Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 18 #3
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—Oh, no lo dude usted, señorita —dijo con sarcasmo.

Azuzó a su caballo y, mientras el repicar de los cascos del jamelgo se perdía en la noche, Malta experimentó un momento de intranquilidad.

¿Y si no regresaba? No podía ni imaginarse caminando todo el camino de vuelta a casa a oscuras, y mucho menos vestida con un traje largo y en zapatillas.

Descartó ese pensamiento. Nada, no permitiría que nada se interpusiera entre ella y la diversión de esta noche.

Había carruajes aparcando frente a la Explanada de los Mercaderes.

Malta había estado aquí muchas veces, pero hoy el salón parecía más grande e imponente.

El fulgor de las antorchas hacía que el mármol brillara con un tono casi ambarino.

De cada carruaje estaban bajando mercaderes, en parejas o grupos de familiares, todos vestidos con sus mejores galas.

Los elegantes vestidos de las mujeres barrían el pavimentado.

Las muchachas lucían en el pelo las últimas flores del año, y los pequeños se veían curiosos e impecables de puro atildado.

Y los hombres… Malta aguardó en las sombras y los espió casi con avidez mientras se apeaban de los carruajes o desmontaban de sus caballos.

A los padres y abuelos no les dedicaba más que un somero vistazo.

Con la mirada seguía a los jóvenes esposos y a los hombres que a todas luces se adivinaban solteros.

Mientras asistía a su llegada, se preguntó: ¿cómo se elegía, cómo lo sabía una?

Eran tantos los tipos que había y, aun así, una mujer no podía poseer más que uno en toda su vida.

O dos, tal vez, si su marido fallecía joven y la viuda todavía podía engendrar.

Con todo, suponía, si una amaba de veras a su esposo, no esperaría que se produjera tal situación, daba igual cuánto le picara la curiosidad.

Aun así. No parecía justo. Allí, a lomos del caballo negro, frenándolo tan de golpe que los cascos del animal tabalearon sobre el empedrado, estaba Roed Caern.

El cabello le caía sobre la espalda como un torrente negro, tan lustroso como la crin de su montura e igual de indómito.

Sus hombros ponían a prueba las costuras del abrigo hecho a su medida.

Tenía la nariz aguileña y los labios finos, y Delo se estremecía al hablar de él.

«Oh, pero es que es tan cruel…», había dicho con pleno convencimiento, y luego se había limitado a poner los ojos en blanco al preguntarle Malta qué había querido decir.

Los celos le roían el corazón cuando pensaba que Delo sabía esas cosas y ella no.

El hermano de Delo invitaba con frecuencia a sus amigos a cenar en su casa.

Roed era uno de ellos. Ay, por qué no podría ella tener un hermano como Cerwin, que salía a montar y a cazar y tenía amigos apuestos, y no al soso de Wintrow, con sus abolsados hábitos pardos y su barbilla lampiña.

Siguió con la mirada las zancadas de Roed y no se le pasó por alto cómo se detenía con una honda y cortés reverencia para permitir que una joven lo precediera en su entrada al salón.

El marido de la mujer no parecía muy contento con esa galantería.

Llegó otro carruaje más. Perteneciente a la familia de Trentor, por lo que proclamaba el escudo de la puerta.

Los caballos blancos que tiraban de él lucían plumas de avestruz en lo alto del ronzal.

Malta vio cómo se apeaba la familia, con los padres sobriamente vestidos de gris paloma, seguidos de tres hijas sin matrimoniar, todas ellas con tonos de vara de oro y de la mano como si temieran que algún desaprensivo pudiera intentar separar a tan devotas hermanas.

Malta soltó un suave bufido ante sus melindres.

Krion fue el último en bajar. Iba vestido de gris, como su padre, pero la bufanda que llevaba al cuello era de un oro más oscuro que el de sus hermanas.

Esta noche tenía las manos enguantadas de blanco.

Krion siempre llevaba guantes para ocultar sus espantosas cicatrices por un accidente con fuego que había sufrido de pequeño.

Le avergonzaban sus manos y consideraba modestos los poemas que escribía.

Él nunca los leía en voz alta, reservaba esa tarea a sus entregadas hermanas.

Tenía el pelo muy rubio y, de niño, tenía más pecas que un huevo.

Sus ojos eran verdes. Delo le había confiado a Malta que creía estar enamorada de él.

Algún día, decía, esperaba ser ella la que estuviera de pie ante un grupo de amistades selectas leyendo sus últimos versos.

Qué alma tan tierna, había exhalado Delo, para concluir con un suspiro.

Malta lo vio subir los escalones y suspiró a su vez.

Ansiaba estar enamorada. Ansiaba saber más sobre los hombres, hablar con conocimiento de causa de este o aquel, ruborizarse ante la mención de un nombre o fruncir el ceño con severidad ante el escrutinio de unos ojos oscuros.

