Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 17 #6
55%

17 #6

—Era Rey —dijo Etta en voz baja, con los labios hinchados—.

Lo conocía bien. —Tomó aliento—. Todos estos eran hombres de la Zorra de los Mares.

—Señaló al hombre cuya cabeza había aplastado contra el suelo—.

Ese era su capitán. Skelt. —En voz más baja, añadió—: No paraban de decir que te enseñarían que cada pirata es su propio rey.

Que no te necesitaban y que no podrías gobernarlos.

—Eso hace seis —observó asombrado uno de los marineros de Kennit—. El capitán ha podido con seis hombres él solo.

—¿Cuántos había en la calle? —preguntó con curiosidad Kennit mientras volvía a enfundar el cuchillo que le dio Sorcor.

—Cuatro. Iban a ser diez contra ti. Valientes cabrones, ¿eh? —comentó pesadamente Sorcor.

Kennit se encogió de hombros.

—Si quisiera asegurarme de matar a alguien, yo haría lo mismo.

—Dedicó una sonrisita a Sorcor—. Aun así, han perdido.

Diez hombres. Mira el miedo que me tenían para desear tanto mi muerte.

—Su sonrisa se ensanchó—. Poder, Sorcor.

Otros hombres ven cómo lo amasamos. Este atentado no es sino la prueba de que estamos avanzando hacia nuestro objetivo.

—Reparó en las miradas de sus hombres—. Y nuestra tripulación con nosotros —dijo tranquilizadoramente, y exhibió su sonrisa a su alrededor, asintiendo.

Los cinco piratas y Sorcor sonrieron a su vez.

Sorcor guardó su espada.

—Bueno. ¿Y ahora qué? —preguntó con voz ronca.

Kennit pensó un momento. Señaló a sus hombres.

—Tú y tú. Juntos. Haced el circuito de las tabernas y los prostíbulos.

Encontrad a nuestros compañeros de tripulación y prevenidles.

Con discreción. Sugiero que esta noche será más seguro para todos dormir a bordo, con una fuerte guardia apostada.

Sorcor y yo haremos eso mismo. Pero no antes de dejarnos ver por la ciudad, vivos y enteros.

Y os advierto a todos: no fanfarroneéis con esto.

Esto no ha sido nada, ¿entendido? No es ni siquiera una anécdota digna de contar.

Que lo cuenten otros por nosotros; así la historia se propagará más deprisa.

—Los hombres asintieron, intercambiando sonrisitas resabiadas—.

Tú y tú. Nos acompañaréis a Sorcor y a mí mientras nos paseamos por ahí, pero no estaréis con nosotros.

¿Lo entendéis? Guardadnos las espaldas y escuchad lo que diga la gente en las mesas.

Escuchad y recordad, porque quiero que luego me lo contéis con pelos y señales.

Asintieron para indicar que lo comprendían. Kennit paseó la mirada por la habitación. Había otra cosa que debería hacer aquí, algo que quería hacer antes. Etta lo observaba en silencio. Un rubí diminuto brillaba en el lóbulo de su oreja.

—Oh, y tú —señaló al último hombre—. Ocúpate de mi mujer.

El marinero se puso rojo primero, palideció después.

—Sí, señor. Eh, ¿cómo, señor?

Kennit sacudió la cabeza, contrariado. Tenía cosas que hacer y lo molestaban con detalles.

—Oh, acompáñala al barco. Déjala en mi camarote para después.

Si en la ciudad consideraban que Etta era su mujer, tendría que alejarla de manos indiscretas. No debía aparentar ninguna vulnerabilidad. Frunció el ceño.

¿Eso era todo? Sí.

Etta retiró la sábana del último cadáver.

Con la espalda recta como una reina, se echó la tela manchada de sangre sobre los hombros.

Kennit escudriñó la estancia una última vez, antes de fijarse en las sonrisas de orgullo e incredulidad de sus hombres.

Hasta Sorcor sonreía. ¿Por qué? Ah. La mujer.

Cualquiera hubiera pensado que semejante carnicería le hubiera quitado el hambre de ella.

Que lo creyeran no ensalzaba su virilidad a sus ojos.

No era la lujuria lo que lo motivaba; no encontraba excitantes las magulladuras en una mujer.

Pero su supuesta pasión por ella era lo que admiraban.

Bueno, en ese caso, que pensaran lo que quisieran.

Volvió a mirar al hombre que se había ruborizado.

—Ocúpate de que tenga agua caliente para bañarse. Que coma. Y búscale también ropa adecuada. —Suponía que esto significaba que tendría que tenerla en su camarote. Por lo menos que estuviera aseada, entonces.

Sus ojos se encontraron con los de Sorcor.

—Venga, ya tenéis las órdenes —soltó su segundo de a bordo a los hombres—. ¡Moveos!

Una ronda de síes y sus dos mensajeros se apresuraron a correr escalera abajo.

El hombre asignado a Etta cruzó la habitación, dudó con azoramiento y la levantó en brazos como si fuera una niña grande.

Para sorpresa de Kennit, Etta se recogió agradecida contra él.

Kennit, Sorcor y sus guardias empezaron a bajar las escaleras, seguidos del hombre que cargaba con Etta.

En el rellano se encontraron con Bettel.

Esta manoteó el aire ante ella mientras exclamaba:

—¡Oh! ¡Estás vivo!

—Sí —ratificó Kennit.

Con su siguiente aliento, Bettel exclamó airada:

—¿No pensarás que vas a sacarla de aquí?

—Sí —respondió Kennit por encima del hombro mientras seguía descendiendo.

—¿Y qué pasa con todos esos cadáveres? —chilló Bettel a su espalda mientras salían de su casa.

—Esos te los puedes quedar —replicó Kennit.

Etta agarró la puerta principal con la mano mientras su portador trasponía el umbral. La cerró de golpe tras ellos.