17 #3
Si se produjo algún tipo de señal, Kennit no se había percatado.
Pero el momento escogido era demasiado oportuno como para deberse a la simple coincidencia.
La sinecura Faldin y dos muchachas entraron en la sala portando bandejas de fruta y pan y carnes ahumadas y queso.
La versión femenina de los rasgos de Faldin estaba plasmada en ambas jóvenes.
Sus hijas. Sus monedas de cambio en el tablero de juego, sus boletos para la respetabilidad.
No eran putas de Mentecacia. Tampoco osaban mirar a Kennit, aunque una de ellas lanzó una sonrisa tímida a Sorcor y una mirada de reojo bajo sus recatadas pestañas.
Eran, supuso Kennit, probablemente vírgenes, sin permiso para pasear por las calles de Mentecacia a menos que la atenta mirada de mamá estuviera sobre ellas.
Tampoco eran feas. Durja se reflejaba en su tez pálida y su cabello meloso, pero tenían los ojos rasgados y de color avellana.
Las dos eran carnosas como la fruta madura, redondeados y blancos sus brazos desnudos.
Dejaron la comida y la bebida para cada uno de los hombres y su madre.
Sorcor había bajado la vista a su plato, pero estaba chupándose especulativamente el labio inferior.
De pronto alzó la mirada y la clavó con descaro en una de las hermanas.
Ante su escrutinio, el rubor se apoderó de las mejillas de la joven.
Se negó a mirarlo a los ojos, pero tampoco le dio la espalda.
La más joven no debía de contar más de quince años; su hermana, diecisiete a lo sumo.
Suaves y tersas eran, el vehículo de cualquier hombre hacia un mundo gentil donde las mujeres eran delicadas, calladas y entregadas a las necesidades de sus maridos.
Un mundo con el que con toda probabilidad soñaban muchos hombres, pensó Kennit, y seguro que Sorcor era uno de ellos.
¿Qué otra recompensa podría estar más lejos del alcance de ese pirata lleno de cicatrices y tatuajes que el voluntario abrazo de una virgen nívea?
Lo más inalcanzable para uno era siempre su mayor deseo.
Faldin fingió no percatarse de cómo el pirata se comía a su hija con los ojos. En vez de eso, exclamó:
—Ah, un refrigerio. Tomémonos un descanso de nuestros negocios.
Caballeros, sean bienvenidos a la hospitalidad de mi hogar.
Creo que conocéis ya a la sinecura Faldin.
Estas dos son mis hijas, Alyssum y Lily.
—Ambas jóvenes inclinaron la cabeza a su vez, antes de ocupar su sitio entre sus progenitores.
Y estas dos, reflexionó Kennit, no eran sino la primera oferta de Mentecacia.
No la mejor. Tampoco tenía por qué provenir de Mentecacia esta «respetabilidad».
Había otras ciudades piratas en otras islas, y mercaderes más adinerados que Faldin.
No había necesidad de precipitarse a la hora de elegir. Ninguna necesidad.
El sol había recorrido gran parte del firmamento antes de que Kennit y Sorcor salieran del establecimiento del sinecuro Faldin.
Kennit se había deshecho lucrativamente de su carga; más aún, lo había hecho sin comprometerse a establecer una alianza permanente con Faldin.
Después de que sus hijas y su señora abandonaran la estancia, Kennit había abordado el problema de que, si bien no cabía cuestionar el valor de una asociación profesional con Faldin, nadie podía ser tan cruel como para apresurarse a disfrutar de cualquier otro posible aspecto de esa «alianza».
Había dejado a Faldin con la dudosa seguridad de saber que se le permitiría demostrar su buena fe pujando el primero por cualquier mercancía que trajera la Marietta a Mentecacia.
El hombre era lo bastante profesional como para saber que era una pobre oferta, y lo bastante listo como para saber que era lo mejor que conseguiría sacar por esta vez.
De modo que esbozó una sonrisa envarada y la aceptó.
—Casi podía verlo dándole vueltas a los números con la lengua. ¿Cuánto tendría que pagarnos en exceso por nuestros tres próximos cargamentos para demostrarnos su buena voluntad? —bromeó Kennit sin humor con su segundo de a bordo.
—La más joven… ¿era Alyssum o Lily? —preguntó Sorcor con cautela.
—No te preocupes por eso —sugirió sin compasión Kennit—.
Estoy seguro de que, si no te gusta su nombre, Faldin dejará que se lo cambies.
Ten. —Le entregó a Sorcor las tarjas que con tanta facilidad habían negociado—.
Te confío esta tarea. No consientas que te den menos monedas de las prometidas antes de permitir que descarguen.
¿Montarás guardia en el barco esta noche?
—Desde luego —respondió distraído el fornido pirata.
Kennit no sabía si fruncir el ceño o sonreír. Qué fácil se podía comprar a un hombre con la oferta de carne inmaculada. Se rascó la barbilla. Vio cómo Sorcor se volvía hacia los muelles y se adentraba con paso decidido en el creciente ocaso otoñal. Ensayó un no diminuto con la cabeza.
