17 #5
Kennit barrió la estancia de un vistazo.
Había otro hombre sentado con estudiada compostura en su silla delante del fuego.
Sostenía un vaso de vino claro en una mano, pero era lo bastante prudente como para mantener la mano apoyada en la espada desenvainada que le cruzaba las rodillas.
Etta estaba tirada en la cama, desnuda. Tanto la mujer como las sábanas se veían manchadas de sangre.
—Ah. El rey Kennit ha venido a visitar a su dama —comentó con languidez el hombre que allí estaba sentado. Señaló a la prostituta con su vaso—. No creo que pueda recibirte en estos momentos. Los entretenimientos del día la han dejado… indispuesta.
Se proponía distraerlo y estuvo a punto de lograrlo. Se sentía angustiado. No. Furioso. Esta cámara tan limpia y agradable, la relativa seguridad de la casa de Bettel había sido profanada. Ya nunca sería capaz de relajarse ahí. ¡Bastardos!
Una parte de él era consciente de los gritos procedentes de la calle.
Venían más. Tendría que acabar enseguida con este y encargarse luego del de la silla.
Pero mientras hacía valer su brazo, más largo, el irreverente se levantó y se acercó a Kennit con su espada.
Ese, al menos, no era tan estúpido como para creer que el juego limpio y el asesinato tenían algo en común.
Tampoco Kennit era tan estúpido como para creer que tenía alguna posibilidad frente a dos espadas.
Deseó no haber dejado su cuchillo dentro del otro hombre.
Qué momento más estúpido para morir, se dijo mientras detenía una estocada con su espada y desviaba la otra con el brazo.
Agradeció que la gruesa tela de su manga absorbiera casi todo el impacto.
Al ver cómo debía defenderse, su atacante pasó de inmediato a infligirle cortes renunciando a perforar.
Kennit inició una constante y preocupada retirada de ambas hojas, sin tiempo para hacer nada salvo defenderse y evadirse.
Los otros dos hombres se reían e intercambiaban voces de ánimo mientras luchaban, pullas acerca de reyes, esclavos y putas.
No los escuchaba, no podía escucharlos, un momento de distracción le supondría la muerte.
Toda su atención se volcaba en las dos espadas y en los hombres que las esgrimían.
Era hora de tomar una decisión, admitió torvamente.
«¿Hago que me maten ahora, deprisa, o sigo peleando hasta no poder seguir defendiéndome tan bien, para que puedan jugar al gato y el ratón? ».
Se sobresaltó igual que ellos cuando el edredón acolchado voló por los aires y envolvió a uno de ellos.
Mientras pugnaba por quitárselo de encima, el resto de la ropa de cama siguió enseguida su ejemplo, mullidas almohadas rellenas de plumón, ondeantes sábanas que envolvían las armas de sus enemigos y se les enredaban en los pies.
Una sábana se posó sobre uno de los hombres, cubriéndolo como si fuera un cadáver ambulante.
Qué apropiado, pensó Kennit con una sonrisa.
La espada de Kennit atravesó la mortaja de lino y, al retirarse, se abrió en ella una gran flor escarlata.
Etta, entre maldiciones y alaridos, amasó una inmensa brazada de colchón de plumas y se abalanzó con él sobre el último atacante.
Kennit no tardó en cerciorarse de que el hombre al que había herido ya no iba a levantarse.
Cuando se dio la vuelta, Etta había encontrado la cabeza del otro hombre bajo la manta y estaba machacándola contra el suelo.
El colchón amortiguaba sus gritos mientras bregaba por zafarse de la trampa.
Kennit lo apuñaló varias veces con indiferencia y luego, sin aliento, hundió la espada donde consideró que debía de estar el corazón del hombre.
Cesaron los pataleos bajo las mantas. Etta continuó aporreando el suelo con su cabeza.
—Creo que ya puedes parar —señaló Kennit.
Así lo hizo ella, abruptamente, pero el sonido continuó.
Ambos se giraron hacia los pasos que atronaban en las escaleras.
Etta, desnuda en cuclillas sobre su víctima, parecía tan salvaje como una gata montesa, enseñando los dientes sin darse cuenta ante el sonido.
Kennit sorteó la mezcolanza de cadáveres y ropa de cama para asegurar la puerta.
Intentó cerrarla de golpe, pero el cadáver del primer hombre estaba en medio.
Se agachó para quitar el cuerpo, y antes de que pudiera cerrar la puerta, esta se abrió de par en par tan de repente que rebotó contra la pared.
Kennit la agarró antes de que pudiera aplastarle la cara a Sorcor.
Este tenía la cara colorada a causa de la carrera, al igual que los hombres que irrumpieron en el cuarto detrás de él.
—Un viejo —jadeó—. Vino al barco. Dijo que podrías estar en problemas aquí.
—Esa sí que fue una pizca de plata bien empleada —observó una vocecita.
Sorcor miró a Etta de reojo, pensando que era ella la que había hablado, antes de apartar recatadamente la vista de la vapuleada mujer en cueros.
Etta se irguió tambaleándose. Espió a los otros hombres observándola y se agachó con torpeza para tirar de la esquina de una manta con la que cubrirse.
Se reveló una mano masculina y un brazo que se desplomó inerte en el suelo.
—Problemas —dijo Kennit con tono seco—. Algo así. —Envainó su espada e indicó el cadáver de la puerta—. Pásame el cuchillo, por favor.
Sorcor se puso en cuclillas para desclavarlo del hombre.
—Tenías razón —observó sin necesidad—. Están hablando mal de nosotros en la ciudad, y lo que hacemos irrita a algunas personas. ¿No es este Rey? ¿De la Zorra de los Mares ?
—No lo sé —admitió Kennit—. No se presentó. —Se inclinó y apartó un poco las sábanas que cubrían a los demás hombres.