17 #4
Uno de los holgazanes estalló de pronto en carcajadas, un bramido inflamado de whisky que consiguió que sus compañeros empezaran a reírse a su vez por lo bajo.
Descerebrados. Encaró los escalones con paso vivo, pensando que la música sonaba más alta esta noche, más frágiles las notas.
Una vez dentro soportó los servicios del criado, asintiendo sucintamente para indicar su satisfacción antes de pasar a la cámara interior.
Allí, por fin, encontró tantas cosas que escapaban a la rutina que se sintió impelido a rozar apenas la empuñadura de la espada que colgaba de su cinturón.
Había demasiada gente en la sala. Los clientes no se demoraban aquí.
Bettel no lo permitía. Si uno venía a pagar por una prostituta, podía llevarse su compra a un cuarto privado para disfrutar a su antojo.
Este no era un burdel de mala muerte para marineros, donde se podía sobar y catar la mercancía antes de comprarla.
Bettel regentaba una casa seria, digna y discreta.
Pero esta noche el hedor del cindin impregnaba el aire, y los hombres languidecían insolentes en las sillas donde, por lo general, se exhibían las muchachas.
Las prostitutas que quedaban en la estancia estaban de pie o sentadas en el regazo de alguien.
Sus sonrisas parecían más quebradizas, su risa más forzada, y Kennit se fijó en la rapidez con que sus ojos buscaban a la misma Bettel de hito en hito.
Esta vez sus rizos negros se habían domado en tirabuzones.
Colgaban tiesos y lustrosos. Pese a sus capas de polvos, una neblina de sudor brillaba en su frente y su labio superior, y el tufo a cindin saturaba su aliento.
—¡Capitán Kennit, querido! —lo saludó con su afectuosidad artificial. Se acercó a él, con los brazos extendidos como si se propusiera abrazarlo. En el último momento los dejó caer para enlazar entusiasmada las manos ante sí. Tenía las uñas doradas—. ¡Espera a ver lo que tengo para ti!
—Preferiría no tener que esperar —repuso Kennit, irritado. Su mirada recorrió la sala.
—¡Porque sabía que vendrías, ves! —continuó perorando ella—.
Oh, nos enteramos al instante, cada vez que toca puerto la Marietta .
Y en Mentecacia hemos oído todos los relatos de tus aventuras.
No es que fuéramos a entusiasmarnos menos si decidieras regalarnos los oídos con tu versión.
—Batió en su dirección las pestañas pobladas y se masajeó los senos hacia delante contra los confines de su vestido.
—Ya sabes cuáles son mis planes de costumbre —le señaló él, pero ella le había agarrado la mano y amenazaba con engullirla en su busto mientras la apretaba cariñosamente contra sí.
—¡Oh, tus planes de costumbre! —exclamó risueña—. Al diablo con lo de costumbre, capitán Kennit, querido. No es eso lo que viene a buscar un hombre a la casa de Bettel, lo «de costumbre». Ahora acompáñame y verás. Espera a ver lo que te tengo reservado.
Había al menos tres hombres en la sala que estaban siguiendo su conversación con más atención de lo que parecía cortés.
Ninguno de ellos, se fijó Kennit, parecía complacido mientras Bettel lo arrastraba hasta una alcoba iluminada por velas fuera del salón principal.
Curioso y precavido, echó un vistazo adentro.
O bien era una recién llegada, o bien había estado ocupada en sus anteriores visitas.
Era preciosa, si a uno le gustaban las mujeres menudas y pálidas.
Tenía grandes ojos azules en un rostro en forma de corazón con las mejillas pintadas de rosa, de rojo los pequeños labios carnosos.
Su cabello dorado, corto, estaba arreglado en apretados ricitos que le rodeaban la cabeza entera.
Bettel la había vestido de azul celeste, y engalanado con joyas de oro.
La joven se levantó de los cojines teselados en que estaba sentada y le sonrió con dulzura.
Nerviosa, pero con dulzura. Le habían sombreado los pezones de rosa para que resaltaran mejor bajo la pálida gasa de su vestido.
—¡Para ti, capitán Kennit! —ronroneó Bettel—. Dulce como la miel y tan bonita como una muñeca. Y nuestra habitación más grande. Bueno, ¿quieres cenar primero, como de costumbre?
Kennit le sonrió.
—Sí, sí quiero. Y en mi cuarto de costumbre, con mi mujer de costumbre a los postres. Yo no juego con muñecas. No me divierten. —Se dio la vuelta y se alejó de ella, camino de la escalera. Por encima del hombro, le recordó—: Haz que Etta se bañe primero. Y recuerda, Bettel: que el vino sea decente.
—¡Pero capitán Kennit! —protestó ella. El nerviosismo en su voz era de repente un escalofrío de miedo—. Por favor. Prueba a Avoretta por lo menos. Si no te complace, no tendrás que pagar nada.
Kennit estaba subiendo las escaleras.
—No me complace, así que no hay nada que pagar.
—Le dolían los riñones a causa de la tensión.
