18
Malta
Todo hubiera salido bien de no ser por ese gordo idiota de Davad Restart.
Malta había encontrado el dinero debajo de su almohada la mañana en que su padre partió para hacerse a la mar.
Reconoció su apretada caligrafía, idéntica a la de las misivas que recibía su madre ocasionalmente cuando su padre estaba lejos por asuntos de negocios.
«Para mi hija, ya no tan pequeña —había escrito papá—.
La seda verde te pegaría más». Dentro de la suave bolsita había cuatro monedas de oro.
No estaba segura de lo que valían; eran monedas extranjeras, de una isla que visitaba su padre en sus viajes.
De lo que había estado segura Malta al instante era de que bastarían para pagar el vestido más suntuoso que el Mitonar hubiera visto jamás.
En los días siguientes, cada vez que le surgían dudas, tomaba la nota y la releía y se aseguraba que contaba con el permiso de su padre para hacer esto. No solo con su permiso, sino con su ayuda: el dinero era prueba de ello. Con su complicidad, que diría su madre más tarde, enfadada.
Qué predecible era su madre. Igual que su abuela.
Esta había declinado asistir al Baile de la Fiesta de la Cosecha, alegando como motivo el luto por el abuelo.
Y esa era la excusa que necesitaba su madre para decirle que ningún miembro de la familia Vestrit asistiría al baile.
Y por consiguiente, añadió, de nada servía discutir por vestidos, atuendos ni indumentarias.
Ahora le había pedido a Rache que le diera clases de danza y estaban buscando un buen profesor de etiqueta.
Entretanto, Rache la ayudaría también con esas clases.
Y eso era más que suficiente para una jovencita de su edad.
La severidad en el tono de su madre la había sorprendido. Cuando Malta tuvo el valor de protestar: «Pero mi padre dijo…», su propia madre se había vuelto hacia ella con algo parecido al odio en la mirada.
—Tu padre no está aquí —había señalado con voz glacial—.
Yo sí. Y sé lo que es adecuado para una muchacha del Mitonar.
Como deberías saberlo tú. Malta, hay tiempo más que de sobra para que te comportes como una mujer.
Es natural que sientas curiosidad por estas cosas, como también lo es que desees bonitos vestidos y maravillosas noches de baile con jóvenes apuestos.
Pero el exceso de curiosidad y entusiasmo…
, en fin. Podrías terminar yendo por el mismo camino que tu tía Althea.
Así que confía en mí. Seré yo quien te diga cuándo ha llegado el momento adecuado para estas cosas.
También sé que en la Fiesta de la Cosecha hay mucho más que vestidos de gala y jovencitos de mirada deslumbrante.
Soy una mujer del Mitonar, además de una mercader del Mitonar, y sé de estas cosas.
No como tu padre. Así que olvídate de esto o perderás lo que has conseguido.
A continuación, su madre se había levantado hecha una furia de la mesa del desayuno, sin darle tiempo para disentir.
No es que lo hubiera hecho. Había decidido que no tenía sentido discutir.
Así solo conseguiría aumentar el recelo y la vigilancia de su madre.
No tenía sentido dificultarse aún más la tarea.
Su padre le había sugerido seda verde y, por suerte, había un buen surtido de ella en el cofre de mar de la tía Althea.
Llevaba deseando averiguar qué había ahí dentro desde que llegó a la casa, aunque su madre le había advertido cansinamente que no era nada de su incumbencia.
Pero no estaba cerrado con llave —la tía Althea nunca se acordaba de cerrar nada con llave— y, puesto que estaba claro que ya no iba a utilizarla, Malta no le veía ningún sentido a permitir que la preciosa tela se quedara allí deslustrándose.
Además, empleando ese paño le quedaría más dinero que gastar en una buena modista.
Solo estaba siendo ahorrativa. ¿Acaso no le había dicho su padre que esa era una cualidad apreciable en una mujer?
De Delo Trell Malta obtuvo el nombre de un buen sastre.
Le daba vergüenza tener que preguntar a su amiga, pero incluso en esa cuestión tan importante su madre y su abuela eran muy anticuadas.
Casi todos sus vestidos seguían confeccionándose en casa, con la nana midiendo, cortando y cosiendo, y a veces hasta mamá y la abuela ayudaban con sus propias manos en las labores de costura y arreglo.
Por eso nunca tenían nada que fuera el último grito en Jamaillia.
No. Oh, claro que a veces veían algo que les gustaba en el Baile o la Presentación, y luego copiaban el patrón en el siguiente vestido que hacían.
Pero eso era lo que sería siempre: una copia.
Nadie se quedaba nunca deslumbrado por lo que llevaba cualquiera de las Vestrit en las reuniones sociales.
Nadie rumoreaba sobre ellas ni escondía la cabeza tras su abanico para susurrar con envidia.
Eran demasiado respetables. Y demasiado aburridas.