Su madre se equivocaba, se equivocaba cuando decía que había tiempo de sobra, que esperara a ser mujer.

Los años de ser una mujer capaz de elegir eran demasiado pocos.

Enseguida las mujeres se casaban y se cargaban de bebés.

Malta no soñaba con un marido sólido y una cuna bien abastecida.

Lo que codiciaba era esto: estas noches en las sombras, estos apetitos del alma y la atención de aquellos hombres que no pudieran jactarse de poseerla.

En fin, nada de eso sería suyo si se quedaba escondida en la sombra.

Con decisión, se quitó la capa de los hombros.

Hizo una pelota con ella y la tiró bajo un arbusto para recogerla más tarde.

Deseó casi que su madre y su abuela estuvieran allí, que llegaran en carroza, estar segura de no tener el pelo alborotado, que el carmín de sus labios estuviera bien aplicado y fresco todavía.

Por un instante se imaginó arribar aquí todos juntos, con su apuesto padre ofreciéndole el brazo para escoltarla al salón de baile.

Pero con ese pensamiento se le apareció también la imagen del pequeño y torpe Wintrow trotando tras ellos con su túnica marrón de sacerdote y a su madre con cualquier vestido tan sofocante como austero.

Torció el gesto. No se avergonzaba de su familia.

Le hubiera gustado tenerlos aquí si supieran comportarse y vestir bien.

¿No le había preguntado acaso a su madre, una y otra vez, que la acompañara al baile este año?

Bueno, eso se lo habían negado. Si Malta quería iniciarse en la vida adulta, tendría que hacerlo por su cuenta.

Y sería valiente, permitiendo que su expresión delatara solo un ápice de su tragedia y soledad.

Oh, se mostraría alegre esta noche, risueña y encantadora, pero en un momento de descuido, quizá alguna mirada perspicaz se posara en ella y descubriera el abandono que sufría en casa, ignorada y no valorada por su familia.

Inspiró hondo y encaminó sus pasos hacia la luz de las antorchas y las amplias y tentadoras puertas.

Los caballos que tiraban del carruaje de la familia Trentor se alejaron con un repicar de cascos.

Otro vehículo ocupó su lugar. Los Trell, vio Malta con una mezcla de ilusión y temor.

Delo estaría dentro de esa carroza. Sus padres y su hermano mayor Cerwin, lamentablemente, la acompañarían.

Si Malta los saludaba cuando bajaran, los padres de Delo le preguntarían sin duda dónde estaban mamá y la abuela.

Malta no estaba preparada todavía para afrontar preguntas comprometidas.

Aun así, qué divertido sería entrar del brazo de Delo, dos deslumbrantes jovencitas de los mercaderes del Mitonar presentándose juntas en sociedad.

Se aventuró a acercarse otro paso. Si los padres y el hermano de Delo la precedían, cabía la posibilidad de chistar a Delo y pedirle que la esperara.

Tal y como Malta pensaba, los padres de Delo fueron los primeros en apearse.

Su madre estaba radiante, vestida de azul marino, con sencillez.

El cuello del vestido dejaba al descubierto su cuello y sus hombros, salvo por una sencilla cadenita de plata ensartada de gemas perfumadas.

Cómo deseaba Malta que su madre apareciese, aunque fuera una sola vez, igual de elegante.

Hasta el escondite desde donde espiaba llegaba la fragancia de las piedras.

La madre de Delo tomó el brazo de su padre, alto y delgado.

Su chaqueta de lino y sus pantalones también eran azules, a juego con el vestido de su mujer.

Subieron los escalones que conducían al salón como seres de leyenda.

Tras ellos, Cerwin aguardaba impaciente a que Delo bajara del carruaje.

También su abrigo y sus pantalones eran azules, como los de su padre, con las botas de un negro resplandeciente.

Lucía un solo pendiente de oro en una oreja, y llevaba el pelo negro osadamente rizado en largos bucles.

Malta, que lo conocía de toda la vida, sintió un curioso estremecimiento en la barriga.

Nunca le había parecido tan atractivo. Ansiaba asombrarlo con su presencia.

En vez de eso, fue ella la asombrada cuando Delo apareció al fin en la puerta del carruaje.

Su vestido era del mismo color que el de su madre, pero ahí se acababa el parecido.

Llevaba el cabello trenzado en una corona adornada con flores recién cortadas, y un volante de encaje remataba sus faldas cortas casi hasta la mitad de la pantorrilla.

Más encaje a juego ribeteaba su cuello alto y sus puños. No lucía ninguna joya.

Malta no se pudo contener: se abalanzó sobre Delo como un espíritu vengador.

—¡Pero si me dijiste que este año te ibas a poner un vestido! Me dijiste que tu madre te lo había prometido —saludó a su amiga—. ¿Qué ha pasado?

Delo la miró compungida. Luego, la sorpresa le hizo abrir los ojos de par en par y quedarse boquiabierta. No logró articular ningún sonido.