Había visto la chispa de avidez en los ojos de los hombres cuando empezó a subir la escalera principal.
Llegó a lo alto del rellano y abrió la puerta que daba a otra escalera, más estrecha.
Entró y cerró la puerta a su espalda. Varias zancadas largas y ligeras lo llevaron hasta un segundo rellano más pequeño donde ardía una lámpara solitaria.
Aquí la escalera se doblaba sobre sí misma.
Aguardó en silencio detrás de la esquina.
Desenvainó su espada sin hacer ruido y sacó también el cuchillo de su cinturón.
Oyó cómo se abría casi sin hacer ruido la puerta de abajo y cómo volvía a cerrarse.
A juzgar por los pasos precavidos, eran al menos tres hombres los que remontaban las escaleras en pos de él.
Esbozó una sonrisa torva. Mejor aquí, sin mucho espacio para maniobrar y debajo de él que en la oscuridad de las calles.
Con un poco de suerte podría tomar por lo menos a uno por sorpresa.
No tuvo que esperar mucho. Los vencía la ansiedad.
Cuando el primero de ellos dobló la esquina, la punta del arma de Kennit trazó el contorno de la garganta del hombre.
Así de fácil. Kennit le propinó un buen empujón.
La víctima cayó sobre sus compañeros, borbotando incoherencias, y mientras todos trastabillaban escaleras abajo Kennit los siguió, agarrando la lámpara sobre la marcha, abriendo el cristal caliente y derramando el aceite sobre ellos.
Maldijeron a oscuras ahora, con el peso del moribundo empujándolos escaleras abajo.
Kennit ensayó varias estocadas al azar con su espada para alentar su retirada.
Esperaba que el moribundo estuviera abajo, desplomado contra sus piernas.
Apuñalarlo otra vez sería un derroche de energía en vano, por lo que apuntó sus ataques más arriba y obtuvo la satisfacción de dos gritos de dolor.
Quizá el hueco de la escalera y la puerta cerrada los amortiguaran.
Estaba seguro de que arriba lo aguardaban más sorpresas.
No tenía sentido echar a perder su anticipación.
Oyó cómo estos tres golpeaban la puerta de la escalera y saltó hacia ellos, perforando toda la carne que pudo encontrar con su espada y su puñal.
Aquí tenía ventaja, puesto que todo lo que no fuera él era el enemigo, mientras que ellos tenían buenas posibilidades de herir a un aliado en los oscuros y angostos confines de la escalera.
Un hombre tanteaba desesperado en busca del picaporte de la puerta, maldiciendo al no poder encontrarlo.
Luego lo consiguió, pero solo a tiempo de abrirla y dejar que él mismo y sus compañeros malheridos se desplomaran sobre el rellano.
Al pie de la escalera, Bettel observaba horrorizada desde su salón.
—Ratas —le informó Kennit. Una limpia estocada más, para asegurarse de que el último hombre se quedara tendido y muriera—. Tu escalera está llena de alimañas. No deberías consentirlo, Bettel.
—¡Me obligaron! Me obligaron. ¡Intenté impedirte que subieras, ya has visto que sí!
—El aullido de la mujer lo siguió mientras encaraba de nuevo el hueco de la escalera.
Cerró la puerta con firmeza tras de sí, esperando que el sonido no llegara hasta la cámara que había en lo alto de la casa.
Ascendió por la escalera oscura, sigiloso como un gato.
Dejó que la punta de su espada le indicara el camino.
Al llegar a la segunda planta, se detuvo.
Si estaban sobre aviso —no, si eran inteligentes—, tendrían un hombre de guardia frente a esta puerta.
Descorrió el cerrojo, reafirmó su presa sobre ambas armas y empujó la puerta con el hombro, entrando lo más agachado y silencioso posible. Allí no había nadie.
La puerta de su cuarto habitual estaba cerrada.
Llegaban voces del otro lado, apagadas. Voces masculinas.
Dos, al menos. Parecían impacientes. Sin duda lo habían visto llegar a la casa de Bettel asomados a la ventana.
¿Por qué no le habían tendido una emboscada en lo alto de las escaleras?
¿Quizá porque esperaban que sus compinches lo redujeran y se lo trajeran preso a esta cámara?
Pensó por un momento, antes de llamar bruscamente a la puerta.
—¡Lo tenemos! —exclamó con voz ronca, y fue recompensado por un idiota que le abrió la puerta de golpe.
Kennit hundió el cuchillo a baja altura en el vientre del hombre y tiró de él hacia arriba con todas sus fuerzas.
No hizo tanto daño como esperaba; peor aún, se enganchó en la holgada camisa del hombre.
Kennit se vio obligado a renunciar a desclavarlo.
Propinó un empujón al hombre y saltó hacia delante para detener el arma de su siguiente rival.
La hoja de este impactó limpiamente con la de Kennit, desvió su estocada y atacó a su vez.
Un estilo de esgrima caballeroso, comprendió Kennit, mientras desviaba la punta de la espada del hombre, alineada con su garganta.
Un equivocado sentido de la galantería y la teatralidad.