Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 18 #2
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Introducir a escondidas el envoltorio de papel con el vestido y ocultarlo con éxito no solo de mamá, sino también de la nana, había sido toda una proeza de temple y creatividad.

Esa vieja ya no tenía bastantes cosas que hacer.

Ahora que Selden era ya mayorcito para tutores y no hacía falta que lo tuvieran vigilado a todas horas, era como si la nana se dedicara a espiar a Malta.

Todo el tiempo que se pasaba «recogiendo» el cuarto de Malta no era sino una excusa para husmear en sus cosas.

La nana estaba siempre haciéndole preguntas que no eran de la incumbencia de la vieja criada.

«¿De dónde ha salido ese perfume? ¿Sabe tu madre que has ido a la ciudad con esos pendientes?

». Al final, la solución había sido sencilla.

Le encargó a Rache que guardara en su habitación el vestido envuelto, las joyas y las zapatillas.

Su abuela había instalado recientemente a Rache en una barraca entera para ella sola, con vistas al jardín del estanque.

No sabía qué había hecho Rache para merecer este espacio privado, pero a Malta le resultó útil que lo tuviera.

A nadie le extrañaba que pasara tanto tiempo con Rache.

Al fin y al cabo, ¿no estaba enseñándole la esclava a bailar, a caminar erguida y a mantener la etiqueta?

No dejaba de tener su gracia, naturalmente, que una esclava supiera todas esas cosas.

Delo y Malta se gastaban no pocas bromas al respecto en los raros momentos que pasaban a solas.

Delo, claro está, pensaba ahora que ya era demasiado adulta y femenina para compartir su tiempo con una simple niña como Malta.

Bueno, eso cambiaría en cuanto ella hiciera su aparición en el Baile de la Ofrenda de la Cosecha.

También había sido Rache la que la ayudó a vestirse la noche del baile.

Malta no le había avisado con antelación.

Eso le hubiera dado a la esclava demasiado tiempo para meditar las cosas y correr a delatarla ante su abuela o su madre.

En vez de eso, se había presentado sin avisar en la barraca de Rache y le había pedido el paquete.

Le había pedido a Rache que la ayudara a vestirse y la mujer había accedido con una extraña sonrisa.

Ahora comprendía Malta hasta qué punto podía ser útil una esclava obediente.

Una vez ceñida por el vestido, se sentó ante el propio espejito de Rache para ponerse las joyas una por una, antes de maquillarse meticulosamente los labios y los ojos.

Tal y como le había enseñado la costurera, delineó el filo de sus orejas y lóbulos con el mismo color que sus pestañas.

El efecto era exótico y seductor al mismo tiempo.

La esclava parecía muy asombrada por lo que estaba haciendo.

Probablemente la sorprendía descubrir semejantes artes de mujer en Malta.

Cuando el shimshay que Malta había llamado con anterioridad se detuvo ante su puerta, Rache pareció alarmarse solo un poco.

¿Y adónde iba la señorita? A pasar la velada en casa de Kitten Shuyev, le dijo Malta.

Los padres de Kitten habían organizado un espectáculo de títeres para que ella y su hermano pequeño se entretuvieran mientras ellos asistían al Baile de la Cosecha.

Era de dominio público que Kitten sufría fuertes dolores en un tobillo desde que su poni la descabalgara.

Malta planeaba hacerle una visita y darle ánimos.

Puesto que ambas debían perderse el Baile de la Cosecha, bien podían hacerlo juntas.

Malta había depositado plena confianza en sus despreocupadas mentiras.

Rache se había dejado engañar por completo, asintiendo, sonriendo y diciendo que no dudaba de que Kitten fuera a agradecer el entretenimiento.

La única molestia era la capa oscura de invierno que tenía que llevar encima del vestido en el trayecto hasta el Baile.

No pegaba con aquella tela tan exquisita.

Pero sería impropio dejar que el polvo de la calle le ensuciara el vestido y tampoco deseaba que nadie la viera antes de hacer su aparición en la gala.

Llegar en shimshay al baile no era muy ortodoxo.

El resto de asistentes se presentaría en carruaje o a lomos de sus corceles más ostentosos.

En fin, no podía hacer nada al respecto.

Su corcel más ostentoso era el poni regordete que compartían Selden y ella.

En vano había rogado por un caballo propio.

Como de costumbre, su madre había dicho que no, que si quería dedicar el tiempo necesario para aprender a montar bien, podía practicar con su yegua.

La yegua de su madre tenía más años que Malta.

Aunque hubiera querido usar la jaca, resultaría de todo punto imposible salir a caballo de los establos a esta hora sin que la noticia llegara a oídos de su madre.

