caballo—.

Trell, ¿eres tú? Me alegro de verte. ¿Y esta quién es?

—Su incrédula mirada fue de Malta a Cerwin—.

No puedes traerla al Baile de la Cosecha, amiguito.

Ya sabes que solo es para mercaderes. —Había algo en su tono de voz que hizo que Malta se sintiera incómoda.

Se había detenido otro carruaje. El lacayo estaba teniendo dificultades para abrir la puerta, el pestillo parecía haberse trabado.

Malta intentó no quedarse mirando. Era impropio de una dama.

Pero el lacayo reparó en ella y pareció impresionarse tanto con su aspecto que se olvidó de su tarea.

En el interior del carruaje, un hombre corpulento estrelló el hombro contra la puerta, que se abrió disparada, golpeando casi a Malta.

Y Davad Restart, en todo su torpe y orondo esplendor, por poco no aterrizó rodando en la calle.

El lacayo la había agarrado del brazo a fin de sujetarla, al retroceder Malta deprisa para esquivar la puerta descontrolada.

De no haberla sujetado del brazo, podría haberse apartado sin dificultad y evitado así el desastre.

En cambio, estaba allí plantada cuando Davad recuperó el equilibrio agarrándose a la puerta y pisándole de lleno el dobladillo del vestido.

—Oh, cuánto lo siento, de veras —declaró él con fervor, antes de que las palabras murieran en sus labios al mirarla de arriba abajo. Tal era su transformación que por un momento Malta estuvo segura de que Davad no iba a reconocerla. No pudo resistirse. Le sonrió.

—Buenas noches, mercader Restart —lo saludó. Ensayó una reverencia, que sus largas faldas convirtieron en una complicada proeza—. Espero que se encuentre bien.

Davad seguía mirándola sin comprender. Transcurrido un momento, abrió la boca y graznó débilmente:

—¿Malta? ¿Malta Vestrit?

Llegó otro carruaje para tomar el lugar del de los Trell. Este resplandecía de verde y dorado, los colores de los Territorios Pluviales. Debían de ser los representantes de las familias terrapluvias. El baile daría comienzo en cuanto hubieran ocupado sus asientos.

A su espalda, como un eco, Shukor puso voz a su incredulidad:

—¿Malta Vestrit? ¡No me lo puedo creer!

—Por supuesto. —Malta volvió a sonreír a Davad, disfrutando del asombro con que sus ojos saltaban del collar de su garganta al encaje que espumaba en su busto.

De pronto, el hombre lanzó una mirada furtiva a su espalda.

Malta se giró, pero allí no había nadie.

Maldición. ¡Delo había entrado en el baile sin ella!

Se volvió hacia Davad, pero este estaba mirando desesperadamente alrededor.

Al abrirse la puerta del carruaje de los Territorios Pluviales, la asió con brusquedad por los hombros y la colocó a su espalda, dentro casi de la puerta todavía abierta de su carroza.

—¡Estate quieta! —siseó—. ¡No digas nada!

Davad volvió a girarse e hizo una reverencia al apearse de su carruaje los representantes de los Territorios Pluviales.

Malta espiaba por encima de su hombro. Este año había tres, dos altos y uno bajo; no distinguió nada más, encapuchados y embozados en sus capas como estaban.

La tela oscura de sus capas era algo nuevo para Malta: era negra cuando estaban quietos, pero cualquier meneo desencadenaba una sucesión de centelleantes colores.

El verde, el azul y el rojo resplandecían fugazmente en la oscuridad al menor movimiento.

—Mercader Restart —lo saludó uno. Una voz rasposa de mujer.

—Mercader Vintagli —repuso él, exagerando aún más su reverencia—. Sea bienvenida al Mitonar y al Baile de la Cosecha.

—Vaya, gracias, Davad. Entonces, ¿lo veré dentro?

—Desde luego. En cuanto encuentre mis guantes. Se me han debido de caer al suelo en el carruaje.

—¡Qué despiste el suyo! —lo amonestó ella. Su voz acariciaba peculiarmente las palabras. A continuación siguió el rastro de sus acompañantes.

El estancado aire otoñal hedía al repentino sudor de Restart. En cuanto las puertas del salón se hubieron cerrado tras la familia de los Territorios Pluviales, giró en redondo para encararse con Malta. La agarró de un brazo y la zarandeó.

—¿Dónde está tu abuela? —preguntó. Luego, antes de que tuviera ocasión de contestar, inquirió con el mismo apremio—: ¿Dónde está tu madre?

Debería haber mentido. Podría haber dicho que ya habían entrado o que ella acababa de salir para respirar una bocanada de aire fresco. En vez de eso, se limitó a decir:

—He venido sola. —Apartó la mirada de él, de soslayo, y habló más bajo, de adulto a adulto—. Desde que murió el abuelo, me temo que se han confinado en casa más que nunca. Es tan triste… Pero yo sabía que, si no salía a la calle, me volvería loca. No se imagina lo sombrío que ha sido para mí…

Jadeó cuando él apretó la presa sobre su brazo y tiró de ella hacia el carruaje.

