17 #2
El sinecuro Faldin le había comprado cargamentos a Kennit en el pasado, pero nunca se había mostrado tan lisonjero con él como ahora.
Como había sospechado, los rumores acerca de los esclavos liberados y los barcos recientemente engalanados con la bandera del Cuervo que navegaban ahora para Kennit hacía semanas que habían llegado a Mentecacia.
El hombre que salió a recibirlos a la puerta de Faldin los condujo no a su despacho, sino a su sala de estar.
Esta pequeña habitación caldeada en exceso se utilizaba poco, dedujo Kennit a juzgar por la rigidez de la tela que cubría las sillas acolchadas.
Permanecieron sentados un momento, con Sorcor tamborileando nerviosamente con los dedos sobre sus muslos hasta que entró una mujer sonriente con una bandeja de vino y diminutas galletas.
Si Kennit no se equivocaba, la mujer que les sirvió el vino era la esposa de Faldin en persona.
Les hizo una silenciosa reverencia y se aprestó a abandonar la sala.
Cuando apareció Faldin instantes después, lo penetrante de su perfume y el lustre de su cabello dieron fe de una reciente sesión de aseo.
Como tantos otros oriundos de Durja, sentía predilección por los colores brillantes y los extravagantes brocados.
La expansión de tela que lo abarcaba le recordó a Kennit un tapiz de pared.
Los pendientes que lucía eran un elaborado entramado de oro y plata.
Kennit añadió mentalmente un cinco por ciento a la cantidad que esperaba obtener por su cargamento.
—Honras mi establecimiento, capitán Kennit, al venir a vernos antes que a nadie —lo saludó Faldin—. ¿Y no es este acaso el segundo de a bordo, sinecuro Sorcor, del que tantas historias he oído?
—El mismo —respondió Kennit antes de que Sorcor pudiera balbucir una respuesta. Sonrió ante la reverencia de Faldin—. Dices que os honramos con nuestra visita. ¿Y cómo es eso, sinecuro Faldin? —preguntó secamente—. ¿Es que no hemos venido antes a hacer negocios contigo?
El sinecuro sonrió y ensayó un gesto de desaprobación.
—Ah, pero entonces, si me perdonas que lo diga, no eras sino otro pirata más. Ahora, de ser verdad lo que llega a nuestros oídos, eres el capitán Kennit el Libertador. Por no decir el capitán Kennit, copropietario de cuatro barcos más que la última vez que nos vimos.
Kennit inclinó educadamente la cabeza. Le alegraba ver que Sorcor tenía la prudencia de estarse quieto y limitarse a presenciar el desarrollo de los acontecimientos.
Aguardó en silencio la oferta de cuya proposición estaba casi seguro.
Acertó. El sinecuro Faldin se concedió un momento para hundirse en una silla frente a ellos.
Tomó la botella de vino y se sirvió una generosa medida, tras lo cual volvió a llenar los vasos de sus invitados. Inspiró hondo antes de hablar:
—Así pues, antes de negociar el importe de un mero cargamento más, sugiero que consideremos las ventajas de las que gozaríamos ambos si yo fuera siempre tu primera elección, por los muchos cargamentos por venir.
—Me doy cuenta de las ventajas para ti si te garantizara que serías siempre el primero en beneficiarte de nuestro botín. Pero he de confesar que creo que semejante acuerdo nos reportaría muy poco a nosotros.
El sinecuro Faldin entrelazó los dedos sobre su extravagante chaleco. Sonrió con benevolencia.
—¿Te parece poco tener un socio siempre listo y dispuesto a hacerse cargo de todo lo que traigáis?
¿Te parece poco obtener siempre el mejor precio por vuestra mercancía, pequeña o grande?
Pues con un socio en tierra firme no tendríais que venderlo todo en uno o dos días.
Un socio en tierra firme os reservaría un almacén, al que recurriría solo cuando las condiciones del mercado fueran más favorables.
Verás, capitán Kennit, cuando se llega a una ciudad y se venden cien toneles de buen ron, todo de golpe, el mismo volumen de la mercancía rebaja su exquisitez.
Con un socio en tierra firme que disponga de un almacén, esos mismos toneles se podrían reservar y vender poco a poco, aumentando su exclusividad y, por tanto, su precio.
Es más, un socio en tierra firme no vendería todos esos toneles en Mentecacia.
No. Para qué, si con un pequeño barco a su disposición podría recorrer además las islas y asentamientos circundantes, cultivando así un mercado para usted.
Y una o dos veces al año, ese barco realizaría un viaje a, digamos, el Mitonar o la misma Jamaillia, donde vendería los productos más selectos de su recolecta anual a unos mercaderes más que capaces de pagar los mejores precios.