Pues bien, Malta no tenía la menor intención de ser tan seria como su matronal progenitora ni tan marimacha como la salvaje de su tía Althea.
Ella aspiraba a ser mágica y misteriosa, tímidamente recatada e inescrutable, aunque osada y extravagante al mismo tiempo.
Le había costado transmitir todo eso a la costurera, una mujer decepcionantemente anciana que chasqueó la lengua al ver la seda verde que le llevaba.
—Biliosa —había dicho, meneando la canosa cabeza—. Te hará parecer biliosa. Rosas, rojos y naranjas. Esos son tus colores. —Su fuerte acento de Durja hizo que sonara como una sentencia.
Malta frunció los labios y no dijo nada. Su padre era un mercader que había visto el ancho mundo. Sin duda, él sabía qué colores les quedaban mejor a las mujeres. A continuación, Fayla procedió a tomarle interminables medidas, sin dejar de mascullar con la boca llena de alfileres.
Cortó y colgó formas de papel de Malta, sin prestarle la menor atención cuando la chica protestó arguyendo que el cuello parecía demasiado alto y las faldas, demasiado cortas.
A la tercera objeción de Malta, Fayla Cart se había escupido el puñado de alfileres en la mano y le había lanzado una mirada furibunda.
—¿Es que quieres parecer una marrana? ¿Una marrana biliosa? —inquirió.
Malta negó con la cabeza sin hablar mientras intentaba imaginarse cómo sería una marrana biliosa.
—Pues entonces escúchame. Te coso un vestido bonito, elegante. Un vestido por el que tu mamá y tu papá se alegren de pagar. ¿De acuerdo?
—Pero… he traído dinero para pagar. Mi propio dinero. Y quiero un vestido de mujer, no un trajecito de niña. —A cada palabra, el valor de Malta aumentaba.
Fayla Cart se levantó despacio, masajeándose la espalda.
—¿Un vestido de mujer? Bueno, ¿quién se va a poner esto, una mujer o tú?
—Yo. —Malta se obligó a mantener la voz firme.
Fayla se rascó la barbilla. Allí le estaba saliendo un pelo de una verruga. Sacudió la cabeza.
—No. Eres demasiado joven. Así parecerás una boba. Escúchame, yo te hago un vestido bonito. Ninguna niña tendrá uno parecido, todas se te quedarán mirando, tirarán de las faldas de sus madres y murmurarán sobre ti.
Sin previo aviso, Malta se arrancó las siluetas de papel de encima y pasó por encima de ellas.
—No me apetece que las «niñas» se me queden mirando —dijo orgullosa—. Que tengas un buen día.
Y salió de la tienda, con la seda verde bajo el brazo, y bajó la calle hasta encontrar otra modista, una que la escuchara.
Intentó no preguntarse si Delo Trell la habría enviado a propósito a ver a esa vieja tan horrible, si no pensaría que Malta debería seguir llevando las falditas almidonadas de una chiquilla.
Últimamente habían empezado a subírsele los humos, como si quisiera sugerir que había muchas cosas que Malta, la pequeña Malta, no podía comprender ahora sobre su vida.
¡Como si no fueran compañeras de juego desde que empezaron a andar!
La joven costurera que eligió Malta lucía sus faldas como si fueran bufandas de seda, pegándose a sus piernas e insinuándolas.
No puso objeciones al color de la tela ni intentó enterrarla bajo una montaña de papeles.
En vez de eso, le tomó las medidas con rapidez y habló de cosas como mangas de mariposa y de cómo una caída de encaje podía prestar voluptuosidad al busto aún en vías de desarrollo de una mujercita.
Malta supo entonces que había elegido bien, y poco menos que voló de vuelta a casa con la historia de no haber encontrado un shimshay libre para excusar su tardanza.
De aquella decisión de encontrar su propia modista había salido toda su buena fortuna.
La mujer tenía un primo que confeccionaba zapatillas; envió a Malta a verlo cuando vino para el segundo arreglo del vestido.
Y le harían falta joyas, le recordó Territel.
Le hizo ver que la autenticidad de la pedrería no era tan importante como el efecto que creaba con sus brillos y destellos.
El cristal cortado serviría lo mismo que gemas de verdad, y así su presupuesto le permitiría piezas más grandes y rutilantes.
Tenía además otra prima, que vino a enseñarle sus productos a Malta durante la cita para el tercer ajuste.
Cuando Malta regresó de la última sesión de arreglos, las zapatillas y las piedras preciosas estaban listas para recoger a su vez.
Y Territel tuvo la amabilidad de enseñarle a pintarse los labios y los ojos a la última moda, e incluso le vendió algunos de sus polvos y colores para la piel.
La mujer no podría haber sido más atenta.
—Tener lo que soñaba bien vale hasta la última moneda —le dijo Malta, que le dio encantada la bolsita de oro que le había proporcionado su padre. Eso había sido apenas dos días antes de la Fiesta de la Cosecha.