—Putas —se felicitó en voz baja—. Las putas facilitan mucho las cosas. —Se había levantado el viento. El invierno estaba ya a una mera luna nueva de distancia, o a unos pocos días de viaje hacia el norte—. Nunca me ha gustado el frío —musitó para sí.
—A nadie le gusta —se conmiseró una voz discreta—. Ni siquiera a las putas.
Despacio, como si el amuleto fuera un insecto que pudiera salir volando si se asustara, Kennit levantó la muñeca.
Miró a un lado y a otro de la calle, y fingió que se reabrochaba el puño.
—¿Y por qué me hablas ahora? —preguntó en voz baja.
—Mil perdones. —La diminuta sonrisa era tan burlona como la suya—. Pensé que me habías hablado tú primero. Estaba limitándome a darte la razón.
—Entonces, ¿tus palabras no encierran ninguna doble intención?
El diminuto amuleto de tronconjuro frunció los labios como si lo pensara.
—Ni más ni menos que las tuyas —sugirió la cara.
Miró a su amo con expresión lastimera—. Sé lo mismo que tú, señorito.
La única diferencia entre nosotros es que a mí no me cuesta tanto admitir lo que sé.
Pruébalo. Repite en voz alta: pero a la larga, una puta le puede costar a uno más que la esposa más manirrota.
—¿Qué?
—¿Eh? —Un hombre mayor que pasaba por la calle se volteó hacia Kennit—. ¿Decías algo?
—No. Nada.
El anciano lo examinó con más atención.
—Tú eres el capitán Kennit, ¿no? ¿De la Marietta ? ¿El que va por ahí liberando esclavos y diciéndoles que se hagan piratas? —Tenía el abrigo raído en los puños y una bota abierta a lo largo de la costura. Pero se conducía como si fuera alguien importante.
Kennit había asentido dos veces con la cabeza. A lo último replicó:
—Bueno, eso dicen algunos de mí.
El anciano tosió resollando y escupió a un lado.
—Bueno, algunos dicen también que no les gusta la idea.
Dicen que se te está subiendo la fama a la cabeza.
Si hay demasiados piratas, tocará menos botín a repartir.
Y demasiados piratas cebándose en los barcos de esclavos pueden irritar al sátrapa hasta el punto de enviar sus galeras tras nosotros.
Pescar suculentas naves mercantes, bueno, eso es una cosa, mozalbete.
Pero el sátrapa saca tajada de la venta de esos esclavos.
No nos conviene meter la mano en los bolsillos del hombre que subvenciona la construcción de barcos de guerra, no sé si me entiendes.
—Te entiendo —dijo envaradamente Kennit. Consideró la posibilidad de matar al anciano.
El paisano resopló y volvió a escupir.
—Pero lo que yo digo —continuó con la voz más cascada— es más poder para ti.
Pégasela, mozalbete, y dale un par de coscorrones de mi parte.
Va siendo hora de que alguien le enseñe que un hombre no deja de ser un hombre por tener un poco de tinta azul en la cara.
No es que vaya difundiéndolo a voces por ahí.
A no pocos se les ocurriría que convendría cerrarme la boca si me oyeran hablar así.
Pero, como me pareció que eras tú, pensé que te lo podría decir: no todos los que guardan silencio están contra ti.
Eso es todo. Eso es todo. —Reanudó sus toses estentóreas. Sonaba dolorido.
A Kennit le hizo gracia descubrirse hurgando en su bolsillo. Sacó una moneda de plata y se la pasó al hombre.
—Pruebe a tomar un poco de brandy para esa tos, señor. Y que pase una buena noche.
El anciano se quedó mirando la moneda, asombrado. Luego la levantó y la agitó tras Kennit mientras este se alejaba.
—¡Beberé a su salud, señor, delo por hecho!
—A mi salud —murmuró para sí Kennit. Ahora que había empezado a hablar solo, parecía que no pudiera parar.
Quizá fuera un efecto secundario de la filantropía al azar.
¿No venían en pareja la mayoría de las locuras?
Descartó esa idea. Pensar demasiado solo conducía al laconismo y a la desesperación.
Mejor no pensar, mejor ser como Sorcor, que con toda probabilidad en esos instantes estaba imaginándose a una virgen ruborizada en su cama.
Mejor le iría pagándose una mujer que supiera ruborizarse y soltar grititos convincentes, si era eso lo que le atraía.
Todavía estaba distraído cuando llegó al burdel de Bettel.
Para ser una noche tan fría, había más gente holgazaneando frente a su puerta de lo que hubiera esperado.
Dos de ellos eran sus matones habituales, altaneros y sonrientes como de costumbre.
Algún día, se prometió, haría algo permanente con sus muecas de socarronería.
—Buenas noches, capitán Kennit —se atrevió uno de ellos a dirigirse a él, con languidez.
—Buenas noches —enunció la respuesta, cargándola de un significado muy distinto.