Sorcor parecía demasiado impresionado. Kennit contuvo el impulso de propinarle un puntapié; solo conseguiría que pareciera además sobresaltado y desconcertado. En vez de eso, se recolocó en su incómoda silla, como si estuviera relajándose.
—Economía básica —anunció con indiferencia—. Tus sugerencias distan de ser únicas, sinecuro Faldin.
Faldin asintió, en absoluto pávido ante esto.
—Más de una genial idea no es única. Solo se vuelven únicas cuando los hombres que tienen los medios para llevarlas a la práctica se juntan.
—Hizo una pausa, sopesando la conveniencia de sus próximas palabras—.
Circula por Mentecacia el rumor de que tenéis ambiciones.
Ambiciones, me atrevería a añadir, que distan de ser únicas.
Querrías alzarte con el poder sobre nosotros.
Algunos dicen la palabra «rey» y disimulan la sonrisa bajo sus barbas.
Yo no. En mi oferta de negocios no he pronunciado la palabra «rey» en ningún momento.
Y sin embargo, si nos aplicáramos, uno se podría alzar con todo ese poder, riqueza y autoridad.
Con o sin la palabra «rey» pegada a su nombre.
Las palabras de ese tipo acostumbran a poner nerviosa a la gente.
Pero supongo que no es la palabra a lo que aspiras, sino a la condición.
El sinecuro Faldin se arrellanó en el asiento una vez concluido el discurso.
Los ojos de Sorcor saltaron de Faldin a Kennit.
Tenía la mirada desorbitada, colmada de asombro.
Una cosa es oír a tu capitán hablando de sus ansias de poder y otra muy distinta, descubrir que un respetable mercader podría tomarse dichas ansias en serio.
Kennit se humedeció los labios. Al mirar abajo de soslayo descubrió a su amuleto sonriéndole.
La maliciosa carita le guiñó un ojo y frunció con fuerza los labios, como si lo instara a guardar silencio.
Kennit hubo de recurrir a su fuerza de voluntad para dejar de mirarla.
Descubrió que se había sentado con la espalda recta.
Resuelto, suavizó sus rasgos y apartó la mirada del talismán de tronconjuro para volver a posarla en Faldin.
—Lo que me propones va mucho más allá de una simple asociación mercantil.
Socio, has dicho más de una vez. Socio, mi querido sinecuro Faldin, es una palabra que mi segundo de a bordo y yo valoramos mucho.
Hasta la fecha, solo nos la hemos aplicado el uno al otro.
Ambos conocemos la verdadera magnitud de esa palabra.
Socio. El dinero no basta para comprarla.
—Esperaba que Sorcor no pasara por alto ese recordatorio de lealtad mutua.
Ahora Faldin parecía un poco alarmado. Kennit le sonrió—.
No obstante, seguimos escuchando —señaló a Faldin. Volvió a colocarse en su silla.
El mercader inspiró hondo. Miró de un hombre a otro como si estuviera evaluándolos.
—Comprendo lo que os proponéis, señores.
Buscáis no solo riquezas, sino influencia.
La fidelidad de los hombres y el poder de los barcos están por debajo de esa lealtad.
Pero lo que tengo que ofreceros es algo que no se encuentra sin más.
Algo que solo el tiempo puede establecer.
—Hizo una pausa dramática—: Respetabilidad.
Sorcor lanzó una mirada de desconcierto a Kennit. Este le hizo una discreta seña con la mano. «Espera —le indicaba el gesto—. Quédate donde estás».
—¿Respetabilidad? —Kennit imprimió un dejo burlón a la palabra.
Faldin tragó saliva antes de continuar:
—Para conseguir lo que queréis, señor, debéis ofrecer garantías a la gente.
No hay nada como la respetabilidad para afianzar la opinión de una comunidad por un hombre.
Si se me permite la osadía, os señalaré que aquí no tenéis ningún vínculo verdadero.
Ni casas, ni tierras, ni esposas y familias, ni lazos de sangre con quienes conforman esta ciudad.
Antes, estas cosas no eran importantes. ¿Qué éramos, qué era cualquiera de nosotros, salvo parias y apátridas, esclavos fugitivos, criminales de poca monta que rehuían la justicia, deudores, rebeldes y vagabundos?
—Esperó hasta ver cómo asentían remisos—.
Pero de eso, capitán Kennit y sinecuro Sorcor, hace ya una o dos generaciones.
—Hablaba con emoción creciente en la voz—.
Estoy seguro, señores, de que esto es lo que habéis visto tan claro como yo.
Los tiempos nos están cambiando. Yo mismo llevo aquí una veintena de años.
Mi esposa nació en esta ciudad, al igual que mis hijos.
Si ha de levantarse una sociedad como es debido de nuestro barro y nuestras calles, en fin, seamos nosotros sus piedras angulares.
Nosotros y otros como nosotros, y quienes se hayan unido a nuestras familias.