Además, dada la vaporosa naturaleza de sus faldas, no creía que cabalgar fuera la opción más decorosa.

Pero a pesar de todo, a despecho de la pesada capa de invierno que le empañaba el rostro de transpiración en esta noche apacible, pese a la cancioncilla obscena que el conductor del shimshay parecía encontrar humorística, obviando la certeza de que su madre se pondría furiosa cuando se enterara de todo, aquello era de lo más emocionante.

—Lo estoy haciendo. Lo estoy haciendo de verdad —exhalaba para sí una y otra vez.

Haberse plantado por fin y empuñado las riendas de su vida le producía una embriagadora sensación de poder.

No se había dado cuenta de lo harta que estaba de vivir en casa y ser la niñita de su madre, siempre tan sobria, protectora y cabal.

Nunca hacía nada que la gente no esperara de ella.

El año pasado, cuando su abuelo agonizaba, la casa había sido el lugar más aburrido de la tierra.

Aunque no es que alguna vez hubiera sido trepidante.

No como los hogares de otras personas. Otras familias de mercaderes celebraban reuniones en sus casas, y no solo de gente del gremio.

Algunos daban la bienvenida a los recién llegados y sus familias.

En cierta ocasión los Beckert habían pasado toda una noche de diversión con una cuadrilla de malabaristas contratada por cierta familia de recién llegados.

Polia Beckert se lo había contado todo al día siguiente, cómo los muchachos que integraban la compañía se cubrían con poco más que una tira de tela sobre la entrepierna y cómo habían hecho malabarismos con fuego, cuchillos y bolas de cristal.

En el hogar de los Vestrit nunca había nada parecido.

La abuela solía acoger a algunas viejas damas mercaderes, pero lo único que hacían era sentarse en una sala y bordar juntas y dar sorbitos de vino y hablar de cómo antes todo era muchísimo mejor.

Y ni siquiera ellas habían ido durante mucho tiempo.

Cuando la enfermedad del abuelo se agravó, la abuela dejó de invitar a nadie a la casa.

Durante la mayor parte de un año todo había sido silencio, monotonía y habitaciones en penumbra.

Madre había dejado incluso de tocar el arpa por las tardes…

y no es que Malta lo hubiera echado de menos.

Siempre que mamá se ponía a tocar, intentaba enseñarle las notas.

Apoltronarse pellizcando cuerdas de arpa no era la idea que tenía Malta de pasar una velada interesante.

—¡Pare aquí! —le siseó al conductor del shimshay, y luego más alto—: No. Aquí. ¡Deténgase aquí! Caminaré hasta la puerta. ¡He dicho que iré andando, idiota!

Habían llegado casi al círculo de luz que proyectaban las antorchas antes de detenerse.

Y el hombre tuvo la desfachatez de reírse de su enfado.

Le pagó lo que costaba el viaje y ni un penique más.

Que se riera de eso. El conductor se vengó al no ofrecerle la mano para que se apeara.

Bueno, no le hacía falta su mano, era joven y ágil, no una anciana decrépita.

Se pisó un poco el dobladillo del vestido al bajar, pero no tropezó ni lo desgarró.

—Vuelva a buscarme a medianoche —le ordenó Malta.

Eso significaría abandonar el Baile de la Cosecha antes de tiempo, pero, aunque le diera rabia admitirlo, tampoco quería poner demasiado a prueba la paciencia de su madre.

Un exceso y también la abuela podría sentirse ofendida en su autoridad.

Además, la ofrenda siempre tenía lugar poco después de medianoche, y a Malta nunca le había hecho gracia esa parte de la fiesta.

Le parecía demasiado macabra. Un año, cuando Malta solo tenía siete, el representante de los Territorios Pluviales se había quitado la máscara para la ofrenda.

Malta se había sentido consternada al ver su cuerpo.

Era como si un niño hubiera empezado siendo humano, pero al crecer hubiera superado los límites del cuerpo humano, desarrollando huesos extraños, un peso insólito, carne que podría rodear unos órganos desconocidos para el cuerpo humano.

Se había quedado atónita cuando su abuelo le estrechó las manos y lo llamó «hermano».

Su abuelo había dejado personalmente la ofrenda de su familia en manos del hombre de los Territorios Pluviales.

Durante muchas noches después de aquello, cuando la imagen del terrapluvio le producía pesadillas, se había consolado pensando en lo valiente que era su abuelo.

No tenía por qué temer a ese tipo de monstruos.

Aun así…—: A las doce de la noche en punto —repitió.

El conductor echó una significativa mirada a las contadas monedas que tenía en la mano.