—¡Deprisa! Antes de que te vea nadie más… No habrás hablado con nadie, ¿verdad?

—Eh…, no. Bueno, solo con Delo y su madre. Acababa de llegar, ¿ve?, y… ¡Suélteme! Me está despachurrando el vestido.

La forma en que la metió en el carruaje de un empujón y subió decididamente tras ella la atemorizó y sorprendió.

¿Cuáles eran sus intenciones? Había oído hablar de hombres a los que la pasión y la lujuria impelían a hacer cosas impulsivas, pero ¿Davad Restart?

¡Pero si era un viejo! ¡La idea era demasiado repulsiva!

Davad cerró la puerta de golpe, aunque esta vez se negó a trancarse. La mantuvo sujeta mientras exclamaba:

—¡Conductor! A la mansión Vestrit. Deprisa. —Dirigiéndose a Malta, dijo—: Quédate sentada. Voy a llevarte a casa.

—¡No! Déjeme salir, quiero ir al Baile de la Cosecha. No puede hacerme esto. ¡Usted no es mi padre!

El mercader Restart jadeaba mientras se aferraba a la manilla de la puerta para mantenerla cerrada. El carruaje se puso en marcha con un trompicón y Malta se sentó de golpe.

—No, no soy tu padre —admitió Restart con aspereza—.

Y esta noche le doy gracias a Sa por no serlo, pues estoy seguro de que no sabría qué hacer contigo.

¡Pobre Ronica! Después de todo lo que ha tenido que padecer este año.

¿Te parecía poco que tu tía haya desaparecido sin dejar ni rastro, que tenías que presentarte en el Baile de la Cosecha vestida como una fulana jamaillia?

¿Qué dirá tu padre cuando se entere? —Se sacó un pañuelo enorme de la manga y lo usó para enjugarse la cara sudorosa.

Vestía, observó Malta, los mismos pantalones y chaqueta azules que llevaba poniéndose los dos últimos años.

Su contorno ponía a prueba la tela; a juzgar por el olor a cedro que impregnaba el carruaje, dudaba que hubiera sacado las prendas de su arcón antes de esta noche.

¡Y se atrevía a hablarle de ropa y modas!

—Encargué este vestido a mi medida y para esta ocasión.

Con el dinero que me dio mi padre, además.

Así que me extrañaría que se enfadara por haberlo empleado como él mismo me sugirió.

Lo que quizá le interese más, no obstante, será saber qué se propone usted sacando a su joven hija de la calle y llevándosela contra su voluntad. No creo que eso le agrade.

Hacía años que conocía a Davad Restart y sabía con qué facilidad se acobardaba en cuanto su abuela le plantaba cara. Esperaba que, al menos, a ella le mostrara una pizca de esa misma deferencia. En vez de eso, el mercader la sorprendió bufando:

—Que venga y me lo pregunte, cuando regrese a puerto, y le contestaré que estaba intentando salvar tu reputación.

Malta Vestrit, debería darte vergüenza. Una niña como tú vestida como una vulgar…

Y encima atreviéndote a aparecer en el Baile de la Cosecha.

Rezo a Sa para que no te haya reconocido nadie.

Y nada de lo que digas me convencerá de que tu madre o tu abuela sabían algo de ese vestido ni de tu asistencia al baile, cuando cualquier jovencita decente tendría que seguir de luto por su abuelo.

Podría haber replicado una decena de cosas a eso. Una semana más tarde se le habían ocurrido todas y sabía cómo debería haberlas expuesto. Pero en aquel momento le fallaron las palabras y se quedó sentada en silencio, impotente y furiosa mientras el bamboleante carruaje la acercaba a su casa.

Cuando llegaron, no esperó a Davad Restart, sino que lo hizo a un lado de un empujón para apearse y correr hasta la puerta antes que él.

La mala suerte quiso que una tesela de su falda se enganchara en el borde de la puerta del carruaje.

Oyó el desgarrón y se giró con una exclamación de desesperación, pero ya era demasiado tarde.

La tesela y un palmo de seda verde claro colgaban del marco de la puerta.

Davad le echó una mirada de reojo y lo aplastó al cerrar la puerta.

La adelantó de camino a casa y llamó alto y claro a los criados.

Respondió la nana. ¿Por qué tendría que ser ella? Se quedó mirando a Davad, con suspicacia, antes de fijarse detrás de él en Malta, que le devolvió la mirada furibunda con altanería. Por un instante, la nana se limitó a mantener su expresión de afrenta. Luego soltó un jadeo, horrorizada, y chilló:

—¡Malta! No, no puedes ser tú. ¿Qué has hecho, qué has hecho?